Muelas autonómicas

Es sabido que la sanidad autonómica no entiende de dentaduras. Lo más que te hacen en el SAS es una extracción, pues la endodoncia, y para qué hablar de la ortodoncia, no es cosa para pobres. Pero como todo puede empeorarse, ahí tienen ahora el caso de la provincia de Almería, con un solo equipo odontológico, lo que obliga al ciudadano a viajar hasta 150 kilómetros para que le saquen la muela dañada. No hay dinero –se entiende–, y más en medio de una crisis tan dura, pero ¿por qué lo hay, entonces, para pagarle a los más altos cargos de la Junta el alquiler de su piso en Sevilla a poco que vivan habitualmente a más de sesenta kilómetros de la capital, o para pagarle a los diputados regionales dietas y kilometraje incluso durante el mes en que el Parlamento está cerrado a cal y canto? Más de tres trienios de autonomía no han dado para un mal empaste y, por lo que se ve, apenas para una extracción.

Un gran olvidado

Esta vez voy a Osuna, ese emporio urbano de la vieja nobleza y también de la burguesía agraria, a presentar el libro de un “cura exaltado”, Antonio María García Blanco, que ha rescatado del olvido Manuel Moreno Alonso en una edición primorosa, en adelante un referente obligado para el estudioso. El “exaltado” de aquella España era el protorevolucionario decidido a sembrar de sal las ruinas del Antiguo Régimen, ese español inopinado que convierte a nuestro país en el “faro de las libertades” europeas en el breve lapsus que media entre las Cortes gaditanas y el remanso de hierro –Espartero, Narváez y demás “espadones”—del largo reinado isabelino, un revolucionario que evolucionará con el tiempo por lo general –mi maestro Maravall idealizaba su propia actitud en un Alcalá Galiano joven—, salvo excepciones, hacia posiciones moderadas. Tiene sentido la opinión de que la Guerra de la Independencia fue una revolución, un seísmo histórico que pretendió barrer al Antiguo Régimen logrando, en todo caso, socavar los firmes cimientos del absolutismo de una monarquía señorial-feudal que la nueva generación, por efecto del contagio napoleónico, pretendió librar del peso de la aristocracia tradicional y de la férula eclesiástica. Aunque no será hasta el 68, con la expulsión de la dinastía, primero en la fórmula liberal o liberal-conservadora, luego en la del moderantismo, más tarde desde la ilusión progresista y, por fin, en la democrática, tras la que se estrena el protagonismo político proletario.

Las Memorias de García Blanco, rescatadas por Moreno Alonso, creo que van a proporcionarnos una perspectiva mucho más rica que la empleada hasta ahora, no sólo por el sugerente perfil ideológico del personaje, sino por ese aguafuerte en que nos descubre a una España no poco alejada de los tópicos tradicionales. En ellas encontraremos a ese cura siempre “exaltado” dentro de su ortodoxia, pionero del hebraísmo, culto y apasionado, del que su editor –tal vez, en cierto modo, un “alma gemela”—nos habla con justificado entusiasmo. En la mañana primaveral, Osuna brillaba en sus fachadas señoriales y en su espléndido urbanismo a la sombra de su vieja Universidad y del imperio visual de su Colegiata, del testero delicado de su Cilla, de la abrumadora presencia de sus iglesias y conventos, como recibiendo a este hijo olvidado que va a ser en adelante un referente historiográfico obligado.

Poner un piso

La Junta de Andalucía le pone un piso a sus consejeros/as como si de un tango de Gardel se tratara. Ni un magistrado, ni un funcionario, ni un médico ni, por supuesto, un trabajador manual tienen ese privilegio de que, al trasladarse a Sevilla para ocupar su puesto de trabajo, le empresa les pague el alquiler de su vivienda; los consejeros de la Junta (menos dos, al parecer) y los directores generales, sí, con tal de que vivan habitualmente a más de 60 kilómetros de Sevilla, esta mendocina “ciudad de los prodigios”. ¿Y por qué, en qué se funda ese privilegio –instituido por Chaves en el 2000—del que no dispone ningún otro ciudadano, incluso cuando, como en la mayoría de los casos, no aparecen méritos de relieve siquiera mediano en los privilegiados? A ver cómo le explica eso la Junta al millón largo de parados o a la lista de desahuciados que aguardan la visita del alguacil.

El tercer hombre

Los investigadores de la policía belga andan buscando como locos a un tercer hombre que mucho me temo que, como el que encarnó Orson Welles en la bella película que dirigió Carlo Reed, no aparecerá más que entre sombras y cuando ya nada tenga remedio. Es el hombre de la mascota y la perilla que empujaba su carrito en el aeropuerto de Zaventem junto a los otros dos malhechores suicidas pero, ay, no ha podido confirmarse su identidad en el sospechoso que creyó reconocer el taxista que llevó a esa moralla al lugar del atentado, es decir, Faysal Cheffou, a quien, a pesar de estar probada su complicidad con esas tramas terroristas, ha puesto en libertad inexplicablemente, a mi entender. No quiero entrar en la rueda de las descalificaciones y decir como los franceses dicen que los belgas son tontos de la cabeza. Si acaso, como Carlos Herrera, me permitiría decir todo lo más que son más tontos todavía que nosotros, que desciframos el damero maldito de Atocha en horas veinticuatro aunque plagado de agujeros negros de modo y manera que nadie es capaz de cerrar aquel círculo maldito sin tropezar con contradicciones mil. En fin, qué quieren que les diga, si acaso lo de siempre, lo de “¡en manos de quien estamos!” y no me refiero a los infieles que quieren liquidar nuestra civilización, sino a nuestros poderes públicos, a los belgas, a los franceses y, a ver por qué no, también a los nuestros. Se busca al tercer hombre, como en la vieja película, sin caer en la cuenta de que el tercer hombre sobrevive siempre en las alcantarillas.
¡Qué película, señores! Media Viena vigilando a la otra media y el granuja moviéndose en las cloacas como el pez en el agua, ¿recuerdan?, mientras la cítara prodigiosa va desgranando, cada vez en un tono más agudo, el tema de “Harry Lime” y el pobre de Joseph Cotten se enamora sin esperanzas de la bella Allida Valli. Lo malo es que pocas veces sale bien un remake y éste que estamos viviendo en Paris o en Bruselas –como los que antes vivimos en Nueva York, Atocha o Londres– no es ya aquella tragedia vienesa sino un indigesto e inquietante pestiño de “serie B”. No sé si llegaremos a tanto, pero la verdad es que se viene a la cabeza la vieja leyenda del telegrama que un coronel franquista envió al comandante del crucero “Cervera”: “Tirad sobre nosotros –suplicaba–. El enemigo está dentro”. ¿Qué no? Mucho me temo que tras el próximo pifostio –que llegará, si Dios no lo remedia– más de uno estaría por firmarlo.

Metaplasmo populista

No voy a negarles que me cae bien la portavoz –¿o se dice portavoza?—de Podemos, la profesora Teresa Rodríguez, la única en la Cámara autonómica que, populismo por populismo, le ha cogido las medidas a la presidenta Díaz hasta vapulearla en los debates. Me encanta su desparpajo, esa elocución aguda y veloz que elimina por sistema las letras que la incomodan y dice, por ejemplo, con distraído acento gadita, “lo hemos intentao pero no hemos podío”, grave metaplasmo que me ha recompensado con una lección magistral de mi entrañable amigo Vaz de Soto, tras la que hemos concluido –en nombre y memoria de Lázaro Carreter– que semejante metaplasmo no es una paragoge sino más bien un apócope, perfectamente explicable en clave populista. Cualquier truco es bueno para aproximarse al pueblo soberano, dueño de epéntesis y haplologías, empezando por echar el anzuelo del habla en el piélago de la lengua que, al final, resulta tanto más rentable electoralmente que oponerse a los desahucios y prometer ayudas que luego no se cumplen, como hace su esposo, el gran Kichi de Cádiz. Ahora bien, una cosa es despejar una letra en las desinencias y otra muy diferente comparar a un poeta eximio como Miguel Hernández con un matón piquetero como el que los ropones han enviado al trullo en Jaén. Y eso tampoco, doña Teresa, porque hay un abismo entre decirle a una novia lo de “ojinegra la oliva en tu mirada/ boquitierna la tórtola en tu risa…” y pegarle cuatro mamporros a un edil. Nunca me han gustado los carceleros, lógico, pero menos me gustan los matones.
Lo malo del populismo –entre tantos riesgos—es que lo mismo se come unas letras que se salta a piola la Ley o promete ese “reino feliz de los tiempos finales” siempre esperado aunque nunca llegue, en plan fenicio que reparte baratijas entre los indígenas o en versión Evita –“volveré y seré legiones”, dice su epitafio—embelesando a sus “cabecitas negras” mientras amasaba su fortuna. Hay que ver la explicable envidia que me da a mí mismo cuando pienso en el feliz fin de mes de esa pareja, Teresa-Kichi, una con la suculenta nómina del Parlamento autónomo, el otro con los haberes heredados de Teófila. Lo que no me gusta de ellos, no lo niego, es verlos afinar la clavija hasta arrancarle a la guitarra falsetas tan demagógicas como esa comparación del gran Miguel con un matón piquetero. Yo creo que “habría sío mejó” acatar una sentencia que zarandear la historia hasta ese disparate extremo que nos tiene confundíos.

Los tres monos

No ver, no oír y callar. La estrategia de los tres monos chino-japoneses ha sido adoptada por la inmensa mayoría de los implicados en los sumarios de corrupción. Por su parte cuenta el presidente de la comisión parlamentaria nada menos, que la Junta se negó a enviar la documentación requerida por la Cámara porque ello supondría “colisión entre el ejecutivo y el legislativo”. Se trata, sin duda, de ganar tiempo y no aportar nada –lo de la colaboración con la Justicia no es más que un tópico obligado–, actitud que muy probablemente contribuirá, ya se verá en qué medida, a la impunidad de los presuntos. Toda la plana mayor de la Junta ha adoptado aquella estrategia simia y, lo mismo que el pobre juez asistente al que la sucesora de Alaya le ha endosado el marrón, los comisionados parlamentarios tienen difícil su cometido. El “gran fraude” que Griñán admitió en su día es probable que no se descubra nunca.