La olla podrida

No sé a qué viene tanto desgarramiento de vestiduras y tanta barba mesada por el hallazgo de una trama corrupta en el seno íntimo del pujolismo. Que los socialistas aparezcan en ella como socios y cómplices tampoco me parece nada del otro mundo. Fíjense con qué facilidad hemos olvidado el “caso Munar”, de la misma manera que éste desbancó de titulares al Gürtel (al menos provisionalmente), noten que ya nadie se acuerda apenas de los desmanes del Pocero, de la sentina de Estepona, de los cientos de situaciones irregulares denunciadas en los últimos meses, incluyendo los casos de facturas falsas ya condenados como el del Ayuntamientos de Sevilla, o los de Baena o Valverde del Camino. Un escándalo borra al anterior: ésa es la realidad y la confiada esperanza de los delincuentes de cuello blanco. Pero la realidad es que hay cientos de “caso” sepultados en la jungla judicial y, lo que es peor, la generalizada opinión pública de que el agio es consustancial a la política. Vivimos una situación de emergencia. No porque descubramos la implicación de altos cargos de un “régimen”proverbialmente corrupto sino porque nos hemos acostumbrado a minimizar la gravedad de esos delitos. “He de decirte algo antes de que te enteres en la escuela” –confesaba un padre a un hijo en una viñeta reciente–: soy concejal de urbanismo”. Y realmente, la ironía del humorista se quedaba corta respecto al fondo de la cuestión.

La situación alcanzada es límite. Que no vengan con cuentos los políticos ni los civiles hablando de la “corrupción puntual”. De eso nada. Aquí no cabe ya otra que la apertura de una encuesta parlamentaria que plantee a tumba abierta lo que es un secreto a voces, a saber, que el tráfico de influencia, la malversación y las falsedades documentales, el blanqueo de dinero no son en absoluto incidentes aislados sino teselas innúmeras del repugnante mosaico de nuestra vida pública. Otra cosa es que nuestras Cortes no estén por la labor, que resulte extravagante pedirle al matarife que se corte la mano. En Francia, cuando ya no se pudo llegar a más (aunque luego se llegara) los políticos se autoamnistiaron dos veces y en Italia para qué hablar. Pero en ese supuesto entiéndase que la democracia es un sistema enfermo, mal legitimado para exigir a los ciudadanos actitudes saludables. Que se debata lo que ocurre, que se refuercen los instrumentos penales, que se contemple la prisión sustitutoria en el caso de que el ladrón no “nos” devuelva lo robado. Luego podremos hablar en conciencia de esta lacra. Mientras tanto, nadie se engañe, debe saberse que la corrupción no sería posible sin un Poder cómplice.

Corrupción consentida

Abren los periódicos de ayer con la noticia de que el Parlamento catalán se pasó por el arco las denuncias del Síndico de Cuentas sobre las irregularidades acumuladas en algunas instituciones ahora en manos del juez. ¡Pues anda que si en Andalucía lleváramos la cuenta de las ocasiones en la Cámara de Cuentas ha denunciado horrores en las nuestras (Ayuntamientos, empresas públicas, la propia Junta) sin que le hagan el menor caso! El toque reside en que la corrupción, por lo general, es ya un fenómeno conocido antes de que se le apunte con el dedo y en que –ojo—la inmensa mayoría no reaccione ante el espectáculo. El poder consiente a los corruptos y la sociedad despotrica pero se encoge de hombros. Fuera de esa clave no se entiende nada.

Grave denuncia

El presidente de la Confederación Andaluza de Empresarios (CEA), Santiago Herrero, que tienen razones para estar bien informado de lo que ocurre en Huelva, ha ilustrado su tesis de que se está fomentando la economía sumergida con un ejemplo onubense. Según él, durante la campaña de la fresa, en Huelva se ofreció trabajo a 10.000 personas inscritas en el censo agrario pero sólo 1.500 entre ellas lo aceptaron. ¿Cobraban ya los renuentes algún tipo de subsidio, trabajaban –con o si éste—de modo encubierto? De otra forma quizá no podría explicarse que nuestro ejército de parados rechace empleos. Hay en la denuncia de la CEA una dura carga de profundidad. Sería curioso escuchar qué tienen que decir los sindicatos. Y las Administraciones.

Canción del verdugo

El hombre que planeó el penúltimo exterminio europeo, Radovan Karadzic, no quiere ser juzgado por ese Tribunal Internacional de Justicia que los EEUU no reconocen todavía y que hace lo que puede frente a los desafueros inocultables de este tiempo de miserias. Y no es raro que tenga esperanzas, porque su íntima Bibiana Plavski, la “dama de hierro” que fuera presidenta de los serbios en Bosnia, acaba de ser puesta en libertad tras el cumplimiento de una pena ridícula. Hay mucha resistencia al TIP, por supuesto, demasiado purista que se la coge con papel de fumar preguntando de qué fuente le llega a esa corte la legitimidad y si eso que llamamos “orden internacional” tiene o no capacidad para procesar a los verdugos siguiendo el modelo de Nurenberg. Como antes Milosevich, ahora Karadizy permanece mudo, no asiste a las sesiones del juicio reclamando tiempo para preparar su defensa, como si organizar un proyecto de exterminio total de un pueblo, liquidar a 8.000 musulmanes bosnios en Sbrenica, cercar a sangre y fuego durante 43 meses Sarajevo o depurar todo un país como en Bosnia Herzegovina, merecieran mayores consideraciones. Da asco toparse con los juicios espontáneos que proliferan en Internet aferrados a un garantismo que resuena sarcástico teniendo en cuenta la atrocidad de los crímenes atribuidos al hombre que contempló impasible como se ponía en práctica su plan de violación masiva de las mujeres musulmanas o el éxodo masivo de más de dos millones de inocentes expulsados de su tierra. Claro que no puede discutirse el principio de legalidad, ni yo lo hago ahora, por más que me repugne al fariseísmo de tanto espíritu puro que, a lo peor, nada dijo mientras en aquella guerra se eliminaba a más de 100.000 personas. Incluso un tipo como Karadzi debe ser juzgado con todas las de la ley. El toque está en decidir si esa ley existe por exigencia de la conciencia universal o a los verdugos los blinda el formalismo jurídico.

Hay demasiados verdugos para que el mundo pueda permitirse el lujazo de tratarlos con mano erística. Hace poco el propio TIP hubo de habérsela con Charles Taylor, el bárbaro de Sierra Leona que dejó matar a un millón de personas y al que los testigos acusaron de canibalismo. Claro que todavía hay quien evoca la figura de Hess pudriéndose en la cárcel de Spandau hasta su muerte y se queda tan pancho. La doctora Plavski le explicó a la anterior fiscal del TIP las razones “biológicas” de la superioridad serbia y está en la calle. Hay que ver lo breve que es la sinfonía del Mal y lo larga que resulta la canción del verdugo.

Socios para siempre

El PSOE ha roto formalmente con el PAL (Partido de Almería) tras descubrirse el pastel del gran saqueo que venía perpetrando su socio en El Ejido, pero en la práctica, sigue donde estaba, es decir, en la “sociedad”, en la connivencia con los encarcelados, en el cambalache con un partido al que los jueces han debido desmantelar por su presunta corrupción masiva. Y esa es la ‘prueba del 9’, no las palabras vacías. Tal es ya la conciencia de impunidad, tal la “normalización” del ‘mangazo’, que un partido de gobierno como el PSOE –abrumado hoy por su debacle de Cataluña pero con “casos” andaluces para dar y tirar—cree que puede seguir manteniendo el chiringuito mientras sus socios están en prisión. No se espere una regeneración de los propios políticos. O viene de fuera, o seguiremos como estamos.

Jóvenes parados

Lo de menos es quien saque el dato o formule la denuncia. Importa el hecho y el hecho es que le provincia de Huelva hay en estos momentos 10.000 jóvenes en edad de trabajar que carecen de empleo, es decir, una población desocupada que crece peligrosamente a un ritmo de 300 diarios. Por supuesto ellos son los que llevan todas las de perder, no sólo con la crisis del empleo mismo sino frente al oportunismo de quienes aprovechan la situación para explotar en términos inadmisibles a los más débiles. No nos extrañemos luego si hay conflictos en el sector juvenil, ni se trate de salir del paso culpando al adversario político. Éste es un problema de todos que sólo con la unidad de criterio y acción se podrá afrontar.