Huelva existe

Va a haber que decirle a la Junta aquello que desde otra provincia española se convirtió en un lema “Huelva existe”. Porque no se entiende el progresivo abandono de la provincia por parte del gobierno y de la junta, cuyos respectivos presupuestos la castigan de forma ostensible, rebajando la inversión pública en ella hasta colocarla la última en las 8 provincias andaluzas, es decir, condenándola a alejarse cada vez más de la media del conjunto regional. ¿por qué reconoce Griñán en Huelva que hacen falta más inversiones en la provincia si se las rebaja en sus propios presupuestos? Perdemos peso político a ojos vista, aparte del entreguismo del PSOE local y, a este paso, seremos los últimos en salir de la crisis. Huelva no existe más que en campaña electoral.

‘Beatus Ille’

Una vez más los sabios se aplican a la tarea de medir la felicidad. Lo acaban de hacer algunos en la universidad de Rotterdam, ni que decir tiene que enfocando al tema clásico desde la cuestionable perspectiva de la cuantificación del “bienestar” percibido por la opinión. La felicidad es uno de los más viejos asuntos filosóficos y, quizá por ello, difícilmente trasladable al plano sociológico, donde la acuidad del concepto suele perderse en beneficio del resultado práctico, siempre en línea con la presunción de aquel padre fundador que dejó dicho aquello de que esa sociología –que Unamuno consideraba “ciencia mostrenca”—es un saber empírico dedicado a probar obviedades. Como aspiración o ideal, la felicidad no tiene origen conocido porque es connatural al pensamiento, pero todo el mundo admite hoy que ese ideal individualizado no coincide con la aspiración a la “felicidad pública”, el gran invento del progresismo “ilustrado” –como hace poco tiempo resaltaban Delumeau y sus colegas— que los tiempos modernos y, en especial, la postmodernidad, han suprimido sin remedio. ¿Cómo medir en serio la felicidad de un hombre o la de un grupo cuando sabemos bien que plantear esa cuestión es hablar de la mar? En uno de sus finos “Propos” decía Alain que uno de los secretos de la felicidad es su indiferencia al propio humor: el perro dormido al sol –viva imagen—o su figuración humana en la imagen de Diógenes y demás adeptos de la “secta del perro”, que ha estudiado con acierto García Gual, constituyen la máxima representación posible del bienestar. Hoy, sin embargo, la felicidad se mide cruzando datos como la esperanza de vida o los índices de desarrollo con la propia opinión declarada. Y desde esa perspectiva, los españoles actuales califican con un notable su situación. Imagínense.

Se me vienen a la cabeza multitud de referencias al tema debidas a autores conspicuos, pero sobre todo se me impone la idea dominante de que la felicidad, según la mayoría de ellos, es concepto fugitivo debido a su índole eminentemente subjetiva. La gente ‘desconoce’ su felicidad propia pero ‘reconoce’ con facilidad la ajena, y esa razón se lo pone difícil a los cuantificadores que tratan de reificar, petrificando el concepto, lo que no pertenece sino al reino de la imaginación. Aparte de que no será lo mismo la felicidad para un espíritu estoico que para otro de propensión epicúrea, como no lo será en el ámbito mental de un Cioran o un Rilke respecto al de un Schopenhauer, el que definía esa búsqueda como la “cacería de una presa inexistente”. También se ha dicho que la felicidad era una “aptitud”. Ya me dirán nuestros sabios cómo se mide eso.

Marcha atrás

Con frecuencia comprobamos que nuestra política confunde hacer la oposición con llevar la contraria. Que el PP, un suponer, propone que la Junta avale a los compradores de viviendas ofrecidas por entidades financieras y promotoras para aliviar el angustioso stock, como ocurrió en 2008, pues nada, el PSOE se opone y a otra cosa. Aunque dos años después el propio PSOE recupere la propuesta rechazada presentándola como propia y la lance a bombo y platillo como hicieron el jueves los dos responsables de aquel rechazo parlamentario, el presidente Griñán y el consejero Espadas. Bien está lo que bien acaba, sostuvo Shakespeare, pero mejor estaría la lealtad al interés común por encima del partidismo.

Sirvase usted mismo

Genial lo de los tres camiones de adoquines propiedad del Ayuntamiento que un ciudadano se llevó en Ayamonte. El alcalde dice que se los regaló él mismo –“un favor se la hace a cualquiera”, ha dicho—pero que el beneficiado se sirvió tomándolos de donde no debía y en cantidades industriales, amparado en el barullo del “Plan E”. Más que el huevo lo que importa aquí es el fuero, pues la actitud del alcalde prueba que posee una idea patrimonial de lo público tan acrisolada que le permite dar y regalar a un particular lo que es de todos y de nadie. No tanto por los adoquines, claro, como por la actitud que subyace en el favor, alguien debería explicarle a ese corregidor que si él es de Ayamonte, Ayamonte no es suyo.

La olla podrida

No sé a qué viene tanto desgarramiento de vestiduras y tanta barba mesada por el hallazgo de una trama corrupta en el seno íntimo del pujolismo. Que los socialistas aparezcan en ella como socios y cómplices tampoco me parece nada del otro mundo. Fíjense con qué facilidad hemos olvidado el “caso Munar”, de la misma manera que éste desbancó de titulares al Gürtel (al menos provisionalmente), noten que ya nadie se acuerda apenas de los desmanes del Pocero, de la sentina de Estepona, de los cientos de situaciones irregulares denunciadas en los últimos meses, incluyendo los casos de facturas falsas ya condenados como el del Ayuntamientos de Sevilla, o los de Baena o Valverde del Camino. Un escándalo borra al anterior: ésa es la realidad y la confiada esperanza de los delincuentes de cuello blanco. Pero la realidad es que hay cientos de “caso” sepultados en la jungla judicial y, lo que es peor, la generalizada opinión pública de que el agio es consustancial a la política. Vivimos una situación de emergencia. No porque descubramos la implicación de altos cargos de un “régimen”proverbialmente corrupto sino porque nos hemos acostumbrado a minimizar la gravedad de esos delitos. “He de decirte algo antes de que te enteres en la escuela” –confesaba un padre a un hijo en una viñeta reciente–: soy concejal de urbanismo”. Y realmente, la ironía del humorista se quedaba corta respecto al fondo de la cuestión.

La situación alcanzada es límite. Que no vengan con cuentos los políticos ni los civiles hablando de la “corrupción puntual”. De eso nada. Aquí no cabe ya otra que la apertura de una encuesta parlamentaria que plantee a tumba abierta lo que es un secreto a voces, a saber, que el tráfico de influencia, la malversación y las falsedades documentales, el blanqueo de dinero no son en absoluto incidentes aislados sino teselas innúmeras del repugnante mosaico de nuestra vida pública. Otra cosa es que nuestras Cortes no estén por la labor, que resulte extravagante pedirle al matarife que se corte la mano. En Francia, cuando ya no se pudo llegar a más (aunque luego se llegara) los políticos se autoamnistiaron dos veces y en Italia para qué hablar. Pero en ese supuesto entiéndase que la democracia es un sistema enfermo, mal legitimado para exigir a los ciudadanos actitudes saludables. Que se debata lo que ocurre, que se refuercen los instrumentos penales, que se contemple la prisión sustitutoria en el caso de que el ladrón no “nos” devuelva lo robado. Luego podremos hablar en conciencia de esta lacra. Mientras tanto, nadie se engañe, debe saberse que la corrupción no sería posible sin un Poder cómplice.

Corrupción consentida

Abren los periódicos de ayer con la noticia de que el Parlamento catalán se pasó por el arco las denuncias del Síndico de Cuentas sobre las irregularidades acumuladas en algunas instituciones ahora en manos del juez. ¡Pues anda que si en Andalucía lleváramos la cuenta de las ocasiones en la Cámara de Cuentas ha denunciado horrores en las nuestras (Ayuntamientos, empresas públicas, la propia Junta) sin que le hagan el menor caso! El toque reside en que la corrupción, por lo general, es ya un fenómeno conocido antes de que se le apunte con el dedo y en que –ojo—la inmensa mayoría no reaccione ante el espectáculo. El poder consiente a los corruptos y la sociedad despotrica pero se encoge de hombros. Fuera de esa clave no se entiende nada.