Presuntos culpables

No seré yo quien contribuya al aquelarre masoca que el periodismo escenifica estos días por haber satanizado al inocente de Tenerife. Entiendo que, ante todo, el triste asunto parte de un doble error médico que, en una circunstancia enloquecida como la actual, ha equivocado con facilidad a quienes tienen que informar, lo que si no exonera de responsabilidad a los ‘amarillistas’ –y a mí, en este sentido, que me registren—al menos atenúa en gran medida su responsabilidad. ¿O no es lógico indignarse hasta el improperio si le llega a uno la noticia –avalada por el médico y la policía—de que un sujeto ha violado, torturado y, en fin, asesinado a una niñita, una barbaridad desgraciadamente demasiado verosímil hoy día? Nadie se flagele porque sí que lo es. Otra cosa es que el resultado del caso nos fuerce a plantearnos sin concesiones el asunto de fondo que, a mi modo d ver, no es otro que la hipersensibilización social a que ha dado lugar, por exceso y banalidad, esa actitud punitiva que está convirtiendo la pareja en una cuerda floja y la paternidad en una mala rifa. Escuché el otro día decir a una madre en la radio que a ver quién es la guapa o el guapo que va al médico con el niño griposo si éste tiene, como es lo propio, sus contusiones futboleras en las piernas o una quemadura eventual en la espalda, porque entonces el médico –con su mejor voluntad, por descontado—interrogará al nene manteniendo a los padres en un ominoso silencio que poco menos que los convierte en sospechosos provisionales. ¿Cómo esperar resultados razonables mientras una ley, como la de violencia de género, discrimine al varón por razones estadísticas de tal forma que una denuncia impone, en cualquier caso, la presunción de culpa del hombre? Lo que ha pasado en Tenerife es un caso más de cuantos van a ocurrir en razón de esta mentalidad prejuítica que informa hoy la vida y el derecho.

Mucho menos ruido produjo la larga condena sufrida hace poco por un violador que, al final, resultó ser inocente, u otros muchos casos que la “corrección política” está sustrayendo al debate público. Al avasallado de Tenerife que lo indemnicen los médicos, la policía y los medios, si procede, pero no sin explicarle primero que de quien él ha sido víctima –aparte ya de los errores médicos– es del fundamentalismo que señorea hoy nuestras relaciones sociales en cuanto aparece en escena una mujer o un niño. Hay que exigir mano de hierro con los parricidas, con los maltratadores y con los pederastas, pero sin presunción de culpabilidad ni para el varón en su caso, ni para los padres en el suyo. Un teléfono de denuncia puede ser un salvavidas o una navaja trapera.

El Ejido en “stand by”

Mes y medio lleva el alcalde de El Ejido en prisión y sigue siendo alcalde: ni dimite ni se le hace dimitir. Por su parte, una iniciativa ciudadana local exige que se devuelva el dinero mangado y dice que de lo que se trata es de “saber lo que está pasando en la ciudad”. Y la Junta por un lado, los partidos por otro, inmóviles como don Tancredo por la que pueda caer, hasta el punto de mantener vigente en la Diputación el pacto político entre el PSOE y el partido del preso. ¿Habrá que aguardar como en Marbella o Estepona a que la podre estalle por sí sola? Mientras estas cosas sigan ocurriendo no será posible creer en ninguna protesta de honradez.

Otros 700 naúfragos

Con que hay que ser optimistas porque el empleo evoluciona bien, ¿no? Huelva ha sido una de las dos provincias andaluzas que más empleo ha perdido el mes pasado, pasando a tener ya casi 49.000 trabajadores mano sobre mano, es decir, aproximadamente el 20 por ciento más que en noviembre del año anterior. Mientras suben otras provincias, la nuestra desfila con las que bajan, a la cola de la cola, para entendernos, mientras los responsables políticos se aferran al sofisma optimista. Y entramos en un año en que el Presupuesto nos maltrata reduciendo las inversiones como hasta Griñán ha reconocido. Esta sociedad no reacciona a la creciente tragedia. Quizá cuando decida reaccionar sea ya demasiado tarde.

Sombra alargada

Le leyenda no nos permite ya orientarnos a ciencia cierta sobre la realidad de Bin Laden. Unos sostienen que murió hace tiempo y que la Administración USA mantiene vivo el mito para justificar ciertas estrategias. Otros que vive y teledirige con mano de hierro un plan que, sin prisa ni pausa, se propone destruir al enemigo occidental, que es el buco con que los países islámicos –millonarios en muchos casos—tratan de ocultar su fracaso sociopolítico. Hay, en fin, quien como el senador Kerry, otrora aspirante a la presidencia, sostiene en un informe reciente que a Bin Laden se le dejó escapar en 2001 de su laberinto de Tora Bora por razones que a Rumsfedl le costaría mucho explicar. Pocos dudan, en todo caso, de que el secuestro de nuestros cooperantes en Mauritania sería obra de una “franquicia” yihadista bien conocida en el Magreb, sin que falte quien sitúe el espectro del líder inencontrable tras el inquietante acontecimiento. El secuestro, hay que decirlo, es un procedimiento utilizado en todas las épocas aunque en algunos momentos se acentúe su recurso, lo mismo en el mundo del bandolerismo post-romántico que en el ambiente insurreccional vivido en Italia hasta el sacrificio de Aldo Moro. Y siempre hay razones para que prospere o para que se retraiga, claro está. En la España isabelina lo liquidó prácticamente la Guardia Civil y un gobernador de hierro, Zugasti, mientras que en la de ZP mucho me temo que lo estemos abonando a base de propiciar la imagen una débil de España, pagadora fácil de rescates y declarada partidaria de renunciar a la fuerza. Si al fin se confirma que el de ahora es un secuestro político, vamos a tener que enfrentarnos lo más unidos posible a un desafío pavoroso al que, por ejemplo, Gordon Brown no le encontró solución, pero algo, bastante, debe de haber influido también en los planes delincuentes el creciente desprestigio de España en el ámbito internacional. Si Marruecos nos toma el pelo con el contencioso saharaui hasta colocarnos en pésima postura, ya me dirán que no podrán hacernos los fanáticos de la yihad o quien los hay relevado.

Nuevamente se nos viene encima, probablemente, como se le fue a Brown, el dilema atroz de cuando Miguel Ángel Blanco. ¿Debe ceder el Estado ante el chantaje terrorista? Habrá que tragarse las lágrimas para decir que no, pero habrá que hacerlo si no queremos que esta escalada de ataques alcance cotas desbordantes hasta dejar en evidencia al Estado legítimo. Ya sé que es fácil mostrarse duros desde fuera y, sin embargo, habrá que hacerlo para no enajenar la propia seguridad colectiva. Habrá que apoyar al Gobierno, esperando que esta vez actúe con la energía y sagacidad que le faltó en casos anteriores. Esos secuestrados somos todos. El gran ejercicio ético y moral consiste en aceptar que, en su lugar, defenderíamos con el mismo brío el muy deteriorado prestigio de la nación.

Tocomocho y trágala

Realmente es una tomadura de pelo la forma en que se ha resuelto el larguísimo contencioso de la llamada “deuda histórica” que sirvió al PSOE, a través de la Junta, de ariete opositor mientras gobernó el PP. ¿Qué hubiera contestado Chaves si Aznar le hubiera propuesto liquidar el compromiso dándonos, en lugar del dinero comprometido, solares de suelo precisamente andaluz? Lo del pago en especie es un tocomocho entero y pleno, y la Junta, al funcionar como un dócil apéndice del “Gobierno amigo”, demuestra ser cualquier cosa menos ‘autónoma’. Nos han tomado el pelo sin resistencia. En otras autonomías que todos sabemos no hubieran osado ni plantearse semejante trágala.

Acusación infundada

No lleva razón, a mi entender, el sindicato que ha sugerido que Diputación podría estar prevaricando al “privatizar” encubiertamente la prestación de ayuda a domicilio. El coste de esa prestación por medios públicos resulta casi prohibitivo y por esa razón muchos Ayuntamientos han montado sus cooperativas propias para atenderla, o bien la han contratado con empresas privadas. La Diputación sigue, seguramente, esa tendencia que cualquiera puede comprobar con facilidad con sólo informarse, y hace bien porque lo que no tendría sentido sería elegir el procedimiento más caro. Medir las críticas para ganar credibilidad resulta cada día más imprescindible.