Cosas de la crisis

En pleno corazón de Manhattan, en la encrucijada de la Séptima Avenida con Brodway, en la mítica Times Square en que los alcaldes se toman juramento y los presidentes bailan el vals, inacabables colas ante una taquilla improvisada aguardan la misteriosa ayuda de un sujeto embozado que reparte dinero gratis entre quienes se lo piden con un buen motivo. Parados, excombatientes o familiares de enfermos, toda la previsible fauna de la crisis, se aprieta expectante hasta ser recompensada, según el criterio de ‘Bailout Hill’, esto es Bill el rescatador, con cantidades que oscilan entre los cincuenta dólares y sumas mucho más considerables, sin que se les pida a cambio otra cosa que la exposición de su caso y  necesidad. Sus ayudantes explican a los ciudadanos, eso sí, que Bill –que ahora se sabe que lo que busca es promocionar un ‘sitio’ de Internet en el que se ofrecen objetos en desuso—pretende tan sólo hacer con los individuos, uno por uno, lo mismo que el Gobierno está haciendo con los potentados de la banca y de las grandes empresas como estrategia para frenar o tal vez escapar a la crisis galopante, es decir, darles dinero contante y sonante, dinero caído del cielo de la oportunidad como un maná imprevisible. Así va la cosa de desmadrada en esa Babilonia que ha comprobado inesperadamente el contraste entre su colosal estatura y la debilidad de sus pies de barro, arrastrando tras de sí al planeta entero. He visto pocas imágenes más elocuentes y críticas sobre la gravedad de la crisis y el oportunismo del Poder que la silueta de ese embozado.

Aquí, como en los EEUU, como en la culta Europa, los potentados no han tenido que hacer cola congelados ante ninguna taquilla para que el limosnario les arrime las fabulosas ayudas que nadie sabe a dónde van, cómo se administran ni con qué objeto social, y a pesar de las cuales los beneficarios se las mantienen tiesas con los Gobiernos, ternes en su actitud restrictiva y cerrada. Y uno piensa, perplejo ante el espectáculo de Times Square, que tal vez no sea ninguna pamplina la idea de ese reparto directo, mano a mano, que tal vez no va a sacar de pobres a los pelados de la mano tendida, como los magnates de las grandes ayudas no van a sacar de apuros más que a sí mismos. El viejo dilema sobre la caridad o la filantropía revive su imagen más extravagante en pleno corazón de Manhattan mientras en Wall Strett, “the big money”, el gran dinero, desprecia la calderilla y se repone con la millonada recibida. Cualquier cosa es posible en Nueva York. Incluso una apoteosis del individualismo en plena crisis global.

La comedia de las Cajas

Chaves anda vendiendo por ahí que le va apretar las tuercas (sic) a las Cajas de Ahorro para que abran el grifo y contribuyan muníficamente a resistir frente a la crisis económica. ¡Como si las Cajas fueran instituciones independientes y no órganos teledirigidos por él mismo a través de unos directivos y consejeros casi sin excepción con el carné en la boca! Cuentos: Chaves pone y quita como quiere a los que mandan en las Cajas (recuerden lo que les ocurrió a los dos presidentes que osaron ir por libre), de manera que si quiere que las Cajas se abran a la sociedad no tiene más que ordenarlo a esos subordinados que le obedecerán ciegamente. Lo demás es pura comedia y no es de recibo que encima de cornudos nos apaleen.

Partidismo radical

Lo que han hecho los sociatas en el pleno de la Diputación con los obreros de Tioxide no tiene nombre: oponerse a una moción de apoyo y solidaridad por el solo hecho de que quien la promovía era el Partido Popular. Son los mismos que reclaman constantemente colaboración, actitud abierta, hombro ajeno bajo la trabajadora, pero que, en la práctica, no son capaces ni de imaginar una acción conjunta ni siquiera para apoyar a unos trabajadores que viven angustiados ante la amenaza cierta de su despido. Indigno, descarado, impresentable. Se entiende la competencia política pero el partidismo radical y exclusivista debería estar proscrito en esta democracia cada día más averiada.

La edad del mundo

A medida que se acerca el bicentenario de Darwin circulan por doquier las polémicas más extravagantes. En USA se ha movilizado el ejército fundamentalista partidario de la teoría del “diseño inteligente” contra la lógica del evolucionismo generalmente aceptado en la ciencia actual, en Europa, la tensión  latente se expresa en numerosas convocatorias de manifestaciones públicas tendentes asímismo a aprovechar la ocasión para desacreditar al gran hombre y su hallazgo. Es más, en la propia Inglaterra acaba de conocerse el resultado de un sondeo difundido por The Daily Telegraph según el cual más de la mitad de los ingleses rechaza la teoría evolucionista de la vida y piensa en la necesidad de que en su realidad y discurso haya intervenido activamente la mano de un ‘diseñador’ capaz de explicar, desde la inteligencia, la complejidad de la existencia. Es más, uno de cada tres de esos ciudadanos tan civilizados y cultos, opina que el mundo debe tener una edad aproximada de 10.000 años, además de ser creación voluntaria de un ser superior, como si –ay, Teilhard de Chardin—esa inteligencia activa que reclaman no pudiera ser compatible con eso que los teólogos llaman el ‘plan’ de la divinidad. Estamos hechos al chafarrinón de escuela, a la imagen de trazo grueso con que el mito resuelve el misterio, a la respuesta redonda que alisa las anfractuosidades de la visión ideológica hasta hacerlas propicias al tacto expeditivo del instinto y, francamente, no parece que la cosa tenga remedio.

En el sondeo me ha llamado la atención la extravagante idea de la edad del mundo que antes mencionábamos, esos 10.000 años por donde va ya la añeja cuenta frailuna que todavía el ‘Martiriologio Cristiano’ cifraba con exactitud, en su momento, en los 5199 años, un cálculo de mucho éxito, comos se sabe, que todavía resuena en nuestro Torres Naharro, hace quinientos años, quien se la endosa al primer hombre, “Triste estaba el padre Adán,/ cinco mil años había…”. Es obvio que de poco sirven las evidencias procuradas por la Ciencia a la hora de convencer a la opinión en temas expuestos a su libre albedrío, pero más preocupante –como dicen que ha protestado Dawkins—es esa estadística ignorante que incluye a un tercio de los propios profesores, partidarios de explicar el ‘Big Bang’ al lado del ‘Génesis’. Hemos de oír mucha extravagancia este año con este motivo, ya lo verán. La cosas no han cambiado tanto como parece en estos doscientos años que nos separan de Darwin.

El mundo por montera

Alcaldes monterillas hay cada día más. En Marbella, la alcaldesa no acierta a dar una explicación razonable para sus actuaciones urbanísticas. En Los Barrios, el regidor doblemente condenado alega que los fallos son injustos y se dispone a pedir recurso al Gobierno –como ha hiciera el de Carboneras—que hasta puede que se lo conceda. En Jerez, Pacheco amenaza con “tirar de la manta” y denunciar presuntos delitos de los que mandan ahora que, por lo visto, él conocería desde la oposición, olvidando que callar delitos conocidos es, a su vez, un delito de encubrimiento. A la democracia municipal le falta no poca cochura. O lo sobra lo que no diré.

Aron

La Dipu no cree preciso refutar –¿y cómo podría?—el guiso de la publicidad institucional, repartido entre los medios subvencionados y los negocios de algunos de sus dirigentes de partido. Dice que el criterio empleado para excluir a El Mundo y dar a manos llenas a ‘los suyos’ es el del interés de los ciudadanos, pero ni es eso lo que refleja la difusión de unos y otros, ni es necesario subrayar que por interés ciudadano el PSOE de Huelva entiende su propia conveniencia. Lo que no conseguirá ni la Dipu ni su partido es silenciar a este diario, el único que ha sacado a la luz durante años los abusos y miserias políticas de unos y de otros. Que le hagan el juego los estómagos saciados. Nuestro criterio, efectivamente, es servir al de los ciudadanos, aunque sea en ayunas.