Los tiempos cambian

Foto política del presidente Chaves entregándole a la presidenta de la Diputación el premio ‘Clara Campoamor’ por adelantarse a la hora de reconocer el voto no presencial de las mujeres y hombres. Durante la República, en el debate sobre el derecho de la mujer al sufragio, Clara Campoamor se quedó sola frente a quienes defendían que el voto femenino era conservata, clerical o incluso ‘histérico’ (algo, en fin de cuentas, muy freudiano), y perdió esa votación precisamente por los votos en contra del PSOE. ¡Lo que cambian los tiempos! Yo creo que estas cosas hay que recordarlas para los que las hayan olvidados pero, sobre todo, para los que ni siquiera las sospechen.

Agio e impunidad

Desde las más altas instancias del partido en el poder se acaba de aclarar a la galería que el alcalde de la capital estatutaria andaluza, es decir, de Sevilla, ha de agotar su legislatura y será quien decida personalmente si continúa y sigue, como aquel Joe Rigole de nuestros pecados, aunque de acuerdo con el partido y su ‘aparato’, faltaría más. El aviso para navegantes viene al caso, ni qué decir tiene, tras la sentencia que acaba de condenar a graves penas de cárcel a dos colaboradores de ese alcalde, convictos de delitos relacionados con el truco de moda de las facturas falsas, es decir,  de la financiación de partidos y militantes con potra a base de trincar del presupuesto público dinero para pagar obras no realizadas más que sobre el papel, un delito que, para mí, y estoy seguro de que para muchos ciudadanos, resiste pocas comparanzas entre los más aberrantes del repertorio actual. ¿Cómo admitir que un alcalde salga ileso tras ser condenados dos peones destacados de su equipo por delitos tan miserables, qué partido puede mantener su pretensión de ética, por no hablar de moralidad, tras demostrarse su implicación en maniobras semejantes? ¿Es concebible siquiera un  representante de todo un pueblo contaminado sin remedio por de una dolencia tan indeseable, podrá, en última instancia, llegado el caso, exigir probidad a sus ciudadanos quien permite (en fin, como mínimo) que bajo su mando se mangue de esa manera en los bolsillos de la gente?

 

Una duda me abruma condensada en una simple pregunta: ¿qué hubiera ocurrido si a la alcaldesa de Valencia o al alcalde de Madrid se le demuestran facturas falsas en su entorno electoral íntimo? ¡Y qué si a las minervas manijeras que mueven este ‘retablo de las maravillas’ les caen en las manos facturas falsas de algún modo relacionables con Esperanza Aguirre! Mi conclusión más vehemente –que comentaba ayer con Ignacio Camacho—es que la España política empieza y acaba en Madrid capital, salvadas las realidades estrepitosas como las que, eventualmente, pueda provocar el terrorismo o la influencia, o sea, que esa realidad política no es más que un subproducto mediático de un sistema de opinión para el que de Pinto y Valdemoros para abajo o de Guadarrama o Valdemorillo para arriba, no hay más España que la que se decida contemplar en la milla de oro madrileña. Haría falta otro Ortega para reescribir (esta vez bien) “La rebelión de las provincias” u otro costismo capaz de ver en la ancha España periférica algo más que un feudo o un secarral. ¡Qué habría sido de Gallardón si le cae encima lo que al alcalde de Sevilla! Desde luego la torpeza expositiva del PP no ha sido capaz de explicarle esto tan sencillo a la basca ciudadana.

El calcetín y el colchón

Acabamos de enterarnos de que la hucha-cerdito del presidente Chaves ha acumulado mucha calderilla durante este último año, vamos, que tiene ya el doble de lo que había conseguido ahorrar honradamente en 30 años mal contados con sueldo de ministro para arriba. Por otra parte, la poli, que no es tonta, ha descubierto a un alcalde sociata guardando su botín millonario bajo el colchón y a otro justificando sobresueldo y juergas puticluberas con recibos de obras piadosas. ¿Qué pensará el honrado contribuyente viendo lo bien que parece irle la crisis desde el Presidente para abajo, y qué ese puñado de parados que cada minuto se despeña sin remedio ni esperanzas? Responda ustedes mismos,  por favor.

Un ‘animador cultural’

Miles de onubenses han pasado ya por “Latitudes”, la muestra organizada por ese inquieto sin remedio que es José Luis Ruiz, un ciudadano distinguido que no pararon, entre unos y otros, hasta no aburrir y apartar de nuestra escuálida vida cultural, claro que no sin que antes tuviera tiempo de legar a la provincia un Festival Hispanoamericano tan reputado que no han conseguido cargarse ni entre tantos inútiles como tras él lo han regentado. La actual es una exposición de fuste, permítanme que diga que muy por encima de lo que la capital acostumbra a dar de sí. Huelva que, salvo excepciones, no suele reconocer los méritos auténticos de sus hijos, tiene en José Luis a uno bien preclaro con quien está en deuda.

Historia del clima

Pocos libros tan atractivos he leído en mi vida como el que Emmanuel Le Roi Ladurie dedicó hace muchos años a “Montaillou, village occitan”, la intrahistoria nada unamuniana de una aldea implicada en la cuestión cátara allá por el siglo XIV, en la que el autor –uno de los espíritus más finos de la escuela de los “Annales”—nos introducía, como sin sentirlo, en la vida cotidiana de unos pobres lugareños tan atribulados como felices. Junto a esa epopeya diaria, Ladurie habría de proporcionarnos obras muy diversas, entre las cuales ninguna quizá con mayor eco que su “Historia del clima después del año 1000”, primera aproximación a un tema de absoluta actualidad que encontraría finalmente su desarrollo más completo en la “Historia humana y comparada del clima”, cuyo tercer tomo acaba de aparecer en francés. Ladurie, un historiador atenido al rigor del dato y durante años fanático de la perspectiva cuantitativista de la Historia, ha sido probablemente el gran historiador del clima (en Francia se ha dicho que el único) en esta época que tan fuerte ha apostado por el tema, y ha venido sosteniendo hace mucho que el planeta que habitamos experimenta un recalentamiento notable al menos desde la mitad del XIX en adelante y, en términos mucho más alarmantes, durante el último cuarto del siglo XX. Conviene leer despacio ese alegato más que erudito pero del todo asequible, para comprender la complejidad de un asunto, el del cambio climático, cuyo tratamiento banalizado ha llegado a ser proverbial, incluso al margen de mercaderes como Al Gore.

Con el libro en las manos me sorprende el informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en el que se da cuenta, no sin un eco alarmista, del deshielo de los casquetes polares, atestiguado, según dice, nada menos que por 10.000 expertos, que habrían decidido que la evolución de ese fenómeno es mucho más rápida de lo hasta la fecha estimado por la ciencia, afectando ya de modo visible a la fauna y la flora de los territorios helados que han empezado a emigrar y mutar para sobrevivir. ¿Habremos de fiarnos del Apocalipsis o seguirá siendo válida la visión del historiador, mucho más ‘natural’ y lenta, y bien poco alarmante considerada en su conjunto? La obra gigante de Ladurie (acaso el libro científico más vendido, según dicen) sugiere la necesidad de no entregarse a visiones vehementes de los cambios históricos y en especial del clima, esa “función del tiempo” que el sabio ha perseguido durante tantos años a través de informes y memoriales, archivos de parroquia y series conservadas. El alarmismo moderno haría bien en pulir sus aristas en este testimonio fenomenal de lo que realmente ha sido y sigue siendo el enigma del clima.

La Cámara inútil

No me refiero al Parlamento, aunque, dadas las circunstancias, bien le cuadraría el título, sino a la Cámara de Cuentas, ese órgano de extracción parlamentaria al que toman por el pito del sereno sus propios creadores pero también hasta el último alcalde monterilla. Según el propio organismo –gran legitimador del descontrol ‘de facto’ de que disfrutan las Administraciones andaluzas–, la mitad de los concejos no presenta sus cuentas como tiene que hacer por ley y, a pesar de sus esfuerzos por simplificar y facilitar las cosas, raro es el que se somete gustoso. De todos los partidos, eso sí. A la hora de escaquearse de controles legítimos, todos los gatos son pardos.