Animal sin memoria

Por alguna razón que se me escapa, es verdad que la Historia hubo de soportar siempre cierta inquina cultural y política. No es cosa de reproducir tantas descalificaciones, por lo general bana, algunas vertidas incluso por eminentes historiadores, pero es más que probable que esas pullas hayan servido a la larga para minar el viejo respeto por la ciencia. En este momento se dilucida en Francia una estridente polémica a propósito de la decisión del ministro de Educación, Luc Chatel, de convertir en opcional la enseñanza de la Historia y de la Geografía en el marco de la reforma de los liceos que se está llevando a cabo, una idea que choca frontalmente con el debate sobre la ‘identidad nacional’ auspiciado por el propio Gobierno. No han tardado en hacerse oír los propios alumnos y profesores, destacando entre tantas voces la elevada por un grupo de historiadores encabezados nada menos que por Jacques Le Goff, que exigen la retirada de semejante providencia desde la convicción de que sería irreparable desde la perspectiva de una formación sin la que el acceso a la formación superior resultaría sencillamente imposible. Sobra la memoria, al parecer, en esta sociedad global en la que incluso la geografía, paradójicamente, se esfuma conjurada por una mentalidad pragmática que, desde luego, no es nueva. También en España y en otros países europeos se intentó suprimir o, cuando menos, reducir drásticamente la enseñanza del pasado, siempre instalados en el dudoso paradigma que subyace bajo el positivismo cientifista que abandera el concepto actual de progreso. Se han olvidado de que, como dijera Heine, el historiador es un profeta que mira hacia atrás y de la advertencia de Cicerón de que quien no conoce su historia será toda la vida un niño. A lo peor es eso lo que quieren.

En España, como sabemos, el problema ya no es tanto esa amenaza de supresión, como el activo establecimiento de una historia ‘plural’, esto es, privada de su imprescindible coherencia por la imposición de criterios localistas, a tenor de cada uno de los cuales nuestro pasado habría sido una misma historia contada de diecisiete maneras, naturalmente contradictorias entre sí. Nos movemos, pues, entre el proyecto de aniquilación de la memoria y el propósito de ‘domesticar’ ésta sometiéndola férreamente a las mitografías lugareñas, último y pésimo modelo de una historiografía de andar por casa. El presentismo absoluto gana terreno día a día en su idea de conseguir el individuo amnésico que exige su plan de dominación integral. Que eso ocurra cuando los físicos apuestan por la ‘historicidad’ del hecho observado no deja de ser una deplorable contradicción.

Despilfarro cateto

Casi cinco mil euros han sido dedicados por al Diputación de Huelva a una empresa madrileña (¡) para confeccionar una lista de invitados a un invento de la propia Diputación y algún que otro “agente social”: el absurdo proyecto “Huelva más allá”, ideado para represtigiar a una provincia a la que el desprestigio le llega sobre todo por demérito de sus representantes políticos. ¡Contratar a unos madrileños para hacer la lista de los onubenses que debería asistir a esa fantasmada! Desde luego, ni la crisis feroz que padece al Andalucía débil basta para contener el despilfarro de esta instituciones cuyo única función visible es gastar.

Cobardía política

Al alcalde de Valverde (PSOE) le han pintado la fachada de su casa unos miserables incapaces de dar la cara en democracia. Al de Punta Umbría (PP) han hecho lo propio otros que tal bailan, sólo que en el tablado de enfrente. En democracia no se justifican esos ataques por la espalda que, seguramente, estos perpetradores no hubieran tenido bemoles de realizar bajo la dictadura. Pero, además, no se puede envenenar la vida municipal con estos atentados “de baja intensidad”, como se hacho norma decir, teniendo abiertas las puertas del Ayuntamiento para protestar legítimamente en su Pleno. Son unos cobardes esos rivales políticos. En democracia no es lícito lo que en la dictadura estaría justificado.

El dilema docente

Parece que los Reyes Magos preparan en toda Europa un reparto generoso de regalos lúdico-educativos, tal vez animados por el contundente criterio de ciertos expertos que aseguran que los niños aprenden mejor jugando, sobre todo cuando esos juegos no son formalmente “educativos”. La industria sabe lo que hace y por eso ha ofrecido a los pajes reales un repertorio de ‘kits’ para que el nene se entretenga con sus proezas químicas o disfrute dominando las maravillas botánicas, o incluso un acuarium capaz de producir y criar bichos raros con los que apabullar a la ‘basca’, sin que por ello se hayan olvidados los apasionantes e interactivos videosjuegos violentos que, según los expertos, siguen ahí porque también habrían seducido a los padres. Libros habrá pocos en las mágicas alforjas y la verdad es que ni falta que hacen, si hemos de creer un nuevo y desolador informe de la OCDE (Pisa 2010) que el jueves fue presentado a los ministros de Educación de la UE, y en el que se constata el fracaso absoluto del viejo plan de reducir por debajo del 20 por ciento la tasa de quinceañeros incapaces o poco menos de comprender un texto al leerlo. La realidad es que un cuarto de los adolescentes europeos tienen graves dificultades a la hora de leer comprendiendo, que, concretamente, países como España, junto con Grecia, Italia y Portugal, alcanzan cotas del 25 por ciento en esa lamentable estadística, muy lejos del 15 por ciento al que han logrado reducir esa tragedia educativa las naciones escandinavas, los Países Bajos o la propia Polonia, a lo que parece que ha contribuido no poco la indiferencia de las empresas al contratar a esos lectores deficientes. ¿Consuelo? Que tres cuartos de lo mismo se observa en EEUU o en Japón. ¿Problema? Que todo indica que esta crisis cultural está relacionada con el uso de Internet y los jodidos videojuegos. A ver qué pueden hacer los tradicionales Magos frente a Santa Klauss.

Es probable que no se haya reflexionado bastante sobre el impacto cultural de las nuevas tecnologías, y pienso que hasta peligroso el apoyo que tan precipitadamente viene concediendo nuestra “inteligentsia” más progresista a su presunta capacidad educativa. Lo que es seguro es que vivimos una crisis de la letra impresa que alcanza ya desde el parvulario a la universidad, donde –siempre según el informe que comento—se observa que la dificultad de comprensión alcanza hasta la enseñanza matemática, cuyos enunciados se resisten, al parecer, a nuestros jóvenes estudiantes. ¡Toda Europa es consciente del problema, pero sin el menor resultado!, se lamentan los informadores. No estoy yo tan seguro de lo primero, por más que esté convencido de lo segundo.

Hacer el indio

La historia de la multinacional Nilefós y de la crisis que atraviesa en manos de ese empresario indio y su equipo que deben hasta callarse en Huelva ante sus trabajadores acreedores, es otra demostración de que la Junta reparte subvenciones a ojos cerrados, seguramente por carecer de una planificación adecuada. Son muchas ya las compañías trinconas a las que puede aplicarse aquello de “¡Coge el dinero y corre!”, pero es evidente que la culpa no es de ellas sino de la Junta que las dispensa, ella sabrá por qué en cada caso, aunque en algunos de éstos no hace falta ni que lo explique. ¿Tan difícil resulta condicionar la subvención a unos resultados, tan difícil hacerlos cumplir cuando los hay? Mientras no haya un plan de desarrollo serio para la región, me temo que sí.

No es sólo Punta Umbría

La decisión del juez de imputar al alcalde de Punta y cuatro de sus concejales no debe mirarse como algo que afecta a aquel Ayuntamiento de forma aislada. Es al PSOE onubense al que concierne la responsabilidad, no sólo por respaldar a ciegas –y contra la evidencia de unas pruebas difícilmente rechazables—un intolerable ejercicio de presión municipal, sino por el simple hecho de que uno de los autores de éste sea miembro destacado de la Ejecutiva Provincial. Unas cintas grabadas en las que se escucha lo que se escucha, pesan mucho. Tanto que no se explica esa apuesta política que, en su día, podría descalificar al partido.