Si lo pagara él…

Si la indemnización por despido improcedente la pagara el alcalde, todavía, pero que eche a quien quiera y le pase la factura a los vecinos, es demasiado. Y eso es lo que hace el alcalde de Aljaraque, decidido a excluir a rajatabla de sus plantillas públicas a todos y cada uno de los trabajadores que no sean de su cuerda partidista: aceptar la improcedencia y pagar con dinero de todos ese injusto capricho suyo. En la vida laboral pública, por lo demás, no debería admitirse ese truco del despido improcedente para librarse de “diferentes” políticos y pagar la clientela propia. No es justo que la hegemonía de un partido la paguen los ciudadanos y no el propio partido.

Retratos de África

No me ha sido fácil conseguir el visionado del documental de Natham Rissman sobre Malawi, una pieza escalofriante al parecer sugerida por Madonna al autor, que retrata una de esas Áfricas torturadas que todos lamentan y casi nadie ampara. Malawi, en la zona austral, tiene 12 millones de habitantes, de los cuales un millón, es decir, uno de cada doce, es un niño huérfano que encabeza un hogar al que el sida ha arrebatado los padres. Rissman ha rodado un documental en vivo, sin excluir comentarios de próceres (el inevitable Al Gore, ‘of course’), a uno de los cuales, Desmond Tutú, ha tomado en préstamo el título, “I am because We are”, es decir, la tesis misma del reportaje que viene explicar que los problemas a todos afectan lo mismo que las soluciones y que no hay sociedad problemática que pueda salvarse sin cierta idea fuerte de entidad colectiva. Tremendo panorama de necesidad, de hambre, de abandono, en el que la subsistencia es un reto diario y la escuela una palabra vacía, mientras la peste de nuestra era, ese sida incontenible, diezma implacable a los pueblos. Se explica el furor que ha despertado en todo el mundo desarrollado la afirmación del papa Ratzinger de que el condón podría empeorar la marcha de la epidemia, una sinrazón clamorosa que contrasta con la conmovedora realidad de una humanidad doliente que ignora casi todo sobre el contagio y cultiva ideas bárbaras sobre su prevención, incluyendo la violación de vírgenes incontaminadas. Me he puesto malo viendo ese reportaje que ojalá llegue pronto a nuestros ‘medios’ y a nuestras conciencias. Y ya de paso a ver si llega también a otras más encumbradas.

Bien es verdad que contrasta esa absurda actitud pontificia y su ‘receta’ de “transformación moral” de esos miserables abismados en su particular neolítico, con el diagnóstico preliminar que servirá de apoyo al próximo sínodo sobre el continente negro, un certero y durísimo zarpazo sobre el papel de las oligarquías locales pero también sobre el jugado por los neocolonizadores, el egoísmo, la avaricia, la sed de poder, las guerras provocadas o la estrategia de aplastar las iniciativas aborígenes. Vale, pero ¿qué ocurrirá mientras tanto con la población expuesta al sida, como imaginar que una reforma de las conciencias logre detener la catástrofe, en qué moral basar la prohibición de métodos tan elementales de preservación? Ha dicho Ratzinger, hablando por boca de un amigo desaparecido, el cardenal Gantin, que la tarea de su iglesia ha de cifrarse en una auténtica “teología de la fraternidad”. ¡Y a mí que eso me suena, aunque con sordina, a teología de la liberación! No me hago ilusiones, pero tendría guasa que acabara recentándose a África la misma medicina que se anatematizó en América.

Contratos a medida

Cada vez está más claro que uno de los factores decisivos de la corrupción hay que buscarla en los contratos de las Administraciones, esas trampas derivadas de la propia ley en virtud de las cuales se “legaliza” todo lo ilegalizable. El informe de la Cámara de Cuentas para el 2007 es aplastante: “casi todos” los contratos y subastas de la Junta, por ejemplo, son tramposos, eluden el control alegando urgencia o se saltan sin pértiga lo que se tercie. Una merienda de negros que, a estas alturas, se ve, no ya como normal, sino como inevitable.

A cal y canto

La Diputación se cierra a cal y canto. El PSOE no está dispuesto a mostrar en exposición las obras presuntamente suntuarias y el costosísimo mobiliario adquirido a costa del contribuyente para satisfacer el afán de notoriedad de estos dirigentes que menos mal que son de modesta extracción porque si fueran de alcurnias altas acababan con el cuadro. Ni hablar de dar cuentas cabales, y es legítimo presumir que por algo será, pues a nadie incomoda dar explicaciones pertinentes cuando nada tiene que temer. Todo indica que se han gastado el manso en el mal llamado “palacete”. La oposición no logrará nada pidiendo que se investigue el caso pero sí que logrará dejar en evidencia a los gastosos.

Robar una pizza

Suelo charlar con mi amigo juez sobre casos y sentencias, esas curiosidades de la vida que no caben en cabeza humana ni tocada de birrete. Lo del labriego condenado por arrancar una mata de poleo, lo del curruco enviado a la trena por matar dos jilgueros, o bien lo de ese joven “reinsertado”, como ahora se dice, que debe ingresar en la cárcel (ese instrumento de “reinserción, no se olvide) cuando ya no la necesita. Mi juez me recomienda invariablemente que vaya al maestro armero ya que al juzgador, en este sistema legal, no le está reservado otro derecho ni asignada otra obligación que la de aplicar la ley. Si está en vigor el derecho que yo estudié de cadete sólo habría una excepción a ese principio: la ausencia de una ley “exactamente aplicable al caso controvertido”, supuesto en los que se autorizaba al juez, y sólo en caso de no disponer de una adecuada “costumbre del lugar”, a interpretar los “principios generales del derecho”. El juez actual no sería, según mi amigo, más que un esclavo de la norma, una especie de ortopeda que te ajusta la prótesis indicada en el vademécum, como consecuencia del empeño en encajar su figura en la del juez napoleónico, con su espada, su balanza y su granatario pero sin la más mínima libertad para actuar en conciencia. Un juez se limitaría a aplicar la sanción prescrita por el legislador y caiga el que caiga, sin contar con que en el supuesto de juicio con jurado, su cometido es aún más sucinto: aplicar el criterio y la doctrina “razonados” de esos legos presuntamente buenos. A pesar de los pesares, me encantan los jueces de las películas americanas, para qué voy a decirles otra cosa.

 

Un año por matar dos jilgueros, ochenta y un días de cárcel por robar una pizza de 20 euros. O bien, Vera condenado por el TS –¡varias décadas después!—a 18 meses y un día de prisión, que no cumplirá, por malversar más de 12 millones de euros con el fin de tapar las bocas de dos terroristas de Estado. Mi amigo insiste en lo del juez napoleónico pero no me convenzo del todo pensando en tantos juicios como llevamos vistos en los que los jueces han hecho mangas de capirotes mandando destruir pruebas a toda pastilla, denegando comparecencias de prometedores testigos o interpretando circunstancias con criterio exclusivo. Muy mal debe de estar la Justicia cuando nos balanceamos de atrás adelante y viceversa en ese peligroso columpio que planea con indiferencia sobre la pizza de unos bigardos y los maletines de unos policías delincuentes. En esto está de acuerdo hasta mi amigo el juez. Menos mal.

El Gran Capitán

Las cuentas sobre la llamada “deuda histórica” debe de haberlas hecho el Gran Capitán. De otra forma no se explica que no contente a nadie, a unos por mucho, a otros, por poco, o que exactamente la misma cantidad que acaba de limosnear el Gobierno a Andalucía le haya sido concedida a Cataluña. ¿Son acaso las necesidades catalanas exactamente iguales a las nuestras o se tratará de una solución salomónica calculada con trazo gordo? Todo ello sin contar con que ahora las demás CCAA estarán en su derecho de tender la mano. La “deuda” famosa empezó siendo una ocurrencia y ha terminado en simple tomadura de pelo.