El grifo ruinoso

La Diputación, además de un organismo expletivo, es una institución ruinosa. Este año, por ejemplo, se va a gastar en ella millón y medio de euros en propaganda de sí misma y sus mandamases, a pesar de la reducción que la crisis ha impuesto al Presupuesto. “¡Que ahorren ellos!”, parece decir unamunianamente su presidenta, que se reserva para sí nada menos que 300.000 euros para “gastos sin justificar”. Esto, sencillamente, es un abuso y una vergüenza, porque en Huelva, por haber, hay hasta hambre. Ni los jerifaltes franquistas tiraban de caja con semejante facilidad. En el propio archivo de la casa pueden comprobarlos estos capitostes/as de ahora.

La vida del símbolo

Hace poco, el prestigioso The New York Times ha comentado sin complejos que en el año 2001, en plena batalla de Tora Bora, cuando los telediarios nos ilustraban el feroz ataque hablándonos de bombas perforantes que alcanzaban la entraña de la tierra, los mandamases del ejército, concretamente el secretario Rumsfeld y el general en jefe Thommy Frank, dejaron escapar a placer al hombre más buscado del planeta, es decir, a Bin Laden, cuya captura era, al menos en la propaganda, el gran motivo de aquella guerra que continúa hoy. La vida de Bin Laden ha estado siempre en cuestión, como corresponde al interés funcional de todo mito, y por eso desde la primera hora corrió el rumor de su muerte y desaparición, aunque ahora se vuelva a la tesis de que está vivo y coleando, posiblemente “en un centro urbano fuera de Afganistán” –es decir, hablando en plata, en Pakistán—si bien subsiste la impresión de que reparte su morada a ambos lados de la frontera, “unas veces en el lado paquistaní y otras en el lado afgano”, según el consejero de seguridad nacional James Jones. Incluso dicen que el gran perseguido precisa de diálisis a diario, circunstancia que complica no poco esa teoría de la movilidad, o por el contrario, que habría superado milagrosamente su mala salud de hierro. Cualquiera sabe. Lo interesante, a mi modo de ver, es esa insistencia que pone la propaganda –tanto de un lado como del otro— para convencernos de que el mito está realmente vivo y no sólo, como nuestro Apóstol Matamoros, místicamente en reserva entre batalla y batalla. Creo que la vida de Bin Laden interesa tanto a Al Qaeda para conservar su vigor simbólico, como a los EEUU –en realidad, ya a todos sus aliados–, cuyo argumento bélico se robustece frente a un mito disponible. David necesitaba a Goliat amenazante para justificar su pedrada tanto como los filisteos para mantener alta la moral de su gente. Todo mito precisa la vida para cazar sus ratones. Como el gato, ni más ni menos.

Hace tiempo que dejé de coleccionar noticias sobre ese personaje perverso, convencido de que nunca nos enteraremos de su final, si es que alguna vez llega. A Hasan Husein lo exhibieron como una fiera antes de ahorcarle porque lo exigía la ilógica de una segunda guerra que tenía dividido al mundo. Pero Bin Laden no es el burdo Hasan que volaba la sesera a sus ministro o gaseaba sin piedad a los kurdos, sino un ectoplasma conservado en el formol publicitario por los estrategas belicistas. Conviene que mantengamos al mito vivo. Una vez muerto no serviría de coartada ni a los más fanáticos belicistas de cualquiera de los bandos en liza.

Sobran sofismas

No le falta razón al presidente de la Diputación almeriense cuando argumenta que la falta de dotación de los pueblos pequeños pueden propiciar los desórdenes urbanísticos que mantienen imputados hoy a tantos ediles. Pero el argumento se vuelve sofisma si con él se pretende justificar la corrupción rampante, entre otras cosas porque ni Marbella, ni Estepona, ni mucho menos las capitales carecen de los medios precisos y, sin embargo, podridos andan cada vez más. No se trata de inventar sofismas sino de decidir de una vez que no se puede burlar la ley ni para beneficio particular ni en beneficio de los partidos. Lo demás son cuentos y designio de despistar a una opinión pública lógicamente escandalizada.

Redundancia y despilfarro

La Diputación ha destinado a Cultura cuatro millones y medios de euros, sólo para el año 2010. La pregunta es por qué han de coexistir tres presupuestos provinciales destinados a Cultura –el de la Junta, el de la Diputación y el de cada Ayuntamiento—que superponen sus competencias y, encima, no son capaces entre los tres de mantener algunas entre las más estimables iniciativas emprendidas por particulares. En realidad, el dinero que se gastan en Cultura (sin entrar siquiera en lo que los políticos entienden por tal) es un suplemento que añadir al presupuesto de propaganda política, porque la realidad es que nuestros niveles culturales siguen estando por los suelos.

Animal sin memoria

Por alguna razón que se me escapa, es verdad que la Historia hubo de soportar siempre cierta inquina cultural y política. No es cosa de reproducir tantas descalificaciones, por lo general bana, algunas vertidas incluso por eminentes historiadores, pero es más que probable que esas pullas hayan servido a la larga para minar el viejo respeto por la ciencia. En este momento se dilucida en Francia una estridente polémica a propósito de la decisión del ministro de Educación, Luc Chatel, de convertir en opcional la enseñanza de la Historia y de la Geografía en el marco de la reforma de los liceos que se está llevando a cabo, una idea que choca frontalmente con el debate sobre la ‘identidad nacional’ auspiciado por el propio Gobierno. No han tardado en hacerse oír los propios alumnos y profesores, destacando entre tantas voces la elevada por un grupo de historiadores encabezados nada menos que por Jacques Le Goff, que exigen la retirada de semejante providencia desde la convicción de que sería irreparable desde la perspectiva de una formación sin la que el acceso a la formación superior resultaría sencillamente imposible. Sobra la memoria, al parecer, en esta sociedad global en la que incluso la geografía, paradójicamente, se esfuma conjurada por una mentalidad pragmática que, desde luego, no es nueva. También en España y en otros países europeos se intentó suprimir o, cuando menos, reducir drásticamente la enseñanza del pasado, siempre instalados en el dudoso paradigma que subyace bajo el positivismo cientifista que abandera el concepto actual de progreso. Se han olvidado de que, como dijera Heine, el historiador es un profeta que mira hacia atrás y de la advertencia de Cicerón de que quien no conoce su historia será toda la vida un niño. A lo peor es eso lo que quieren.

En España, como sabemos, el problema ya no es tanto esa amenaza de supresión, como el activo establecimiento de una historia ‘plural’, esto es, privada de su imprescindible coherencia por la imposición de criterios localistas, a tenor de cada uno de los cuales nuestro pasado habría sido una misma historia contada de diecisiete maneras, naturalmente contradictorias entre sí. Nos movemos, pues, entre el proyecto de aniquilación de la memoria y el propósito de ‘domesticar’ ésta sometiéndola férreamente a las mitografías lugareñas, último y pésimo modelo de una historiografía de andar por casa. El presentismo absoluto gana terreno día a día en su idea de conseguir el individuo amnésico que exige su plan de dominación integral. Que eso ocurra cuando los físicos apuestan por la ‘historicidad’ del hecho observado no deja de ser una deplorable contradicción.

Despilfarro cateto

Casi cinco mil euros han sido dedicados por al Diputación de Huelva a una empresa madrileña (¡) para confeccionar una lista de invitados a un invento de la propia Diputación y algún que otro “agente social”: el absurdo proyecto “Huelva más allá”, ideado para represtigiar a una provincia a la que el desprestigio le llega sobre todo por demérito de sus representantes políticos. ¡Contratar a unos madrileños para hacer la lista de los onubenses que debería asistir a esa fantasmada! Desde luego, ni la crisis feroz que padece al Andalucía débil basta para contener el despilfarro de esta instituciones cuyo única función visible es gastar.