El arca del abuelo

Entre mis recuerdos familiares aparece uno curioso que se refiere a la testamentaría un trasbuelo mío, entre cuyos bienes se menciona un arca repleta de monedas de oro, producto, según la leyenda familiar, del comercio de aceite que hasta el otro lado de la península acarreaban sus recuas muleras. Me he acordado de mi ancestro muchas veces, desde que en mi adolescencia leía los prodigios de la vida bucanera, con sus islas ignoradas y sus tesoros escondidos, hasta hace poco, cuando me enteré de que el ministro Solbes había decidido vender las reservas de oro depositadas en el Banco de España dado que, a su juicio, ese metal nada vil habría perdido hoy por hoy toda relevancia. Vendimos el oro, a Rusia concretamente, y ahora resulta que no sólo estábamos haciendo un mal negocio sino que su precio sube y sube hasta alcanzar este mismo noviembre, un máximo histórico, superando la onza por vez primera los 1.140 dólares en Londres y Nueva York, sin duda a causa de la debilidad de esa mítica moneda y de las benditas bajas tasas de interés del dinero. Los bancos centrales de los países emergentes están acaparando oro como locos, como lo prueba que India ha comprado este mismo mes al FMI nada menos que 200 toneladas por una auténtica fortuna, mientras Sri Lanka, el antiguo Ceilán, viene haciendo lo propio desde hace tiempo con la declarada intención de diversificar sus reservas. ¡Gran negocio, el de Solbes, no cabe duda, al acceder a la demanda rusa! Sería curioso que mi viejo amigo el historiador Ángel Viñas, debelador de la leyenda del “oro de Moscú”, echara su cuarto a espadas sólo a efectos de comparar lo que nos costó aquella deuda de guerra y lo que acaba de costarnos este cambalache de paz.

Esta crisis y sus meandros van a contribuir a poner en su sitio ciertas estimativas, señaladamente la que se presupone a la economía en cuanto ciencia predictiva. Habrá que fiarse menos de los expertos ante la evidencia de que lo que de verdad está ocurriendo en cada momento no lo conocen los economistas sino los gestores del gran chiringo, únicos en librarse de la actual catástrofe, como es notorio. Pero nosotros, de momento, nos hemos quedado sin el oro que era, fíjense que contrasentido, el activo más rentable y la mejor inversión, sólo porque un señor se levantó una mañana dispuesto a aplicar su triaca al enfermo delicado. Dicen que uno de los indicadores más realistas de la hondura de esta crisis es el espectáculo de la venta del oro doméstico por parte de las familias más débiles. Seguro que Solbes tiene explicación para ello pero a uno ya, qué quieren que les diga, no le apetece ni escucharla.

Renuncio flagrante

En política, ya se sabe, el toque está en salir del regate como sea. Lo malo es que luego, cuando la realidad se impone, los regatistas quedan mal como ha quedado el presidente de la Junta por asegurar que la llamada “deuda histórica” se cobraría en dinero “contante y sonante” (sic) y que esos 800 millones extra caerían como agua de mayo sobre la educación, la sanidad y la vivienda sobre “las ocho provincias andaluzas” (sic también). Al final hemos tragado con lo que nos ha dado el “Gobierno amigo”, que han sido las lentejas tramposas de Jacob. Así acaba una vieja historia sin la que resulta inimaginable qué hubiera sido de la autonomía mientras gobernó el rival.

La voz de su amo

Justificada enteramente la bronca de los trabajadores de Astilleros al grupo municipal del PSOE capitalino por defender a la Junta –o sea, a su partido, para qué engañarnos—frente a las propuestas críticas de la oposición, tanto de la derecha como de la izquierda. Es posible que la situación de Astilleros tenga mal arreglo pero lo que le faltaba a esos trabajadores es que el problema se agrave con proposiciones oficiales formuladas a favor de corriente. Otro gallo cantaría si hubiera elecciones en el horizonte, pero como no las hay, lo probable es que la Junta se limite, como en tantas ocasiones, a escurrir el bulto. ¿Qué fue de la foto del autodidacta Jiménez arengando a las masas en el tajo? Verán como a ése no le ven en el pelo en lo que quede de conflicto.

Oficio de verdugos

Durante su reciente viaja a China, el presidente Obama ha roneado sobre lo divino y lo humano, predicando (sin señalar) la restauración de las libertades y la defensa de los derechos del hombre. De lo que no ha piado siquiera es de la pena de muerte –esa lacra china que parece que va a peor cada día–, entre otras cosas porque habría que tenerla de cemento para exigirle eso a un régimen mientras el propio se encastilla con fuerza en la vieja costumbre penal, dando al traste con la ingenua esperanza de quienes creyeron ver en su gestión una posibilidad abolicionista definitiva. Amnistía Internacional anda difundiendo un informe en el que recoge el caso de un reo, Romell Broom, cuya ejecución hubo de suspenderse en Ohio ante la dificultad insuperable de encontrarle una vena utilizable, macabro espectáculo –con público, por supuesto– ante el que la autoridad ha discurrido una providencia expeditiva: sustituir la famosa inyección triple, pensada para aligerar en lo posible la pena del supliciado, por la administración de una dosis de única de tiopental y, en su defecto, de un cóctel de hidromorfona y midazolam que podría inyectarse por las bravas en un músculo importante. En ese Estado, Ohio, se prepara otra ejecución para el 8 de diciembre que sería practicada ya por los nuevos procedimientos y que sería la quinta local entre las 46 perpetradas durante 2009 en el país. Ni Obama podrá gran cosa contra ese antiguo reflejo heredado de aquellos pioneros que colgaban al sospechoso de una rama sin mayores remilgos. En EEUU se ha asesinado oficialmente a 1.182 personas –la inmensa mayoría negros y la casi totalidad pobres—desde que se abrió la veda en 1977. Con eso no acaba ningún presidente que pretenda seguir siéndolo.

Es curioso que la pena de muerte se haya enrocado en los dos extremos de la realidad sociopolítica –es de aplicación habitual en los países islámicos y normal en la “mayor democracia del mundo”—ahora que el derecho apuesta por la abolición del suplicio hasta el punto de excluirlo incluso en los pavorosos casos de genocidio que hoy juzgan, mal que bien, los tribunales internacionales. Y resulta desolador asistir a esa negra función en que el Poder interpreta la trágica ficción humanista de la búsqueda de métodos “humanos” para aplicar la barbarie. No les ahorro la espeluznante duda de AI ante los nuevos métodos: “¿Cómo reaccionará el condenado, se sacudirá, sufrirá un ataque, vomitará o acaso se irá poniendo azul lentamente?”. Lo siento. Obama tendrá que mirar para otro lado y sus edecanes habrán de encontrar alguna cortina de humo que nos vele, en lo posible, la agonía de la víctima del día 8.

Un viejo truco

Todo el que haya ido alguna vez a una consejería de la Junta ha de recordar cómo a la entrada se le exigió el carné y se anotó su visita. De modo que la excusa juntera de que carece de libro de visitas en Innovación y Ciencia, no se la cree ni el consejero, que hace ese ridículo para impedir que se pruebe la intervención de algún Chaves en el “caso Matsa”. Un viejo truco, que ya se empleó en el “caso Guerra”, con la diferencia de entonces había pasado ya un tiempo considerable y ahora hablamos de un control de antier mismo. Los indicios de nepotismo en este “caso” sin clamorosos. Tratando de ocultarlos, la Junta no conseguirá más que acrecentar su complicidad en aquel negocio.

Las manos en la masa

Se complica el “caso Cartaya” a medida que se van conociendo sus circunstancias, sobre todo para el entonces jefe de urbanismo local y luego mandamás en la Diputación, Miguel Novoa, que tras declarar lo que ha declarado libremente ante el juez, lo menos que podía hacer es entregar la cuchara y volverse a su casa ilegal. ¡Votar a favor de un proyecto urbanístico propio clamorosamente ilegal y nada menos que presidiendo la comisión! El alcalde y el partido tienen en este enredo un problema insuperable que sólo puede salvarse cortando por lo sano. Si Novoa continúa en la política, como es previsible, quedará garantizado paladinamente el derecho al caciquismo.