La capital

Mejora la capital sin prisa ni pausa. La intervención en la Gran Vía va a resultar un éxito, revolucionando la estética de esa zona céntrica que pronto contará también con la puesta a punto de su calle paralela o del modernísimo Mercado de Abastos. Cambia la ciudad, mejora su aspecto y eso es algo que no tiene justificación posible que se niegue o regatee por la sencilla razón de que está a la vista. Huelva se acicala para el nuevo siglo sin perder el pulso con la ciudad antigua, sin estridencias, dignificando su viario y sus instalaciones y servicios, a pesar de los malos tiempos que corren. Habría que hacer balance de estas cuatro legislaturas que han cambiado a fondo el aspecto de una población secularmente resignada a su difícil herencia urbana.

Familias reales

Hay que reconocer en la normalidad con que la sociedad española ha acogido la estudiada noticia del divorcio de la infanta Elena y el desde ahora señor Marichalar a secas, como una prueba de madurez psicológica más que notable. Los datos hablan por sí solos y hoy sabemos –y lo sabemos nada menos que por el INE—que la disolución matrimonial es un hecho masivo en nuestra sociedad en el que, por cierto, todo hay que decirlo, la crisis económica ha ejercido como un freno que las estadísticas reflejan con nitidez. Fíjense: si en 2006, creciendo el PIB a un confortable 4 por ciento anual, se separaron en España 145.919 coyundas, en 2007, cuando ese indicador se derrumbaba hasta el 2 por ciento, las separaciones descendieron también hasta sumar 137.510 casos y, en fin, en 2008, con la alarma de la olla de la recesión pitando ya con fuerza, sólo alcanzaron un total de 118.393. Más de 400.000 familias averiadas en tres años, que podrían haber sido más si las estrecheces circunstanciales no hubieran echado una mano. El divorcio, aquella institución “extrajera” que nuestros padres contemplaban aún como una realidad exótica es ya, como puede verse, no sólo habitual y creciente sino incluso sometida, como cualquier otra fenomenología social, a esa losa fatal que es el condicionante económico. El divorcio de la Infanta –que en su día, tímidamente, se disfrazaba como un alejamiento provisional y tal vez terapéutico–, lejos de constituir un escándalo como hubiera supuesto en aquella sociedad, no es hoy más que una noticia en la que puede que lo que más retenga la pública atención es el hecho de que Marichalar dejará de ser duque y, encima, tendrá que cargar, el pobre, con una pensión de padre y muy señor mío para “sostener” a su señora y a su prole. Esto era la democracia profunda y no lo hemos comprobado hasta ahora.

En mi opinión, quienes con uñas y dientes se oponen al cambio social, se equivocan al considerar desde la moral y no desde la mera sociología la dinámica de los grupos. La crisis lo ha demostrado con estas provisionales limitaciones de la misma manera que la bonanza los relanzará en su momento al inyectarle nuevos bríos a la determinación humana. Y en ello poco tienen que hacer los moralistas que –parece que fue ayer—en su día se opusieron con tanto énfasis al divorcio como se opone hoy al aborto, sin comprender quizá que la moral no es ni fue nunca una fuerza autónoma sino que, al contrario, no escapa a la férula de una lógica colectiva que funciona instalada en la mudanza material. Una princesa se divorcia hoy igual que la que pesca en ruin barca. Si será así que, princesa y todo, tiene derecho a que un pechero le arrime su pensión a fin de mes.

Monte de orégano

El recurso a justificar gastos con facturas falsas no es ningún “caso puntual”, como se dice desde el Poder, sino un procedimiento generalizado habría que ver hasta qué punto. En Sevilla, en Baena, en Valverde, en El Ejido y sólo Dios sabe en cuántos Ayuntamientos más, ya ni se contesta a esta denuncia que, por lo visto, tampoco atiende interventores, fiscales, Tribunales ni Cámaras de Cuentas. Demasiados casos para que se trate de una casualidad o de incidentes aislados: las facturas falsas se han convertido en un instrumento contable que ni siquiera merece una intervención de la autoridad. La impunidad de los golfos viene garantizada por el hecho de que es posible que a ningún partido le interese ya tirar de esa manta.

El caso astilleros

Dice la Junta que no va a meter el hombro bajo la trabajadera de Astilleros porque lo que hay en esa quiebra no es más que el propósito de los dueños de que les llueva el dinero público. Y lleva razón, probablemente. Ahora bien, ¿la Junta va a mostrarse estrecha en Huelva cuando en cien ocasiones ha tirado por la calle de en medio ante problemas similares, comprando literalmente empresas arruinadas (ahí está Santana Motor) o enterrando fortunas en industrias en cuadro (ahí está Cárnicas Molina), cuando no despilfarrando un capital en simulacros de ayuda (ahí está Delphi)? Huelva sigue sin contar para la Junta que ni siquiera cumple sus viejos compromisos. En Astilleros parece decidida a mantenerse al margen y contemplar su hundimiento.

¿Hay alguien ahí?

Está dando mucho de sí el Año Internacional de la Astronomía. Tanto que leo y oigo –hasta en Radio Vaticano—la importante expectativa despertada por la Semana de Estudios sobre Astrobiología, auspiciada por la mismísima Pontificia Academia de Ciencia. Todo indica que hay inquietud en medios eclesiásticos ante la avalancha de hipótesis y sugerencias que los constantes avances de la “disciplina de los cielos”, como decían los renacentistas, están acumulando en la actualidad sobre un plano de incipiente evidencia. Descubrir cuatrocientos exoplanetas, como se han descubierto en la última década, es algo que no tenía más remedio que movilizar la inquietud de los escépticos que postularon siempre, como mejor argumento geocentrista, la práctica imposibilidad de hallar lugares apropiados para la Vida en el vasto universo, un tópico que hoy apenas se tiene en pie. El propio Observatorio Vaticano dice ya, como quien no quiere la cosa, que “estamos muy cerca de encontrar vida extraterrestre” y no ve en ello mayor problema que el que los europeos debieron afrontar tras descubrir al hombre americano. La fantasía ciraniana, pues, puede que no lo sea tanto como hemos venido creyendo los adeptos del empirismo tradicional. Hay que recordar que el propio Ratzinger ya avisó el mes pasado de que probablemente “nosotros no somos el centro del universo”, constatación que dejaba muy atrás la mera conjetura para abrirse a una posibilidad que, seguramente, avalan criterios científicos. El Vaticano no quiere perder comba esta vez ni esperar a que un Orson Welles nos despierte una madrugada con un aldabón de hechos consumados.

Preparémonos para el resurgir de la ufología de estricta observancia que, esta vez con razón, reclamará su título de adelantada respecto al saber convencional , sobre todo, a esos hombres de espíritu que ya andan entreviendo, en la dogmática Roma, nuevas cuestiones filosóficas y aún teológicas como consecuencia de estas perspectivas nuevas. ¿Sabrá algo Roma que no nos dice todavía, habrá motivos secretos en la decisión de abrirse a la perspectiva extraterrestre sin escurrir siquiera el bulto doctrinal? Hombre, el argumento del Observatorio es pobretón, qué duda cabe, pero puestos a atar cabos empiezo a creer que pudiera haberlos ya de sobra para trenzar una expectativa nueva y conceder a la vieja fantasía, por si acaso, un discreto estatus. Demócrito, Luciano, Fontenelle, el Voltaire de ‘Micromegas’, el gran Jonathan Swift, que sé yo, hasta el viaje de ‘Domingo González’ que imaginó Francis Godwin, resulta que no andaban tan en el aire. Y digo yo que si Roma no quiere esta vez descolgarse del telescopio, por algo será.

La edad del mal

Cada día hay más mujeres maltratadas. También, por lo visto, desciende de continuo la edad de las maltratadas y, en consecuencia, la de los maltratadores. Desde el feminismo oficial se insiste en que no se trata de endurecer las sanciones sino de evitar los ataques, cosa indiscutible si se demuestra hacedera. Pero si no se demuestra sino todo lo contrario hay que recordar el papel disuasor que las sanciones tienen y quizá el hecho de que tantísimas jornadas, simposios y festolines, la verdad es que han dado poco de sí en estos años. Ese debate social que reclama la Junta ha de incluir, por lo demás, la espinosa cuestión de la actitud de las víctimas, desgraciadamente tan confusa. Demasiado trabajo, probablemente, para tanto aficionado/a.