Cenicienta

Buen repaso y balance el que ayer hacía en estas páginas el amigo Sánchez Canales, se onubense emérito. Huelva es maltratada por sistema desde hace años y lo seguirá siendo durante el próximo ejercicio (el propio presidente Griñán ha reconocido la exigüidad de las inversiones previstas para la provincia), pero cuando se lee una relación de compromisos pendientes como la de referencia, se le caen a uno los palos del sombrajo: la Cuenca Minera, el Polo, Astilleros, el AVE, el aeropuerto de nunca acabar, el problema del agua en el Condado, la presa de Alcolea, los comprometidos puentes sobre el Odiel siempre aplazados, los desdobles de carreteras… Huelva está dejada de la mano de Dios seguramente porque desde el partido que manda se la considera plaza segura. Cenicienta no debería seguir esperando al príncipe.

La sociedad vigilada

No sé cuántos miles de cámaras dicen que nos vigilan constantemente tanto en plena calle como en los ámbitos cerrados. El célebre “ojo público” entrevisto por la imaginación creativa es ya un simple artilugio de uso común en el que los poderes públicos delegan a la hora de controlar al personal, aunque no parece que con ello nuestras sociedades hayan ganado gran cosa en punto a seguridad ciudadana. El gentío apoya esta medida y demanda cualquier expediente que pueda servir para contrarrestar la imparable anomia que los expertos consideran inevitable en el actual modelo megaurbano, demostrando con ello una confianza excesiva que para nade se compadece con las frecuentes demostraciones de inutilidad de esos controles frente a la audacia transgesora. ¿Recuerdan a aquel ciudadano que consiguió penetrar de noche en el palacio de Buckingham y pasillear por su laberinto hasta dar con el dar con el dormitorio de la Reina, en suya soberana compañía se fumó apaciblemente un pitillo sentado en el tálamo real, o al menos eso fue lo que ella le dijo a su baqueteado consorte? No me digan que no fue raro el silencio que eclipsó aquel incidente, pero más extraño todavía resulta el protagonizado hace días por esa pareja americana que se ha colado en una cena presidencial burlando a la legendaria seguridad yanqui. Ya me dirán cómo confiar desde la calle en un sistema que no es capaz de controlar el acceso a una cita en la cumbre, camelado por algo tan ingenuo como es el aspecto de los gorrones. Los mismos que rechazarían a un genio por ir sin corbata se dejan engañar por un par de truhanes de buen ver vestidos de gala: he ahí toda una teoría del carácter clasista del Poder. Las fotos de los intrusos con el propio Obama o las más íntimas posando con el vice Joe Biden dejan en evidencia la vulnerabilidad de una seguridad que si a esas alturas funciona así, cabe imaginar cómo funcionará a pie de calle.

Todo indica que el secreto de la trasgresión reside en la audacia. Los aluniceros que empotran sus vehículos contra los escaparates o los atracadores de joyería desprecian olímpicamente la amenaza de la cámara de seguridad, lo que sugiere que con la mayoría de ellos el método no resulta práctico. Pero si un pringao alcanza la cama de la Reina o dos carotas dan el pego junto a Obama, habrá que ir pensando en que la delincuencia postmoderna le va ganando al Estado su primera función legitimadora, esto es, la seguridad de los súbditos. Viendo a Obama confiado junto a los invasores resulta inevitable recordar a los Kennedy y tocar madera para luego cerrar con doble llave la puerta de la casa.

Sueño y profecía

Cuando el famoso 92 había más de uno que se molestaba mucho cuando algunos decíamos que el futuro de ese invento tan costeado no sería, desde luego, traernos la “modernidad” ni convertirnos en “puente entre tres continentes”, sino el de terminar recalificado como suelo urbanizable. Y ahí lo tienen: la Junta acaba de admitir que procederá a vender los solares que el Gobierno le ha endilgado en la sevillana la Isla de la Cartuja, para reconvertir en dinero –como manda el Estatuto vigente—esa prenda tramposa con que ZP se quita una cruz de encima con Griñán de cirineo. El 92 fue una ruina además de una ocasión perdida, pero sus restos van a servirle de muleta, por segunda vez, a los funámbulos de la política.

Sevilla vs. Huelva

La Junta apuesta con firmeza por salvar los astilleros sevillanos liquidando los onubenses. Hay que suponer que se trata de un cálculo electoralista, porque hasta hace bien poco, las “estrellas” rutilantes del PSOE daban mítines puño en alto en nuestras instalaciones y hoy callan apagadas por completo. Sevilla versus Huelva, ya ven que injusto absurdo mueve al gobiernillo autonómico, que ve impertérrito como se desmonta la amenazada industria provincial. Y ello a pesar de que Astilleros de Huelva tiene ya trabajo para dos años por lo menos. Desnudar a un santo para vestir a otro: en esa estrategia, Huelva tendrá siempre las de perder con esta Junta por más mítines que le echen encima.

El ojo de la aguja

La oposición zelayista hondureña insiste estos días en que su país –uno de los países más pobres del Continente—está pasando su actual crujía por el efecto combinado del poder de la Iglesia, los militares y los “turcos”, que es como se conoce allá a las familias árabes inmigrantes que, en cosa de tres cuartos de siglo han hecho fortuna, al extremo de apoderarse del país. Como en tiempos se habló de las famosas 40 familias dueñas de Perú, hablan ahora los probolivarianos de las diez o las cinco familias, según las versiones, que poseen el control de la vida económica en una sociedad cuyo tres por ciento controla el 40 por ciento del PIB y en el que el 84 por ciento de la tierra es propiedad de aquellas cinco familias , los Rosenthal, los Facussé, los Larachs, los Nasser, los Kafie o los Goldstein, mientras que la miseria alcanza al 70 por ciento de la población. Nunca como hoy ha conocido el mundo a sus verdaderos amos. Lean la revista Forbes para enterarse de que sólo entre los nueve primeros plutócratas reconocidos –los Gates, Buffet, Slim (el consuegro de González, por cierto) y algún español como Amancio Ortega– acumulan casi 48 billones de dólares y, guardando la debida distancia, echen un ojo a la plutocracia española para convencerse de que, al menos a escala, en todas partes cuecen habas. Las estimaciones del impacto lesivo de la actual crisis sobre esas fortunas son escandalosas –aunque, por descontado, no incluyan en sus cálculos lo que puedan haber afanado precisamente a la sombra de su gestación—lo que una vez más demuestra que los ricos también lloran. E ignoro si será cierto que, como aseguraba Abel Bonnard, la riqueza ilumina a la mediocridad, pero a la vista está que, tantos siglos después, Eurípides ve confirmado al pie de la letra el tremendo apotegma que deja caer en su “Alcmena”: la nobleza no es nada, la riqueza lo es todo.

Hay que reconocer que la temeridad bolivariana (que, en este caso, incluye hasta el Brasil de Lula) tiene donde agarrarse para intentar el disparate, pero también que la capacidad del postcapitalismo para desequilibrar las sociedades es universal y afecta desde el laberinto tercermundista a las grandes potencias industrializadas, además de los llamados países emergentes. Cada vez la riqueza se concentra en menos manos y en consecuencia –como avisaron Marx y otros muy distantes de él—también lo hace el poder político, en cuyo ámbito el capital funciona como una instancia fáctica decisiva. Cobra cada día más fuerza la metáfora de Papini sobre el hombre que compró un país. Hoy ese hombre no tendría que comprarlo porque las cosas ocurren como si fuera suyo.

Concierta, que algo queda

Me acusa un lector de enemistad con los “agentes sociales”. Nada más erróneo. Sin ambages me declaro partidario de ellos, pero respecto de los realmente existentes guardo las distancias que me dicta el sentido común. Lo que rechazo, como tanta gente, es ese batiburrillo gironesco que los reúne con el poder político a cambio de que éste pague. Y lo que pregunto es si alguien sabe –concretamente– para qué ha servido en todos estos años esa estrategia que lleva costada una fortuna con la que se podría haber medio salvado a Andalucía. Sociedad civil, sí; gigante y cabezudos, no. Y menos si van en el pasacalle de la mano del alcalde.