Martes Santo

Una antigua destilería instalada en los altos de la Sierra Morena onubense con el nombre de Martes Santo presentará hoy al respetable un producto nuevo en el que sus laboriosos dueños tienen depositadas graves esperanza. La empresa se montó en 1870, o sea, recién expulsada de España por primera vez la dinastía Borbón y con un pie ya en la I República española, aquella que acabó como el rosario de la aurora cantonal. El producto nuevo es “la primera ginebra ecológica” que se fabrica, según ellos, que explican detenidamente el proceso de elaboración, insistiendo en el ecologismo de sus ingredientes, desde el enebro a las cortezas de mandarina, la canela o los pétalos de jazmín, todo ello sometido al triple destilado de un viejo pero esencial alambique de cobre alimentado con carbón de encina. Martes Santo, que debe su nombre a aquel día lejano en que se destiló su licor por vez primera, alardea con razón de su artesanía y del secreto de su fórmula, y la verdad es que ha adquirido ya un prestigio inmenso en toda esa zona de Sierra Morena convertida hoy en Parque Nacional Sierra de Aracena y Picos de Aroche que ahora tratará de aumentar con su propósito de hacer “transversal” su novedad en el arriscado territorio que sube desde el, piedemonte andevalino hasta Tharsis y Riotinto, ese territorio minero empeñado en llamar “aguardiente” a un anís seco que llaman puchero en Valverde, manguara en Rio Tinto y palomita en las antiguas cantinas ferroviarias. Llega una ginebra ligera y suave de aromas: la reina Victoria hubiera lanzado tres hurras.

En toda España está de moda la ginebra, o más propiamente el gin-tonic, que cuenta hoy, en toda ciudad que se precie, con bares especializados y un creciente público “in” al que, seguramente, la nota ecologista y, sobre todo, el concepto de transversalidad, habrá de complacer, esperemos que no hasta el grave punto de la ebriedad, acogido a sagrado bajo esa marca, Martes Santo, que pregona deliciosas indulgencias. Lo de la transversalidad está tan de moda que un diputado podemita acaba de proponer aplicarla a la Semana Santa sevillana, pero los amigos de Higuera de la Sierra, mucho más realistas, creo yo que han echado mano de ese término sólo para redondear el prospecto. El público siempre tiene razón, ya lo sabemos, y hoy el público parece consolidar una visión horizontal del mundo que no excluye a la ginebra, aunque Manolo Alcántara, ya ven, paladea su gin, entre verso y verso, sin premuras y de arriba abajo.

Alto y claro

El saco de los Eres fraudulentos y las prejubilaciones falsas pasarán, seguramente, a la historia judicial como un gran fiasco, sin más que un par de membrillos entrillados en el engranaje procesal y con una grave pérdida económica para el erario público merced a la prescripción, ese incomprensible comodín en manos de tantos malandrines. Menos mal que la juez Mercedes Alaya ha hablado alto y claro en la Universidad para consagrar una evidencia muy difundida pero que, en su boca, cobra singularísima importancia: que las prescripciones no son culpa de la policía ni de los jueces sino del “maestro armero” que dirige las tramas y regatea los recursos. Menos mal que alguien dice la verdad pura y simple. A Alaya le debería conceder la medalla que nunca le van a dar.

El fuero y el huevo

El debate sobre el fuero especial de que gozan los políticos, los aforamientos que los inmunizan ante la Justicia, está abierto. EL PP afora a Rita Barberá invistiéndola de senadora, el PSOE hace lo propio con Griñán, y Susana Díaz, no con uno sino con todos los ex-consejeros imputados dándoles asiento provisional en la comisión permanente del Parlamento autónomo. Un prohombre de la Dictadura que viajaba de noche atropelló mortalmente a un peatón y fue detenido pero cuando deponía ante el severo juez le llegó un BOE nombrándolo Consejero Nacional del Movimiento (al cambio, senador). ¡Y todavía se quejan porque dicen, en el país con mayor número de aforamientos del planeta, que la condición de aforados es una carga procesal y no un privilegio! La guinda de este pastel podrido viene de Brasil, donde la presidenta Dilma ha hecho a Lula ministro para sustraerlo a la acción de la Justicia obligando a un juez libre donde los haya a suspender el nombramiento en un auto demoledor. ¿Ven como “sí se puede”? Todo estriba en que el juez los ponga sobre la mesa y plante cara a los presuntos por protegidos que éstos se encuentren en su menester político. Y vean también hasta qué punto es prudente no declamar filosofías sociales, recordando la frase que el mismo Lula parece que dijo hace unos años: “En Brasil, cuando un pobre roba va a la cárcel, pero cuando el que roba es un rico, lo hacen ministro”. Como a él, sin ir más lejos.
Cuando hace años, en Brasil, un grupo más que vanguardista me insistía en las miserias de Lula, recuerdo que interpreté aquellas críticas como propias del acratismo de la vanguardia. Luego, durante su mandato plagado de escándalos y ahora que parece que lo han entrillado incluso a él en persona, empiezo a aceptar que tal vez aquellos desdenes no obedecían sólo al talante bohemio de mis informantes, sino que tal vez no respondían a otra razón que el de un conocimiento más cercano. Brasil ha mejorado sensiblemente en estos años de gobernanza filocomunista pero también ha demostrado que en la postmodernidad no caben juntos el poder y la decencia. Eso sí, al menos allá existen jueces libres, bien bragados, capaces de reventarle el truco a la mismísima Presidenta anulándole un nombramiento inmunizador. ¡Qué bien nos vendría media docena de ropones por el estilo en este país de cabreros rapaces! Si ese mandato judicial impide el cambalache de Dilma y Lula, al menos quedará demostrado que Montesquieu no estaba muerto del todo.

El soviet, la purga

Cuando Monedero dijo que el propósito de Podemos era instaurar “un leninismo amable” comentó un guasa: “Sí, hombre sí. En adelante se dirá “todo el poder para el soviet, please”. Pablo Iglesias es más directo y habla de la guillotina como de un instrumento nivelador de gran utilidad para el Poder, ya que no distingue entre grandes y chicos sino que descabeza a todos por igual para regocijo de las “tricoteuses”. Por eso no ha extrañado la decapitación del líder madrileño disidente que osó disputarle si parcela de mando al Jefe –“el jefe siempre tiene razón”, decía los fascistas–: “En Podemos no hay ni deberá haber corrientes ni facciones que compitan por el control de los aparatos y los recursos, pues ello nos convertiría en aquello que hemos combatido siempre: en un partido más”. Puro leninismo, en efecto, remota imagen de los procesos de Moscú que aquí comienzan ya a fraguarse en salvaguarda del poder totalitario del Supremo. ¿Es ésta la izquierda inédita que nos prometían? No, ésta no es sino una reedición de todos los sovietismos habidos y por haber. Cuentan las crónicas que a Ilyá Ehrenburg lo metió Stalin en un cuartucho y no lo dejó salir sino para expulsarlo tras confesar sus culpas. Y que el inmenso criminal que fue Yezhov al mando de la NKVD cuando –como a Robespierre y como a tantos otros—le tocó a él el turno de ofrecer la nuca a sus verdugos, les dijo mansamente: “Decidle a Stalin que muero con su nombre en mis labios”. Nunca olvidaré a Artur London recordando emocionado su “confesión” mientras Lise, su mujer –que, en principio, se tragó el anzuelo–, le apretaba la mano.

Vendrán más, no lo duden. Antonio Elorza, que sufrió a esa camada durante años su Departamento de la Facultad, sostiene que lo que mejor la define es “una inmensa ambición de poder”, y con el poder no se juega y menos se comparte. Ya irán saliendo sus Troski, sus Víctor Serge, Sus Kamánev, sus Zinóviev e irán pasando uno a uno por la guillotina del líder, curiosamente apoyado por amplios sectores desconcertados de la ingenua clase media. A Errejón y los suyos les ha tocado el papel de troskistas, de posibilistas, de disidentes al fin, y pagarán por ello. “Todo el poder para el soviet, please”, y ya veremos cómo vamos prescindiendo de los “círculos” tal como Franco se deshizo de los Hedilla y hasta de los José Antonio. En política todo se repite desde Alejandro Magno. Podemos no iba a ser una excepción.

Días aciagos

Dos presidentes de la Junta, que también lo fueron del PSOE, sentados ante el juez imputados por prevaricación.: demasiado, incluso para el PSOE de Andalucía. El abogado de Griñán carga contra el PP en quien ve el artífice de estos “paseíllos” para compensar sus propias calamidades: ya no se acuerda, al parecer, de los meses que llevamos titulando a toda plana con los agios del PP. Los Presidentes, callados, como si la acusación de prevaricación del Tribunal Supremo les pareciera un mal menor. Y la juez Alaya: “La culpa de las prescripciones no es los jueces sino de las tramas”. Más claro, el agua. La que se ha librado de todos los problemas del mundo ha sido la juez Núñez Bolaños al dejar el tremendo “caso ERE” en manos de un juez auxiliar. ¡Que se foguee el chico, que caramba! Por falta de “casos” no ha de ser.

El ejecutor

La imagen del verdugo que tienen las últimas generaciones españolas oscila entre el aguafuerte de la película que le dedicó Patino y la tragicómica que, ideada por Berlanga, clavó en nuestra memoria un tembloroso Pepe Isbert que representaba, quizá sin proponérselo, al temblor colectivo que inspira esa figura entre triste y siniestra. El recordado amigo Alfonso Grosso reconstruyó en su imaginación la figura y circunstancias del verdugo encargado de ejecutar al Tarta y los otros “asesinos de las estanqueras”, un caso que conmovió Sevilla y a España entera a principio de los 60, relatándonos su retrato al natural, como ya había hecho Daniel Sueiro en su libro espeluznante. Y en efecto, el verdugo no era más que un pobre hombre al servicio del Poder, un ser probablemente desalmado a saber por qué causas, que no veía en su terrible tarea más que un acto laboral incrustado en la visión burocrática de la Dictadura. He aquí el recibo, difundido ahora, que el ejecutor del joven Puig Antich dejó para la posteridad, una factura como otra cualquiera para la contabilidad del Estado: “He recibido de la caja de esta Capitanía General la cantidad de ONCE MIL pesetas (11.000,- Pts.) que corresponden ocho mil (8.000) al cumplimiento de la ejecución de Salvador Puig Antich, efectuada el día 2 de marzo de 1974, y TRES MIL (3.000) en concepto de SEIS días de Dietas a razón de QUINIENTAS PESETAS día para el traslado del ejecutor D. Antonio López Guerra, de Badajoz a Barcelona y regreso”. Las cuentas, claras, y a otra cosa.

Hace unos años se presentó en el Congreso contra la Pena de Muerte celebrado en París el verdugo que, durante tres lustros ejerció su trabajo en el Estado de Virginia mandando al otro barrio a más de sesenta desgraciados, y lo hizo para dar cuenta de un remordimiento que en modo alguno manifestaron los verdugos españoles que entrevistó Sueiro, convencidos todos de su condición funcionarial, y no les faltaba razón porque en aquella España existió un Cuerpo de Verdugos, esos ejecutores a los que Roger Callois veía con ironía formando pareja con los poderosos para mantener el orden y la cohesión social. He leído abrumado ese recibo del verdugo que transparenta con indiferencia la gélida impiedad del Sistema tanto como la actitud estólida del asesino legal, un mísero ganapán que todavía pasa sus facturas sin escrúpulos en muchos países. En USA incluso tienen un público invitado que no ve en su crimen más que la sombra del deber cumplido.