El defensor, nervioso

Desde que ha trascendido que los recursos a la Oficina del Defensor del Pueblo han bajado notablemente tras el relevo de Chamizo, su sucesor, Jesús Maeztu, anda preocupado y un poco de los nervios, entiendo que sin motivo, porque es lógico que, tras las agitadas circunstancias del relevo y la ausencia de una personalidad como la de aquel, se haya producido algún desconcierto entre los usuarios. Maeztu debe hacerse el cuerpo a la realidad, que no es otra que la casi absoluta indiferencia de la Junta y demás instituciones ante su mediación y asumir que Chamizo le dejó el listón quizá demasiado alto. Aparte de que esa oficina, como la Cámara de Cuentas, estarán siempre condicionadas por sus inevitables dependencias del Poder. Ya verá Maeztu cómo se acostumbra pronto a la rutina impuesta por éste.

Los falsos pobres

Más de una vez he recordado la porfía barroca sobre la pobreza que mantuvieron, en plan más o menos arbitrista, plumas tan destacadas como el doctor Pérez de Herrera o fray Juan de Robles, y en un lejano libro mío tengo recogida esa distinción entre “falsos” y “verdaderos pobres” que se inventó ese arbitrismo en un momento en que la España estaba abarrotada, no sólo de pobres “naturales” sino de pobres sobrevenidos a consecuencia de las continuas guerras exteriores. Mi anécdota favorita en este terreno es la del invento para distinguirlos consistente en colgar del cuello del mendigo itinerante de unas “tablillas de bronce” (sic) que le servirían de legitimación ante las autoridades, pero hay otros muchos instrumento que se usan para depurar el auténtico número de desamparados que tiene un país, como son los matices técnicos que la jerga economista opone a la evidencia bruta de la miseria. Les pongo por caso al ministro Montoro –persona a la que respeto especialmente por reconocer la que le ha caído encima— que ha salido al paso del benemérito informe que publica periódicamente Cáritas para relativizar sus cálculos en el sentido de que, en virtud de la jerigonza economicista, no es pobreza todo lo que oscurece o, hablando en plata, que hay muchos menos pobres de los que censa esta admirable entidad cristiana. ¿Lo ven? Ya están ahí de nuevo los “falsos pobres”, o mejor, la racionalización, oh Freud, de la pobreza perpetrada desde el Poder, incómodo siempre con la parábola de Lázaro y el rico sencillamente porque ilustra su incapacidad absoluta o relativa. Un pobre es una cosa (sic) muy molesta para el que no lo es, a poco que éste tenga un mínimo de conciencia y el ministro Montoro ha cedido a esa tentación tecnicista para tratar de desacreditar lo que está de sobra acreditado, de la misma manera que nos insultara en otra ocasión asegurando que los salarios ¡han subido! en la España de la crisis.

 

Ya están, pues igualados los dos bandos del bipartidismo, teniendo en cuenta que hace años Matilde Fernández, siendo ministra “socialista”, le retiró la ayuda a Cáritas por ese mismo informe que le quita año tras año la venda de los ojos a todo el que no los tenga cerrados. Ni izquierdas ni derechas quieren pobres, como se ve, y creen que negarlos conduce a alguna parte. Quién sabe si en la intimidad echarán de menos las viejas “tablillas” con las que los teóricos de la monarquía señorial-feudal creyeron conjurar al fantasma de su fracaso.

Chollos vitalicios

Si la ley “regeneradora” de 2005 hubo de ser forzada a posteriori a eliminar los suntuosos privilegios con que se blindaba Chaves, a la que de Transparencia que ahora está en el obrador le han metido ya, en plan roscón de reyes, la coletilla de que, un poner, la presidenta Díaz dispondrá de por vida de una oficina y personal pagado por la Junta. Escuredo y Borbolla se buscaron la vida tras sus respectivas defenestraciones, pero parece que de ahí en adelante, empezando por Chaves y pasando por Griñán, todos los que nos manden tendrán despacho, coche, secretaria y chófer y nos pasarán la factura a nosotros. No cabe duda de que la España de las autonomías es una huerta sin vallar.

La puerta falsa

Por más que uno no comparta ni por asomo la adhesión al lepenismo mostrada recientemente en estas mismas páginas por el amigo Sánchez Dragó, es verdad que el problema de la inmigración masiva hacia Europa inquieta a mucha gente en la medida, no sólo de una eventual competencia laboral, sino de la misma reflexión sobre la identidad. No es indiferente para una ciudad como París ver cómo le crece en la “banlieu” una población sobrevenida que va ya por la tercera generación, como no lo debería serlo para la propia UE el desembarco masivo de inmigrantes que pueden suponer una carga inasumible. Es difícil, moralmente, tomar partido en esta cuestión, por muy solidario que se quiera ser con quienes desde el llamado Tercer Mundo buscan una vida mejor en le “paraíso” desarrollado, pero no deja de ser arriesgado volcar la apuesta del todo a favor de una población con la que acaso no resista el sistema. Unos periodistas británicos, haciéndose pasar por hombres de negocios, han descubierto en Bulgaria que existe todo un tráfico de pasaportes del país provisto de los cuales, cualquiera que haya pagado los 180.000 euros que cuesta obtenerlos, podrá instalarse de pleno derecho en

un país de la Unión, incluso si sobre su persona pesa el fardo de los antecedentes penales, lo cual ya no es lo mismo ni mucho menos, aparte de que convierte a esas Administraciones –la de Malta hace lo propio,  al parecer—en aquel “café de Rick” que en Casablanca funcionó como mercado de ficción. No es tranquilizador, en ese sentido, enterarse por “The Telegraph” de la posibilidad de que  cientos de personas hayan regularizado su identidad europea por ese procedimiento.

 

El siglo XXI tiene planteado un problema de movimientos de población que poco tiene tan poco que ver con los tradicionales y previsibles que tantos países utilizaron en su momento, como con el sistema de puertas (relativamente) abiertas que permitió la población de los EEUU en un tiempo récord. Y un espíritu independiente se verá en este punto atrapado por el dilema entre limitar la libre circulación de las migraciones o condenar a la miseria a continentes enteros. Europa no debería tender siquiera a ser la nueva Grecia en la que la inmigración famélica nutriera una nueva esclavitud ni la nación insensata que propiciara un falso universalismo ajeno a la realidad social. La puerta de atrás no debería servir, en ningún caso, de falsa solución.

La sombra del burro

Para mí que nunca se liquidará la vieja porfía entre razón y fe, sobre todo en el ámbito cosmológico, del que ya sabemos tanto y tan poco. La última baza del racionalismo viene en el informe de un grupo de investigadores del Centro Astrofísico Harvard-Smithsoniano (CFA) que ha logrado cerrar la discusión en torno a la teoría de la “inflación cósmica” detectando ondas gravitacionales en el basurero de la energía fósil, y estableciendo que el “Big bang” se produjo hace 13.800 millones de años, ni uno más  ni uno menos, permítanme la broma. Todo esto que existe con nosotros dentro comenzó, a partir de ese “huevo cósmico” infinitamente contraído, con un zambombazo descomunal que parece que provocó que el universo se expandiera cien billones de billones de veces “en un abrir y cerrar de ojos”, un dato difícil de asumir pero que ha hecho cantar victoria a los inmanentistas y decir a mi querido Raúl del Pozo que hoy “la Ciencia convierte en redundante la figura de un creador”. Vale, pero ¿cómo se resuelve la cuestión de fondo, la exigencia ontológica, la pregunta de dónde y desde cuándo estaba donde fuera ese “huevo”, teniendo en cuenta que antes de su explosión no existían ni el espacio ni el tiempo, que son, como hoy sabemos, dimensiones imbricadas pero no eternas? Este pleito de los que se conforman con la evidencia científica parcial y quienes aspiran a una teoría capaz de dar cuenta lógica de la creación, me ha recordado siempre la disputa por la sombra del burro atribuida a Esopo y con la que Demóstenes, según quería Plutarco, le dio pan con queso a su distraído auditorio, desde la sospecha de que unos y otros habrán de acabar a palos entre ellos mientras su jumento termina escapando libre. Todo lo que sea prescindir de la evidencia del misterio nos dejará siempre, mucho más adelante quizá, pero anclados en la misma aporía.

 

A ver qué hacemos ahora que ya hemos trincado al bosón y descubierto las ondas gravitacionales con esa metáfora maravillosa de los cien billones de billones de veces en que instantáneamente se habría expandido el Todo “en un abrir y cerrar de ojos”. Personalmente me quedo con aquella insuperable que lanzó Einstein cuando afirmó que el universo era “finito, curvo e ilimitado”, acaso el mejor verso blanco de la poesía contemporánea. Los sabios amontonan a un  tiempo evidencias e incertidumbres. Lo que puede que no consigan nunca es encajar el misterio en una ecuación.

El Gobierno enemigo

Como el presente no es un “Gobierno amigo” de la Junta, las energías autonómicas se concentran en oponerse a su tarea por sistema. Hasta una docena de recurso de inconstitucionalidad llevaba planteados el cogobierno cuando ayer se presentó otro sobre la reforma de la Administración Local, lo mismo a propósito de la porfiada Lomce que en materia de energías renovables, reformas sanitarias, gasto público en Educación, horarios y rebajas comerciales, tasas judiciales, ley de Costas o de unidad de mercado. Da lo mismo, porque el caso es oponerse, meter el palo entre los radios a la bici del Gobierno, no dejarlo gobernar en la medida de lo posible. La Junta es una oposición más que un gobierno cuando no son los suyos los que están en el poder.