Las manos sucias

Menudean en la información alusiones a le epidemia de cólera que padece Zimbawe, desde algunas instancias médicas se oyen voces lamentando la gravedad del caso y previniendo la posibilidad de su expansión. No se dan, en todo caso, datos concretos, como los que aparecen en los silenciados informes de los observadores. Que la epidemia en cuestión se ha llevado ya por delante nada menos que a más de tres mil personas, que los infectados se acercan a los sesenta mil, que no hay medios ni recursos para combatir sus efectos y que los medios sanitarios son mínimos en un medio señoreado por la pobreza, la falta de higiene y la promiscuidad. Se muere a chorros la población de una enfermedad a la que los médicos llaman, por razones obvias, el mal de “las manos sucias”, mientras en Occidente, en el mundo desarrollado que bastante tiene con debatirse en medio de su propia crisis, apenas resuena el eco de una tragedia que la OMS ha declarado “fuera de control”. No existe la solidaridad internacional más que en dosis homeopáticas, es más, incluso puede decirse qu el Tercer Mundo  no existe siquiera para la conciencia desarrollada, teniendo en cuenta que la localización de media docena de casos en cualquiera de nuestros países sería considerado como una emergencia. Hasta la enfermedad es una cuestión de clase.

¡Las manos sucias! Hace años que ‘Médicos Sin Fronteras’ clama advirtiendo que la simple higiene de las manos evitaría una de cada tres muertes en ese continente olvidado, pero ¿qué hacer si esas poblaciones carecen también de agua? Hay que aceptar que África está condenada a su suerte y que en el mundo desarrollado no hay para ella más que buenas palabras cuando no simple olvido. Tres mil muertes entre nosotros–muchas menos con toda seguridad– nos harían olvidar de momento incluso la crisis que nos agobia, pero significan bien poco contempladas en una perspectiva tan lejana. Tan poco como las guerras olvidadas, como la explotación inhumana de sus recursos, como el fantasma del Sida, como tantas otras lacras que en nuestro mundo –opulento incluso en la crisis—caben holgadamente en una gacetilla y se liquidan con una vaga promesa de ayuda, con un mínimo porcentaje del PIB de los ricos y algunas lágrimas de cocodrilo. La crisis empeorará las cosas, seguramente, frente a este mundo ajeno a ella, precisamente por estar aquel instalado por naturaleza en la crisis radical del primitivismo. Leo en un periódico francés un comentario impío pero certero: a ver qué harán los supervivientes de Zimbawe que escapen al cólera. El humanismo es ya apenas una gran mentira oportunista.

Parlamento en la calle

Vamos a vivir una semana tensa en vísperas de la manifestación contra el paro convocada por el PP en Málaga, de cuyo éxito o fracaso dependerá, en buena medida, el peso de la opinión pública en estas circunstancias excepcionales que los sindicatos, sin embargo, por la cuenta que les trae, silencian como pueden. Más un de cada cuatro andaluces está en paro y los pronósticos son alarmantemente peores, pues se prevé que se alcance en la región el 25 por ciento de desempleo. Es decir, que resulta del todo lógica una protesta en la calle teniendo en cuenta que el Parlamento autonómico, atado y bien atado por la mayoría absoluta de Chaves, no sabe/no contesta. El domingo veremos, pero sobran indicios de que la inquietud  ha trasladado su sede a la calle.

Contra el oleoducto

Importante la concentración en Cala de manifestantes contra el proyecto de oleoducto y refinería de un grupo afín al PSOE y, en consecuencia, protegido por él. A pesar de lo cual. Uno cree que el proyecto cuenta con las bendiciones precisas, incluida la personal y pública de ZP, lo que quiere decir que la Junta y el Gobierno lo apoyarán como pago a ciertos servicios prestados. ‘Do ut des’. Lo que se haga en adelante debería contar, en todo caso, con la posición clara de la opinión y de todos y cada uno de los agentes sociales, en lugar de mantenerse este clima de medios pronunciamientos y camelos oportunistas. Nada justificaría una oposición caprichosa al oleoducto, pero tampoco un apoyo interesado.

Vivir sin vivir

La batalla en torno a Eluana, la paciente italiana en coma que hace 16 años sobrelleva una existencia  vegetativa, se está convirtiendo en un espectáculo intolerable. Un drama que tratan de dilucidar entre dos ‘ideologías’ opuestas y ajenas al sujeto paciente, una batalla de muchos alrededor de nadie, en la que no hay más pólvora que la que se guarda en la santabárbara de las creencias. La Antigüedad clásica resolvió sin problemas la cuestión de la eutanasia –no hay mejor cliché que el de Séneca en la baño asistido por su médico–  que ni siquiera precisó de nombre para practicarse en uso del supremo derecho del individuo sobre su propia vida. Luego, el derecho a la vida ha sido arrebatado al individuo tanto por la religión como por la política, dos discursos estrictamente ‘ideológicos’, que tratan de administrarlo en función de premisas ajenas al dueño realengo, que no es otro que la persona consciente, incluso más allá de toda lógica, cuando las circunstancias alcanzan niveles tan inaceptables como los del caso presente. “Vivo sin vivir en mí”, decía la doctora Teresa, y podría decir, si “viviera”, esa Eluana que lleva dieciséis años reducida a una existencia vegetal mientras a su alrededor tratan de ajustar cuentas unos y otros, quienes entienden la vida como un bien propio de la voluntad del sujeto, y los que ven en ella un hecho independiente de sí mismo y, en consecuencia, perteneciente a instancias –la voluntad divina, el poder del Estado– definidas ‘ideológicamente’. Una batalla de muchos en torno a una ausencia, eso es todo. Shakespeare dice en ‘Otelo’, si mal no recuerdo, que es tontería vivir cuando la vida es un  tormento porque la muerte es entonces nuestra medicina. Sólo desde el voluntarismo ideológico se puede contraargumentar esta terrible verdad.

Indigna contemplar el espectáculo, los jueces favorables y sus contradictores, los fanáticos de la “muerte digna” frente a los empecinados defensores de la vida a ultranza, el papa calificando de “abominable asesinato” la desconexión clínica de esa muerta en vida, el gobierno entrando a saco por decreto para avasallar la piadosa elección de los padres y hasta la propia decisión de los jueces. Habla Kafka: “Me he pasado mi vida conteniendo el deseo de ponerle fin”. ¿Quién puede oponerse a esa suprema libertad, con qué argumentos que no sean ‘racionalizaciones’ derivadas de principìos ‘particulares’? Conmueve el espectáculo, insisto, la trifulca en torno al ataúd abierto, el abuso de una difunta de hecho disputada como un triste trofeo en la cacería política. Vivir sin vivir. El forcejeo en torno a esa desdichada es un escándalo moral que, afortunadamente, por una vez, ni siquiera tiene víctima.

Abrir nuevas frentes

La Junta, la consejería de Ecuación, se ha empeñado en abrir un frente nuevo donde no lo había: el comienzo del curso que se pretende adelantar una semana. ¿Para qué? Ah, tal vez “por xoder”, como decía el alcalde de Verín, quizá por pura ‘reglamentitis’ (ese mal de los aficionados en política), acaso para desviar la atención, en la medida de lo posible, de la catastrófica situación de la enseñanza y drenar la indignación que infla la paciencia de la comunidad educativa. Para “hacer como que se hace”, a ver si me explico, dejándolo todo como estaba. Tendremos otro curso desastroso pero una semana antes. Verdaderamente podríamos ahorrarnos el gasto de estos enredadores.

El lío del CES

No entiendo bien el lío del Consejo Económico y Social, creado por el alcalde en la etapa de colaboración con IU a propuesta de la coalición, y que ahora se propone reformar a la baja . Reducir gastos es lo más razonable en tiempos como los que corren, sobre todo si la Diputación dice que va a crear el suyo (¡), o sea, un CES provincial que es lo que tiene sentido, siempre que tenga entre sus competencias la lógica, a saber, el estudio y relativa fiscalización de sus Presupuestos que es de lo todos huyen. Se puede incluso no apreciar como necesario ese organismo, pero aún así lo lógico dadas las circunstancias, sería hablar sin condiciones ni retrancas previas hasta llegar a un acuerdo. En Huelva sobran discrepancias, tirones, zancadillas y putadas y falta sentido democrático. Sería cosa de no poner las cosas todavía peor.