Hacer el indio

La historia de la multinacional Nilefós y de la crisis que atraviesa en manos de ese empresario indio y su equipo que deben hasta callarse en Huelva ante sus trabajadores acreedores, es otra demostración de que la Junta reparte subvenciones a ojos cerrados, seguramente por carecer de una planificación adecuada. Son muchas ya las compañías trinconas a las que puede aplicarse aquello de “¡Coge el dinero y corre!”, pero es evidente que la culpa no es de ellas sino de la Junta que las dispensa, ella sabrá por qué en cada caso, aunque en algunos de éstos no hace falta ni que lo explique. ¿Tan difícil resulta condicionar la subvención a unos resultados, tan difícil hacerlos cumplir cuando los hay? Mientras no haya un plan de desarrollo serio para la región, me temo que sí.

No es sólo Punta Umbría

La decisión del juez de imputar al alcalde de Punta y cuatro de sus concejales no debe mirarse como algo que afecta a aquel Ayuntamiento de forma aislada. Es al PSOE onubense al que concierne la responsabilidad, no sólo por respaldar a ciegas –y contra la evidencia de unas pruebas difícilmente rechazables—un intolerable ejercicio de presión municipal, sino por el simple hecho de que uno de los autores de éste sea miembro destacado de la Ejecutiva Provincial. Unas cintas grabadas en las que se escucha lo que se escucha, pesan mucho. Tanto que no se explica esa apuesta política que, en su día, podría descalificar al partido.

Eterno retorno

Continúa la polémica sobre los crucifijos, la batalla simbólica del anticlericalismo que recorre la historia europea desde la Ilustración, fogueada en el brasero romántico. Otra vez el apócrifo “error Azaña”, el espejismo de que el mal de España sanaría con el exorcismo laicista, al que tal vez debe el fracaso republicano más que a ninguna otra causa. Quemar iglesias y desenterrar momias es pura barbarie, pero racionalizar esa barbarie es un crimen de lesa conciencia. Claudio Magris ha escrito sobre el tema cosas memorables. Por ejemplo, que la laicidad no es un contenido filosófico sino un ámbito mental, que no sólo el clericalismo ingerente e intolerante contradice la laicidad sino también la “pseudocultura radicaloide”, que la intolerancia y el engreimiento laicista –“la arrogancia transgresora laicista”, dice él– han demostrado ser igual de agresivos que la intransigencia clerical. La escuela no puede no ser laica, de acuerdo, pero “sólo una mentalidad obtusa puede escandalizarse de que en una escuela (italiana, pero valdría decir europea) haya un crucifijo” porque ese símbolo, como advirtiera Croce, forma parte de nuestra civilización. Ahí tienen otra vez, sin embargo, la “cruzada contra la cruz”, como dice Santiago González al denunciar este “laicismo asimétrico” que defiende el velo islámico o brama –con razón—contra el contradiós suizo de los minaretes, mientras apuesta, como si en ello nos fuera la vida, por que se arranquen las cruces de nuestras aulas, incluso de las confesionales, ¡de todas!, según los separatistas o el propio Guerra. La demagogia es siempre más fácil que la política. Bobbio arremetía contra la “jactancia laicista”. No reparaba acaso en lo fácil y útil que ésta puede llegar a ser.

“Con aceite de linaza/ incendiaremos el país”, se cantó alguna vez en España con la música de la Marsellesa. Triste proeza. Y se quitaron, en efecto, los crucifijos como se empeñan en quitarlos hoy los partidarios de una multiculturalidad de la que sólo se excluye la cultura propia. El ejército de parados puede esperar, el caos de nuestros territorios, la amenaza (y realidad) del fanatismo integrista, la pobreza galopante, el desplome educativo, la plaga de la corrupción: nada de eso corre tanta prisa como librarnos del crucifijo. Media España contra la otra media, en definitiva, como en el óleo infame de Goya. Otra vez. Y sin que nadie lo pida. Guerra dijo que la guerra de secesión de los Estatutos era un invento exclusivo de los políticos al que el pueblo era ajeno. ¡Pues anda que éste! El encono unido a la ignorancia. Cómo será la cosa, que ZP no ha tenido otro remedio que pararles los pies.

El problema andaluz

Puede que en Andalucía acabemos contando no con un millón, sino con millón y medio de parados, puede que uno de cada cuatro andaluces viva bajo el umbral de la pobreza, puede que nuestro fracaso escolar o nuestro absentismo no admitan comparación en España, puede que la corrupción esté batiendo entre nosotros el récord nacional. Total, que estamos arrastrados y viéndolas venir. ¿Y qué hace la Junta? Pues la Junta se dedica a sancionar tiendas de lencería fina por exhibir mujeres como maniquís infringiendo la “igualdad de género”. No es coña. Toda esta deblacle –trágica para cientos de miles de familias—cabe en un bikini.

Échenle un galgo

Al famoso empresario indio de Nilefós habría que darle un premio, al tío, por la maestría con que se anda quedando con los pardillos de la Junta. O bien mandar al andamio a esos políticos crédulos a los que el zorro ha vuelto a engañar dejando tirados en la cola a los trabajadores acreedores. Esto de las subvenciones ciegas de la Junta merecería un aparte en el Parlamento, si el Parlamento sirviera todavía para algo, pero en ese debate habría que incluir la responsabilidad de quienes tan alegremente van por ahí untando aventureros con la manteca pública. El indio se las sabe todas. O bien los junteros son más tontos que Abundio. Elijan.

Más que una crisis

La imagen de los jornaleros ofreciendo su “mercancía” en la plaza resulta normal hasta en el Evangelio. El trabajo era una necesidad mutua pero ni de lejos podía concebirse como un derecho hasta que se fue abriendo trabajosamente paso un cambio de conciencia que impuso en la sociedad uno de los cambios más graves de su historia, no sin pagar por ello un durísimo precio. El éxito del neoliberalismo ha consistido en superar ese modelo de relación para restituir el antiguo, basado en la idea del trabajo como privilegio ante la que cualquier reivindicación revolucionaria pierde sentido y se volatiliza. Japón parece ser el país donde esta vuelta al pasado se ha impuesto con mayor energía hasta diluir enteramente cualquier residuo de exigencia, pero está claro que Occidente también asume ya le ideología del trabajo como privilegio y, en definitiva, como un don del capital ante el que sólo cabe el agradecimiento o la resignación. Nunca se ha conocido una crisis laboral como la presente y, lo que quizá es peor, nunca las sociedades estuvieron tan a merced de esa teoría que el fracaso de los movimientos utópicos parece haber confirmado. ¿El poder? El Poder se limita a retorcer la estadística de modo que los resultados resulten más asimilables, según esa lógica que no resiste un análisis siquiera somero y que, en nuestro caso, maneja el vaso progresivamente vacío de manera que la pérdida se relativice hasta el absurdo de alardear de que cada vez la destrucción de empleo es menor, como si pudiera ser de otra forma una vez destruidos cuatro millones largos de puestos de trabajo. Que es como mostrarse optimistas porque el enfermo con fiebre de cuarenta ya sólo sube décimas y no grados sobre su peligroso límite. ¿Qué ocurriría en España si el mes pasado y el anterior el empleo hubiera caído al ritmo en que cayó hace un año o hace dos? Esta tropa nos toma por idiotas, evidentemente.

Hace falta una nueva sociología del trabajo (¿dónde quedan ya los Gorz, los Naville y cía)?) que persiga un equilibrio entre la demanda y la oferta de trabajo desde la idea de que los dos factores de la producción se necesitan mutuamente y de paso ayude a entender que lo que está en crisis no es sólo el pulso entre el trabajo y el capital, sino la propia estructura de una economía en la que cada uno de ellos tendrá que redefinir su papel. Bajo la idea del empleo como privilegio ni el trabajador ni la empresa superarán esta crisis profunda, agravada por el impacto tecnológico pero, en fin de cuentas, producto de un antagonismo antisocial. Porque puede que tras las apariencias que engañan, al ultraliberalismo lo aceche, probablemente, un destino parejo al que liquidó la utopía.