El ojo de la aguja

La oposición zelayista hondureña insiste estos días en que su país –uno de los países más pobres del Continente—está pasando su actual crujía por el efecto combinado del poder de la Iglesia, los militares y los “turcos”, que es como se conoce allá a las familias árabes inmigrantes que, en cosa de tres cuartos de siglo han hecho fortuna, al extremo de apoderarse del país. Como en tiempos se habló de las famosas 40 familias dueñas de Perú, hablan ahora los probolivarianos de las diez o las cinco familias, según las versiones, que poseen el control de la vida económica en una sociedad cuyo tres por ciento controla el 40 por ciento del PIB y en el que el 84 por ciento de la tierra es propiedad de aquellas cinco familias , los Rosenthal, los Facussé, los Larachs, los Nasser, los Kafie o los Goldstein, mientras que la miseria alcanza al 70 por ciento de la población. Nunca como hoy ha conocido el mundo a sus verdaderos amos. Lean la revista Forbes para enterarse de que sólo entre los nueve primeros plutócratas reconocidos –los Gates, Buffet, Slim (el consuegro de González, por cierto) y algún español como Amancio Ortega– acumulan casi 48 billones de dólares y, guardando la debida distancia, echen un ojo a la plutocracia española para convencerse de que, al menos a escala, en todas partes cuecen habas. Las estimaciones del impacto lesivo de la actual crisis sobre esas fortunas son escandalosas –aunque, por descontado, no incluyan en sus cálculos lo que puedan haber afanado precisamente a la sombra de su gestación—lo que una vez más demuestra que los ricos también lloran. E ignoro si será cierto que, como aseguraba Abel Bonnard, la riqueza ilumina a la mediocridad, pero a la vista está que, tantos siglos después, Eurípides ve confirmado al pie de la letra el tremendo apotegma que deja caer en su “Alcmena”: la nobleza no es nada, la riqueza lo es todo.

Hay que reconocer que la temeridad bolivariana (que, en este caso, incluye hasta el Brasil de Lula) tiene donde agarrarse para intentar el disparate, pero también que la capacidad del postcapitalismo para desequilibrar las sociedades es universal y afecta desde el laberinto tercermundista a las grandes potencias industrializadas, además de los llamados países emergentes. Cada vez la riqueza se concentra en menos manos y en consecuencia –como avisaron Marx y otros muy distantes de él—también lo hace el poder político, en cuyo ámbito el capital funciona como una instancia fáctica decisiva. Cobra cada día más fuerza la metáfora de Papini sobre el hombre que compró un país. Hoy ese hombre no tendría que comprarlo porque las cosas ocurren como si fuera suyo.

Concierta, que algo queda

Me acusa un lector de enemistad con los “agentes sociales”. Nada más erróneo. Sin ambages me declaro partidario de ellos, pero respecto de los realmente existentes guardo las distancias que me dicta el sentido común. Lo que rechazo, como tanta gente, es ese batiburrillo gironesco que los reúne con el poder político a cambio de que éste pague. Y lo que pregunto es si alguien sabe –concretamente– para qué ha servido en todos estos años esa estrategia que lleva costada una fortuna con la que se podría haber medio salvado a Andalucía. Sociedad civil, sí; gigante y cabezudos, no. Y menos si van en el pasacalle de la mano del alcalde.

Gato panza arriba

El escándalo de Punta Umbría, el “caso Ibercons”, va de mal en peor para sus protagonistas. Convocar a deshora el Pleno que habrá de tratarlo, de poco va a servir a un alcalde y a un equipo de gobierno que tiene que enfrentarse a la evidencia de unas cintas grabadas en las que los hechos en que se basa la querella resuenan como tiros. No se pretende que los presuntos, protegidos por el PSOE, se autoinculpen, pero parece claro que, mientras no desmonten esa prueba concluyente, tienen todas las de perder, aunque convoquen el Pleno a cencerros tapados. Éste puede ser uno de los casos “casos” más indecentes ocurridos en nuestra vida pública. El partido que trate de ocultarlo está perdiendo el tiempo y buscándose a pulso un escándalo aún mayor.

Memoria flagelante

Estamos viviendo una era de reconocimiento de errores y demandas de perdón. La Iglesia se lo ha pedido ya lo mismo a Galileo que a las víctimas del Holocausto, los alemanes a los judíos y a los franceses, y nosotros andamos metidos en un incómodo enredo para hacerle justicia a un bando de la pasada guerra, desde el supuesto de que al otro ya se lo habría hecho la dictadura. Miramos hacia atrás con una generosidad a veces extravagante, pero siempre empeñada en rehabilitar a unos a costa de otros. La propuesta de un diputado del PSOE de que se reconozca el viejo atentado de la expulsión de los moriscos hace cuatro siglos procurando reforzar vínculos con sus descendientes que aún viven en el Magreb, es una iniciativa que merece respeto pero, al tiempo, el reparo de que por ese procedimiento acabaríamos todos indemnizándonos unos a otros en un carrusel sin fin. No es lógico ni plantear la expulsión sin contemplar el contexto de una sociedad que buscaba su homogeneidad –como todas y cada una en su momento—ni olvidar que a la tragedia de su exilio, aquellas víctimas hubieron de añadir el expolio sistemático a que las sometieron sus correligionarios del otro lado del Estrecho hasta convertir a la mayoría en piratas contra España. Hace unos años escuché a un sefardí proclamar que para él y los suyos, a pesar de su fidelidad a sus orígenes, la reconciliación llegaba tarde. Todo lo gasta el tiempo, por más que nunca falten intentos de reavivar la que por tantos conceptos habría que llamar “mala memoria”. Cuanto sabemos ya de los moriscos y su suerte (desde Luis de Mármol a Asín Palacios, de Américo Castro o Domínguez Ortiz y Bernard Vincent a C. García Arenal pasando por tantos otros) pertenece a la Historia y no a la política.

¿Tendremos que pedir perdón, a estas alturas, a los indígenas caribeños diezmados por el contagio involuntario de sus descubridores o devolver el oro inca como no hace tanto reclamaba algún iluso? Insisto en que la Historia es de por sí un muy dudoso tribunal, pero eso es lo que hay, y habrá que añadir que el propósito de revisarla con criterios actuales implica inevitablemente un alto grado de anacronismo. ¿Cómo “reparar” a cuatrocientos años vista la expulsión que Lerma aconsejó a Felipe III, en el que influyó sin duda el recelo de una casta aislada –¿ven lo que ocurre en la ‘sociedad multicultural’?— que contaba con una alta demografía, quedaba al margen del proyecto nacional y ni siquiera se incorporó a la aventura americana? No hay memoria ni vista que alcance a cuatro siglos. Cervantes podía conmoverse ante la tragedia del morisco Ricote y su hija. Nosotros, francamente, temo que ya no.

A motores parados

Denuncian los constructores algo gravísimo: que desde que llegó la consejera Aguilar, es decir, tras el relevo de Chaves por Griñán, Obras Públicas no ha licitado ni adjudicado un solo contrato en nuestra comunidad. Es decir, que pretendemos salir de la crisis económica cerrando a tope el grifo imprescindible de la inversión pública, como si fuera posible crear empleo liquidando de hecho al sector más dinámico. La lógica contracción del gasto en estas circunstancias no puede hacerse a costa de cortar por lo sano esa inyección del dinero público, mientras no hay síntomas siquiera de que el gasto corriente –y sus demostradísimos excesos—vaya a ser revisado. Si la Junta se inhibe, saldremos de la crisis detrás de los penúltimos.

Más sobre facturas

Tras el facturazo con que el Ayuntamiento de Valverde pagó presunta y no desmentidamente la mariscada que se zamparon tres de sus ediles, ahora aparecen otras dos facturas sin objeto en el ayuntamiento de Nerva que, mientras fue alcalde el actual delegado de Empleo, justificó el gasto de 5.000 euros en la construcción de un monolito a la “memoria histórica” que nunca se construyó. Veremos que sale de la comisión de investigación municipal, pero parece innecesario mayor esfuerzo puesto que las facturas de lo que no se hizo obran en la contabilidad. El PSOE onubense tiene un problema con las facturas falsas. El delegata de Empleo lo que tiene es un “marrón”.