Limosnas solidarias

Acabamos de enterarnos que Andalucía ha sido la comunidad autónoma que mayor ayuda aportará –un millón ochocientos mil euros– a la los refugiados palestinos que controla la Agencia para los Refugiados Palestinos de le ONU. Nadie dejará de felicitarse por ello aunque estaría muy bien que se ofreciera un balance de estas ayudas a los diversos países necesitados y se precisara su objeto. Para evitar por ejemplo que, como leemos en un BOE del pasado 13 de agosto, nos sorprendamos con ayudas tan raras como una de casi 30.000 euros concedida por Exteriores a la asociación “Gays and Lesbian of Zimbawe”. Una razonable prioridad a la hora de ser solidarios no estaría de más.

Peor nos lo ponen

El alcalde de Punta Umbría contradice la buena opinión que se pudiera tener de él al implicarse, de hecho y con tan malas maneras, en el impresentable “caso” de cohechos y prevaricaciones o lo que resulte ser la presión ejercida por destacados miembros del Ayuntamiento y del PSOE provincial sobre una empresa, Ibercons, en el marco de lo que –no hay más que escuchar las cintas grabadas por el empresario y entregadas al juez—no ha más remedio que considerar una trama exactora. Prohibir la comisión investigadora será para ambos pan para hoy y hambre para mañana, dada la contundencia de las pruebas. Allá ellos. Si su partido, encima, los respalda, habrá que entender que en aquel negocio no estaban solos.

(Re)bajarse al moro

Aminatu Haidar, la heroína sahariana que se ha plantado en huelga de hambre en Tenerife, ha rechazado dignamente el cambalache que le proponía el Gobierno español a través de ese abrazafarolas que es el ministro Moratinos: aceptar la nacionalidad española para escapar a la garra de la dictadura marroquí. Nadie duda a estas alturas que el Gobierno español conocía el propósito de aquella dictadura de encalomarle a la expulsada ni que la extravagante decisión administrativa de permitirle la entrada en territorio nacional sin pasaporte prueba que se trataba de facilitarle el atropello a Marruecos. Hasta el aeropuerto donde ayuna Haidar ha ido el enviado de Moratinos –tras dieciséis días de mutis—probablemente asustado ante la perspectiva de que esa huelga pudiera endosarnos un muerto incómodo, porque a nadie se le oculta que si Haidar muriera, al Gobierno se le iba a poner enfrente su claque encabezada por los Bardem y hasta Almodóvar. ¡Todo menos un cadáver! A la tiranía alauita se le puede conceder hasta lo indigno, como se viene haciendo, pero no que nos convierta en su morgue particular. En uno de sus últimos viajes a España, el difunto rey Hasan exhibió sus despectivos retrasos haciendo esperar desde le Jefe del Estado hasta el presidente del Gobierno, lo que no dejaba de ser una broma comparado con la ‘Marcha Verde’. Pero entonces, al menos, España respetaba aún su compromiso con el Sáhara y su respeto por las resoluciones de la ONU a favor de ese país ocupado militarmente sin título alguno. Hoy ese ocupante nos tiene de rodillas y con los pantalones bajados, la verdad es que no se entiende bien por qué motivo. Haidar lleva todas las de perder. Hace tiempo que más de un influyente responsable de nuestra política tiene casa puesta en Tánger y aún en Rabat.

Resulta preocupante la inclinación diplomática de este Gobierno hacia las dictaduras, desde Cuba a Marruecos pasando por Venezuela. Pero más desmoralizador es comprobar la auténtica traición perpetrada respecto a la República Árabe Saharaui, la en tiempos mimada ‘RAS’, que fue emblema distintivo de nuestra adaptable izquierda. Eso sí, aún hacemos el doble juego de traer a “niños del desierto” cada verano para que disfruten de nuestras piscinas y reciban la debida atención durante un tiempo, gracias a la generosidad privada, antes de volver al purgatorio en que los mantiene recluidos la ambición marroquí. Con la ayuda eventual de España, entre otros, que puede llegar, como en el caso presente, hasta la connivencia más despreciable. Haidar valdría mucho más muerta que viva. Por eso le han mandado un propio con una trampa en cada mano.

El mal camino

Es mal camino para los políticos la vía judicial. Cuando se está en la vida pública –hay jurisprudencia en este sentido para parar un tren—no hay más remedio que aguantar las duras junto a las maduras. La última demostración de ello ha sido el zambombazo que la Audiencia de Cádiz le ha dado al jefe provincial del “régimen”, González Cabañas, al ratificar la absolución de El Mundo al quedar probada la falsedad de la querella y la verdad meridiana de lo informado por este periódico sobre aquella trama familiar. Todo eso se lo podría haber ahorrado Cabañas sólo con ser consecuente en lugar de utilizar la Justicia como burladero.

Cenicienta

Buen repaso y balance el que ayer hacía en estas páginas el amigo Sánchez Canales, se onubense emérito. Huelva es maltratada por sistema desde hace años y lo seguirá siendo durante el próximo ejercicio (el propio presidente Griñán ha reconocido la exigüidad de las inversiones previstas para la provincia), pero cuando se lee una relación de compromisos pendientes como la de referencia, se le caen a uno los palos del sombrajo: la Cuenca Minera, el Polo, Astilleros, el AVE, el aeropuerto de nunca acabar, el problema del agua en el Condado, la presa de Alcolea, los comprometidos puentes sobre el Odiel siempre aplazados, los desdobles de carreteras… Huelva está dejada de la mano de Dios seguramente porque desde el partido que manda se la considera plaza segura. Cenicienta no debería seguir esperando al príncipe.

La sociedad vigilada

No sé cuántos miles de cámaras dicen que nos vigilan constantemente tanto en plena calle como en los ámbitos cerrados. El célebre “ojo público” entrevisto por la imaginación creativa es ya un simple artilugio de uso común en el que los poderes públicos delegan a la hora de controlar al personal, aunque no parece que con ello nuestras sociedades hayan ganado gran cosa en punto a seguridad ciudadana. El gentío apoya esta medida y demanda cualquier expediente que pueda servir para contrarrestar la imparable anomia que los expertos consideran inevitable en el actual modelo megaurbano, demostrando con ello una confianza excesiva que para nade se compadece con las frecuentes demostraciones de inutilidad de esos controles frente a la audacia transgesora. ¿Recuerdan a aquel ciudadano que consiguió penetrar de noche en el palacio de Buckingham y pasillear por su laberinto hasta dar con el dar con el dormitorio de la Reina, en suya soberana compañía se fumó apaciblemente un pitillo sentado en el tálamo real, o al menos eso fue lo que ella le dijo a su baqueteado consorte? No me digan que no fue raro el silencio que eclipsó aquel incidente, pero más extraño todavía resulta el protagonizado hace días por esa pareja americana que se ha colado en una cena presidencial burlando a la legendaria seguridad yanqui. Ya me dirán cómo confiar desde la calle en un sistema que no es capaz de controlar el acceso a una cita en la cumbre, camelado por algo tan ingenuo como es el aspecto de los gorrones. Los mismos que rechazarían a un genio por ir sin corbata se dejan engañar por un par de truhanes de buen ver vestidos de gala: he ahí toda una teoría del carácter clasista del Poder. Las fotos de los intrusos con el propio Obama o las más íntimas posando con el vice Joe Biden dejan en evidencia la vulnerabilidad de una seguridad que si a esas alturas funciona así, cabe imaginar cómo funcionará a pie de calle.

Todo indica que el secreto de la trasgresión reside en la audacia. Los aluniceros que empotran sus vehículos contra los escaparates o los atracadores de joyería desprecian olímpicamente la amenaza de la cámara de seguridad, lo que sugiere que con la mayoría de ellos el método no resulta práctico. Pero si un pringao alcanza la cama de la Reina o dos carotas dan el pego junto a Obama, habrá que ir pensando en que la delincuencia postmoderna le va ganando al Estado su primera función legitimadora, esto es, la seguridad de los súbditos. Viendo a Obama confiado junto a los invasores resulta inevitable recordar a los Kennedy y tocar madera para luego cerrar con doble llave la puerta de la casa.