Alarma judicial

No sólo por excepcionales van a tener eco garantizado las declaraciones del juez de Menores de Sevilla, Francisco Serrano. Levantar la voz desde el Juzgado para decir que la ley que regula la “violencia de género” es injusta y penaliza al varón porque procede de “la dictadura del feminismo radical” suena fuerte en un país acollonado por el qué dirán y la “corrección política”, pero no deja de resultar inquietante, considerados los datos que el juez proporciona en apoyo de su tesis. Desde luego, no se servirá mejor esa causa en defensa de la mujer trampeando legalmente. Habría que comprobar enseguida la denuncia de este magistrado y tener el sentido común de actuar en consecuencia.

Sin rumbo fijo

Si les digo mi verdad, no entiendo cómo el viernes pasado posaban como una piña, en la sede del PSOE onubense, los sindicatos junto a la patronal, y al día siguiente aquellos enviaban a Madrid a medio millar de onubenses a manifestarse contra los empresarios. O sí lo entiendo, pero paso de exégesis. Lo único que quedó claro es la unidad de acción contra el Ayuntamiento en el tema del AVE, que no es más que otra estrategia contra el alcalde de la capital muñida pro los beneficiarios del pacto de “concertación social”. Sin rumbo fijo, pues, trampeando de mala manera, anteponiendo el interés político (y el económico) al interés público. Lo mismo unos que otros. Callar estas cosas es apostar por esos grupos interesados en perjuicio de Huelva.

El axioma de Butler

Samuel Butler fue un sabio al que no tuvieron más remedio que reconocer el mérito incluso desde los círculos influyentes de la sociedad victoriana a la que fustigó como pocos. Pintó y llegó a alcanzar cierta fama como músico pero una vez escribió una frase que tengo anotada como oro en paño desde mis tiempos de liceo, la que dice que el canibalismo es, sencillamente, moral en una tribu de antropófagos. Nunca he tropezado con tan alto y eficaz relativismo moral, como nunca he visto nada más artificial que la antropofagia “civilizada” con que la novela y, sobre todo, el cine –recuerden a ‘Aníbal Lester’ y sus imitadores—han tratado de arrastrarnos hasta lo más profundo del abismo hobbesiano. Pero ¿de verdad el caníbal es un eslabón perdido de la evolución, como pensaba Theilard de Chardin a la vista de los cráneos perforados de Chu-ku-tien o es una simple condición de la vida cuando la Madre Naturaleza le aprieta las tuercas al viviente? Una foto escalofriante que nos llega desde un observatorio de úrsidos emplazado en Canadá nos muestra la imagen de un oso polar de cuyas fauces pende apenas la cabeza ensangrentada de un cachorro de su especie que, con toda evidencia, acaba de devorar, ni que decir tiene que urgido por el hambre, probablemente a consecuencia de los desajustes estacionales determinados por el cambio climático. También los leones se zampan a sus crías, como recoge ya algún autor clásico, y han divulgado hasta la saciedad los modernos documentales, exceso en el que no están solos en la escala animal ni mucho menos, incluyendo al hombre primigenio (el de Atapuerca, por ejemplo) cuya antropofagia parece demostrado que no se debió en absoluto a la necesidad de agenciarse proteínas cárnicas, como quería Harris, sino a lo que, no sin cierta sorna conceptual, se ha denominado “canibalismo gastronómico ancestral”. Vieja “nouvelle cuisine”, para entendernos, ‘paleodelikatessen’ de rebajan la imaginación de los cineastas a la altura del betún.

Entre Breton y Dalí forjaron la extravagante idea de que, en el arte futuro, la belleza sería “comestible” o, simplemente, no sería nada. Pamplinas. El canibalismo, humano o subhumano, no es más que un recurso eventualmente inherente a la condición animal, tan sólo superada por el convencionalismo de las civilizaciones. En nada se distingue el carnívoro humano de los demás, como tal hecho anterior a la moral y coetáneo riguroso de la necesidad, siempre que no incluyamos en el lote a los monstruos de ficción, incluso si, como en el caso de ‘Lester’, llegan a crear escuela. La foto del oso es horrenda. Ni más ni menos, por supuesto, de muchas que nunca veremos.

El ejemplo médico

La consejera de Salud se queja de que sólo un 6 por ciento de los sanitarios se ha vacunado contra la gripe A. Y lleva razón porque a ver cómo lograr que la gente confíe en un colectivo que –en este caso– aplica el viejo proverbio de “haz lo que yo diga, peor no lo que yo haga”. Pero, entonces, ¿por qué los médicos del SAS despachan con viento fresco a los presuntos griposos (sobre todo a los niños) sin hacerles la prueba analítica que determine si lo que sufren es la pandemia o no? Pues porque se ha dispuesto desde el Poder invisibilizar al fantasma y nada mejor para lograrlo que los enfermos no consten como tales en la estadística. ¡Y encima se queja! Lo que me gustaría saber es si nuestros más altos responsables se han vacunado.

Triste escenario

Como un “triste escenario” se ve, en efecto, la política de la Diputación desde el observatorio interno de IU. Esa acusación, formulada contra la presidenta del órgano, de destinar a promoción política propia y, en concreto, a su campaña como futura candidata a la alcaldía de la capital, los dineros de la provincia, es grave, no sólo porque implique la imputación de un delito, sino porque parece dar por sentado que ese tipo de prácticas es posible y hasta fácil en este ambiente político. Veremos qué responde la aludida, aunque lo previsible es que calle. Realmente esos presupuestos son intolerables y ella y su partido, por supuesto, lo saben.

La realidad vicaria

En Sevilla están rodando una película sobre Pamplona. Otra vez el cine demostrando que la realidad no es imprescindible y mucho menos el realismo, de nuevo el peatón haciendo de ‘extra’ para engañarse a sí mismo –hay que escuchar a los munícipes alabar el proyecto como si viniera a salvar la ciudad–, y dispuesto a hacer cola en su día para contemplar encantado su propia imagen a sabiendas de su radical falsedad. El cine –recuerden el hallazgo de Edgar Morin, “El cine o el hombre imaginario”—domina hace tiempo a la perfección esa técnica del cambiazo, el recurso de la simulación que ha hecho creer a medio mundo que la sevillana plaza de España fuera un palacio saudí (el de Lawrence de Arabia) o que unos cochambrosos estudios de cartón piedra fueran la Casablanca de “Casablanca”, no sé si me explico. Nunca la imagen de las cosas había perdido tanta entidad como en ésta que llaman la “sociedad de la imagen”, nunca la realidad fue tan vicaria de sí misma como ha llegado a ser en manos de un mágico realismo sometido al fraude que hace posible la técnica. Sevilla puede ser Pamplona, por ejemplo, sólo con que cuadre en los presupuestos de producción de una peli, quizá porque nada hay más real en apariencia que la ficción, sobre todo una vez admitida la mayor que es, a saber, el hecho de que la representación imaginaria no tiene por qué tener menor entidad que la verdadera. ¿Y qué es la Verdad después de todo, o qué interés puede ofrecer lo auténtico en un “universo simbólico” en el que de entrada nos movemos como autómatas entre suplantaciones y engaños? Sevilla no es Pamplona, pero eso no tiene por qué resultar evidente proyectado sobre una pantalla que viene a ser como la pared de la Caverna sobre la que Platón veía reflejada la sombra de las ideas originales. Tampoco es cosa de ponernos estupendos y acabar exigiéndole a la razón y a los sentidos más de lo que le exigía el propio Platón, digo yo.

Pamplona en Sevilla –o en Cádiz, que también allí han dado el coñazo los peliculeros–, el ‘Far West’ almeriense convertido hoy (ayer más bien) en un paraíso hortelano, la guerra de los mundos resuelta en un negativo trucado fundido en la estereofonía de su banda sonora. Hombres y tierras son ya intercambiables como si hubieran sido despojados de su mismidad y sujetos a una rara hermenéutica por el daimón postmoderno, que como espíritu del cine funciona infinitamente más y mejor que en el teatro, y si me apuran, que en el sueño. Habrá que estar vigilantes, pues, no sea que nos levantemos una mañana y veamos en el espejo, en lugar de la nuestra, alguna cara irreconocible. De momento, ya digo, veremos a Pamplona en Sevilla. Mañana cualquiera sabe donde nos despertaremos.