El trabajo negro

CCOO ha denunciado una situación que debería hacer reaccionar a la autoridad, por más complejo que el tema sea, y sin descontar la propia responsabilidad sindical. Se trata nada menos que de la denuncia de que la economía sumergida –el trabajador figura adscrito a un empleo o está en paro pero trabaja realmente—ha subido en Andalucía hasta constituir, al menos en el sector textil, el 50 por ciento de la actividad. Esta es otra asignatura pendiente de nuestra política laboral de la que nadie ha querido enterarse nunca pero que en plena crisis, al margen de la ayuda que pueda prestar a sus ilegales beneficiarios, complica seriamente las cosas. El Gobierno y la Junta deben entrar en ese antro incompatible con una economía social que pretenda progresar.

Valverde en ascuas

Más allá de las mariscadas gratuitas, las ruinosas piscinas y aparcamientos imposible, la plaza mayor levantada insensatamente y sin motivo, el Ayuntamiento de Valverde, en manos ahora de un segundón advenedizo, tendrá que dar la cara y explicar lo de esa empresa municipal de viviendas auténticamente fantasmas que se ha gastado en ocho años 24’5 millones de euros sin dar palo al agua. Estos chiringuitos es menester investigarlos antes de echarlos abajo, de modo que las responsabilidades recaigan sobre quien o quienes deben recaer.

El pobre Tartaglia

Un amigo que vive ojo avizor en el corazón de Europa me envía solícito un inquietante informe en el que se recogen las circunstancias del (habrá que decir ya ‘presunto’) atentado sufrido por Berlusconi. Se trata de una circunstanciada reflexión sobre los hechos contrastada con el testimonio irrefutable de siete fotos, cinco videos y cinco likns a cual más elocuente que se resumiría en estas conclusiones desoladoras: que la organización eligió el peor sitio del entorno para un encuentro masivo; que el líder permanece mucho tiempo entre la gente justo donde se produce el ataque; que el primer círculo de seguratas no observa a la gente sino que mira al suelo mientras que el segundo no aísla al primero; que manda huevos ese brazo gris que sube y baja varias veces, como apuntando a conciencia, sin que nadie lo advierta ; que el objeto al fin arrojado desaparece como por ensalmo, diz que “explotado en mil piezas”; que en el momento en que el dignatario recibe el leñazo se cubre la cara con un bolso negro; que hasta que entra en el coche no hay rastro de sangre ni en cara ni en manos, ni en cuello ni puños; que ya dentro del coche –al que los guardaespaldas tardan en llevarlo contra toda lógica– la sangre aparece como por ensalmo; que un reloj callejero prueba que el video de la secuencia ha sido alterado; que un protector cubre la cara del agredido, y que una cámara que rueda el paseo entero no pilla el instante supremo mientras que otra, que va por libre, graba sólo la cara; y que, en fin, la seguridad se aleja lentamente y lleva al Cavalieri no al hospital más cercano sino a uno situado a veinte minutos del lugar. Un labio abierto, una nariz quebrada y dos diente rotos, no dejan rastro alguno ni antes de entrar en el coche ni tras salir del hospital. Bueno, pues todo el mundo ha tragado mientras sigue habiendo por ahí gente que no se cree que Armstrong pisó realmente la Luna.

Yo no sé a qué atenerme, les digo mi verdad, pero dándole vueltas al material que me envía mi amigo se me ocurre que tal vez el descrédito de la política se confunde ya con el fracaso de la propia realidad. Hay demasiada mentira, tan inasumible nivel de cuento circulando en la vida pública, que la única respuesta razonable del personal es el escepticismo. La verdad es lo menos cuando la gran política anda por medio. Y eso es lo malo: que el escepticismo desborda la anécdota para erigirse en clave mental de una época. A mí, que rechacé el atentado como bárbaro, me importan un rábano el tabique y los incisivos de Berlusiconi. Es la fe pública la que me preocupa. Esa fe que han arruinado precisamente quienes ya no pueden colar ni la noticia de su atentado.

SOS

Los datos del paro, los más de 851.000 desempleados andaluces del SAE, que ya verán cómo pasa el millón bien largo cuando aparezca la EPA, arrastran sin remedio el truquismo de la Junta y el silencio sindical. Andalucía no va a salir de ésta con paños calientes, brindis al sol y rutinas administrativas, sino en todo caso, por obra de un vuelco político que permita actuar con verdadera autonomía y acometer las políticas que ya van sacando del pozo a otros países. Alzar la bandera roja, no es catastrofismo; seguir con la mandaga optimista sí que es una responsabilidad que merecían pagar en carne propia quienes la mantienen para justificarse. La situación de Andalucía no es “imparable, es “desesperada”. Mantener lo contrario es pura complicidad.

Nuestra realidad

Calles abarrotadas, alegría general, niños exultantes, el comercio (afortunadamente) hasta el tope. Pero junto a ello, la triste realidad: 1079 onubenses más al paro sólo en el mes de diciembre, lo que supone que 7.521 se han despeñado en ese abismo durante el año que se acaba de ir. Total, muy cerca de las 50.000 cincuenta mil personas sin empleo en la provincia, que ya veremos cuántos cuando aparezca la EPA depurada ya de cuentos y monsergas. Este es el mayor fracaso político de la democracia, con crisis por medio y sin ella, porque los peores situados van todavía por encima de nosotros. Aquí hace falta un cambio, del color que sea, gente nueva que venga pensando más en luchar que en buscarse la vida.

Nuestros aliados

Me pregunto en puertas del nuevo año qué habríamos de hacer nosotros, los pobres occidentales degenerados por la civilización judeo-cristiana, si tuviéramos que perseguir a la patulea de genios transgresores que exhiben en nuestras salas, desde Venecia a Don Benito, cristos erectos, vírgenes hetairas, santos lupanarios, sacrílegas felaciones o ángeles sodomitas. Ninguna civilización ha alcanzado este grado de apertura de sus propios registros morales y ninguna, probablemente, ha llegado a ser tan imbécil como para pretender, al tiempo y con intención alternativa, alianzas con las que se han mantenido cerradas a cal y canto sobre sí mismas, como sagrarios del mito y fortines de la ignorancia primordial. Aún colea, por ejemplo el drama provocado por las caricaturas danesas de Kurt Westergaard en el ‘Jyllands-Posten’, aquellas en que Mahoma aparecía tocado con un turbante en forma de bomba que, al estallar en manos de los celosos propagandistas, ocasionó una tremenda conmoción incluyendo algunos asesinatos de religiosos. Un somalí armado de un hacha ha inaugurado el año presentándose, en efecto, en la casa que ocupa el dibujante con su nieta y ha logrado mantenerlos acorralados en una habitación blindada hasta que la policía hubo de reducirlo a tiros, liberando al secuestrado que, como consecuencia a su condena a muerte dictada por la ‘sharia’, vive bajo estrecha protección policial desde hace cuatro años. Ésa es la relación real que nos permite esperar un  trato igualitario con ‘culturas’ –porque no son ‘civilizaciones’, dado que ‘civilización’ es un concepto unívoco—que parten del supuesto indiscutible de su superioridad no sólo moral sino trascendente y de la idea legitimante de que Occidente, o sea todos nosotros, no somos más que la reserva diabólica del Mal que, en consecuencia, hay que destruir. Destruir, ojo. Quienes hablan del pacifismo coránico no mienten, pero tampoco dicen la verdad. Lean el Corán y juzguen por cuenta propia.

 

El somalí del hacha era miembro del complejo terrorista que culmina en Al Qaeda, primo probable de los secuestradores de nuestros pesqueros y compinche de los raptores del desierto, y defendía la integridad propia con una determinación simétrica pero opuesta a la que permite a nuestra Administraciones subvencionar nuestro propio escarnio con el dinero de nuestros impuestos. Buen ejemplo inaugural a las puertas de este año en que parece que Occidente se plantea abrir un nuevo frente bélico en Yemen mientras el radicalismo islamista se sublima en sus diarias masacres de Iraq o Afganistán, para ponérselo más difícil todavía a los funambulistas del zapaterismo. En Arabia ya habrían decapitado al agresor. Aquí no gastamos cadalsos pero sí que vamos a tener que rebobinar el idiotario.