El eterno femenino

Una reportera británica nos ha enviado un reportaje estupefaciente desde el corazón de Afganistán, concretamente desde Lashkar Gah, capital de una de las provincias más conservadoras del país. Se trata de la imagen de un salón de belleza situado al fondo de un callejón polvoriento, en el que un grupo de mujeres da rienda suelta a su deseo y a su imaginación prohibidos por el talibanismo, enredando con toda clase de pertrechos cosméticos y entregado a su exorno prohibido con un entusiasmo que se sólo se explica por los rigores de la prohibición. En un país en el que la mujer debe circular cubierta hasta los ojos, resulta que nadie sabe qué secretos maquillajes podrá esconder la rejilla del burka, tras la que el “eterno femenino”, por lo visto, ha conseguido burlar la barbarie impuesta por los machos. En Afganistán una mujer no puede oír en la radio la voz de un varón, pero se da traza y modo a engalanarse siquiera en secreto como si el realce de la belleza fuera un imperativo de su condición, y disfruta con esa exhibición secreta –valga el oxímoron– que de ser descubierta, le acarrearía el suplicio. Me ha sorprendido la imagen captada en el reportaje, ese “sancta sanctorum” en el que burlar la bestialidad machista, aunque sea renunciando a la auténtica exhibición, bajo una foto de Pamela Anderson entronizada como referente. En la tele hemos visto azotar a mujeres en el mercado por exhibir los tobillos o descuidar el recato del pelo o la inconcebible escena de de esos salvajes cortándole las uñas a la mujer que había osado pintárselas de rojo. Lo que no sabíamos es que, bajo el burka o en el arcano de una boutique clandestina, el eterno femenino acaba venciendo el tabú como quien reza en secreto. No hay barreras para bardas para la imaginación cuando el instinto impone implacable su fuero.

Si hay algo que la mujer sobrepone instintivamente al deber es la belleza, la pulsión de gustarse a sí misma y sentirse admirada aunque sea potencialmente. Recuerdo que, en “Las bodas de Fígaro”, aventuraba Beaumarchais que la hembra llevaba dentro un daimón que le aconsejaba ser bella en la medida de sus posibilidades y proba sólo en función de su voluntad. Por eso es conmovedora además de sorprendente esa imagen de la humillada afgana regodeándose en privado con el ejercicio de lo prohibido, imagen positiva, además, que nos abre el sentido de la idea goethiana de que el “eterno femenino” nos eleva y salva. Los talibán van por otra senda, por supuesto, pero ni ellos saben que esa batalla íntima la tienen perdida en la acogedora media luz que embellece el rostro afeitado bajo la infamia del burka.

Vientos y tempestades

Miren lo que ha ocurrido en Los Barrios y Estepona: un “nacimiento” achicharrado por mano laicista, y por supreso, criminal e intolerante, y un grave ataque a base de ‘pintadas’ en una parroquia principal, entre las que no faltaba un crucifijo en medio de una diana (ya saben, el símbolo de la atroz amenaza etarra) junto a una bandera republicana. El viejo error repetido, por lo visto, pero esta vez con el aliento y respaldo de un Gobierno y unas Administraciones que hasta financian, disfrazada de memoria contra el olvido, la vuelta del rencor cainita. La campaña antirreligiosa es un disparate sin precedentes. Quienes, por motivos partidistas, han dado alas a esos salvajes deberían tomar cartas en el asunto.

Verdes y verdes

Buena la ha hecho ese grupúsculo segregado de la Plataforma de la Ría causante de la decisión judicial que ha paralizado la obra –decisiva para la capital—del paseo marítimo que proyecta el Puerto. Otra vez el fundamentalismo que no va a ninguna parte, en fin de cuentas, pero que enreda y perjudica todo lo que puede, lamentablemente en busca de notoriedad en la mayoría de las ocasiones. No tengo duda de que ese pleito será efímero y el respetuoso y bien gestionado paseo marítimo (me consta) se acabará haciendo. Pero para entonces el grupúsculo habrá logrado dos objetivos, aparte de su cuestionable y cuestionada promoción: retrasar ese progreso urbano y desprestigiar un ecologismo tan necesario como descentrado.

Matar el alma

Hemos escuchado esta temporada pronunciamientos concluyentes sobre el aborto. Desde la jerarquía eclesiástica se repite una condena sin fisuras frente a un debate que tiene hondas raíces en el pensamiento eclesiástico. En uno de sus comentarios magistrales, don Diego de Covarrubias, acaso el mayor jurista español de la Edad de Oro, recogía las clásicas quejas de Cicerón que apelaba al derecho del padre junto al materno, sin dejar de recordar que Tertuliano consideraba homicidio atentar contra el feto puesto que “ya es hombre el que lo ha de ser”. Y sin embargo, aquel “Bártolo español”, consideraba que el aborto “no es propiamente homicidio” si el feto no está ya animado, es decir, en una cuarentena si se trata de varón, pero sólo en ochenta días en el caso de la hembra, un criterio que –lo reseño por si la  ministra Bibiana quiere reclamar—proviene de Plinio el Viejo. ¿Dónde queda la doctrina cerrada que sitúa el alma en el momento de la concepción? Pues desde luego no en Santo Tomás, para quien “el feto al principio, como si fuese animal, tiene tan sólo alma ‘sensitiva’, tras la cual viene el alma más perfecta”, teoría derivada de Aristóteles, quien sostuvo que “antes de ser el feto hombre es animal” y que “antes de tener alma racional la tiene tan sólo sensitiva”. Covarrubias –que fue un pilar de Trento, no se olvide—dice textualmente que “por tanto, el que es causa de aborto de un feto que aún no está animado, no es verdadero homicida aunque se le parece mucho”, mientras que en su “Variarum Resolutionum” solicita la pena de muerte para el culpable en caso contrario. Hace cinco siglos, incluso con un pie en el Concilio, los maestros de la jerarquía  hilaban indudablemente más fino, quienes, por supuesto, salvaban el caso de riesgo cierto de la vida de la madre. Ningún integrismo es razonable y me temo que, en este terreno, algunos han retrocedido no poco.

 

Recojo esas citas de un texto editado por Manuel Fraga Iribarne en 1957, es decir, cuando, si mal no recuerdo, era el responsable de familia en el Movimiento Nacional, y los saco a relucir porque creo sinceramente que la oposición sin concesiones ante la barbaridad que implica la nueva ley del aborto que se ha sacado de la manga el Gobierno, simplemente echa leña al fuego. Porque la señorita Bibiana, que apenas tiene estudios, bien podría aliviar su bobada de que el feto “es un ser vivo pero no un ser humano”, con sólo echar mano de los clásicos católicos. Contra esa ley insensata más vale utilizar la razón que los redaños. Aunque sólo sea para que el sentido común no quede sepultado por dos fundamentalismos simétricos.

Intervención necesaria

No intervenir en el Ayuntamiento de Estepona, consentir que la situación se degrade cada día con una nueva relevación inmunda, no puede conducir, en el mejor de los casos, más que a reproducir el cambalache de Marbella. ¿Por qué se inhiben el Gobierno y la Junta ante un caso de corrupción institucional que ya  cuenta con un alcalde en la cárcel y otro imputado, más una tropa de ediles empapelados? La previsión legal de intervenir un  Ayuntamiento no excluye la autonomía municipal cuando lo que se trata de evitar es el desplome absoluto de la institución. Esperar sólo ha de conseguir poner las cosas peor. Como en Marbella, pero esta vez contemplando el panorama como un “déjà vu”.

Hermanas de la Cruz

En la Dipu han consignado 300.000 euros para gastos sin factura de la Presidenta y una millonada para propaganda política de la misma y de la institución. A cambio, como en este mundo cuando una gana un duro es que otro lo pierde, han reducido a rajatabla las ayudas a ONGs necesitadas, con alguna excepción que tal vez se explique por razones políticas. Las demás quedan fuera de la ayuda este año, la Asociación contra el Cáncer o contra el Azheimer, Huelva Acoge o el Teléfono de la Esperanza, todas, en fin, incluyendo a una que seguro que no cuenta con un solo onubense que no lo lamente: las Hermanas de la Cruz. Hay que ahorrar, pero en la Dipu deben pensar que la caridad bien ordenada empieza por uno mismo.