Échenle un galgo

Al famoso empresario indio de Nilefós habría que darle un premio, al tío, por la maestría con que se anda quedando con los pardillos de la Junta. O bien mandar al andamio a esos políticos crédulos a los que el zorro ha vuelto a engañar dejando tirados en la cola a los trabajadores acreedores. Esto de las subvenciones ciegas de la Junta merecería un aparte en el Parlamento, si el Parlamento sirviera todavía para algo, pero en ese debate habría que incluir la responsabilidad de quienes tan alegremente van por ahí untando aventureros con la manteca pública. El indio se las sabe todas. O bien los junteros son más tontos que Abundio. Elijan.

Más que una crisis

La imagen de los jornaleros ofreciendo su “mercancía” en la plaza resulta normal hasta en el Evangelio. El trabajo era una necesidad mutua pero ni de lejos podía concebirse como un derecho hasta que se fue abriendo trabajosamente paso un cambio de conciencia que impuso en la sociedad uno de los cambios más graves de su historia, no sin pagar por ello un durísimo precio. El éxito del neoliberalismo ha consistido en superar ese modelo de relación para restituir el antiguo, basado en la idea del trabajo como privilegio ante la que cualquier reivindicación revolucionaria pierde sentido y se volatiliza. Japón parece ser el país donde esta vuelta al pasado se ha impuesto con mayor energía hasta diluir enteramente cualquier residuo de exigencia, pero está claro que Occidente también asume ya le ideología del trabajo como privilegio y, en definitiva, como un don del capital ante el que sólo cabe el agradecimiento o la resignación. Nunca se ha conocido una crisis laboral como la presente y, lo que quizá es peor, nunca las sociedades estuvieron tan a merced de esa teoría que el fracaso de los movimientos utópicos parece haber confirmado. ¿El poder? El Poder se limita a retorcer la estadística de modo que los resultados resulten más asimilables, según esa lógica que no resiste un análisis siquiera somero y que, en nuestro caso, maneja el vaso progresivamente vacío de manera que la pérdida se relativice hasta el absurdo de alardear de que cada vez la destrucción de empleo es menor, como si pudiera ser de otra forma una vez destruidos cuatro millones largos de puestos de trabajo. Que es como mostrarse optimistas porque el enfermo con fiebre de cuarenta ya sólo sube décimas y no grados sobre su peligroso límite. ¿Qué ocurriría en España si el mes pasado y el anterior el empleo hubiera caído al ritmo en que cayó hace un año o hace dos? Esta tropa nos toma por idiotas, evidentemente.

Hace falta una nueva sociología del trabajo (¿dónde quedan ya los Gorz, los Naville y cía)?) que persiga un equilibrio entre la demanda y la oferta de trabajo desde la idea de que los dos factores de la producción se necesitan mutuamente y de paso ayude a entender que lo que está en crisis no es sólo el pulso entre el trabajo y el capital, sino la propia estructura de una economía en la que cada uno de ellos tendrá que redefinir su papel. Bajo la idea del empleo como privilegio ni el trabajador ni la empresa superarán esta crisis profunda, agravada por el impacto tecnológico pero, en fin de cuentas, producto de un antagonismo antisocial. Porque puede que tras las apariencias que engañan, al ultraliberalismo lo aceche, probablemente, un destino parejo al que liquidó la utopía.

La caña política

Escuchen al responsable del PSOE sevillano –pendiente ahora de que lo llame la Justicia—referirse a sus rivales de la oposición: “personaje siniestro”, “sin código ético”, “granuja”, “individuo incapaz de abandonar su condición de juez” (¿¡), “rufianes”. Alto sentido de la política, profunda filosofía, propia de quien tampoco debe de tener ideas más complejas, dado su origen y carrera. Nuestra vida pública compite con las más ruines manifestaciones de idiocia y desvergüenza colectiva. Y como si nada. Los insultados –ya lo verán—pasarán página y a otra cosa. Un salvaje decía antier en Cataluña que a los adversarios políticos “habría que matarlos a todos” y no le han dicho ni mu. Comparado con él, nuestro bocazas es un pringao.

Salir en la foto

Lo de la Rábida, la pelea por rentabilizar políticamente la petición de que se declare al monumento y a su entorno como Patrimonio de la Humanidad, deja en evidencia, de nuevo, a esta politiquería obsesionada por salir en la foto. ¿Qué más da quién tome la iniciativa a favor de nuestras cosas? Esos codazos lanzados desde Diputación a la Asociación de Estudios Americanos, de la que partió la idea, son ridículos y, en este sentido, está bien que la institución haya dado marcha atrás o que el Ayuntamiento se haya adherido sin condiciones al proyecto. Yo vi en Sao Paulo un documento que informaba de que Colón salió de Lisboa para descubrir el Nuevo Mundo. Ante esta realidad se impone que, al menos en Huelva, todos marchen a compás.

Presuntos culpables

No seré yo quien contribuya al aquelarre masoca que el periodismo escenifica estos días por haber satanizado al inocente de Tenerife. Entiendo que, ante todo, el triste asunto parte de un doble error médico que, en una circunstancia enloquecida como la actual, ha equivocado con facilidad a quienes tienen que informar, lo que si no exonera de responsabilidad a los ‘amarillistas’ –y a mí, en este sentido, que me registren—al menos atenúa en gran medida su responsabilidad. ¿O no es lógico indignarse hasta el improperio si le llega a uno la noticia –avalada por el médico y la policía—de que un sujeto ha violado, torturado y, en fin, asesinado a una niñita, una barbaridad desgraciadamente demasiado verosímil hoy día? Nadie se flagele porque sí que lo es. Otra cosa es que el resultado del caso nos fuerce a plantearnos sin concesiones el asunto de fondo que, a mi modo d ver, no es otro que la hipersensibilización social a que ha dado lugar, por exceso y banalidad, esa actitud punitiva que está convirtiendo la pareja en una cuerda floja y la paternidad en una mala rifa. Escuché el otro día decir a una madre en la radio que a ver quién es la guapa o el guapo que va al médico con el niño griposo si éste tiene, como es lo propio, sus contusiones futboleras en las piernas o una quemadura eventual en la espalda, porque entonces el médico –con su mejor voluntad, por descontado—interrogará al nene manteniendo a los padres en un ominoso silencio que poco menos que los convierte en sospechosos provisionales. ¿Cómo esperar resultados razonables mientras una ley, como la de violencia de género, discrimine al varón por razones estadísticas de tal forma que una denuncia impone, en cualquier caso, la presunción de culpa del hombre? Lo que ha pasado en Tenerife es un caso más de cuantos van a ocurrir en razón de esta mentalidad prejuítica que informa hoy la vida y el derecho.

Mucho menos ruido produjo la larga condena sufrida hace poco por un violador que, al final, resultó ser inocente, u otros muchos casos que la “corrección política” está sustrayendo al debate público. Al avasallado de Tenerife que lo indemnicen los médicos, la policía y los medios, si procede, pero no sin explicarle primero que de quien él ha sido víctima –aparte ya de los errores médicos– es del fundamentalismo que señorea hoy nuestras relaciones sociales en cuanto aparece en escena una mujer o un niño. Hay que exigir mano de hierro con los parricidas, con los maltratadores y con los pederastas, pero sin presunción de culpabilidad ni para el varón en su caso, ni para los padres en el suyo. Un teléfono de denuncia puede ser un salvavidas o una navaja trapera.

El Ejido en “stand by”

Mes y medio lleva el alcalde de El Ejido en prisión y sigue siendo alcalde: ni dimite ni se le hace dimitir. Por su parte, una iniciativa ciudadana local exige que se devuelva el dinero mangado y dice que de lo que se trata es de “saber lo que está pasando en la ciudad”. Y la Junta por un lado, los partidos por otro, inmóviles como don Tancredo por la que pueda caer, hasta el punto de mantener vigente en la Diputación el pacto político entre el PSOE y el partido del preso. ¿Habrá que aguardar como en Marbella o Estepona a que la podre estalle por sí sola? Mientras estas cosas sigan ocurriendo no será posible creer en ninguna protesta de honradez.