Triste escenario

Como un “triste escenario” se ve, en efecto, la política de la Diputación desde el observatorio interno de IU. Esa acusación, formulada contra la presidenta del órgano, de destinar a promoción política propia y, en concreto, a su campaña como futura candidata a la alcaldía de la capital, los dineros de la provincia, es grave, no sólo porque implique la imputación de un delito, sino porque parece dar por sentado que ese tipo de prácticas es posible y hasta fácil en este ambiente político. Veremos qué responde la aludida, aunque lo previsible es que calle. Realmente esos presupuestos son intolerables y ella y su partido, por supuesto, lo saben.

La realidad vicaria

En Sevilla están rodando una película sobre Pamplona. Otra vez el cine demostrando que la realidad no es imprescindible y mucho menos el realismo, de nuevo el peatón haciendo de ‘extra’ para engañarse a sí mismo –hay que escuchar a los munícipes alabar el proyecto como si viniera a salvar la ciudad–, y dispuesto a hacer cola en su día para contemplar encantado su propia imagen a sabiendas de su radical falsedad. El cine –recuerden el hallazgo de Edgar Morin, “El cine o el hombre imaginario”—domina hace tiempo a la perfección esa técnica del cambiazo, el recurso de la simulación que ha hecho creer a medio mundo que la sevillana plaza de España fuera un palacio saudí (el de Lawrence de Arabia) o que unos cochambrosos estudios de cartón piedra fueran la Casablanca de “Casablanca”, no sé si me explico. Nunca la imagen de las cosas había perdido tanta entidad como en ésta que llaman la “sociedad de la imagen”, nunca la realidad fue tan vicaria de sí misma como ha llegado a ser en manos de un mágico realismo sometido al fraude que hace posible la técnica. Sevilla puede ser Pamplona, por ejemplo, sólo con que cuadre en los presupuestos de producción de una peli, quizá porque nada hay más real en apariencia que la ficción, sobre todo una vez admitida la mayor que es, a saber, el hecho de que la representación imaginaria no tiene por qué tener menor entidad que la verdadera. ¿Y qué es la Verdad después de todo, o qué interés puede ofrecer lo auténtico en un “universo simbólico” en el que de entrada nos movemos como autómatas entre suplantaciones y engaños? Sevilla no es Pamplona, pero eso no tiene por qué resultar evidente proyectado sobre una pantalla que viene a ser como la pared de la Caverna sobre la que Platón veía reflejada la sombra de las ideas originales. Tampoco es cosa de ponernos estupendos y acabar exigiéndole a la razón y a los sentidos más de lo que le exigía el propio Platón, digo yo.

Pamplona en Sevilla –o en Cádiz, que también allí han dado el coñazo los peliculeros–, el ‘Far West’ almeriense convertido hoy (ayer más bien) en un paraíso hortelano, la guerra de los mundos resuelta en un negativo trucado fundido en la estereofonía de su banda sonora. Hombres y tierras son ya intercambiables como si hubieran sido despojados de su mismidad y sujetos a una rara hermenéutica por el daimón postmoderno, que como espíritu del cine funciona infinitamente más y mejor que en el teatro, y si me apuran, que en el sueño. Habrá que estar vigilantes, pues, no sea que nos levantemos una mañana y veamos en el espejo, en lugar de la nuestra, alguna cara irreconocible. De momento, ya digo, veremos a Pamplona en Sevilla. Mañana cualquiera sabe donde nos despertaremos.

Enemigos íntimos

Fue para verla, la manifestación organizada antier en Sevilla por los sindicatos contra la patronal: 600 manifestantes, a pesar de la diligente cooperación municipal. Hablan por sí solos estos fracasos de las demostraciones contra el paro galopante, sobre todo como ilustración del fracaso sindicalista. Ahora bien, ¿cómo se come eso de que los sindicatos firmen y posen hace unos días con los patronos en el acto de trincar el dinero de la llamada “concertación” y a renglón intenten montarles un pifostio? ¿Será todo nada más que cálculo y teatro? Los empresarios deben estar casi tan encantados como la Junta con estos gremios flexibles. Los trabajadores, sencillamente, están solos.

Malos modos

Fue intolerable lo que las crónicas cuentan que sucedió el jueves en el Pleno municipal de Punta Umbría: todo un alcalde en activo expulsando a su antecesor de la sala, tras pedir a “su” televisión que grabara los presuntos gestos agresivos que el luego expulsado estaría haciendo. Excelente pedagogía. ¿Qué podrá exigírsele a los vecinos si los que presiden y han presidido el Ayuntamiento se tratan mutuamente como a indeseables? Lo de Punta va de mal en peor, seguramente porque las presuntas pruebas de la presión ejercida desde el poder sobre un empresario son apabullantes, pero ni una ni otra parte pueden convertir el Pleno en un palenque y, menos por supuesto, en un corralón sin vergüenza.

España humillada

Confieso que entre tantas cosas como llevo oídas desde que la Armada británica se divirtió ametrallando a una bandera española en una boya, ninguna me ha impresionado tanto como escuchar al ministro Rubalcaba –“vulpis angelica”—añadir, tras sus absurdas excusas al gobiernillo de Gibraltar, que los guardias civiles avasallados en la colonia habían vuelto al fin, felizmente, “a España”. ¿A España? ¿Se puede volver a España desde Gibraltar o hemos de mantener que Gibraltar es tierra española sobre la planea, por si fuera poco, un mandato de descolonización de la mismísima ONU del que nadie quiere acordarse? Nunca hemos vivido de rodillas como ahora, representados por una diplomacia zalamera a la que toma el pelo desde Hugo Chávez hasta Al Qaeda pasando por Marruecos, ni habíamos experimentado esta sensación tercermundista que supone siempre andar de rodillas pudiendo caminar dignamente sobre los pies. Ni nunca tuvimos una posición más débil y humillante frente a una Europa que vamos a presidir e incluso ante potencias secundarias o una simple banda de piratas que nos cobra dos veces el mismo chantaje y se ríe de una fuerzas (des)armadas desde Madrid a las que se les impide incluso defender los intereses nacionales. Mejor no pensar en que el secuestro del comando “Al Andalus” –ojo al título—perteneciente al ejército invisible de Al Qaeda, acabe mal y con daño para nuestros compatriotas secuestrados, o en que la patriota saharaui que ayuna en Tenerife se quede en el intento, porque en ambos casos habríamos tocado fondo como nación representada por un Estado de pacotilla. ¡Volver a España desde Gibraltar! Suspenso en Geografía e Historia. Hasta el listo del Gobierno patina ya a tontas y a locas.

Pocas tradiciones tan firmes como las que garantizan a un ciudadano inglés o yanqui que si le ocurre algo en el extranjero contará con la reacción fulminante de sus fuerzas nacionales. Ninguna tan obvia hoy día como que un español en el mundo pinta tan poco como el que menos y que nuestra protección diplomática no alcanzará más allá de cumplir las exigencias de los agresores siempre (y sólo en ese supuesto) que comprometan ante todo a un Gobierno al que hasta los régulos en sus ínsulas toman ya por el pito del sereno. Si acaban mal nuestros secuestrados, si muere la activista Haidar, si Gibraltar se nos sigue subiendo a las barbas a este ritmo creciente, España tendrá difícil en extremo recuperar el sitio que ocupó mientras estuvo alineada –como ahora, por cierto—con la hegemonía imperial. No somos nadie en el mundo, hoy por hoy. Me temo que eso lo sabe ya hasta el incapaz de Moratinos y el visionario que lo respalda.

La fosa perdida

Tienen que admitir que el papelón que está haciendo la Junta y otras autoridades en el asunto de la fosa de Lorca roza la inadmisible tragicomedia. Ni siquiera saben dónde escarban esos fosores que tal vez acaben perdidos sin remedio en el inmenso osario de la desmemoria. Ahora se vislumbra que más de uno ha ido de listo en este negocio y los resultados están probando que esos iniciados no tenían más noticia del magnicidio que las recogidas de oreja. Porque de momento, los restos no están donde decían. Pero ¿y si en las nuevas excavaciones tampoco aparecen? La Junta tendría que poner orden en semejantes manejos precisamente por respeto hacia los enterrados.