Las dos caras

Hay que darle la razón a tantos como apedrean al Gobierno acusándolo de unidimensional, como diría Marcuse, por concentrar sus esfuerzos en la pelea con la crisis económica y el desastre laboral. Pero sin dejar de reconocer que la política del denostado Rajoy está dando importantes resultados, lo mismo si se miran las cifras macroeconómicas que si seguimos atentos la curva que dibuja la tasa de paro. El trabajo es de “poca calidad”, cierto, hay que señalar que en España como en todo el planeta, pero ésa es una circunstancia, en consecuencia, de índole planetaria y no culpa del Gobierno. Andalucía tiene en los datos de marzo el mejor resultado entre todas las comunidades autónomas, en lugar de, como es habitual, alcanzar el peor. El votante hará bien en considerar estas realidades antes de “re-votar” el próximo 26 de junio.

Otros tiempos

Contaba Anselmo Lorenzo en “El proletariado militante” que en Madrid había dos días seguidos del mes de mayo que movilizaban las energías populares, a las “conscientes” y a las “inconscientes”. Uno era el 1º de Mayo, esa fiesta del Trabajo, con mayúscula, que importamos de los EEUU y que Pio XII canonizó luego, para desactivarla, instituyendo en esa fecha la celebración del Día de San José Obrero. El otro era el siguiente, el 2 de Mayo, en que los mendigos extranjeros que abundaban a Madrid se topaban con una violenta reacción popular que apedreaba anacrónicamente sobre ellos a los mamelucos de Murat que cargaron años antes en la Puerta del Sol tal como las retrató Goya. En el primero, numerosas familias trabajadoras festejaban la jornada en la Casa de Campo compartiendo su humilde condumio, una tradición luego recuperada en los amenes de la Dictadura, eso sí, najo el estricto control de la policía montada y de la de a pié. En fin, nada de eso queda ya, o casi nada, porque nuestro sindicalismo –con escasas excepciones—no tuvo en cuenta los graves avisos que en los años 60 nos enviaron lumbreras como André Gorz, Pierre Naville y otros convencidos de que al profundo cambio operado por el llamado neocapitalismo, el sindicato tradicional resultaría obsoleto si no se refundaba en profundidad. Antier mismo se ha visto que estos sindicatos conniventes con el Poder y la Patronal, que hasta han hecho uso de las facturas falsas para mantener su tren de vida, junto con una izquierda trinchada hábilmente por la hegeliana astucia del sistema y por completo desnortada, tienen ya poco que hacer llamando desde la calle al pueblo soberano que prefiere la telenovela o el partidazo del día.
Han conseguido entre unos y otros liquidar el viejo Movimiento Obrero, tan sacrificadamente construido por generaciones de luchadores, sustituyéndolo por un paripé burocrático que encima no se corta a la hora de financiarse con facturas falsas y convirtiendo el 1º de Mayo en el envés de los festivales con que lo celebraba el franquismo con sus gimnastas rítmicos en el Estadio Bernabeu. Y todo ello en un país con cuatro millones de parados, una millonada de familias arruinadas y, lo que acaso es peor aún, una inopia generalizada que comulga a la fuerza con el dogma mileurista y neoliberal. Otros tiempos, sin duda, tiempos recios en los que el conflicto acecha a la vuelta de nuestro gran fracaso colectivo. Lo de antier era de pena. Sólo los paniaguados podían consolarse.

Predicar y dar trigo

No me ha extrañado un pelo que el alcalde salvocheísta de Cádiz –Salvochea se tiraba al tren si se viera convertido en emblema de estos oportunistas—haya despedido por las bravas a una trabajadora social del Ayuntamiento a provechando la reforma laboral por la que tanto han denigrado, ay, al Partido Popular. ¿Cómo extrañarnos si ya habíamos visto hacer lo propio a los mismísimos sindicatos de clase? No hay prueba política más contundente que oponer el Poder a la ideología o a la propaganda. Y si no, ahí tienen a estos “emergentes” salvapatrias enchufando por un tubo a sus adictos y despidiendo a los críticos. lo mismo en Cádiz que en Madrid o en Barcelona. Ese Poder es la prueba del 9 de los revolucionarios: les das una pizca siquiera y les falta tiempo para disfrazarse de Lenin.

El buen patrón

Cuando en tiempos íbamos iluminados a visitar la URSS, “la gran Patria Soviética”, era inevitable que nos llevaran a contemplar las fotografías de empresa en la que, como en nuestras orlas universitarias, aparecían laureados sus mejores empleados. Sería lo que fuera, pero aquella dictadura –y no del proletariado, ciertamente— honraba a sus trabajadores con unas liturgias que a los occidentales nos resultaban desconcertantes, sin renunciar, no obstante, al tópico del patrón malo por antonomasia con el que han comulgado devotas tantas generaciones ideológicas, incluyendo a la actual, sobre la que gravita el peso de esa nueva forma de explotación que es el empleo precario y mísero impuesto por el dogma neoliberal. Y sin embargo, hay patrones buenos, qué duda cabe, fuentes de progreso económico y creación de riqueza que no merecen ser confundidos en el magma del tópico, ni lo es, a veces, por sus propios currelantes. Mi experiencia no me permite mayor fe en un conjunto patronal que gasta estrategias tan expeditivas como el cierre o el ERE drástico –el inminente e inexplicable de este mismo diario, sin ir más lejos— fiel a un manchesterismo que no le impide, eso sí, beneficiarse a manos llenas de ese factor tan ajeno a la lógica del mercado libre que son las subvenciones del dinero público. Pero también sé que no todos los gatos son pardos en esa gatera. No habrá paz social que valga en tanto no lleguemos a asumir colectivamente –unos y otros– un concepto realista de la actividad productiva.
Estos días hemos tenido noticia de un par de casos más bien insólitos de esa figura del “buen patrón”. Uno de ellos, las lágrimas de Amancio Ortega –la segunda fortuna del planeta—ante el cálido homenaje que le rindieron quienes trabajan y viven a la sombra de su talento empresarial. Otro, el que nos brinda ese empresario chino, Li Yinyuan, que premia a 3.000 de sus empleados con un fabuloso viaje a España, fletando casi un centenar de autobuses y trenes para placearlos por la península, en plan Inserso rumboso financiado por ese raro “capitalismo comunista” en el que la más feroz explotación convive extrañamente –a la vista está— con una munificencia que sugiere las maneras de un taylorismo manirroto. No lo tengo muy claro, pero barrunto indicios de una lógica productiva nueva en medio de este mundo caótico. Este 1º de Mayo las lágrimas de Amancio Ortega contrastaban con la visible decadencia de los sindicatos.

El siglo turista

Alguna vez fui criticado por escribir que el siglo XXI sería el siglo de las migraciones y del turismo. Lo primero está lamentablemente a la vista aunque quién sabe si, pasados los primeros hervores, no acabará revelándonos un nuevo modelo inédito de convivencia. Para convencerse de lo segundo, basta salir a la calle –en Venecia o en Sevilla, en cualquier ciudad eminente— y ver cómo crece el turisteo, perplejos ante la invasión del turista oriental y frente al desaliño de los visitantes europeos que creen, al parecer, que para viajar hace falta un uniforme acorde con la vacación. ¿Por qué se disfrazarán para viajar los turistas? El gran escritor colombiano Héctor Rojas, tan próximo a García Márquez, nos deleitaba con su fantasía desbordante contándonos la historia, según él verídica, del turista yanqui que apareció a la deriva en una aldea de su tierra, tocado de un extraño sombrero y vistiendo la clásica indumentaria multicolor, solo en medio del calvero y ajeno a los cientos de ojos que lo observaban con prevenida curiosidad. Según Héctor, cuando el visitante estaba ya prácticamente atrapado en el esparavel, se oyó la voz tonante del jefe de la tribu, todavía invisible en la penumbra de su morada: “¡Quietos, carajo! ¡Lo quiero vivo!”. Incluso en los lugares más acogedores, el turista resulta siempre ajeno. Para Rojas, sin embargo, su película sólo podía proyectarse en Cali o Barranquilla.

Son desconcertantes los informes sobre el gasto de nuestros turistas, en especial de los chinos y japos, mucho menos de los mochileros del Viejo Mundo que vienen a vernos con el zurrón a la espalda y la botella de agua en la mano. Es entre esperanzador e insatisfactorio que esos trajines se hayan convertido en factor principalísimo de una renta colectiva que, en cierta medida, tiende a devolverle la razón a Ortega cuando definió a Andalucía desde “el ideal vegetativo” y sostuvo que nuestros visitantes tenían la impresión de que los vecinos –o sea, nosotros y no sólo los sevillanos— éramos haraganes comparsas de nuestro propio ballet, propensos a la representación y a ser “mimos” de nosotros mismos, acaso porque Andalucía es “de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya”. Vaya lo uno por lo otro. Cada cual se busca la vida como puede y la profesión de anfitriones no tiene por qué ser mal vista. Viviremos del turismo. ¿No vivió él de la filosofía?

¿Tolerancia cero?

No recuerdo tópico más falso. Ahí tienen al Lenin con coleta que iba a redimirnos, manteniendo a la juez-candidata de Podemos “investigada” por su TSJ. O a Susana Díaz, indiferente por completo a los avatares de sus consejeros y altos cargos imputados o como se diga, uno tras otro. Hasta de Ciudadanos se dice ya que hace trampas con los dineros, o sea que calculen. La realidad es que no hay partido inocente en medio de esta epidemia rapaz y que ninguno de ellos –ni entre los antiguos ni entre los flamantes—se toma en serio eso de la “tolerancia cero” con la corrupción. Cada cual sabrá por qué, pero seguro, eso sí, que cada uno lo hace con su cuenta y razón.