La hoja y el fax

Para añadir a nuestra teoría de que si el mejor remedio contra un problema difícil es una comisión de expertos, el ideal para uno insoluble es una “hoja de ruta”. Y nada les digo ya si provocamos la sinergia entre la hoja de ruta y el fax, como está haciendo la Junta de Andalucía en su estudiada estrategia para aburrir a los trabajadores amenazados por la explosión de Astilleros, a los que, vía fax, precisamente, les ha modificado la “hoja de ruta” otorgada diez días antes. Son las formas informáticas de la tomadura de pelo que el lunes les van a servir para poco cuando se les presente en la puerta la murga de los currelantes.

El derecho al cielo

Tras el triste fracaso de la cumbre de Copenhague nos hemos ido enterando de hechos y conjeturas que dan una idea de la dimensión del drama. La Alianza Panafaricana para la Justicia Climática (mala cosa cuando empezamos a dividir la Justicia) asegura, para empezar, que 55 millones de criaturas podrían engrosar el ejército derrotado que pasa hambre en ese continente, y que entre 350 y 600 millones podrían sumarse a los sedientos que ya se debaten entre la vida y la muerte. El famoso arzobispo Desmond Tutú ha dicho a toro pasado que más hubiera valido ningún acuerdo que alcanzar uno malo, especificando que la meta del incremento de dos grados en el clima del planeta va a condenar a África directamente a la incineración. Un economista destacado, Nicholas Stern, dice que si se comparan los 10.000 millones de dólares comprometidos para compensar a los países pobres con el billón y medio que mueve el “mercado del carbono” (observen la perversidad conceptual), nos parece estar viendo a los viejos traficantes cambiando con los indígenas cuentas de vidrio por sus tesoros reales. Y en fin, Matthew Stilwell, capo de la cosa del “desarrollo sostenible”, ha explicado que la recién librada no ha sido una negociación para frenar el cambio del clima sino una batalla campal sobre el “derecho al cielo” del que los pobres pobres, valga la cuasi anáfora, ni se han enterado, los pobres. ¡El derecho al cielo! La simiesca historia de la especie es la de la lucha por la vida, la del incesante proyecto de apropiación de lo ajeno, la de la enajenación del más débil en beneficio del más fuerte, pero hasta ahora se había escenificado de tejas para abajo. Ni el Bakunin más furibundo podía ni imaginar que la postmodernidad acabaría no limitándose a arrebatar la tierra a los parias sino que acabaría disputándole también las alturas.

 

He colectado más lamentos. Uno de ellos, hablando del acuerdillo adoptado a duras penas, asegura que no se puede decir que lo que se propone el mundo poderoso es buscar una solución al problema del clima mientras la solución adoptada garantice la muerte de millones de africanos y fuerce a los países pobres a continuar pagando por ese objetivo con el que ellos –que no contaminan porque ni tienen con qué– no tienen relación alguna. Me quedo con el hallazgo del “derecho al cielo”, de todas formas, reverso de la más inimaginable ocurrencia de explotación concebida por el lobo humano en su instintiva e inmemorial contienda contra la igualdad. Y con la imagen de los mercachifles cambiando baratijas por el diamante en bruto de la vida. Los fenicios o nosotros mismos éramos unos pringaos comparados con esta tropa.

Trece crespones

No todo van a ser beneplácitos y luces de colores. Hay una noticia heladora este fin de año: la cifra de 13 mujeres asesinadas en Andalucía, de un total de 55 en toda España. Más de una andaluza al mes sacrificada por el bárbaro de turno. Ya me dirán si ha fracasado o no ha fracasado es ley integral de lo que quieran que, además de injusta y desigual, no ha servido para nada a la hora de frenar la sangría. Trece crespones negros más en la torre de la memoria. Los que dicen y repiten que con estas leyes basta para atajar la sanrgía, están cada día más cerca de convertirse en cómplices sin intención de los propios parricidas.

Otro lujo para Huelva

Dice la Junta que el nombramiento del ex-presidente González para sustituir al sabio Ginés Morata al frente de Doñana es “un lujo para Huelva”. Para quien va a ser un lujo, sin duda alguna, será para los propietarios del proyecto de oleoducto, del que Glez. es partidario declarado, y para el que la consejera Cinta Castillo era un peón excesivamente ingrávido. Se han empeñado en sacar adelante el proyecto del “amigo político” como en tiempo se empeñaron en sacar el de “Costa Doñana” que, precisamente, era un negocio del entorno familiar e íntimo del “lujo” que acaban de regalarnos. Eso es Huelva para el Gobierno y la Junta: lo que fue para los viejos caciques, de los que los actuales no se diferencian más que en el hábito.

El cielo y el fango

Yo no sé si Obama será o no el negro que tenía el alma blanca, como parece creer medio mundo, pero sí que voy viendo, a medida que pasa el tiempo y el hombre se va retratando con sus decisiones, que media una distancia notable entre el personaje que nos vendió la propaganda –cierto que a demanda de nuestros propios deseos—y el que realmente reina en el Despacho Oval. Ya nos inquietó su defección  cuando renunció a cerrar Guatánamo y exigir responsabilidades a los torturadores y más, qué duda cabe, cuando comprobamos que su prometida pacificación de Irak decaía poco a poco al tiempo que presionaba a todo quisque para relanzar la guerra en Afganistán, aventura en la que nosotros mismos andamos metidos hasta las trancas por esa ministra pacifista que ha aprendido en el poder que una cosa es predicar y otra dar trigo. Y ahora, en fin, tras el susto del atentado frustrado del avión que Al Qaeda ha reclamado como propio, vemos a nuestro eximio presidente pactando con Yemen las condiciones de un nuevo frente bélico en el que perseguir y exterminar a la gusanera terrorista. ¡Un presidente que llegó como esperanza blanca de la paz y lleva tres guerras al retortero! Realmente, ni siquiera quienes le mantenemos nuestra confianza casi intacta, podemos evitar ese contraste ciertamente abrupto que se da entre el hombre que llegó predicando la paz y el mandatario que se ha visto arrastrado a una situación militar peor si cabe que la de su antecesor. La política es muy distinta cuando se ofrece desde las nubes del deseo de cuando hay que enfrentarla con los pies hundidos en el barro. Obama empieza a saber ahora cuánto vale el peine bélico que él reprochaba a Bush, como ZP se está enterando de que una cosa es fareolear con una retirada de tropas y otra muy distinta verse obligado a participar a cara de perro en una guerra sin probable salida como la de Afganistán. Los dos merecen respeto, por supuesto, como los demás nos merecemos un reconocimiento proporcionado.

 

Es de temer que el fundamentalismo islámico acabe desencadenando un conflicto de proporciones inimaginables de momento. Y el poder ha enseñado a Obama la dura lección de la realidad forzándole, sin duda, a adoptar posturas que antier mismo habría criticado con ferocidad si las hubiera adoptado el rival. Porque no sabemos que sería de ese líder mundial si cualquiera de esos conflictos se le convierte en un nuevo Vietnam y menos si llegara el caso de ver a sus tropas pillando por las bravas el avión evacuador. No es justo culpar a Obama por reaccionar como parece imprescindible. En cualquier caso, nuestros pacifistas van a tener cada vez más problemático acogerse a su sombra.

Ciencia y política

El relevo de Ginés Morata por González al frente de Doñana prueba que el propósito e “despolitizar” al Parque no era más que un  farol de la Junta. Pero de paso ilustra el talante implacable del PSOE frente a los discrepantes no menos que su apuesta decidida por los negocios de esos que ellos llaman “emprendedores”. La Ciencia y el medio ambiente le importan un  rábano a la Junta, cuyo objetivo actual es sacar adelante ese proyectado oleoducto que Morata cuestionó con entereza y González defiende junto con su partido. Y para eso lo que se precisa es la política pura y dura, el ejercicio de las influencias y los pactos bajo la mesa. Se hará el oleoducto –ahora ya caben pocas dudas—porque el PSOE lo tiene comprometido con sus promotores. Echar mano de semejante mascarón de proa no deja resquicio de duda.