Premiar el crimen

No son nuevos los privilegios de los etarras en nuestras cárceles. ¡Hasta se ha brindado más de una vez en ella (¿ante la pasividad de sus guardianes y jueces concernidos?) para celebrar atentados asesinos! Otra cosa es, sin embargo, la fría concesión de privilegio tan singular como el de criar a su hijo en el trullo, que le ha concedido el juez a los verdugos del matrimonio Jiménez Becerril. O sea que los hijos de los Becerril han de criarse sin padres y los de los asesinos con todos sus avíos. Pues no. Eso no lo comprenderá nunca la sociedad como nunca se podrá entender tanta mano blanda con la canalla y tanto rigor para las víctimas. Se está premiando el crimen, así de sencillo, mientras se olvida la sangre vertida y el irreparable daño causado.

Que vienen los rusos

Las minervas que cuidan de la integridad y la salud en ese paraíso de las mafias que es la Rusia postsoviética, han decidido –en una acción que Andrés Marín calificaba ayer de ‘extravagante’ y lo es—vetar la importación a aquel gran país  de los exclusivos productos de nuestros cerdos. Con su pan se lo ayunen. Hay mercados de sobra en el planeta para nuestros jamones y embutidos, tantos que es de temer que acaben poniéndonos por las nubes a sus genuinos productores el inmemorial placer de su consumo. Aparte de que no hay que descartar que el fantasma de la gripe haya servido los propósitos de alguna de esas organizaciones que acaso buscan mercados más favorables a sus intereses. Rusia es hoy un cachondeo y algo peor. Son cosas que conviene saber para poner las demás en su sitio.

Vox populi

En una ocasión, el fundador del fascismo español, Primo de Rivera, explicó la contradicción interna de la decisión democrática con un ejemplo que a él (y a muchos) les pareció de cajón. Decía el ‘Fundador’ que la Verdad con mayúscula escapaba por sí sola al procedimiento del debate puesto que si, un poner, un Parlamento decidiera que Dios no existe habría sentado un peligroso precedente de una mentira legal. Las Cámaras valen para lo que valen y santas pascuas, es decir, pueden servir –razonaba aquel pensador—para decidir trámites que afecten a la vida contingente y sus complicaciones pero en absoluto para dilucidar entre al verdad y la mentira, o si se prefiere, entre la Verdad y el Error, habida cuenta de que, más allá y por encima de la ficción hipostática, una reunión  de señores, por muy electos que sean, no tiene por qué garantizar la primera. Estos días se va a debatir en la comisión de Cooperación Internacional del Congreso una incómoda iniciativa de IU-ICV que quiere que la Cámara se pronuncie sobre la notable pamplina que, en materia de condones, lanzó el Papa nada menos que en Camerún (un país azotado sin piedad por la pandemia del sida), o sea, si no he entendido mal, que el Congreso decrete si el papa lleva o no lleva razón en algo que, por otra parte, nadie discute. No se trata, evidentemente, de asistir a un país asolado por aquel contagio sino de sentar laica cátedra, con las del beri, en torno a una opinión que no deja de ser personal, por muy papa que un papa sea, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de un célibe. Qué verdad es eso del adagio vulgar de que cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata moscas.

Siento que me repito, pero es que los hechos (la gripe porcina, el duelo de ‘princesas’ o el zambombazo del Barça) están haciendo buena mi preocupada sugerencia de que la necesidad de ocultar los rigores de la crisis están dando paso a una imprevisible serie de novedades y alarmas que lo más probable es que no vayan a ninguna parte pero que, de momento, ocupan los titulares y, con ellos, la capacidad de atención de la grey indefensa. ¡Qué querrán que salga de ese falso debate si hasta hay diputados de la oposición  conservadora contrarios al dislate papal! Se trata, obviamente, de armar ruido –mediático sobre todo–, entre otras cosas porque, desgraciadamente, nada de lo que pueda establecer el criterio, bueno o malo, de nuestros parlamentos cívicos influirá lo más mínimo en actitudes que, por incomprensibles que nos resulten, han  sido pesadas y sopesadas antes de ser lanzadas al aire. La verdad es que uno tiene la triste sensación de que cualquier día esta panda hace realidad la hipótesis grotesca de Primo con tal de escapar a la realidad, que es la que aprieta.

Justicia imposible

Lo malo es que nos estamos acostumbrando a aceptar como ‘normal’ el atasco en los juzgados, el hecho de que en 2008 se registraran casi dos millones de nuevos casos, un demoledor 2º por ciento de aumento, y de que en el mismo periodo se resolvieran casi otro tanto. En lo penal, en lo civil, en lo contencioso, en lo mercantil. ¿Es posible mantener este ritmo de crecimiento del caos? Y lo que es peor, ¿puede de verdad producirse una Justicia seria en ese agobiante régimen de prisas? La Junta mira hacia otro lado y los ciudadanos, menos cuando les concierne de plano, lo mismo. Pero la realidad es que una Justicia así es, de hecho, imposible. Un día nos caeremos en esa cuenta en medio del desastre.

Huelva pobre

Ha sido tremendo el informe sobre nuestra pobreza lanzado por la asociación ‘Resurgir’ y la Universidad de Huelva, dos voces comprometidas con la realidad onubense. Barrios prácticamente enteros bajo el umbral de esa pobreza visible o disimulada, tragedias familiares a millares, situaciones de auténtica miseria. La crisis aprieta en casa y sólo los optimistas de profesión pueden decir que va de paso, pero la gente malvive a duras penas contrastando con el optimismo forzado de las autoridades. Pronto va a resultar imprescindible una reacción frente ese azote que la sociedad civil, aunque lo intente, no puede conjurar con sus propios medios.

Gordos y flacos

En los últimos tiempos se multiplican las protestas y denuncias de las discriminación que sufren las personas pasadas de peso no solamente en el trato diario, sino en el ámbito profesional y en ciertas circunstancias claramente injustas. Lo último del género es el proyecto de diversas compañías aéreas americanas y francesas de implantar un suplemento en el pasaje de las personas con sobrepeso o, en su defecto, hacerles pagar dos billetes a cambio de ocupar dos asientos, pero lo curioso es que la idea no procede en este caso de la avaricia recaudatoria –hace poco el baranda de una de una aerolínea anunció el disparate de cobrar a los viajeros en pleno vuelo por el uso del lavabo—sino que encuentra su base en la propia opinión pública expresada en una encuesta de base ciertamente enorme en la que prácticamente la mitad de los usuarios se mostraba de acuerdo con la medida. En Francia ya se han pronunciado incluso los tribunales, pero mientras en Gran Bretaña, donde tienen problemas con la báscula uno de cada cinco ciudadanos, ha dado mucho que hablar el caso del cantante Rick Waller que se considera maltratado a causa de su obesidad, sobran las constataciones de que las personas de peso excesivo son discriminadas abiertamente en el mercado laboral, donde los sondeos revelan que más del 90 por ciento de los empleadores prefieren contratar flacos antes que gordo, como si trataran de prolongar la preferencia del Julio César shakesperiano por los hombres gordos y calvos así como su aversión y desconfianza respecto a los flacos como Casio. En México, por ejemplo, donde se estima que la gordura afecta al 30 por ciento de la población (es el segundo país del mundo en ese ránking) crece a ojos vista, al parecer, esa discriminación en el trabajo al tiempo que se endurece el trato social en general, y muy en especial contra los niños y mujeres  obesos, pero se estima que en Europa, en general, los empleadores tiene una clara preferencia por los flacos a la hora de contratar personal.

 

La obsesión por el peso en nuestras sociedades tiene, por tanto, sobradas razones al margen de aquellas de naturaleza obsesivas que suelen ocupar la atención crítica, de tal manera que cada vez resulta menos fácil oponerse al culto maniático o enfermizo de  la esbeltez. Se penaliza al grueso, se maltrata al niño gordito en la escuela, se descarta contratar al candidato entrado en carnes, se rechifla contra la mujer gruesa, al tiempo que la buena conciencia y otras “correcciones” claman por eliminar el ideal estético de los flacos excesivos. Y si Dios no lo remedia, incluso habrán de pagar doble billete en los transportes públicos con la anuencia de la mayoría. No sé que pensaría Shakespeare, seguro trasunto de su ‘César’, si levantara la cabeza en medio de este nosocomio.