Verdes y verdes

Buena la ha hecho ese grupúsculo segregado de la Plataforma de la Ría causante de la decisión judicial que ha paralizado la obra –decisiva para la capital—del paseo marítimo que proyecta el Puerto. Otra vez el fundamentalismo que no va a ninguna parte, en fin de cuentas, pero que enreda y perjudica todo lo que puede, lamentablemente en busca de notoriedad en la mayoría de las ocasiones. No tengo duda de que ese pleito será efímero y el respetuoso y bien gestionado paseo marítimo (me consta) se acabará haciendo. Pero para entonces el grupúsculo habrá logrado dos objetivos, aparte de su cuestionable y cuestionada promoción: retrasar ese progreso urbano y desprestigiar un ecologismo tan necesario como descentrado.

Matar el alma

Hemos escuchado esta temporada pronunciamientos concluyentes sobre el aborto. Desde la jerarquía eclesiástica se repite una condena sin fisuras frente a un debate que tiene hondas raíces en el pensamiento eclesiástico. En uno de sus comentarios magistrales, don Diego de Covarrubias, acaso el mayor jurista español de la Edad de Oro, recogía las clásicas quejas de Cicerón que apelaba al derecho del padre junto al materno, sin dejar de recordar que Tertuliano consideraba homicidio atentar contra el feto puesto que “ya es hombre el que lo ha de ser”. Y sin embargo, aquel “Bártolo español”, consideraba que el aborto “no es propiamente homicidio” si el feto no está ya animado, es decir, en una cuarentena si se trata de varón, pero sólo en ochenta días en el caso de la hembra, un criterio que –lo reseño por si la  ministra Bibiana quiere reclamar—proviene de Plinio el Viejo. ¿Dónde queda la doctrina cerrada que sitúa el alma en el momento de la concepción? Pues desde luego no en Santo Tomás, para quien “el feto al principio, como si fuese animal, tiene tan sólo alma ‘sensitiva’, tras la cual viene el alma más perfecta”, teoría derivada de Aristóteles, quien sostuvo que “antes de ser el feto hombre es animal” y que “antes de tener alma racional la tiene tan sólo sensitiva”. Covarrubias –que fue un pilar de Trento, no se olvide—dice textualmente que “por tanto, el que es causa de aborto de un feto que aún no está animado, no es verdadero homicida aunque se le parece mucho”, mientras que en su “Variarum Resolutionum” solicita la pena de muerte para el culpable en caso contrario. Hace cinco siglos, incluso con un pie en el Concilio, los maestros de la jerarquía  hilaban indudablemente más fino, quienes, por supuesto, salvaban el caso de riesgo cierto de la vida de la madre. Ningún integrismo es razonable y me temo que, en este terreno, algunos han retrocedido no poco.

 

Recojo esas citas de un texto editado por Manuel Fraga Iribarne en 1957, es decir, cuando, si mal no recuerdo, era el responsable de familia en el Movimiento Nacional, y los saco a relucir porque creo sinceramente que la oposición sin concesiones ante la barbaridad que implica la nueva ley del aborto que se ha sacado de la manga el Gobierno, simplemente echa leña al fuego. Porque la señorita Bibiana, que apenas tiene estudios, bien podría aliviar su bobada de que el feto “es un ser vivo pero no un ser humano”, con sólo echar mano de los clásicos católicos. Contra esa ley insensata más vale utilizar la razón que los redaños. Aunque sólo sea para que el sentido común no quede sepultado por dos fundamentalismos simétricos.

Intervención necesaria

No intervenir en el Ayuntamiento de Estepona, consentir que la situación se degrade cada día con una nueva relevación inmunda, no puede conducir, en el mejor de los casos, más que a reproducir el cambalache de Marbella. ¿Por qué se inhiben el Gobierno y la Junta ante un caso de corrupción institucional que ya  cuenta con un alcalde en la cárcel y otro imputado, más una tropa de ediles empapelados? La previsión legal de intervenir un  Ayuntamiento no excluye la autonomía municipal cuando lo que se trata de evitar es el desplome absoluto de la institución. Esperar sólo ha de conseguir poner las cosas peor. Como en Marbella, pero esta vez contemplando el panorama como un “déjà vu”.

Hermanas de la Cruz

En la Dipu han consignado 300.000 euros para gastos sin factura de la Presidenta y una millonada para propaganda política de la misma y de la institución. A cambio, como en este mundo cuando una gana un duro es que otro lo pierde, han reducido a rajatabla las ayudas a ONGs necesitadas, con alguna excepción que tal vez se explique por razones políticas. Las demás quedan fuera de la ayuda este año, la Asociación contra el Cáncer o contra el Azheimer, Huelva Acoge o el Teléfono de la Esperanza, todas, en fin, incluyendo a una que seguro que no cuenta con un solo onubense que no lo lamente: las Hermanas de la Cruz. Hay que ahorrar, pero en la Dipu deben pensar que la caridad bien ordenada empieza por uno mismo.

El varón celoso

Dice una psiconalista francesa que el miedo de los machos a no ser al padre auténtico de sus hijos no es cosa nueva sino reacción que se remonta –lo dice ella textualmente, a “la noche de los tiempos”. Y debe de ser verdad, considerando que, según datos oficiales, entre 15 y 20.000 ciudadanos franceses recurren cada año a esa prueba de la paternidad que en su país, por cierto, carece de valor a menos que se practique ordenada por un juez, y ello a pesar de que una considerable mayoría de la opinión pública reclama su legalización. Otro “analista” argentino sostiene que al menos un 44 por ciento de los hombres desconfía de su mujer (frente a un 82 por ciento de las mujeres), admitiendo la posibilidad de un escarceo que el cambio del rol femenino hacen cada vez más verosímil, y explicando que, a pesar de que para la mujer el hombre es su amor mientras que para el varón “su mujer es su mujer”, la hembra ha poseído siempre un poder sobre la reproducción imposible para el macho. Quizá no sea del todo ajeno a este hecho el proyecto platónico o comunista, qué más da, de organizar la reproducción al margen del ideal familiarista, de manera que sea la sociedad en su conjunto –la ‘polis’, el ‘Estado’—la única instancia legítimamente paterna, reducidos los padres a meros instrumentos de la colectividad. Pero lo que es evidente es que, en el seno de la nueva sociedad, el macho vive con especial zozobra el ancestral estado de sospecha que tanto tiene mucho que ver con la noción de propiedad y con la idea de herencia. Se queja el varón de esa libertad de la mujer que amenaza con convertirlo en criador de hijos ajenos, pero ni él renuncia a su inveterado donjuanismo ni objeta nada a fin de mes cuando la liberada trae la soldada a casa. Quien algo quiere, algo le cuesta, ¿no?

En Internet se encuentran más de 200.000 entradas con información o/y ofertas sobre los test en cuestión, lo que da una idea de la enormidad del negocio, pero también de cómo ha crecido el recelo varonil en estas circunstancias nuevas, tan lejanas ya de aquellas bíblicas en que, con tanta frecuencia, un anciano aceptaba tan pancho que su mujer concibiera un hijo a pesar de su edad provecta. Yo creo que este asunto dice mucho sobre la índole y evolución de nuestras relaciones amorosas, por fin escapadas al arbitrio masculino, lo que no quiere decir que en el modelo antiguo ataran los perros con longaniza. Se necesitará un tiempo para devolver las aguas celosas a su cauce y cuando se logre nos hallaremos, probablemente, ante un espejo histórico en el que nos resultara difícil reconocernos. El progreso tiene sus costes. Parece que Platón ya lo sabía.

Alarma judicial

No sólo por excepcionales van a tener eco garantizado las declaraciones del juez de Menores de Sevilla, Francisco Serrano. Levantar la voz desde el Juzgado para decir que la ley que regula la “violencia de género” es injusta y penaliza al varón porque procede de “la dictadura del feminismo radical” suena fuerte en un país acollonado por el qué dirán y la “corrección política”, pero no deja de resultar inquietante, considerados los datos que el juez proporciona en apoyo de su tesis. Desde luego, no se servirá mejor esa causa en defensa de la mujer trampeando legalmente. Habría que comprobar enseguida la denuncia de este magistrado y tener el sentido común de actuar en consecuencia.