Un ‘animador cultural’

Miles de onubenses han pasado ya por “Latitudes”, la muestra organizada por ese inquieto sin remedio que es José Luis Ruiz, un ciudadano distinguido que no pararon, entre unos y otros, hasta no aburrir y apartar de nuestra escuálida vida cultural, claro que no sin que antes tuviera tiempo de legar a la provincia un Festival Hispanoamericano tan reputado que no han conseguido cargarse ni entre tantos inútiles como tras él lo han regentado. La actual es una exposición de fuste, permítanme que diga que muy por encima de lo que la capital acostumbra a dar de sí. Huelva que, salvo excepciones, no suele reconocer los méritos auténticos de sus hijos, tiene en José Luis a uno bien preclaro con quien está en deuda.

Historia del clima

Pocos libros tan atractivos he leído en mi vida como el que Emmanuel Le Roi Ladurie dedicó hace muchos años a “Montaillou, village occitan”, la intrahistoria nada unamuniana de una aldea implicada en la cuestión cátara allá por el siglo XIV, en la que el autor –uno de los espíritus más finos de la escuela de los “Annales”—nos introducía, como sin sentirlo, en la vida cotidiana de unos pobres lugareños tan atribulados como felices. Junto a esa epopeya diaria, Ladurie habría de proporcionarnos obras muy diversas, entre las cuales ninguna quizá con mayor eco que su “Historia del clima después del año 1000”, primera aproximación a un tema de absoluta actualidad que encontraría finalmente su desarrollo más completo en la “Historia humana y comparada del clima”, cuyo tercer tomo acaba de aparecer en francés. Ladurie, un historiador atenido al rigor del dato y durante años fanático de la perspectiva cuantitativista de la Historia, ha sido probablemente el gran historiador del clima (en Francia se ha dicho que el único) en esta época que tan fuerte ha apostado por el tema, y ha venido sosteniendo hace mucho que el planeta que habitamos experimenta un recalentamiento notable al menos desde la mitad del XIX en adelante y, en términos mucho más alarmantes, durante el último cuarto del siglo XX. Conviene leer despacio ese alegato más que erudito pero del todo asequible, para comprender la complejidad de un asunto, el del cambio climático, cuyo tratamiento banalizado ha llegado a ser proverbial, incluso al margen de mercaderes como Al Gore.

Con el libro en las manos me sorprende el informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en el que se da cuenta, no sin un eco alarmista, del deshielo de los casquetes polares, atestiguado, según dice, nada menos que por 10.000 expertos, que habrían decidido que la evolución de ese fenómeno es mucho más rápida de lo hasta la fecha estimado por la ciencia, afectando ya de modo visible a la fauna y la flora de los territorios helados que han empezado a emigrar y mutar para sobrevivir. ¿Habremos de fiarnos del Apocalipsis o seguirá siendo válida la visión del historiador, mucho más ‘natural’ y lenta, y bien poco alarmante considerada en su conjunto? La obra gigante de Ladurie (acaso el libro científico más vendido, según dicen) sugiere la necesidad de no entregarse a visiones vehementes de los cambios históricos y en especial del clima, esa “función del tiempo” que el sabio ha perseguido durante tantos años a través de informes y memoriales, archivos de parroquia y series conservadas. El alarmismo moderno haría bien en pulir sus aristas en este testimonio fenomenal de lo que realmente ha sido y sigue siendo el enigma del clima.

La Cámara inútil

No me refiero al Parlamento, aunque, dadas las circunstancias, bien le cuadraría el título, sino a la Cámara de Cuentas, ese órgano de extracción parlamentaria al que toman por el pito del sereno sus propios creadores pero también hasta el último alcalde monterilla. Según el propio organismo –gran legitimador del descontrol ‘de facto’ de que disfrutan las Administraciones andaluzas–, la mitad de los concejos no presenta sus cuentas como tiene que hacer por ley y, a pesar de sus esfuerzos por simplificar y facilitar las cosas, raro es el que se somete gustoso. De todos los partidos, eso sí. A la hora de escaquearse de controles legítimos, todos los gatos son pardos.

La crisis ajena

Parece que la crisis fuera ajena. Al menos, a juzgar por el fracaso manifiesto de las repetidas convocatorias (CCOO, las Pymes, ayer mismo el sindicato CSIF) que se han sucedido en la capital. Cuatro gatos, con perdón, o cinco o seis, que para el caso es lo mismo; ni uno más. Al común de la gente no deben de haberle llegado aún los efectos de la crisis, aunque lo lógico es pensar en que el pasotismo tiene desarmada a esta sociedad que tiene un pie en el abismo y el otro en el aire. No se trata de discutir sobre la razón o eficacia de las demostraciones públicas, sino tan sólo de significar que aquí nadie mueve un dedo como antes no se lo haya pillado en la cancela. Y una crisis es cosa de todos. Lo lógico sería responder ante ella con una energía proporcionada a su enorme amenaza, no quedarse en el tresillo.

Saber y esfuerzo

En sintonía con la ya célebre ‘web’ española cínicamente llamada “El rincón del vago”, un grupo de presuntos educadores franceses han colgado el jueves pasado en la Red, sólo durante tres horas, una propia bajo el título “faismesdevoirs.com”, es decir, “haz mis deberes”, enseguida contestada con energía desde el propio ministerio y los sindicatos del ramo, en aquel país mucho más vigilantes y eficaces que en el nuestro. Se ofrecía en ella, en efecto, vender a los alumnos de liceos y colegios los deberes de clase a cambio de un precio que oscilaba entre los 5 y los 30 euros, ofrecimiento tan exitoso que, en esas breves tres horas, permitieron recibir a los organizadores nada menos que 80.000 conexiones, a cuyos autores se proponen ahora devolver lo recaudado en tan extraordinaria demostración de fraude e indisciplina social. No parece discutible que la Red va a ofrecer difíciles, quizá insuperables aspectos a esa disciplina y, en particular, a todo proyecto docente que se base, como no puede ser de otra manera, en el eterno sobrentendido del trabajo, redefinido por la Ilustración de manera tan tajante. En el flamante libro de Carmen Iglesias hay un capítulo de sumo interés en el que se repasa la aportación ilustrada que desde Francia (Montesquieu, Diderot, Rousseau, Voltaire, Condorcet…) llega a la España escindida pero rebullente de los Meléndez, Feijóo, Jovellanos, Arroyal, Foronda, Rentaría, etcétera, que desarrollan la fecunda influencia de Locke en el terreno de una educación  que es concebida, sin excepción, como un ejercicio de reforma y perfeccionamiento humano basado… en el esfuerzo. No hay saber sin esfuerzo. El saber se debe siempre a un impulso individual, a la “ascensión de la Caverna platónica”, y no a alguna revelación gratuita.

Parece decidida la sustitución de este principio en una cultura postmoderna que tiende a considerar expletivos los conocimientos no indispensables, es decir, los ingenuamente llamados “prácticos” por contraposición a los “teóricos”, sin contar con que esta misma globalización cibernética, tan huidiza e impune, dispone ya de múltiples contactos que proporcionan no ya ejercicios o tareas cumplimentadas sino títulos con todos sus avíos. Algo que, en definitiva, no debe extrañar demasiado en un país en el que el jefe de la Guardia Civil falsificó los suyos sin que nadie le exigiera la imprescindible compulsa. Pero esa tendencia al fraude no es espontánea ni casual, sino que deriva culturalmente del manifiesto desdén por el esfuerzo y del prestigio golfo del fraude. Los viejos tónicos de la voluntad son hoy simple antigualla. Por un módico precio, esa voluntad te la sustituye un estafador que se anuncia impunemente en Internet.

Belmonte

Chaves ha proclamado que la corrupción “es estructural al PP, un partido al que recorre de arriba abajo”. Arenas le ha contestado que no hay más que mirar alrededor para comprobar justo lo contrario, es decir, que los “corruptos estructurales” están en el PSOE y le ha plantado una relación de “casos” andaluces de aquí te espero. ¿No parece este el principio del fin de la democracia, no sería lógico deducir de esas acreditadas acusaciones de los líderes máximos que la política en su conjunto es una cueva de ladrones de la que sería urgente deshacerse en su conjunto? Cuando la bronca sube de tono ya no se parar nadie en barras ni ante el riesgo cierto de que la taberna se venga abajo.