Violencia y política

Circulan por doquier las opiniones sobre el atentado perpetrado por un loco contra Berlusconi. La imagen de esa cara ensangrentada y los dientes quebrados, desbordan lo que puede tolerar la vida pública, incluso la italiana de estos años. Una cerrada condena ha reunido a la clase política –a ver cómo eludirla—que denuncia, con razón, el peligro que supondría una escalada violenta en una sociedad partida en dos que ya no representa siquiera la síntesis maniquea de postguerra que protagonizaron al alimón ‘Pepone’ y ‘Don Camilo’. Una de sus voces –la de Di Pietro—ha tratado de repartir culpas con el argumento de que Berlusconi ha recogido el fruto de la desunión y el fanatismo que él ha contribuido más que nadie a instalar en esa vida pública, pero eso es tan injusto como que los medios propiedad del herido –sobre todo “Il Giornale”—acusen por derecho y sin matices a “La Repubblica” o mencione a varios periodistas como “causantes” de un estado de opinión responsable de lo ocurrido. Ni una cosa ni la otra: la violencia no puede ser justificada en ningún supuesto. Ahora bien, es cierto que la hegemonía de Berlusconi –que hay ya quien define como un “régimen”–, con su descarado desprecio de la ley y su capcioso populismo embaucador, sus escándalos miserables y hasta sus presuntas conexiones mafiosas, está exasperando a un país que ve que el jefe del Gobierno y su mayoría cambian las leyes cuando les conviene –algo que aquí no debe sorprendernos—y reducen su estrategia a criminalizar a la disidencia política tanto como a los medios críticos. Italia se ha convertido en un polvorín. Desde antier la Red está llena de mamelucos solidarizándose con el agresor en el que ven una suerte de Garibaldi majareta. Parece que estamos viendo aún el cadáver de Aldo Moro en el maletero, pero se ve que nadie escarmienta.

Proliferan, en todo caso, las agresiones a líderes desde el zapatazo contra Bush, y ése es un síntoma pésimo tanto del desprestigio político como del funcionamiento en la opinión del criterio tiranicida que defendieron, todo hay que decirlo, nuestras lumbreras escolásticas. Una moda que conviene cortar por lo sano y que puede contribuir a aumentar todavía más el distanciamiento entre el Poder y los súbditos. Nadie en sus cabales, ni siquiera el más irritado crítico de Berlusconi, puede aceptar ese hecho que quizá tenga una remota relación con la insensata simpatía con que se celebró el zapatazo de Bagdad. Es tan necesario que Berlusconi responda ante la Justicia sin privilegio alguno como intolerable que esa justicia la administre por su cuenta y riesgo un chalado a quien no tiene el menor sentido relacionar con la oposición.

Echen números

Los señores de los sindicatos han acogido el proyecto de ERE de la alcaldesa de Jerez –500 empleados a la calle—como la solución “menos traumática” para posibilitar un plan de viabilidad de la institución. Vale, pero ¿nadie, ni esos sindicatos se habían percatado hasta ahora de semejante ‘overbooking’ en las oficinas municipales? ¿Quién y por qué ha metido en ellas a tantos como ahora sobran, qué hacían mientras no fueron cuestionados? Sobre todas esas preguntas creo que la que habría que plantear es a qué partidos u órbitas de influencia partidistas pertenecen esos trabajadores ahora amenazados. ¿Ocurrirá lo mismo en otros muchos chiringuitos de nuestra Administraciones? La pregunta resulta tan obligada como desoladora.

Nueve hombres justos

No estoy nada seguro de que el juicio del “caso Mari Luz” se preste a ser resuelto por un “jurado profesional” en lugar de serlo por jueces, estos sí, profesionales y expertos. Sobre este abominable suceso se ha acumulado mucha prosa, mucha leyenda y mucho justicialismo espontáneo que en poco pueden favorecer la serena imparcialidad de unos ciudadanos sometidos, como todos los demás, a esas presiones mediática y sociales, y ello no reforzara, seguramente, las garantías que exige todo juicio para ser justo. Vieja polémica la del jurado pero que, en casos como el presente, no hay que ser un lince para ver que poco pueden contribuir a la Justicia.

El eterno femenino

Una reportera británica nos ha enviado un reportaje estupefaciente desde el corazón de Afganistán, concretamente desde Lashkar Gah, capital de una de las provincias más conservadoras del país. Se trata de la imagen de un salón de belleza situado al fondo de un callejón polvoriento, en el que un grupo de mujeres da rienda suelta a su deseo y a su imaginación prohibidos por el talibanismo, enredando con toda clase de pertrechos cosméticos y entregado a su exorno prohibido con un entusiasmo que se sólo se explica por los rigores de la prohibición. En un país en el que la mujer debe circular cubierta hasta los ojos, resulta que nadie sabe qué secretos maquillajes podrá esconder la rejilla del burka, tras la que el “eterno femenino”, por lo visto, ha conseguido burlar la barbarie impuesta por los machos. En Afganistán una mujer no puede oír en la radio la voz de un varón, pero se da traza y modo a engalanarse siquiera en secreto como si el realce de la belleza fuera un imperativo de su condición, y disfruta con esa exhibición secreta –valga el oxímoron– que de ser descubierta, le acarrearía el suplicio. Me ha sorprendido la imagen captada en el reportaje, ese “sancta sanctorum” en el que burlar la bestialidad machista, aunque sea renunciando a la auténtica exhibición, bajo una foto de Pamela Anderson entronizada como referente. En la tele hemos visto azotar a mujeres en el mercado por exhibir los tobillos o descuidar el recato del pelo o la inconcebible escena de de esos salvajes cortándole las uñas a la mujer que había osado pintárselas de rojo. Lo que no sabíamos es que, bajo el burka o en el arcano de una boutique clandestina, el eterno femenino acaba venciendo el tabú como quien reza en secreto. No hay barreras para bardas para la imaginación cuando el instinto impone implacable su fuero.

Si hay algo que la mujer sobrepone instintivamente al deber es la belleza, la pulsión de gustarse a sí misma y sentirse admirada aunque sea potencialmente. Recuerdo que, en “Las bodas de Fígaro”, aventuraba Beaumarchais que la hembra llevaba dentro un daimón que le aconsejaba ser bella en la medida de sus posibilidades y proba sólo en función de su voluntad. Por eso es conmovedora además de sorprendente esa imagen de la humillada afgana regodeándose en privado con el ejercicio de lo prohibido, imagen positiva, además, que nos abre el sentido de la idea goethiana de que el “eterno femenino” nos eleva y salva. Los talibán van por otra senda, por supuesto, pero ni ellos saben que esa batalla íntima la tienen perdida en la acogedora media luz que embellece el rostro afeitado bajo la infamia del burka.

Vientos y tempestades

Miren lo que ha ocurrido en Los Barrios y Estepona: un “nacimiento” achicharrado por mano laicista, y por supreso, criminal e intolerante, y un grave ataque a base de ‘pintadas’ en una parroquia principal, entre las que no faltaba un crucifijo en medio de una diana (ya saben, el símbolo de la atroz amenaza etarra) junto a una bandera republicana. El viejo error repetido, por lo visto, pero esta vez con el aliento y respaldo de un Gobierno y unas Administraciones que hasta financian, disfrazada de memoria contra el olvido, la vuelta del rencor cainita. La campaña antirreligiosa es un disparate sin precedentes. Quienes, por motivos partidistas, han dado alas a esos salvajes deberían tomar cartas en el asunto.

Verdes y verdes

Buena la ha hecho ese grupúsculo segregado de la Plataforma de la Ría causante de la decisión judicial que ha paralizado la obra –decisiva para la capital—del paseo marítimo que proyecta el Puerto. Otra vez el fundamentalismo que no va a ninguna parte, en fin de cuentas, pero que enreda y perjudica todo lo que puede, lamentablemente en busca de notoriedad en la mayoría de las ocasiones. No tengo duda de que ese pleito será efímero y el respetuoso y bien gestionado paseo marítimo (me consta) se acabará haciendo. Pero para entonces el grupúsculo habrá logrado dos objetivos, aparte de su cuestionable y cuestionada promoción: retrasar ese progreso urbano y desprestigiar un ecologismo tan necesario como descentrado.