Vivir de tacón

El taconazo de Guti ha eclipsado durante el fin de semana la realidad española. Un simple y magistral taconazo –aquel invento que nos descubrió Di Stéfano—ha llevado a rastras la ‘opinión publicada’ por tierra, mar y aire hasta que ya, al filo de la nueva semana, cerrara el ciclo, de momento, otro taconazo de Navas. Nunca ha estado más claro que en esta era el hecho elemental de que la sociedad, como el rebaño o como el banco de peces, actúa igual que un organismo complejo guiado por la taxia infalible de imitación, ese elemento que posibilita la integración instintiva de los individuos en el orden superior de lo colectivo. Cuando los sociólogos hablan de “socialización” aluden a este mecanismo prelógico sin el que la cohesión resultaría imposible, pero no debe confundirse esa servidumbre biológica que la imitación expresa con ninguna forma de represión impuesta desde fuera, porque es la propia naturaleza animal la que la propicia. Ni el transgresor más audaz escapa a esta regla en la medida en que, intentando cargarse la función, no hace, en realidad, sino desempeñar del revés el rol que tiene asignado, como descubrirían tarde aquellos hippies que no eran más que el reflejo invertido del Narciso burgués sin dejar de ser tan burgueses como el mismísimo Narciso. El mimetismo es el prerrequisito de la convivencia sin el cual ninguna pedagogía sería posible, y en su índole instintiva tiene su origen el hecho social, y su gramática el aprendizaje de los individuos. Aunque otra cosa parezca a primera vista, como la abeja o la sardina, el ser humano sólo se constituye en el grupo y al grupo accede por espontánea o aprendida imitación de los demás. Ya verán la de taconazos que nos esperan esta temporada.

 

Es importante entender lo que, junto a esa servidumbre voluntaria, hay de ‘natural’ y legítimo en el mimetismo de las conductas. El sabio Henri Focillon, que nos descubrió para siempre las claves mentales de la imaginación románica, sostuvo algo así como que lo que conduce al hombre a la imitación es precisamente el estado de libertad indeterminada en que la Naturaleza sitúa a la conciencia, sin que ello implique en la acción mimética tanto a la voluntad como a ese misterioso artilugio psíquico que es el reflejo. Vamos a ver en lo que queda de temporada muchos taconazos como el de Guti por la misma razón que hemos visto multiplicarse estos últimos años las réplicas del engendro de Dan Brown y hemos de ver en los próximos las secuelas mamotétricas de Stieg Larsson. Somos animales de imitación. La sociedad es un rebaño con ínfulas y el hombre un animal soberano que marca disciplinadamente el paso sin percatarse siquiera.

Otro trimestre a perros

Otro trimestre perdido, ahora para conjurar el fantasma de los “dos poderes” que el partido en el Poder y sus corifeos aseguraban que no existía más que en la imaginación de los maliciosos. Pero tiene sentido, porque lo que no se podía mantener era que el Presidente de la autonomía funcionara como un títere del “aparato”. Otra cosa será el resultado de ese congreso, más allá de las apariencias y declaraciones de unos y otros, ya que el sínodo podrá lograr una apariencia de relevo pero no un control efectivo del partido por parte de quien apenas cuenta en esa organización tan fuertemente caciqueada. Ceder ha sido un gesto obligado. Resolver al tensión interna ya será otra cosa.

Demasiado adultos

Es tremenda la proclama lanzada desde las Juventudes Socialistas de Huelva responsabilizando al PP de la crisis y acusándolo de haber fomentado el “enriquecimiento rápido”. Se ve que los chicos escriben al dictado o será que tienen prisas por su promoción, pero esa exhibición de desmemoria –¡mira que no acordarse de Solchaga y de quien no es Solchaga!—sólo es comparable a la mansueta actitud de turiferarios de los jefes que alcanza su cénit en el elogio de la labor de Chaves y la propuesta (¡) apoyando la candidatura de Griñán. Da pena ver a estos jóvenes precozmente envejecidos en la servidumbre política que ni siquiera tienen conciencia del ridículo que hacen.

Materialismo y arte

Rebotando por las agencias nos ha llegado una noticia, procedente de The Times, según la cual un médico italiano acaba de desvelar el secreto de la sonrisa de la Gioconda, según él debida ni más ni menos que al efecto fisiogmómico del colesterol que habría provocado, en torno al ojo izquierdo de la musa, síntomas de xantelasma, lo que traducido parece que significa formación de diminutos tumores palpebrales  benignos. El mismo galeno, Tito Franco (no es broma), sostiene la hipótesis de que Miguel Angel padeciera de cálculos renales en base a que sus rodillas, en el famoso cuadro de Rafael “La Escuela de Atenas”, aparecen hinchadas y nudosas, y que la infanta Margarita, tal como Velázquez la vio en “Las Meninas”, debía de sufrir el síndrome de Albright, cuyos síntomas –pubertad precoz, corta estatura, enfermedades óseas y problemas hormonales—reconoce a simple vista nuestro lince. Siempre existió la tentación hermenéutica de interpretar la figura artística o literaria en función de cierto materialismo médico, con base en el cual Marañón diagnosticó la presunta sífilis de Tiberio o la probable homosexualidad de ‘Don Juan’, y una legión de doctores tradujeron la pasión de Cristo en variadas claves hipocráticas. Pero nunca habríamos imaginado que acabaría cuestionándose la indescriptible sonrisa del Louvre tras la que, por cierto, no hace mucho, otra minerva propuso adivinar al mismísimo Leonardo travestido para la ocasión. Los esfuerzos de los antropólogos por descifrar el sentido práctico de la pintura parietal no lograron nunca mediatizar la integridad estética de esas escenas de caza en las que, en ocre y negro, el arte balbuciente pulsó por vez primera con su plectro el rabel de la sensibilidad. Vano intento el de descifrar la obra de arte en clave materialista. Esas divertidas conjeturas resultan tan peregrinas como los análisis post-engelianos del arte y lo poético en general. Emile Mâle o André Chastel resultan hoy  incomparablemente más atractivos y verídicos que todos los que fueron (o fuimos) materialistas de estricta observancia.

 

No hay que buscarle tres patas al gato del arte. No creo del todo en la propuesta de Stendhal de que el arte (la pintura) no es más que una construcción moral, pero siempre me pareció genial la broma de Renoir de que el impresionismo nació una mañana en que uno de sus colegas de generación echó mano del azul porque se la había agotado el negro. Hay que plantarse en el Louvre, delante del venerado retrato de Leonardo, absorbiendo sentimentalmente su sonrisa como quien aspira la pipa de kif. Lo demás, queridos materialistas, es pura ingenuidad y pérdida de tiempo. La mujer del Giocondo, sobre su desvaído fondo de verdes huidizos, sonríe indiferente ante esas bachillerías.

Brazo a torcer

Nunca creí, como muchos, que José Antonio Griñán se limitaría como presidente a garantizar el continuismo del “régimen” y menos que consintiera ciertas cosas, que está consintiendo, nos guste o no a algunos. Excluir a El Mundo de las ayudas de la Junta, en particular, es un gesto mezquino que nunca hubiera podido imaginar en alguien de quien esperaba –insisto, como muchos—un cambio ético y, por qué no, estético en los modos de gobernar la taifa. Pero, ca. Griñán tampoco asume la discrepancia ni soporta la crítica, atento sólo al humo de los incensarios. No es nuestra primera decepción ni, probablemente, sea la última.

La ‘pinza’ onubense

Frente al discurso del presidente Griñán de que la Junta trabaja por Astilleros en Huelva y Sevilla y que pronto habrá soluciones, tanto desde el PP como desde IU se muestra un grave escepticismo. Valderas ha dicho, incluso, que la Junta “quiere cerrar” Astilleros y la ha instando a “dejar de engañar” por más tiempo a los trabajadores y a los onubenses en general. Y es que hace tiempo que, por encima de discursos y proclamas, sabemos que en esos planes se prevé por parte del gobierno regional el cierre de la factoría de Huelva y el mantenimiento de la de Sevilla. El resultado vamos a verlo enseguida, de todas maneras. Es poco el tiempo que pueden ganar mintiendo la Administración y su partido.