Juicio tardío

Van a juzgar ahora al presunto incendiario de Riotinto que provocó la catástrofe del verano de 2004. ¡Seis años para juzgar a un presunto que arruinó a un puñado de pueblos que vivían del monte, además de causar dos muertes! Una demora que habla muy mal de la Administración de la Justicia pero que me temo que le venga como anillo al dedo a la otra Administración, a la Junta, que desde entonces viene enredando, sin acometer los imprescindibles trabajos de restauración aunque permitiendo transformaciones aprovechadas a los propietarios más poderosos. Veremos si, finalmente, ese presunto es un demente, un culpable o un buco expiatorio. Lo que me temo que no volvamos a ver es el viejo paisaje destruido.

Ocaso de la creencia

En una entrevista a ese personaje inusual que es Raimon Panikkar, siempre a horcajadas entre Oriente y Occidente, tropiezo con una serie de improvisaciones –o al menos, así me lo parecen a mí—sobre el concepto de creencia y, en consecuencia, sobre la naturaleza de la fe, que me han dejado no poco perplejo e instalado en la convicción de que el actual descrédito de la creencia es, incluso en ambientes de lo más crédulos como ése en el que se mueve Pannikar que, al fin y al cabo, es un cura católico aunque hable constantemente de su karma. Parte el buen hombre de una afirmación sensacional en cuya sintaxis y en cuya semántica sugiero al lector que se detenga: “La humanidad — dice mosén—‘debe’ ‘creer’ ‘siempre’ en ‘alguna’ ‘cosa’ ”, y eso en lo que se cree “es tan profundo, que ni siquiera se cree que se cree en ello”. Es difícil debatir frente a propuestas conceptualmente tan vacilantes, sobre todo cuando sobre la cresta de esa ola dialéctica circula la espuma de una convicción tan aberrante como la de que “la creencia es una cosa muy fuerte y muy peligrosa”, expresión que, por encima y por debajo de su insustancialidad, no deja de constituir una toma de partido que ya no se explica siquiera por la vertiginosa secularización que viven nuestras sociedades sino que es preciso atribuir, saltando sobre la contradicción aparente o real, precisamente a un sistema de creencias. Hay cada vez más gente como Panikkar que vive de la creencia a base de socavar sus cimientos, lo cual, ciertamente, no resulta nada raro en una sociedad-espectáculo como ésta en que estamos viviendo.

 

Vino añejo en odres nuevos: mala cosa. Y en nuestro caso trasegado con finura por Ortega hace muchos años al proponer que la realidad percibida es siempre el resultado de una interpretación y, por tanto, un producto racional, frente a la creencia que es un resultado ambiental y un referente íntimo, de origen inconsciente, que el observador toma prestado de la circunstancia, esa otra mitad de su yo. ¡Mira que parece claro! Bueno, pues ahí andan los gurús, dale que te pego, degradando la fe a base de proponerla como algo consustancial a la naturaleza humana y, en consecuencia, como una suerte de subproducto casi orgánico que, por eso mismo, tendría menos ‘valor’, por decirlo así, desde la perspectiva crítica. ¿Por qué han de ser más peligrosas las creencias que la incredulidad radical, si es que esta rara cosa fuera posible? Cuando hay ya hasta curas dispuestos a desacralizar el mundo relativizando la fe, es que la secularización de marras, como predijeran los fenomenólogos tras las huellas de Weber y Mannheim, le guste o no a nuestro indio-catalán, va que no hay quien la pare.

Criterios reversibles

No se pone de acuerdo el personal sobre si la presencia de submarinos atómicos en Gibraltar constituye o no un peligro para la comarca. Lo que sí está claro es que desde que el Gobierno actual manda en ese ámbito –es un decir—han atracado en esos muelles medio centenar de esos buques sin que nadie desde la Junta haya dicho esta boca es mía. Ahora sabemos, pues, que si Chaves batía todos los récords de deslealtad institucional encabezando la manifestación contra el famoso ‘Tireless’ cuando gobernaba el PP, lo hacía por interés partidista y no por defender el fuero ni por proteger a los ciudadanos. En política debería haber ‘moviola’ para refrescar la memoria, no a los políticos, sino a sus votantes.

Ingenuidad

Hace falta ser ingenuos para pedirle al ex-presidente González, esto es, al gestor que la Junta, apoyada por el Gobierno, ha impuesto en lugar del biólogo Morata –reo de haber votado en contra del proyecto de oleoducto–, que “frene” eso mismo que ha venido a acelerar. ¿Qué hace falta para entender que ese proyecto está atado y bien atado en Madrid, con el mismísimo ZP, y que nada ni nadie va a impedir que el PSOE pague a su promotor los servicios prestados? Hace falta ser ingenuos, sí señor, pero de esa ingenuidad andamos sobrados en Huelva desde hace muchos años.

Ocaso de la creencia

En una entrevista a ese personaje inusual que es Raimon Panikkar, siempre a horcajadas entre Oriente y Occidente, tropiezo con una serie de improvisaciones –o al menos, así me lo parecen a mí—sobre el concepto de creencia y, en consecuencia, sobre la naturaleza de la fe, que me han dejado no poco perplejo e instalado en la convicción de que el actual descrédito de la creencia es, incluso en ambientes de lo más crédulos como ése en el que se mueve Pannikar que, al fin y al cabo, es un cura católico aunque hable constantemente de su karma. Parte el buen hombre de una afirmación sensacional en cuya sintaxis y en cuya semántica sugiero al lector que se detenga: “La humanidad — dice mosén—‘debe’ ‘creer’ ‘siempre’ en ‘alguna’ ‘cosa’ ”, y eso en lo que se cree “es tan profundo, que ni siquiera se cree que se cree en ello”. Es difícil debatir frente a propuestas conceptualmente tan vacilantes, sobre todo cuando sobre la cresta de esa ola dialéctica circula la espuma de una convicción tan aberrante como la de que “la creencia es una cosa muy fuerte y muy peligrosa”, expresión que, por encima y por debajo de su insustancialidad, no deja de constituir una toma de partido que ya no se explica siquiera por la vertiginosa secularización que viven nuestras sociedades sino que es preciso atribuir, saltando sobre la contradicción aparente o real, precisamente a un sistema de creencias. Hay cada vez más gente como Panikkar que vive de la creencia a base de socavar sus cimientos, lo cual, ciertamente, no resulta nada raro en una sociedad-espectáculo como ésta en que estamos viviendo.

 

Vino añejo en odres nuevos: mala cosa. Y en nuestro caso trasegado con finura por Ortega hace muchos años al proponer que la realidad percibida es siempre el resultado de una interpretación y, por tanto, un producto racional, frente a la creencia que es un resultado ambiental y un referente íntimo, de origen inconsciente, que el observador toma prestado de la circunstancia, esa otra mitad de su yo. ¡Mira que parece claro! Bueno, pues ahí andan los gurús, dale que te pego, degradando la fe a base de proponerla como algo consustancial a la naturaleza humana y, en consecuencia, como una suerte de subproducto casi orgánico que, por eso mismo, tendría menos ‘valor’, por decirlo así, desde la perspectiva crítica. ¿Por qué han de ser más peligrosas las creencias que la incredulidad radical, si es que esta rara cosa fuera posible? Cuando hay ya hasta curas dispuestos a desacralizar el mundo relativizando la fe, es que la secularización de marras, como predijeran los fenomenólogos tras las huellas de Weber y Mannheim, le guste o no a nuestro indio-catalán, va que no hay quien la pare.

Criterios reversibles

No se pone de acuerdo el personal sobre si la presencia de submarinos atómicos en Gibraltar constituye o no un peligro para la comarca. Lo que sí está claro es que desde que el Gobierno actual manda en ese ámbito –es un decir—han atracado en esos muelles medio centenar de esos buques sin que nadie desde la Junta haya dicho esta boca es mía. Ahora sabemos, pues, que si Chaves batía todos los récords de deslealtad institucional encabezando la manifestación contra el famoso ‘Tireless’ cuando gobernaba el PP, lo hacía por interés partidista y no por defender el fuero ni por proteger a los ciudadanos. En política debería haber ‘moviola’ para refrescar la memoria, no a los políticos, sino a sus votantes.