Justicia imposible

Lo malo es que nos estamos acostumbrando a aceptar como ‘normal’ el atasco en los juzgados, el hecho de que en 2008 se registraran casi dos millones de nuevos casos, un demoledor 2º por ciento de aumento, y de que en el mismo periodo se resolvieran casi otro tanto. En lo penal, en lo civil, en lo contencioso, en lo mercantil. ¿Es posible mantener este ritmo de crecimiento del caos? Y lo que es peor, ¿puede de verdad producirse una Justicia seria en ese agobiante régimen de prisas? La Junta mira hacia otro lado y los ciudadanos, menos cuando les concierne de plano, lo mismo. Pero la realidad es que una Justicia así es, de hecho, imposible. Un día nos caeremos en esa cuenta en medio del desastre.

Huelva pobre

Ha sido tremendo el informe sobre nuestra pobreza lanzado por la asociación ‘Resurgir’ y la Universidad de Huelva, dos voces comprometidas con la realidad onubense. Barrios prácticamente enteros bajo el umbral de esa pobreza visible o disimulada, tragedias familiares a millares, situaciones de auténtica miseria. La crisis aprieta en casa y sólo los optimistas de profesión pueden decir que va de paso, pero la gente malvive a duras penas contrastando con el optimismo forzado de las autoridades. Pronto va a resultar imprescindible una reacción frente ese azote que la sociedad civil, aunque lo intente, no puede conjurar con sus propios medios.

Gordos y flacos

En los últimos tiempos se multiplican las protestas y denuncias de las discriminación que sufren las personas pasadas de peso no solamente en el trato diario, sino en el ámbito profesional y en ciertas circunstancias claramente injustas. Lo último del género es el proyecto de diversas compañías aéreas americanas y francesas de implantar un suplemento en el pasaje de las personas con sobrepeso o, en su defecto, hacerles pagar dos billetes a cambio de ocupar dos asientos, pero lo curioso es que la idea no procede en este caso de la avaricia recaudatoria –hace poco el baranda de una de una aerolínea anunció el disparate de cobrar a los viajeros en pleno vuelo por el uso del lavabo—sino que encuentra su base en la propia opinión pública expresada en una encuesta de base ciertamente enorme en la que prácticamente la mitad de los usuarios se mostraba de acuerdo con la medida. En Francia ya se han pronunciado incluso los tribunales, pero mientras en Gran Bretaña, donde tienen problemas con la báscula uno de cada cinco ciudadanos, ha dado mucho que hablar el caso del cantante Rick Waller que se considera maltratado a causa de su obesidad, sobran las constataciones de que las personas de peso excesivo son discriminadas abiertamente en el mercado laboral, donde los sondeos revelan que más del 90 por ciento de los empleadores prefieren contratar flacos antes que gordo, como si trataran de prolongar la preferencia del Julio César shakesperiano por los hombres gordos y calvos así como su aversión y desconfianza respecto a los flacos como Casio. En México, por ejemplo, donde se estima que la gordura afecta al 30 por ciento de la población (es el segundo país del mundo en ese ránking) crece a ojos vista, al parecer, esa discriminación en el trabajo al tiempo que se endurece el trato social en general, y muy en especial contra los niños y mujeres  obesos, pero se estima que en Europa, en general, los empleadores tiene una clara preferencia por los flacos a la hora de contratar personal.

 

La obsesión por el peso en nuestras sociedades tiene, por tanto, sobradas razones al margen de aquellas de naturaleza obsesivas que suelen ocupar la atención crítica, de tal manera que cada vez resulta menos fácil oponerse al culto maniático o enfermizo de  la esbeltez. Se penaliza al grueso, se maltrata al niño gordito en la escuela, se descarta contratar al candidato entrado en carnes, se rechifla contra la mujer gruesa, al tiempo que la buena conciencia y otras “correcciones” claman por eliminar el ideal estético de los flacos excesivos. Y si Dios no lo remedia, incluso habrán de pagar doble billete en los transportes públicos con la anuencia de la mayoría. No sé que pensaría Shakespeare, seguro trasunto de su ‘César’, si levantara la cabeza en medio de este nosocomio.

Cobayas humanas

No es nuevo el fraude científico ni la connivencia entre investigadores, publicaciones científicas y compañías implicadas. Varias veces hemos citado los divertidos ensayos de Di Trocchio, demostrativos de la amplitud de una actitud tramposa que alcanza, en todas las épocas, hasta los sabios más encumbrados. Particularmente en el terreno de la investigación médica, donde el negocio de la farmaindustria financia a manos llenas los proyectos de investigación y se encarga de difundir los resultados que le son favorables ocultando los adversos. Recientemente se ha descubierto el caso clamoroso del doctor Scott Reuben, responsable de las investigaciones que “demostraban” la eficacia de cierto fármaco y que se han demostrado completamente falsas: ni era cierta la virtud concluida por el investigador, ni los trabajos del sabio eran más que camelos financiados por varios laboratorios de primer orden que han obtenido a cambio, según los servicios de control que han intervenido en la estafa, colosales beneficios. Otra vez el caso del coreano que dijo haber clonado un ser humano, el de su colega descubierto en Italia tras un fenomenal rifirrafe, el de quién sabe cuántos embusteros más, entre los que hay que incluir, como es bien sabido, al propio Gallo, descubridor del virus del SIDA. En la revista ‘Science’ puede leerse un informe de la universidad de Texas que logró comprobar 212 casos de artículos duplicados, es decir, firmados por autores distintos sobre textos idénticos, y reputados organismos vienen cuestionando la connivencia entre esos investigadores y los laboratorios que pagan sus pesquisas a la hora de disimular los malos resultados o de amplificar en publicaciones prestigiosas el alcance de los beneficiosos para sus propósitos. Se asegura que millones de personas han recibido tratamientos no garantizados con esos productos en estudio. Di Trocchio no exageraba. El mercado del fraude científico está acaso en su mejor momento.

No sabemos, realmente, cómo de grande es el laboratorio en que hacemos de cobayas humanas, y no vayan a creer, como se ha dicho tanta veces, que sólo en países atrasados cuyas masas pobres han servido durante años para el caso. Incluso hay quien arriesga la posibilidad de que no sea pequeño el volumen de medicamentos que circula con patente de corso por nuestro botiquín, en ocasiones contando con la indigna complicidad de los poderes públicos. Lo que resulta menos tranquilizador aún es enterarnos de que hasta algunas instituciones científicas entre las más acreditadas participan de ese pufo que, como es lógico, las autoridades del ramo tienen escasas posibilidades de descubrir frente a la bien tramada cooperación de unos ‘sabios’ ambiciosos y sin escrúpulos. Lo de este Scott Reuben no es el primero ni ha de ser el último caso de infidencia científica en esta civilización que prospera a base de ‘burbujas’, rara vez, no nos engañemos, descubiertas a tiempo.

Cuento de princesas

He bajado al subte de ‘Harrods’ a ver el “memorial” que papá Al Fayed le ha levantado en su tienda a esa leyenda viva que es Diana y a su amante Dodi. Un monumento al ‘kitch’, ni qué decir tiene, con ofrenda floral, simbólico reloj de arena y un pedrusco precioso –que imagino que vendrá a representar las bodas místicas de los difuntos– como para despejar hasta la más pequeña duda. Un horror. En Kensington  Garden, en cambio, recorro entre violetas y anémonas  un romántico paseo que le han dedicado a la omnipresente Diana antes de llegar a una fuente también ofrendada a su memoria. Tremendo lo de Diana, pero no menos, en otro orden de cosas, el relieve otorgado por la prensa inglesa, y no sólo por la sensacionalista, a ese duelo singular que parece que han librado en España la princesa Leticia con la irresistible Bruni, como si la que el país tiene encima diera margen para ceremonias y juegos de esa naturaleza trivial. Bueno, en la prensa inglesa y en la española, en la que leo, no sin  cierto sentimiento de pesar y vergüenza ajena, crónicas enjoyadas con diademas prusianas, tiaras de diamantes y zafiros o pendientes de brillantes, para solaz y goce de la mayoría babieca, y un  poco como un grosero insulto a un país en almoneda al que hasta los más optimistas le auguran lo peor, y que arrastra ya, como quien no quiere la cosa, la friolera de tres millones de parados que pronto, por desgracia,  podrían ser, incluso, cuatro. Leo que lo que “hizo súper ‘glam’ a la Bruni fue su moño” coronando su tentadora espalda. Sarko ni se ha enterado, pero donde ha estado estos días ha sido en Babia. O en las Batuecas, que es el viejo refugio de nuestra realeza.

 

De la gripe porcina a las justas de princesas, de los terrores medievales a la fantasmagoría deslumbrante del colorín sublimatorio en el que esta vez, además, dos estupendas  plebeyas compiten entre sí por la manzana de oro que les ofrece el más frívolo de los Paris, mientras cae manso pero incesante el orvayo de las malas nuevas económicas. Vamos a ver muchas como éstas en la próxima temporada, más de uno y más de dos montajes propagandísticos destinados a entretener al personal lejos de sus cuitas y pesares, como si el “panem et circenses” de los romanos o nuestro dieciochesco “pan y toros” hubieran mutado en una eucaristía demagógica oficiada por princesas y cronistas con pluma. Es una pena cómo nos la dan con  queso y más todavía comprobar cómo nos la dan a palo seco.

Los piojos de Aarón

No veo mascarillas en Londres. Ni por Kensington, ni por Picadilly, ni en Portobello o en Trafalgar Square, ni siquiera entre los turistas que aguardan el cambio de la guardia en Buckingham, digital en ristre. El fantasma del miedo tal como lo pintó Goya –si es que fue él quien lo pintó, que parece que tampoco–,  la enfermedad infantil de la especie que cumple ya milenios. ‘Éxodo’ nos cuenta cómo Aarón golpeó el suelo con su cayado y el inmenso polvo de Egipto se convirtió en piojos que saltaron, sin pensárselo, a hombres y bestias. Piojos, ranas, moscas, saltamontes, los animales han sido siempre instrumento de las plagas y éstas de la ira divina contra la insolencia de los hombres. La ratas en la Edad Media y hasta mucho después –¿quién no recuerda el cuadro de Camus o el cuento de Hamelin el flautista aparejado por los Grimm?–, pero en nuestra época, en los tiempos recientes, hemos tenido que vérnoslas con el fantasma de las vacas locas primero, y con el de las aves después, protagonistas unas y otras de pestes inquietantes que quizá no fueron para tanto. La mediatización de la sociedad, la información ubicua e instantánea es la que manda. ¿Quién se acuerda ya del susto de las dioxinas? Poca gente, porque hoy todo es urgente pero efímero, nada permanece más de un cierto tiempo en candelero porque ello negaría la esencia misma de la tiranía mediática, y hasta es posible que algunas de esas calamidades, reales o imaginarias, tengan que ver con la economía más de lo que pueda imaginarse de entrada. Esta crisis del porcino, sin ir más lejos: lo más interesante que he leído en ésta prensa no entra en la (imprescindible) información, en el mensaje profiláctico, sino en la sospecha de que su negra sombra pueda ralentizar el proceso de recuperación de la crisis más de lo razonable. Nada vende más que el miedo, y un miedo quita otro miedo, no sé si me explico.

 

El toque está, en todo caso, en la mentada mediatización. La red social Twitter, Google, la miriada de blogs, la Red en fin, se lleva el gato al agua estos días, hay quien dice que “desinformando” más que otra cosa. ¿No se dijo lo propio cuando las vacas o cuando la peste aviar hacían viajar al pasaje entero con mascarillas? Es posible que así sea porque aviados íbamos si de ministros del ramo como los que tenemos dependiera de verdad enfrentarse a una pandemia como la que se vislumbra. Internet, las mascarillas, todo eso sale del mismo magma dificilmente verificable de una información alarmista por necesidad que ya no necesita del sermón arrebatado del fraile dulcinita porque su propia inmensidad le basta y le sobra. Era más bonito, más cinematográfico, lo de Aarón bregando con los piojos y las ranas, pero esto es más efectivo. Algunos habrán echado ya sus cuentas bolsísticas, seguro, en espera de cortar su cupón.