Del género bobo

Nadie sabe de dónde sacaron al actual consejero de Empleo pero crece la opinión de que urge devolverlo a donde estuviera. La última de sus bobadas ha sido, de paso, un grave insulto al sentido común y a los propios parados, al decir que el paro aumenta porque “por cada persona que pierde el desempleo se generan tres inscripciones más” procedentes de su entorno familiar. Y la penúltima, subestimar la previsión de los técnicos que prevén que en 2010 Andalucía superará el famoso millón de parados arañando el 30 por ciento de la población activa. Nunca un Gobierno menos cualificado ha convivido con una Junta de menor nivel. Griñán debería afrontar ese problema que seguro que él valora. Si es que puede, claro.

Impunidad absoluta

Absuelto por falta de pruebas, después de tanto tiempo, el único acusado de provocar el devastador incendio que en 2004 asoló el monte de dos provincias y se cobró dos vidas. El resultado es la impunidad absoluta: nadie ha tenido la culpa de un siniestro provocado que fue posible, además, por el abandono del monte. De él la crónica recordarán que fue trágico para muchos, que el Presidente prolongó sus vacaciones gallegas con tal de no acudir al quemado y que no se han cumplido, como es habitual, las promesas prodigadas sobre la marcha. Pero no hay culpables. Un fracaso polifacético que implica a varias Administraciones aunque, desde luego, no sea ninguna novedad.

¿La gran estafa?

Acaba de decir la ministra de Sanidad que niega rotundamente cualquier hipótesis que contemple la colusión entre el su Gobierno y la farmaindustria. En Francia, mientras tanto, se pide desde la izquierda radical la apertura de una comisión investigadora para aclarar el rumor, difundido con lujo de detalles por la prensa, de que al menos cinco altos responsables sanitarios de la OMS habrían  sido untados por los laboratorios, cosa que niega desgañitada la dirección del organismo, insinuando incluso que la epidemia no debe darse aún por cancelada y que más nos valdría recordar que la durante la “gripe española” que mató más gente que la Gran Guerra, la mortalidad no se acentuó hasta muy tarde. Hasta se ha dicho desde ese púlpito que las víctimas infantiles de esta pandemia han triplicado las que suele causar la gripe estacional, pero la evidencia de que tras este embrollo lo que ha habido ha sido un enorme bluff crece por momentos, contribuyendo a disparar la desconfianza de los ciudadanos en el imprescindible referente que es el Poder. ¿Será posible que el Estado esté en manos de unos de unos especuladores a los que, ocupando puestos decisivos en la sanidad mundial, se acusa con detalle de haber cobrado de los laboratorios que habrían hecho el negocio del siglo explotando una pandemia imaginaria? Si esta desconcertante tesis llegara a demostrarse –y todo indica que se está muy cerca de ello—lo que habría que repensar no es sólo el funcionamiento del observatorio sanitario sino la capacidad real del Estado para conservar la confianza ciudadana. ¿Qué si alguien sería capaz de perpetrar una aventura tan difícil de aceptar? Recuerden los casos de las vacas locas, de las dioxinas, de la sangre contaminada, del amianto, de la colza, y las caras de panolis exhibidas, en cada momento, por los respectivos responsables. Esta no habría sido, en resumen, una crisis de la salud pública sino un fracaso del Estado.

 

El riesgo de la fábula del pastor y el lobo se cierne sobre una autoridad que se ha limitado, aparte de gastarse una millonada inútilmente, a recomendarnos que nos laváramos las manos con frecuencia y estornudáramos con discreción. Los propios médicos no se han quedado atrás al recetar a los efusivos minimizar los saludos manuales y evitar los besos, al tiempo que rechazan mayoritariamente la vacuna que se les ofrecía. ¿A quién creer, en adelante, en caso de emergencia? Un chiste de Forges retrataba la sociedad de la Transición como una orquesta de directores con batuta dirigida por un saxofonista. El hombre del siglo XXI puede mirarse atemorizado en esa viñeta como en un espejo.

El opio de la hembra

Vaya numerito el protagonizado por las amazonas del ‘Lobby Europeo de Mujeres’ reclamando la extinción de las religiones, así, en plan genérico, como culpables de la “castración de la sexualidad femenina”. La idea no puede ser más ridícula, aunque todo es proponérselo, y pone de relieve el despilfarro de energías perpetrado en esta sociedad en defensa de causas absurdas y infantilmente planteadas. ¡Con la que está cayendo en el planeta pajiniano, salir a la calle esgrimiendo el comecuras! Manolo Summers y Chumi decían, en tiempos, que estas entretenidas no han fregado nunca una escalera de madrugada. Yo no digo nada, Dios me libre, sino que parece mentira que iniciativas como ésas hayamos de pagarlas entre todos.

Pedrisco en punta

De mal en peor va el sumario en el que se imputan al alcalde de Punta Umbría, al secretario local de PSOE y al concejal de Urbanismo los delitos de prevaricación, fraude en la contratación, falsedad y alteración del precio de subastas. Un caso malo para los implicados y para el PSOE que, con su estrategia de ganar tiempo, puede verse con el estallido del “caso” en puertas de las municipales. Además de la cinta intimidatoria grabada, ahora se esgrime también el fantasma de una firma falsificada. Mal asunto, ya digo, del que no se escapa ni la Ejecutiva provincial de la que, incomprensiblemente, sigue siendo miembro uno de los acusados.

Escrito al margen

Estos días estamos asistiendo a la movilización de muchos países occidentales conmovidos por la tragedia de Haití. Es una buena noticia que abre un resquicio de esperanza en este mundo feroz e insolidario, sin duda dinamizado por el enorme impacto mediático de una catástrofe natural que puede alcanzar a cualquier país aunque, ciertamente, comportando riesgos mucho más graves en los países pobres a causa de la fragilidad de sus infraestructuras y de su propia pobreza. Muy buena noticia, sí señor, aunque ella misma nos permita preguntarnos por qué el mundo se inhibió ante desastres muchos mayores si cabe, como los ocurridos en las recientes guerras africanas, cómo el mismo Occidente que ahora se levanta enhorabuena para auxiliar a esos desgraciados pudo no sólo permanecer pasivo, sino que intervino en aquellos conflictos aportando apoyos suicidas o vendiéndole armas sin tasa a unos pueblos exasperados. Los mismos que hoy se reúnen para ver qué puede hacerse con un Haití desvencijado –es decir, EEUU, Francia, Gran Bretaña, Bélgica o Rusia, entre otros—estuvieron tras las pavorosas matanzas, muy superiores en número de víctimas al provocado por la desgracia de Haití, tomaron decisiones crueles o les vendieron las armas con las que se armaron hasta milicias infantiles. Ruanda, Burundi, Costa de Marfil, el Congo, Uganda, como Somalia o Sudán llevan padecidos conflictos o guerras abiertas cuyas víctimas se cuentan por millones y ante las que el mundo civilizado que hoy se moviliza permaneció al margen, descontados algunos inevitables aspavientos. El impacto mediático de un  terremoto ha logrado más en unos días que las matanzas de la guerra durante años, hasta el punto de que los mismos que cabildearon o les dieron las armas a los enloquecidos se retratan ahora entre codazos (véase la actitud de Francia respecto a EEUU, por ejemplo) en favor de las otras víctimas. Hay espantos y espantos, no cabe duda. Y tentado estoy de decir que hay negros y negros.

 

Haití tiene una ventaja sobre los otros países desgraciados: carece de valor, no tiene nada. En África, en cambio, está en juego el coltán, los diamantes o el petróleo, es decir, los pesados intereses que de verdad mueven a la civilización. Por eso, pasada la fase publicitaria, ya verán cómo van desapareciendo uno tras otro de aquellas ruinas entre las que, tristemente, lo probable es que los supervivientes sigan buscándose la vida como perros porque en nada tientan a la ambición ajena. Hay negros y negros, no hay que darle vueltas, y no habrá telediario que aguante más de un mes en esta pelea. El Poder sabe que no hay apocalipsis capaz de mantenerse en primera plana.