El cambio difícil

A quienes conocíamos la URSS de la “perestroika” o, incluso, la anterior, nos aguardaba una áspera experiencia al visitar la “Rusia libre” que debutó repartiéndose el Gobierno entre los cabecillas de la nueva plutocracia, para ti la telefonía, para aquel el carburante, para mi la banca y en ese plan. El país había cambiado, en efecto, habían desaparecido los consentidos puestos callejeros de los “koljós” y “sovjós”, con sus remolachas y calabacines ante los que la seguridad hacía la vista gorda con tal de prolongar la agonía. Pero a cambio había –en Moscú, en San Petersburgo—una red de modestos “afterhours” como colmaos de urgencia, y racimos de jóvenes prostituidos de ambos sexos que ofrecían sus encantos por doquier, también con la anuencia de la policía. Las pequeñas mafias, así de sencillo, que con los taxis, el casino, el eterno tráfico de caviar, las entradas para el ballet o el puterío se repartían la calderilla del gran festín oligárquico, mientras la hija de Yeltsin amasaba su fortuna secreta en Suiza y los magnates improvisados compraban clubs de fútbol hasta en Inglaterra. Un fracaso, en resumen, el relevo del comunismo. Ayer mismo leíamos aquí una espléndida crónica de Roger Boyes dando cuenta de que en Rumanía, veinte años después de la caída de Ceaucescu, se echa de menos al viejo régimen, que la mitad de los ciudadanos ven peor ahora la situación y el 56 por ciento de ellos asegura que “bajo el comunismo a la gente normal se la trataba con más respeto”. La mitad del país, porque la otra mitad anda rodando por nuestros paraísos de la abundancia con el acordeón a cuestas o asaltando domicilios. No resultaba tan fácil saltar del “socialismo real” a la sociedad opulenta. Lo había advertido mucha gente, entre ellos Rudolf Bahro, pero nadie les hizo caso. Fue muy bella la escena berlinesa, por supuesto, pero la decepción de las masas “liberadas” ha sido también colosal. Ceaucescu cabalga después de muerto.

No es verdad que existan alternativas adaptables de modelos sociales o eso parece. El propio sistema de capital sólo funciona sin trabas, lo más asilvestrado posible, indiferente a sus efectos adversos. Lo hemos comprobado en el rostro impasible de los provocadores de la crisis posando a la hora de trincar la ayuda pública y también en la calamitosa defección de ese trampamtojo que es la “socialdemocracia liberal”. No hay duros a tres pesetas. Y por eso se ha hecho real la profecía soviética del todo o nada. Sí, ya sé que esto no es nada correcto. Pero a ver qué me dicen de lo que está ocurriendo en Rumania como otros países “liberados”. En la mueca trágica del cadáver de Ceaucescu me ha parecido entrever una sonrisa de revancha.

Cintas grabadas

Ni siquiera las grabaciones pueden con la corrupción de la vida pública. En Sevilla se ha grabado a unos mendas municipales cohechando a un empresario; en el mismísimo Ayuntamiento de punta Umbría un concursante despechado ha hecho lo propio con un racimo de presuntos prevaricadores que le imponían aquello de “o estás conmigo o estás contra mí”; en la tele hemos visto a otro alcalde contando sin-vergüenza el dinero contante y sonante que le entregaba una víctima. ¿Qué más hace falta para tocar a rebato? Que el informe de la Fiscalía dando cuenta de que sólo entre los dos grandes sumaban cientos de “casos”, se ha archivado por la vía rápida. ¿Es inherente a la democracia la corrupción? Ésa es la pregunta que se hace ya una inmensa mayoría de los contribuyentes.

Puentes a conveniencia

Dijeron en campaña que harían los puentes a Punta Umbría en el 2008. Luego alegaban que la crisis impedía meterse en semejante berenjenal. Y ahora que crecen los enanos oficiales, vuelven a la carga con los dichosos puentes, prometiendo que se harán en el 2011. Todo, menos mañana, fíjense en eso, aparte de que ya es descaro reservar para la legislatura siguiente las promesas de la anterior, y desnudar un santo para vestir a otro, como es el caso del desdoble famoso que también dicen ahora que es inabordable porque estamos en crisis. Estamos para unas cosas y no para otras, en cada momento según los intereses del partido que gobierna. Los electores son para esta tropa un rebaño de lo más manejable.

Casas de tierra

El espantoso problema de vivienda que sufren los palestinos de Gaza tras la destrucción masiva de la zona he encontrado una “solución” por parte de la autoridad encargada del ramo, la Unrwa, organismo especializado de la ONU en la región: construir 15.000 casa de barro a la vieja manera de la zona, es decir, edificios de arcilla y arena comprimidos, sin vigas de madera ni otro sostén que su propia inercia, en respuesta a la escasez absoluta de materiales de construcción que padece la zona y que incluye desde el cemento a los ladrillos pasando por el hierro. Los palestinos se han resistido, en principio, a volver a la Edad Media aunque parece que luego han acabado aceptando dadas las ventajas de esos engrendros sobre los asentamientos campamentales en que viven más de cuatro mil familias sin hogar desde que la época de los últimos bombardeos israelíes, y así, en efecto, la propia Unrwa ha encargado ya las primeras 120 casas para cuya construcción ha improvisado un cursillo rápido de formación para los técnicos que han de encargarse de la obra. ¿Nos extrañaremos luego cuando un seísmo (o un ataque bélico, da igual) cause mortandades tan inconcebibles de víctimas entre esas poblaciones para las que no se ha hallado mejor solución que construirles refugios calcados de los tiempos del Ladrón de Bagdad? Ni siquiera los inevitables excedentes de materiales que ha provocado la crisis de la construcción en los países desarrollados y los excepcionales y ruinosos stocks acumulados han podido servir para evitar esta solución primitiva que ha debido tomar la autoridad ante la indiferencia de aquellos. Antes destruirlo que darlo: es el viejo proverbio de la insolidaridad tradicional.

¡Casas de barro para los “sin techo”! Ya el presidente Kennedy intentó distraer sin éxito el hambre sudamericana a base de aquella “incapirina” confeccionada con la misma harina de pescado que, en circunstancias circunstancias normales se usa para fabricar guano. Y ahora le hacen casas de barro a un pueblo despojado, expuestos a que la catástrofe las arrase cualquier día, sin detenernos siquiera a considerar la utilización de nuestros excedentes que están arruinando a tantas empresas en el mundo privilegiado. ¿No se quema en los hornos del mundo del progreso los excedentes alimentarios con tal de no alterar el compás de los precios en el mercado o se desechan en lugar de reutilizarlos los fármacos que ya no sirven en nuestro mercado? Un día cualquier nos rasgaremos las vestiduras ante la ruina de terremoto que, eventualmente, pueda echar abajo esta iniciativa extrema. Entonces será el momento de cuestionarnos el sentido de un egoísmo que prefiere destruir los bienes sobrantes antes que entregarlos a la necesidad.

La fosa abierta

El fracaso de le exhumación fallida de los restos de Lorca va a traer cola, aunque sólo sea porque deja en evidencia a los mercachifles que viven de reabrir el pasado. No sé si la cosa es tan grave como para que dimita la consejera de Justicia, como pide el PP –¿no se le habrá ocurrido pedírselas también al juez Garzón–, pero parece lógico esperar que entre todos aprendan la lección y valoren los riesgos de la demagogia. Hay procedimientos legales para que los familiares de supliciados por ambos bandos reclamen su rescate a las Administraciones. Lo que no es tolerable es que cuatro zahoríes nos embelequen con sus fantasías radiestésicas.

Ya no son los únicos

Los concejales de Valverde –el alcalde accidental incluido—pueden pasar la Navidad sin remordimientos (¿) por el escandalazo de la mariscada gratis que se zamparon juntos con sus señoras, como debe ser. Porque ya no están solos, y si en Valencia se ven en la bochornosa precisión de prohibir los regalos a los políticos, en el Ayuntamiento de Sevilla aparece otro caso de mariscada gratis total por el que se pide –menos mal—el cese de sus comensales. En Valverde no será ése el caso, estén seguros, mientras el PSOE provincial se niegue incluso a la atrición. Felices Pascuas, pues, y hasta la próxima Feria.