La suerte de algunos

Un juzgado de lo Contencioso de Córdoba ha anulado la sanción de más de 24 millones y medio de euros impuesta en 2005 por el Ayuntamiento al famoso empresario Rafael Gómez, ‘Sandokán’, relacionado también con el “caso Malaya”. Ha caducado el procedimiento sancionador, ya ven qué cosa más estupenda, a pesar de los avisos del juez y de los públicos compromisos de la alcaldesa garantizando que la sanción se habría de mantener. ¿Suerte que tiene el sancionado, inexplicable (inexplicada) responsabilidad de la institución? Lo que es seguro es que, de tratarse de un vecino del común la cosa habría sido diferente. Éste es un caso de lo más raro y una sombra de lo más densa sobre la credibilidad institucional.

Bocas cerradas

El sindicato de clase UGT, ‘hermano’ del PSOE, ha eliminado de su página web las críticas que libremente habían enviado a la misma los trabajadores de Diputación, temerosos de que los dispendios institucionales de todos conocidos contribuyeran a perjudicar los salarios. Eso se llama sumisión, servilismo, estómagos agradecido y lo que ustedes quieran, todo menos solidaridad. Está a la vuelta de la esquina el “pacto de concertación”, que es la bicoca que permite vivir con opulencia a los “agentes sociales” y., como comprenderán, no es cosa de arriesgarla por permitir su desahogo a unos trabajadores, qué coños. El papel de UGT en Diputación hace años que está mojado, como CCOO se ha encargado de demostrar tantas veces. Esto último no ha sido sino una defección más.

Los bancos y la crisis

Parece que hay unanimidad casi universal en que la fórmula para escapar a la crisis no es otra que la inyección de dinero público a la banca. Lo dicen desde Obama a Sarkozy pasando –ya muy a lo lejos, claro—por González y Aznar, junto a la práctica totalidad de nuestra asustada dirigencia. No hay esta vez  teoría sobre la crisis como la hubo en otras ocasiones, incluyendo el aluvión de los años 70, ha desaparecido hasta la sombra de las críticas burguesas que llegaron hasta Keynes tanto como la de las marxistas que prolongaron desde la Luxemburg hasta Ernest Mandel. Pero a cambio circula intensamente una curiosa referencia a Jefferson que, aunque compruebo en la ‘Jefferson Encyclopedia’ su más que probable condición apócrifa, no deja de ser sugestiva ni de contener ideas genuinas, efectivamente extraídas de la correspondencia del aquel gigante. Más o menos, la notable “misquotation” (cita falsa), se abre de capa con este tenor: “Pienso que los bancos son más peligrosos para nuestras libertades que ejércitos listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que lleguen a controlar la moneda, la banca y las instituciones que crecerán a su sombra, privarán a la gente de toda posesión, primero mediante la inflación, enseguida por al recesión, hasta que sus hijos se despierten sin casa ni techo sobre la tierra que conquistaron sus padres”. Bueno, todo indica que el párrafo está compuesto y remendado porque un término como ‘deflación’ no aparece hasta el año 20 e ‘inflación’ no circula hasta finales de los 30, muy lejos de 1902, que es la fecha en que se sitúa nuestro texto. Convengan conmigo, en todo caso, en que “si no non è vero, è ben trovato”.

Lo extraordinario en este silencio teórico y en la unanimidad práctica es que jamás hubo una crisis en que fuera más fácil atribuir la responsabilidad. En la penúltima, por ejemplo, Mandel negó frente a todos que la causa del desastre fuera el alza de precios del petróleo, pero en la presente hay que empeñarse para no ver que la causa no ha sido otra que la voracidad del sistema financiero y el oportunismo suicida de una banca que supo engatusar la ambición de una masa seducida por el señuelo del crecimiento sin fin. La misma que ahora hemos de rescatar entre todos del atolladero sin exigirle siquiera que aclare dónde están los colosales beneficios logrados durante decenios. Cuando esto acabe –que acabará: si algo hay evidente es que el Sistema no puede fracasar sin hundir con él a la civilización–, comprobaremos que vuelven a ganar los mismos sobre los mismos perdedores. En USA han autorizado a muchos desahuciados a instalarse en tiendas de campaña. Las últimas palabras de ese dudoso Jefferson parecen una auténtica profecía.

Tres cuartos de hora

Escasos, exactamente 40 minutos han bastado para solucionar (¿) el problema de la llamada “deuda histórica”, ese cuento de la buena pipa inventado por los redactores del primer Estatuto de autonomía, del que se han reñido durante cinco lustros todos los Gobiernos que en España han sido. Para que vean que todo era un cuento y que si no se resolvía el contencioso era por falta de voluntad de la Junta y su partido a los que la perpetuación del agravio ha dado no poco juego. Ya una vez se pagó una ‘deuda’ (la pagó el Gobierno del PP, por cierto) y nunca más se supo del tesoro. Como ocurrirá ahora con la nueva entrega, ya lo verán. Aunque sea tirando la casa por la ventana, no está mal que se liquide ese obstáculo que ha servido lo suyo a tirios y a troyanos.

El carné en la boca

Como ayer en Gibraleón y un día tras otro en todas partes, en Aljaraque andan echando del Ayuntamiento a los trabajadores contratados que no pertenecen a la órbita partidista del alcalde. Se trata de ampliar al máximo la ‘clientela’ en que reposa el ‘régimen’, multiplicando los dependientes del partido y excluyendo a todo el que ose pertenecer a otro. En Gibraleón, por seguir con el ejemplo, ni siquiera con una sentencia en contra desistieron del empeño en su día. Pero la realidad es que en la mayoría de nuestros pueblos rige esa contraley partidista que ya es hora de que interfieran con energía los tribunales. Aparte de que están haciendo unas Administraciones de ínfimo nivel en lugar de abrir sin condiciones las puertas al mérito. Ninguna imagen más indigna que la de una sociedad con el carné en la boca.

Otra de piratas

La marina alemana no sabe qué porras hacer con los nueves piratas aprehendidos en aguas del Mar Rojo. Los ha trincado, cierto, respondiendo a una llamada de socorro de un carguero germano sobre el que los modernos “hermanos de la Costa” habían abierto fuego con inequívocas intenciones, pero ahora los guardan vigilados en tiendas instaladas sobre la cubierta de la propia fragata que los capturó. No tienen ni idea de cómo proceder para llevarlos ante la Justicia, pues las leyes del mar son complejas y delicadas, y además, como en Alemania gobiernan al alimón conservatas y socialdemócratas, pues andan aprovechando para tirarse los trastos a la cabeza de paso que se pasan unos a otros la patata caliente, desde Interior a Exteriores y desde éste a Defensa. Un lío. El gobierno trata, en principio de encontrar el modo de que sean terceros países concernidos los que juzguen penalmente a la bucanería esperando acaso que la UE decida por su lado si encuentra alguna solución adecuada al asunto. ¿Ustedes compreden algo sobre este negocio de la piratería postmoderna, tan despojado ya del nimbo romántico que pudiera entreverse sobre las cabezas cimarronas del Olonés, de Lorencillo, del ‘caballero’ Agrammont, del vesánico Pata (o Pie) de Palo, del legendario Morgan y demás estrellas del ‘finibusterre’, aquellas que tomaban nuestras plazas desafiando al Rey y se instalaban señorialmente en los palacios de los Gobernadores en Veracruz, en Campeche o en Maracaibo? Doctores tienen el derecho y la diplomacia pero me van a permitir que diga que estos trajines constituyen un verdadero cachondeo.

 

Hemos pasado de la lucha contra la piratería, del expeditivo derecho del mar que colgaba a raqueros y corsarios del palo de mesana, a esta maraña papelista que no sabe qué hacer con los filibusteros cuando les echa mano y cree que lo democrático es armar auténticos tingladillos diplomáticos para conseguir que sea otro el que haga el gasto de la soga o los pase por la quilla, en una de las mayores demostraciones de ineficacia jurídica y política que estos tiempos del cólera nos hayan permitido contemplar. La civilización se pone guante de seda para estrechar el garfio de esos malhechores, como si la ceremonia demagógica de este estúpido hipergarantismo no funcionara, en la práctica, como un acicate para una delincuencia que creíamos extinguida. Es un  proceso parecido al que afectó al bandolerismo una vez extinguido el aura romanticón. Por lo demás, confiar la Justicia a países como Kenia, no deja de parecer una broma. Hoy el abordaje se castiga más o menos como un robo de joyería en tierra firme, si es que se encuentra tribunal dispuesto a ello. La impunidad se consagra en los mares no menos que en tierra.