¿Otra a los leones?

Espectacular la salida a los medios de la portavoz municipal del PSOE en el Ayuntamiento capitalino, Elena Tobar, y en concreto su anuncio de la nueva era que ahora se abre (¿con quién, con ella?) con el objetivo de desbancar definitivamente al incombustible alcalde. Da la impresión de que se repite con Tobar lo que ya se hizo con Trillo y Parralo, o séase, echarla a los leones y dejarla sola ante el peligro, sin duda ninguna por falta de ideas en la organización y desánimo a la hora de urdir estrategia contra un adversario que los ha revolcado ya cuatro veces seguidas. Nadie escarmienta en cabeza ajena, y muchos no tienen acceso a más cera que la que arde, pero da no sé qué contemplar la salida de esta ingenua neófita cuya única ventaja en este duro lance es lo poco que tiene que perder.

Modas juveniles

En Nueva York, en París, en Buenos Aires, en Londres, un poco por todas partes, prolifera una subcultura urbana inspirada en el imaginario televisivo japonés patrimonializado ya por varias generaciones de telespectadores. Se disfrazan como sus personajes, son adeptos de su música, adoban su román paladino con terminaciones y prefijos nipones para acercarse todo lo posible al modelo ideal un día extraído de series como “Dragón Ball Z” o “Sailor Moon”, y se reúnen en comunidades urbanas en las que afirman su afición. Un sociólogo del Instituto Gino Germani, Marcelo Urresti, cree ver en el fenómeno el efecto contagio de la cultura infantiloide y pacifista creada por una sociedad traumatizada por la guerra como la japonesa, que buscaría en ella una compensación a los horrores del pasado, aunque quede por aclarar las razones de su rápida y extensa adopción por los grupos juveniles de un mundo tan distinto en el que, por cierto, hace furor también la sugestiva imaginería violenta exportada por la industria japonesa a la inmensa mayoría de los países occidentales. Los ‘otakus’, las ‘lolitas’ y los ‘fox’ se pliegan hoy en nuestras grandes ciudades a esa exótica propuesta conciliadora aprendida en el comic televisivo que, dentro del propio Japón, compite con fuerza con la devastadora oferta de la violencia y el terror. Nunca estuvo más justificado el viejo emblema nipón de Ruth Benedict, “El crisantemo y la espada”.

En España, por el momento y que yo sepa, el éxito social está reservado, por una parte a las tribus urbanas convencionales, de naturaleza sectaria y adictas a la violencia, y de otra a la llamada “generación G”, creciente colectivo de adolescentes y jóvenes formados en el videojuego y que creen haber obtenido de éste una auténtica cultura cuyos valores propios alejan a sus devotos de la sociabilidad convencional, se basan en el dominio de las nuevas tecnologías en las que buscan un aprendizaje inseparable de la diversión, lo que en absoluto supone, según estudiosos como Tapscott, una inclinación antisocial ni autoriza los estereotipos que han venido definiéndolos como confusos o estúpidos. Son, en resumidas cuentas, la expresión de un gran fracaso social que va desde la familia a la educación a la sombra de la inepcia estatal, y que muy probablemente condicionará de manera intensa ese futuro imperfecto que se perfila en el horizonte. Modas amables, en todo caso, modelos complacientes centrados todos ellos en la eliminación del esfuerzo como condición del éxito, es decir, en el invento de una meritocracia nueva que, de momento, tiene más claro lo que niega que lo que afirma. Ésta es una generación eminentemente lúdica que niega el orden del que vive, casi un milagro no entrevisto siquiera hasta ahora por ninguna utopía.

Todos contentos

En el Ayuntamiento de Alcaucín, humillado por las mangancias de su anterior gobierno, una tránsfuga, esta vez del PSOE, ha dado la vara mágica a una alcaldesa del PA con los votos añadidos del PP. Vean como, cada cual a su turno, todos sin excepción, amparan y hasta fomentan en la práctica el transfugismo que dicen rechazar en el primer plano. Todos, digo: no hay un solo partido en Andalucía que no tenga por dónde callar en esta recurrente y abyecta práctica que desnaturaliza la representación y engolfa la política rebajándola al ras del negocio. Ninguno quiere desterrar esa vergüenza aunque todos declamen contra ella. Los que no tienen vergüenza, en este sentido, son ellos. Sin excepción.

La mala imagen

En Inglaterra no se acordaban de Lepe desde que Chaucer, va para siete siglos ya, atestiguó en los “Cuentos de Canterbury”que en Londres se bebía un vino que un padre y un hijo llevaban desde nuestro pueblo. Ahora es nada menos que el “Herald Tribune” el que se ocupa de Lepe para presentar a Europa la pésima imagen de un pueblo primitivo en el que los nativos pelean a muerte contra los trabajadores inmigrantes disputándoles por la fuerza el puesto de trabajo. Y aunque no creo que sea para tanto, la delegación del Gobierno tiene la obligación de aclarar que ocurre de verdad a ese respecto y poner orden en caso necesario, aunque sea sólo para restaurar la imagen rota.

La crisis y el lujo

Colecciono esta temporada con especial interés noticias y referencias que prueban que la crisis económica no concierne al consumo de manera homogénea. Hay datos sobrados sobre la indiferencia con que el mercado del lujo contempla discurrir la crisis a su alrededor, puede que hasta aprovechando la coyuntura para reforzarse en la medida en que, como señalaran Lipovetski y otros, el lujo constituye una suerte de “necesidad emocional” que impone a ciertos sectores sociales la necesidad de singularizarse, es decir, de probar su ‘originalidad’ por medio de un consumo suntuario y la exhibición de lo exclusivo. Comprendo que cueste creerlo, pero en este momento hay todo un movimiento al alza de la actividad comercial del lujo, un sector que lo mismo en USA que en todas partes no ha acusado el golpe de la crisis a la que asiste con indiferencia. Una casa de estilográficas muy personalizadas acaba de lanzar un  modelo fabricado en oro sólido de 30 quilates tratado con rodio cuyo tubo de platino presenta más de un millar de diamantes, total por un milloncejo de dólares mal contados. Un dispensario de belleza anuncia para su celeste clientela tratamientos a base de masajes con diamantes de oxígeno (¿) y láminas de oro bajo fragantes mascarillas de mandarinas. La ‘Mercedes’ ha lanzado un modelo, el ‘SL600 Swarovski’, que sale al pronto pago por 53 millones de las antiguas pesetas. No bajan tampoco sino que, probablemente suban, las viviendas de lujo, que incluso se prevé que escaseen pronto. En la 5ª Avenida se anuncian zapatos a 3.000 dólares, bolsos a 2.000 y trajes a 7.000. La crisis es para los pobres y medianos. Para los ricos, al menos desde el mirador del consumo, no pasa de ser un espectáculo.

 

Es un hecho que la caída en picado del poder adquisitivo, tal como había previsto desde noviembre la OCDE, no ha afectado a la economía del lujo, o lo que viene a ser igual, que la ruina masiva de la sociedad no afecta a un segmento privilegiado de ella que confirma con su actitud las ocultas claves psíquicas que posibilitan la clásica tesis de Sombart de que el consumo superfluo siempre ha operado en la Historia como una potentísima palanca del desarrollo de la economía. Todo lo cual descubre, como es lógico, la condición profundamente inmoral de las sociedades desiguales, subrayando, además, el carácter caprichoso del lujo pero, al mismo tiempo, su honda inserción en la naturaleza humana. Hasta se ha dicho que nunca mejor que en la crisis los potentados pueden exhibir su privilegio. Y puede que lleven razón.

La suerte de algunos

Un juzgado de lo Contencioso de Córdoba ha anulado la sanción de más de 24 millones y medio de euros impuesta en 2005 por el Ayuntamiento al famoso empresario Rafael Gómez, ‘Sandokán’, relacionado también con el “caso Malaya”. Ha caducado el procedimiento sancionador, ya ven qué cosa más estupenda, a pesar de los avisos del juez y de los públicos compromisos de la alcaldesa garantizando que la sanción se habría de mantener. ¿Suerte que tiene el sancionado, inexplicable (inexplicada) responsabilidad de la institución? Lo que es seguro es que, de tratarse de un vecino del común la cosa habría sido diferente. Éste es un caso de lo más raro y una sombra de lo más densa sobre la credibilidad institucional.