Otro trimestre a perros

Otro trimestre perdido, ahora para conjurar el fantasma de los “dos poderes” que el partido en el Poder y sus corifeos aseguraban que no existía más que en la imaginación de los maliciosos. Pero tiene sentido, porque lo que no se podía mantener era que el Presidente de la autonomía funcionara como un títere del “aparato”. Otra cosa será el resultado de ese congreso, más allá de las apariencias y declaraciones de unos y otros, ya que el sínodo podrá lograr una apariencia de relevo pero no un control efectivo del partido por parte de quien apenas cuenta en esa organización tan fuertemente caciqueada. Ceder ha sido un gesto obligado. Resolver al tensión interna ya será otra cosa.

Demasiado adultos

Es tremenda la proclama lanzada desde las Juventudes Socialistas de Huelva responsabilizando al PP de la crisis y acusándolo de haber fomentado el “enriquecimiento rápido”. Se ve que los chicos escriben al dictado o será que tienen prisas por su promoción, pero esa exhibición de desmemoria –¡mira que no acordarse de Solchaga y de quien no es Solchaga!—sólo es comparable a la mansueta actitud de turiferarios de los jefes que alcanza su cénit en el elogio de la labor de Chaves y la propuesta (¡) apoyando la candidatura de Griñán. Da pena ver a estos jóvenes precozmente envejecidos en la servidumbre política que ni siquiera tienen conciencia del ridículo que hacen.

Materialismo y arte

Rebotando por las agencias nos ha llegado una noticia, procedente de The Times, según la cual un médico italiano acaba de desvelar el secreto de la sonrisa de la Gioconda, según él debida ni más ni menos que al efecto fisiogmómico del colesterol que habría provocado, en torno al ojo izquierdo de la musa, síntomas de xantelasma, lo que traducido parece que significa formación de diminutos tumores palpebrales  benignos. El mismo galeno, Tito Franco (no es broma), sostiene la hipótesis de que Miguel Angel padeciera de cálculos renales en base a que sus rodillas, en el famoso cuadro de Rafael “La Escuela de Atenas”, aparecen hinchadas y nudosas, y que la infanta Margarita, tal como Velázquez la vio en “Las Meninas”, debía de sufrir el síndrome de Albright, cuyos síntomas –pubertad precoz, corta estatura, enfermedades óseas y problemas hormonales—reconoce a simple vista nuestro lince. Siempre existió la tentación hermenéutica de interpretar la figura artística o literaria en función de cierto materialismo médico, con base en el cual Marañón diagnosticó la presunta sífilis de Tiberio o la probable homosexualidad de ‘Don Juan’, y una legión de doctores tradujeron la pasión de Cristo en variadas claves hipocráticas. Pero nunca habríamos imaginado que acabaría cuestionándose la indescriptible sonrisa del Louvre tras la que, por cierto, no hace mucho, otra minerva propuso adivinar al mismísimo Leonardo travestido para la ocasión. Los esfuerzos de los antropólogos por descifrar el sentido práctico de la pintura parietal no lograron nunca mediatizar la integridad estética de esas escenas de caza en las que, en ocre y negro, el arte balbuciente pulsó por vez primera con su plectro el rabel de la sensibilidad. Vano intento el de descifrar la obra de arte en clave materialista. Esas divertidas conjeturas resultan tan peregrinas como los análisis post-engelianos del arte y lo poético en general. Emile Mâle o André Chastel resultan hoy  incomparablemente más atractivos y verídicos que todos los que fueron (o fuimos) materialistas de estricta observancia.

 

No hay que buscarle tres patas al gato del arte. No creo del todo en la propuesta de Stendhal de que el arte (la pintura) no es más que una construcción moral, pero siempre me pareció genial la broma de Renoir de que el impresionismo nació una mañana en que uno de sus colegas de generación echó mano del azul porque se la había agotado el negro. Hay que plantarse en el Louvre, delante del venerado retrato de Leonardo, absorbiendo sentimentalmente su sonrisa como quien aspira la pipa de kif. Lo demás, queridos materialistas, es pura ingenuidad y pérdida de tiempo. La mujer del Giocondo, sobre su desvaído fondo de verdes huidizos, sonríe indiferente ante esas bachillerías.

Brazo a torcer

Nunca creí, como muchos, que José Antonio Griñán se limitaría como presidente a garantizar el continuismo del “régimen” y menos que consintiera ciertas cosas, que está consintiendo, nos guste o no a algunos. Excluir a El Mundo de las ayudas de la Junta, en particular, es un gesto mezquino que nunca hubiera podido imaginar en alguien de quien esperaba –insisto, como muchos—un cambio ético y, por qué no, estético en los modos de gobernar la taifa. Pero, ca. Griñán tampoco asume la discrepancia ni soporta la crítica, atento sólo al humo de los incensarios. No es nuestra primera decepción ni, probablemente, sea la última.

La ‘pinza’ onubense

Frente al discurso del presidente Griñán de que la Junta trabaja por Astilleros en Huelva y Sevilla y que pronto habrá soluciones, tanto desde el PP como desde IU se muestra un grave escepticismo. Valderas ha dicho, incluso, que la Junta “quiere cerrar” Astilleros y la ha instando a “dejar de engañar” por más tiempo a los trabajadores y a los onubenses en general. Y es que hace tiempo que, por encima de discursos y proclamas, sabemos que en esos planes se prevé por parte del gobierno regional el cierre de la factoría de Huelva y el mantenimiento de la de Sevilla. El resultado vamos a verlo enseguida, de todas maneras. Es poco el tiempo que pueden ganar mintiendo la Administración y su partido.

Política y ‘business’

Todos los conocemos. Los vimos llegar tiesos como mojamas, montarse en el coche oficial e irse luego a enriquecerse en sus exclusivos chiringuitos de influencias. ¿Por qué los políticos no íbamos a tener derecho a seguir un modelo de ‘business’ tras dejar nuestros cargos?, se preguntaba hace un mes en ‘Times’ el expremier británico Tony Blair. Hombre, se le ocurren a uno muchas razones, sobre todo si como en su caso, lo vemos ganar, en apenas tres años, 17 millones de euros, parapetado tras varias sociedades-fantama, “asesorando” a bancos como el JP Morgan o a aseguradoras como la Zurich Financial Service, aparte de “aconsejar” a varias compañías privadas incluidos dos fondos de inversión, uno en Kuway y otro en Abu Dhabi, a pesar de ser el enviado especial del “Cuarteto” en Oriente Medio.  Nada puede objetarse al plan del político de reconvertirse en negociante, con la condición, claro está, de que lo que venda sea realmente el producto de sus capacidades y no el efecto de unas influyentes relaciones capaces de “abrir las puertas” mejor custodiadas del Poder. ¡Claro que nada puede oponerse –al revés—a que un antiguo prócer ofrezca al Mercado su talento! Lo que ya no está tan claro es que deba ser lícito –más allá de esas ridículas e ineficaces puertas al campo que imponen las leyes de incompatibilidad—que en democracia se practique ese “tráfico blanco” de influencias que lo mismo consigue una recalificación urbanística del alcalde amiguete o del partido connivente, que logra aplazar una ley o apresurar la contraria. Claro que estos líderes trajinantes no han inventado nada que no supieran ya hace dos milenios César o Craso. Tan cierto es que la política es un negocio como que el negocio siempre tuvo demasiado que ver con la política.

 

Los ingleses han revivido el enfado por lo de Irak a propósito de la comparecencia de Blair ante la comisión que investiga aquella trágica locura, no para que explique por qué embarcó al país en una guerra, sino para ver cómo justifica un enriquecimiento tan súbito. ¡Anda que si aquí se hiciera desfilar por la pasarela a los conseguidores y nos fuera posible atisbar por un momento sus cofres secretos! Mirando hacia tras sin ira, empieza uno a comprender a Juan Guerra cuando dijo en la tele que su gran pecado era haber salido de la pobreza procediendo de la nada. ¿Cuántos Juanesguerra ofrecen hoy sus prohibitivos servicios a este país tan especulador? Ninguno de ellos podría comprender la severidad que supieron aplicarse a sí mismo un Pi y Margall o un Pertini. ‘Monipodio’ no es un invento de Cervantes sino un invariante político que hoy vive su mejor momento.