La yenka de la Junta

La Junta de Andalucía celebró hace bien poco la sentencia del Tribunal Supremo que disponía la demolición del hotel de El Algarrobico, en pleno Parque Nacional del Cabo de Gata, y hasta llegó a pactar con el Gobierno de la nación los gastos que habría de provocar esa demolición. En sólo esos días contados que decimos, la Junta vuelve a dar el paso atrás, una vez más, y decide recurrir la sentencia al propio Supremo en lugar de recorrer la vía contencioso-administrativa que le indicó el TSJA. Luego no quieren que el personal piense que la Junta, su partido o quien sea anda empeñado hace años, sólo Dios sabe por qué intereses, en mantener en pie ese atentado medioambiental. Pero eso es lo único que le queda al ciudadano, incapaz de entender esta yenka que la Junta lleva bailando desde que comenzó el pleito. Chaves y Griñán sabrán el por qué, pero doña Susana también.

La mujer ideal

Se acaba de celebrar el “Día de la Mujer Trabajadora”, como si existieran, aparte de una minoría elitista, mujeres que no trabajan. Es una reivindicación feminista extremada que, a mi modo de ver, desprecia el trabajo doméstico de tantos millones de madres de familia cuyo homenaje parece que no fuera necesario, al tiempo que reclaman el aumento de la representación femenina en la política y en los altos cargos de la empresa privada que, nunca sabré por qué, creo que es la Comisión Nacional del Mercado de Valores la que la calcula ahora en un 30 por ciento del total. Por otro lado, las “mujeres progresistas” del pueblo alicantino de Bigastro han saltado a titulares por leer en misa y colgar en la Red un comunicado que parece arrancado de “Pablo y Virginia” cuando dice que “la mujer es princesa a los 15, bella a los 25, pasional a los 35, inolvidable a los 45, especial a los 75 y hermosa toda la vida”. Y en fin, escucho decir a mi lado a Salvador Sostres, en la tertulia de Herrera, que el lavaplatos ha hecho por la liberación de la mujer más que todos los feminismos. La mujer ha sido tema de debate desde siempre y si no, echen una ojeada a la Biblia o al Corán para comprobar hasta qué extremo la incomprensión patriarcal ha sido tan extremista como la demanda de igualdad del activismo “de género”. ¿Saben que una mujer española acaba de pedir que se elimine del dintel del Congreso de los Diputados la mención de estos últimos ya que no parece muy viable que se le añada “y Diputadas”? Pues así ha sido. Ya pueden desollarse en vivo los gramáticos la Real Academia que no lograrán nunca restaurar ya la lógica aplastante del “masculino genérico”.

Y todo esto sucede en un país en el que la mujer cobra en el mercado de trabajo un 20 por ciento mal contado menos que el varón, lo que supone tres puntos más que la media europea. Ya, pero ¿qué mujer, acaso las funcionarias públicas o privadas, serán las titulares de grandes carreras o tal vez las que caben en el ancho segmento laboral de los trabajos no cualificados –las modestas y pobres, para entendernos—que, al parecer, no preocupan tanto a las reivindicativas? La lucha por la igualdad lleva dentro un cuarterón clasista sin duda por ser las mujeres mejor posicionadas socialmente las que pueden permitirse el lujo de reclamarla. Mi amigo Sostres es un dinamitero dialéctico pero también el envés de ese feminismo ultraísta al que trae más bien al fresco “las que tienen que servir”.

Los interventores

La Junta lleva tres Interventores generales, si no me equivoco, en el plazo de un año y sólo a duras penas ha logrado encontrar al actual. Es normal. En la Administración autónoma nunca se creyó en la función de ese funcionario clave, considerado por sistema como un subordinado del político, pero desde que estalló el escándalo de los ERE y las prejubilaciones falsas –es decir, en el decenio Chaves-Griñán— los han reducido al pito del sereno. Entre los que ahora comparecen ante la comisión parlamentaria del saqueo de Formación, el de Huelva ha afirmado que en la gestión de esos fondos había “un 100 por 100” de irregularidades que, contra la tesis oficial, han provocado menoscabo de fondos públicos. Sólo de ellos, de los Interventores, depende que lleguemos a saber la verdad sobre lo que aquí se ha afanado, pero en el Parlamento van a encontrarse con demasiadas muletas.

Degenerando

Se repite cada dos por tres el puyazo de Belmonte dedicado a uno de sus banderilleros que hizo carrera política : “¿Y cómo ha llegado ese hombre a donde ha llegado?”, le preguntó un contertulio. Y el Pasmo de Triana le espetó con brevedad gracianesca: “Degenerando, hijo, degenerando”. Saltando de un debate a otro, del de Madrid al de Sevilla, del de la “cal viva” al de siempre, me puse a considerar lo que va de ayer a hoy, hasta qué punto el talento político ha caído en picado y nuestra vida pública se ha convertido en un botellón sin salida en el que se asfixian entre sí los que quieren entrar y los que no quieren salir. Durante la Transición –digan lo que digan los revisionistas—iba uno , yo mismo, a la tribuna de la prensa del Congreso,y se cabreaba en clave mayor con los Suárez, los Fraga, los Carrillo, los Herrero de Miñón, los González, los Alzaga, los Cisneros, los Calvo Sotelo, los Jiménez Blanco y toda esa nómina que Márquez Reviriego ha historiado con mano maestra. Hoy va uno y…, mejor no hablar. Una cosa, por ejemplo, fue decirle a Suárez que, en caso de “golpe”, se subiría a la grupa del caballo de Pavía, y otra espetarle a un ex–Presidente del Gobierno –“presuntio iuris tantum”– que tiene las manos manchadas de “cal viva”, un insulto ni siquiera original pues está calcado del que en su día hizo un etarra en la Cámara vasca. No era lo mismo la insolente carga de las Bibianas o Pajines, tan ingenua, que esta patulea encamisada que ni siquiera desdeña la “camisa nera”, con lo que ella ha significado.

Ninguna paradoja mayor que ésta: en la España del superparo, cuando casi la mitad de los jóvenes preparados andan mano sobre mano o acodados en la barra del bar, la política se ha convertido en un chollo al alcance de cualquier agitador de barrio y así –me temo—van a seguir la cosa mientras los peatones sigan fascinados por la “emergencia” política, la idea de que para gestionar la complejísima realidad pública basta con tenerla bien dura (la cara) y no cortarse ante los ancianos de la tribu. Un criminal como Otegui ha dicho que el terrorista era Fraga y no él que, fue secuestrador y pistolero la banda, y anda tan tranquilito de homenaje en homenaje. Y un piernas como Iglesias cree que una coleta y unas mangas arremangadas bastan y sobran para instaurar el “leninismno amable”. ¡Pero si han hecho de Susana Díaz la esperanza blanca! Encarna Sánchez solía decir que este país no resiste una tesis. ¡Si lo sabría ella!

UGTLEAKS

El sindicato UGT quiere meter en la cárcel al empleado que filtró, presuntamente, a El Mundo las pruebas de las “facturas falsas” y otros extremos comprometedores. Lo acusa de revelar secretos que es, desde luego, algo muy impropio, pero no peor que callarse ante pruebas de presuntos delitos. El empleado de UGT, además de informar a través de El Mundo a los contribuyentes, debió irse derecho al juez de guardia, eso es cierto, pero lo que no se entiende es la prepotencia y altivez de unos presuntos falsificadores de facturas, entre otras cosas, que piden para el debelador dureza y castigo sin pensar en que el mensajero no es quien merece mayor sanción. Nixon cayó y un papa dimitió por lo mismo. Sólo los responsables de UGT parecen creerse amparados por una ilusoria impunidad.

Los “Sin Nada”

Está volviendo el concepto marxista de “lumpen”, el que describe al segmento extremo de la sociedad que ya no tiene acceso ni a lo más elemental. Por las calles de nuestras grandes ciudades patrullan de madrugada grupos altruistas que llevan a lo abandonados una mano amiga, un café caliente, un bocata y algo para trasegarlo, pero las Administraciones –que son, o deberían ser, los ojos y los oídos de la sociedad—no es que no los vean, es que los niegan. Un aparca-coches se ha muerto abandonado en la misma puerta del sevillano Hospital de la Mujer donde la criatura rondaba en busca de un poco de calor, no sabemos si por un fallo cardiaco o por pura hipotermia, y a otro que dormía en el albergue municipal –en el que se alojaba Ciro Bayo cuando se dejaba caer por la Sevilla mañarista—han tenido que amputarle a toda prisa una pierna grangrenada que nadie en su alrededor, a pesar de sus continuas quejas, había advertido. Los puede ver usted mismo en algunos portales, empapelados de periódicos, acyrrucados en los cajeros bancarios si hay suerte, bajo los puentes hostiles por los que el ventarrón cruza como una cuchilla, pero las Administraciones, ya digo, no los ven, como no los ven las policías de servicio ni, por supuesto, los vecinos. ¡La solidaridad, vaya coña! Nuestras abuelas y madres arañaban para la Conferencia de san Vicente el pan de los pobres. Hoy ni eso. Un lumpen, como el leproso antiguo, es un intocable y, lo que es peor, un ectoplasma, alguien sin nombre ni rostro que no figura en el censo civil.

Hay una distancia inabarcable entre la realidad que describen nuestros políticos y la que ni vemos a pesar de estar a la vista de todos. Como hay una legión vergonzante, heredera de la hidalguía de gotera, que esconde su miseria como en las novelas de Galdós, y un nuevo proletariado que agranda su ámbito a costa de la abrumada clase media mientras, según los informes más solventes, el número de millonarios aumenta a nuestro alrededor y el saldo medio de nuestras comunidades decrece. “Podemos” y compañía no han inventado nada: se lo han encontrado hecho: en la calle, en los hogares, en las instituciones, en los periódicos. Les ha bastado exhibir la miseria para conseguir trato de salvadores. ¡Dios nos libre! Pero comprendamos que alguna responsabilidad tendrá también el bipartidismo, la “gente de orden” que mira sin ver y ve sin reaccionar. En nuestro escenario hobbesiano el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.