Ir a Madrid

Nadie podría imaginar una demostración de fuerza del PSC o del PSE en Madrid. Ellos “muestran músculo” en su región para que desde Madrid tomen nota, pero no peregrinan hasta allá para mostrarlo. Lo cual es una sobrada prueba de fuerza, como se ha comprobado muchas veces. EL PSOE-A, en cambio, debe viajar a Madrid para hacerse oír cuando ve malas y no buenas, lo que pone de manifiesto su relativa falta de peso específico. No se olvide que ya Maragall le ganó la partida a Chaves cuando éste, en representación de González, trató de cerrarle el paso a ZP. Y comparen el Estatuto que tiene Cataluña con el que tenemos aquí si quieren sacar conclusiones.

Erre que erre

No se entiende el empeño de la Diputación en ocultar los datos sobre la nueva sede, el llamado “palacete”, aunque sólo sea porque tarde o temprano acabarán saliendo a la luz. ¿Cuánto costó el capricho, qué procedimiento se siguió para llevarlo a cabo? Empeñarse en no facilitar esos datos a la oposición puede acabar llevando el asunto a otras instancias aún más incómodas, por lo que el empeño mismo resulta cada día más sospechoso. ¿Qué ocultan los responsables, acaso gastos in justificables, tal vez haber seguido un mal procedimiento o, simplemente, haber tirado por la calle de en medio? En cualquier supuesto, ocultar la información sólo puede conducir a reforzar las sospechas.

Personas de color

Uno más entre tantos como nos salen al paso, tropiezo con un debatillo nocturno en la radio sobre la traída y llevada cuestión del racismo español, que los promotores del encuentro niegan fervorosamente. No basta la experiencia diaria del distanciamiento cuando no del rechazo del ‘diferente’ perceptible en la sociedad su conjunto, quizá porque pocas cuestiones tan atrailladas por la ‘corrección política’ como esta del sentimiento que suele afirmar nuestra identidad. Por supuesto, no estamos hablando de nada imputable a la convivencia actual ni tampoco a las clásicas visiones pretéritas como las vividas desde la baja Edad Media y buena parte de la ‘modernidad’ no sólo en España sino en la práctica totalidad de la Europa de las inquisiciones, oficiales o no. Hace poco releía el viejo prólogo que ese liberal paradigmático que fue el doctor Marañón (1948) escribió para el espléndido libro sobre el mestizaje, del olvidado antropólogo gaditano José Pérez de Barradas y Álvarez de Eulate, y en él reencontré la vieja monserga de que nada más ajeno al espíritu hispano que el sentido de la diferencia y nada más propio de él que la exogamia integradora, una idea que tiene muchos padres entre los que figura el insigne don Fernando de los Ríos con aquella frase suya tan lapidaria de que “el español jamás tuvo asco racial”. Barradas mismo defiende a capa y espada una versión integradora de nuestra presencia en el mundo que tiene, ciertamente, un buen apoyo en el hecho consumado del propio mestizaje, pero que en nada altera la realidad de que ahora como en tiempos del almirante Colón, de Sepúlveda, de Vargas Machuca y demás críticos antilacasistas, los españoles hemos cultivado siempre un instintivo sentido de la identidad fundado en la raza. La reciente ley contra la inmigración demuestra hasta qué punto sigue latiendo bajo la superficie ese sentimiento de jerarquía étnica.

Cojan un diccionario y busquen la relación de voces inventadas por el español para designar los distintos cruces raciales, desde mestizo o coyote, cuatralbo o quinterón, ‘tente en el aire’ o zambo, a sambayo, lobo, castizo, jarocho o barnocino. Y si fuimos capaces de forzar todo ese despliege léxico no fue por otra cosa más que porque la idea de superioridad racial ocupaba en nuestro imaginario un espacio dominante. ¡Cómo que no somos racistas! Unos más que otros, eso sí, contritos unos y contumaces los más, aquí no se escapa nadie de la perplejidad del juez famoso de “Adivina quien viene esta noche”. Me felicito, por supuesto, de que queramos negarlo. En ese intento va ya un germen nada despreciable de la imprescindible racionalidad.

Vivir en Babia

Pocos negadores de la crisis que nos devora como el presidente Chaves, que no la aceptó hasta que la tuvo en lo alto, de la misma manera que ha estado apostando por la fusión de Unicaja con la intervenida CAA a pesar de la severidad de la auditoría disponible hace tiempo. ¿Qué clase de información y qué asesoría tiene un Presidente que ignoraba, por lo visto y oído, hasta hace nada y menos, que la CAA necesitaba sin demora una inyección de al menos 9.000 millones para no quebrar? La crisis está sirviendo para descubrir la debilidad de esos criterios babiecas, más atentos al interés de partido que a la dura realidad.

Un tema delicado

La discusión, ya vieja, sobre la alta mortalidad de Huelva (más propiamente, del rincón occidental andaluz) debida a su especial tasa de enfermedades tumorales, no puede liquidarse, como ha pretendido hacer la consejera, con unas cuantas cifras y afirmaciones, entre otras razones porque las encuestas de Salud son ya proverbialmente amañadas. Existen informes de primer nivel que detectan en Huelva una tasa de mortalidad por cáncer muy superior a la media nacional y eso es algo que sólo se puede contradecir esgrimiendo un estudio definitivo y no una estadística de consejería. Parece mentira que con un asunto tan tremendo se ande jugando al escondite desde hace tanto tiempo. Más aún que los onubenses no reclamen su derecho a estar debidamente informados en esta cuestión de vida o muerte.

Los más golfos

Nunca nos había ocurrido algo tan grave en el ámbito comunitario, al menos desde que Europa pateaba a la dictadura en el trasero de los españoles. Nunca hubimos de sufrir una vejación tan solemne, una descalificación tan rotunda y, lo que es mucho peor, tan incontestable. En el Parlamento Europeo ha resonado el “informe Auken” como un aldabonazo indisimulable al culpar a todas las Administraciones españolas de permitir o fomentar el “desarrollo insostenible” y la “corrupción endémica”, de confundirse con la patulea mangante de especuladores avarientos que viene destrozando el paisaje con la anuencia cuando no con la complicidad del Poder, hasta macizar la costa o cuadruplicar los pueblos. Puede que el país, de ser atendidas las sugerencias de la informante, acabe perdiendo –¡en plena crisis!—los fondos estructurales que tanto han contribuido al negocio espectacular de los últimos tiempos, y lo triste es que lo que más ha pesado en la condena continental no ha sido otra cosa que la propia difamación constante perpetrada por los grandes partidos políticos, ahora incapaces de frenar las consecuencias de sus respectivas estrategias de acusaciones mutuas. Aquello del “¡Y tú más!” puede que acabe saliéndonos por un pico como nación sin afectar en lo más mínimo a los responsables de esa fiebre del oro que ha envenado nuestra convivencia y corroído hasta la médula nuestro sistema de libertades. Europa empieza a pensar que carece de sentido arrimar dinero estimulante a un país incapaz de mantener a raya su ambición y en el que una Justicia desbordada ni siquiera puede ofrecer unas mínimas garantías. Una vergüenza que nuestros bienpagados europolíticos, máximos responsables de ese estado de opinión adverso, no saben ahora cómo remediar.

 

En todas partes ha habido podridos y nadie se salva de esa plaga bíblica, suele decirse. Parece ser, no obstante, que, junto a Bulgaria, ya sancionada más o menos por lo mismo, Europa nos ve en este momento como los más golfos de la comunidad, un país estigmatizado a estas alturas como lo estuviera el México proverbial de la “mordida” o las naciones secuestradas por los sátrapas tercermundistas. Resulta desolador leer ese informe –escrito, ciertamente, con especial saña– pero hay que reconocerle una virtualidad difícil de negar. A ver qué hacen ahora los grandes partidos que han sido los primeros y más grandes  proveedores en ese almacén de difamaciones, aparte de seguir apaleándose mutuamente como en la escena goyesca.