Nuestros aliados

Me pregunto en puertas del nuevo año qué habríamos de hacer nosotros, los pobres occidentales degenerados por la civilización judeo-cristiana, si tuviéramos que perseguir a la patulea de genios transgresores que exhiben en nuestras salas, desde Venecia a Don Benito, cristos erectos, vírgenes hetairas, santos lupanarios, sacrílegas felaciones o ángeles sodomitas. Ninguna civilización ha alcanzado este grado de apertura de sus propios registros morales y ninguna, probablemente, ha llegado a ser tan imbécil como para pretender, al tiempo y con intención alternativa, alianzas con las que se han mantenido cerradas a cal y canto sobre sí mismas, como sagrarios del mito y fortines de la ignorancia primordial. Aún colea, por ejemplo el drama provocado por las caricaturas danesas de Kurt Westergaard en el ‘Jyllands-Posten’, aquellas en que Mahoma aparecía tocado con un turbante en forma de bomba que, al estallar en manos de los celosos propagandistas, ocasionó una tremenda conmoción incluyendo algunos asesinatos de religiosos. Un somalí armado de un hacha ha inaugurado el año presentándose, en efecto, en la casa que ocupa el dibujante con su nieta y ha logrado mantenerlos acorralados en una habitación blindada hasta que la policía hubo de reducirlo a tiros, liberando al secuestrado que, como consecuencia a su condena a muerte dictada por la ‘sharia’, vive bajo estrecha protección policial desde hace cuatro años. Ésa es la relación real que nos permite esperar un  trato igualitario con ‘culturas’ –porque no son ‘civilizaciones’, dado que ‘civilización’ es un concepto unívoco—que parten del supuesto indiscutible de su superioridad no sólo moral sino trascendente y de la idea legitimante de que Occidente, o sea todos nosotros, no somos más que la reserva diabólica del Mal que, en consecuencia, hay que destruir. Destruir, ojo. Quienes hablan del pacifismo coránico no mienten, pero tampoco dicen la verdad. Lean el Corán y juzguen por cuenta propia.

 

El somalí del hacha era miembro del complejo terrorista que culmina en Al Qaeda, primo probable de los secuestradores de nuestros pesqueros y compinche de los raptores del desierto, y defendía la integridad propia con una determinación simétrica pero opuesta a la que permite a nuestra Administraciones subvencionar nuestro propio escarnio con el dinero de nuestros impuestos. Buen ejemplo inaugural a las puertas de este año en que parece que Occidente se plantea abrir un nuevo frente bélico en Yemen mientras el radicalismo islamista se sublima en sus diarias masacres de Iraq o Afganistán, para ponérselo más difícil todavía a los funambulistas del zapaterismo. En Arabia ya habrían decapitado al agresor. Aquí no gastamos cadalsos pero sí que vamos a tener que rebobinar el idiotario.

Doble pacto

Insistimos: en El Egido el PSOE se opone a aceptar la propuesta desesperada de la oposición de formar un gobierno contando con los imprescindibles ediles del PAL, aunque sea para salvar al pueblo de su paralización absoluta, pero en la capital, en Almería, gana una tras otra las votaciones que le permiten conservar la pingüe Diputación en sus manos, apoyándose en el voto de los PAL. ¿Por qué son sospechosos o indeseables esos ediles en el pueblo y no en la capital? Como el presunto pacto alcanzado por el alcalde preso y la jueza instructora se desate, quizá veamos más claro en este asunto.

La hoja y el fax

Para añadir a nuestra teoría de que si el mejor remedio contra un problema difícil es una comisión de expertos, el ideal para uno insoluble es una “hoja de ruta”. Y nada les digo ya si provocamos la sinergia entre la hoja de ruta y el fax, como está haciendo la Junta de Andalucía en su estudiada estrategia para aburrir a los trabajadores amenazados por la explosión de Astilleros, a los que, vía fax, precisamente, les ha modificado la “hoja de ruta” otorgada diez días antes. Son las formas informáticas de la tomadura de pelo que el lunes les van a servir para poco cuando se les presente en la puerta la murga de los currelantes.

El derecho al cielo

Tras el triste fracaso de la cumbre de Copenhague nos hemos ido enterando de hechos y conjeturas que dan una idea de la dimensión del drama. La Alianza Panafaricana para la Justicia Climática (mala cosa cuando empezamos a dividir la Justicia) asegura, para empezar, que 55 millones de criaturas podrían engrosar el ejército derrotado que pasa hambre en ese continente, y que entre 350 y 600 millones podrían sumarse a los sedientos que ya se debaten entre la vida y la muerte. El famoso arzobispo Desmond Tutú ha dicho a toro pasado que más hubiera valido ningún acuerdo que alcanzar uno malo, especificando que la meta del incremento de dos grados en el clima del planeta va a condenar a África directamente a la incineración. Un economista destacado, Nicholas Stern, dice que si se comparan los 10.000 millones de dólares comprometidos para compensar a los países pobres con el billón y medio que mueve el “mercado del carbono” (observen la perversidad conceptual), nos parece estar viendo a los viejos traficantes cambiando con los indígenas cuentas de vidrio por sus tesoros reales. Y en fin, Matthew Stilwell, capo de la cosa del “desarrollo sostenible”, ha explicado que la recién librada no ha sido una negociación para frenar el cambio del clima sino una batalla campal sobre el “derecho al cielo” del que los pobres pobres, valga la cuasi anáfora, ni se han enterado, los pobres. ¡El derecho al cielo! La simiesca historia de la especie es la de la lucha por la vida, la del incesante proyecto de apropiación de lo ajeno, la de la enajenación del más débil en beneficio del más fuerte, pero hasta ahora se había escenificado de tejas para abajo. Ni el Bakunin más furibundo podía ni imaginar que la postmodernidad acabaría no limitándose a arrebatar la tierra a los parias sino que acabaría disputándole también las alturas.

 

He colectado más lamentos. Uno de ellos, hablando del acuerdillo adoptado a duras penas, asegura que no se puede decir que lo que se propone el mundo poderoso es buscar una solución al problema del clima mientras la solución adoptada garantice la muerte de millones de africanos y fuerce a los países pobres a continuar pagando por ese objetivo con el que ellos –que no contaminan porque ni tienen con qué– no tienen relación alguna. Me quedo con el hallazgo del “derecho al cielo”, de todas formas, reverso de la más inimaginable ocurrencia de explotación concebida por el lobo humano en su instintiva e inmemorial contienda contra la igualdad. Y con la imagen de los mercachifles cambiando baratijas por el diamante en bruto de la vida. Los fenicios o nosotros mismos éramos unos pringaos comparados con esta tropa.

Trece crespones

No todo van a ser beneplácitos y luces de colores. Hay una noticia heladora este fin de año: la cifra de 13 mujeres asesinadas en Andalucía, de un total de 55 en toda España. Más de una andaluza al mes sacrificada por el bárbaro de turno. Ya me dirán si ha fracasado o no ha fracasado es ley integral de lo que quieran que, además de injusta y desigual, no ha servido para nada a la hora de frenar la sangría. Trece crespones negros más en la torre de la memoria. Los que dicen y repiten que con estas leyes basta para atajar la sanrgía, están cada día más cerca de convertirse en cómplices sin intención de los propios parricidas.

Otro lujo para Huelva

Dice la Junta que el nombramiento del ex-presidente González para sustituir al sabio Ginés Morata al frente de Doñana es “un lujo para Huelva”. Para quien va a ser un lujo, sin duda alguna, será para los propietarios del proyecto de oleoducto, del que Glez. es partidario declarado, y para el que la consejera Cinta Castillo era un peón excesivamente ingrávido. Se han empeñado en sacar adelante el proyecto del “amigo político” como en tiempo se empeñaron en sacar el de “Costa Doñana” que, precisamente, era un negocio del entorno familiar e íntimo del “lujo” que acaban de regalarnos. Eso es Huelva para el Gobierno y la Junta: lo que fue para los viejos caciques, de los que los actuales no se diferencian más que en el hábito.