Manaute

Ha muerto Miguel Manaute, el campesino que fue consejero de Agricultura cuando todavía la ingenuidad utópica nos enredaba en la vieja leyenda de la “reforma agraria”. He visto pocos autodidactas como él, pocos talentos naturales tan capaces para hacerse con una idea de un  simple orejazo, y menos aún jerifaltes fieles a su natural hasta el punto de conservar, creo yo que como blasón, su fonética cazurra en la que era capaz de explicar los arcanos de la agronomía que él poseía sólo prestados. Ahí sigue, incorrupto, el cadáver de su ley de Reforma Agraria que ningún presidente de la Junta ha tenido la decencia de derogar. Fue un lince aunque se equivocara. También se equivocaron los ‘ilustrados’ y nadie dice nada.

Al juzgado con ellos

No tiene perdón de Dios el cierre del área de Urgencias Pediátricas del ‘Juan Ramón Jiménez’ –¿”hospital de referencia”, dicen?—a pocos meses de inaugurarse tras unas obras que costaron casi tres millones de euros. ¿Quién visa esos proyectos, quién certifica esas obras, dónde está la intervención que pida cuentas a los responsables de un caso tan patente de evicción? La Junta no cumple cerrando el área, sino exigiendo a los culpables de semejante disparate la responsabilidad correspondiente. Por la manera cómo lo tiramos, da la impresión de que nos sobra el dinero. Los onubenses tienen derecho a que les expliquen por qué falla en pocos meses el producto de una inversión tan costosa.

Ciencia y creencia

Siempre he pensado que la tensión entre razón y fe, el dilema noológico y existencial de conciliar la ciencia con la creencia, van a acompañar a la Humanidad siempre. No venció nunca del todo el fuerte en la era fideísta como sospecho que no ha de llevarse el gato al agua el fuerte actual, es decir, el que se empina sobre la sólida base de la secularización mientras ve estupefacto que, a medida que prospera la concepción pragmática de la realidad, proliferan las adhesiones religiosas siquiera sea en el ámbito de las sectas cristianas y, ni que decir tiene, en el resurgir de los diversos islamismos. Este papa, como al anterior, pero picado (con razón) de ‘ilustrado’ compatibiliza en su teología blandura y dureza, dando una de cal y otra de arena, como en un intento calculado de compensar los efectos de un magisterio que, haga lo que haga, eso es verdad, será discutido. Ahora mismo, en la misa de la Epifanía acaba de echarle el rapapolvo a la insolencia cientificista que “pretende conocer perfectamente la realidad y tiene cerrado el corazón a Dios”, en la medida en que los avances del progreso, conducen sin remedio a una presunción excesiva por parte del hombre, que se siente sujeto autónomo y fiado a sus propias capacidades. Pone Ratzinger el ejemplo de los Magos, científicos humildes, es decir, recurre al ‘mito’ puro y duro para amonestar al ‘logos’ que, en definitiva, sigue siendo y seguirá siendo siempre, como digo, sospechoso e inaceptablemente competitivo. “Muchos son los que vieron la estrella pero pocos los que comprendieron su mensaje”, dice afligido este intelectual creyente. Ya ven que seguimos donde estábamos. Desde Agustín o Tomás los términos de este problema básico han cambiado tanto que nos hallamos en un final que se confunde de modo inextricable con el principio.  Samuel Butler que era un lince dejó escrito que la fe reposa, en última instancia, cobre la razón y viceversa. Mucho más drástico, el desesperado Cioran recuerdo que sostuvo que la fe no es más que un artificio del instinto de conservación.

 

Vana disputa, explicable tensión. Nadie la resolverá nunca mientras las galaxias se alejen indefinidamente entre sí y en la nanointimidad de lo que existe comprobemos su misteriosa condición deleznable. El papa tira y afloja, y se entiende, pero quizá la única perspectiva razonable fuera asumir de una vez por todas que la relación posible entre ciencia y creencia hay que reinventarla, haciendo de la libertad interior un ámbito reservado e impenetrable en el que cada cual metabolice sin censura su razón de misterio. El ‘Génesis’ es un mito precioso. Las nuevas cosmologías también.

El trabajo negro

CCOO ha denunciado una situación que debería hacer reaccionar a la autoridad, por más complejo que el tema sea, y sin descontar la propia responsabilidad sindical. Se trata nada menos que de la denuncia de que la economía sumergida –el trabajador figura adscrito a un empleo o está en paro pero trabaja realmente—ha subido en Andalucía hasta constituir, al menos en el sector textil, el 50 por ciento de la actividad. Esta es otra asignatura pendiente de nuestra política laboral de la que nadie ha querido enterarse nunca pero que en plena crisis, al margen de la ayuda que pueda prestar a sus ilegales beneficiarios, complica seriamente las cosas. El Gobierno y la Junta deben entrar en ese antro incompatible con una economía social que pretenda progresar.

Valverde en ascuas

Más allá de las mariscadas gratuitas, las ruinosas piscinas y aparcamientos imposible, la plaza mayor levantada insensatamente y sin motivo, el Ayuntamiento de Valverde, en manos ahora de un segundón advenedizo, tendrá que dar la cara y explicar lo de esa empresa municipal de viviendas auténticamente fantasmas que se ha gastado en ocho años 24’5 millones de euros sin dar palo al agua. Estos chiringuitos es menester investigarlos antes de echarlos abajo, de modo que las responsabilidades recaigan sobre quien o quienes deben recaer.

El pobre Tartaglia

Un amigo que vive ojo avizor en el corazón de Europa me envía solícito un inquietante informe en el que se recogen las circunstancias del (habrá que decir ya ‘presunto’) atentado sufrido por Berlusconi. Se trata de una circunstanciada reflexión sobre los hechos contrastada con el testimonio irrefutable de siete fotos, cinco videos y cinco likns a cual más elocuente que se resumiría en estas conclusiones desoladoras: que la organización eligió el peor sitio del entorno para un encuentro masivo; que el líder permanece mucho tiempo entre la gente justo donde se produce el ataque; que el primer círculo de seguratas no observa a la gente sino que mira al suelo mientras que el segundo no aísla al primero; que manda huevos ese brazo gris que sube y baja varias veces, como apuntando a conciencia, sin que nadie lo advierta ; que el objeto al fin arrojado desaparece como por ensalmo, diz que “explotado en mil piezas”; que en el momento en que el dignatario recibe el leñazo se cubre la cara con un bolso negro; que hasta que entra en el coche no hay rastro de sangre ni en cara ni en manos, ni en cuello ni puños; que ya dentro del coche –al que los guardaespaldas tardan en llevarlo contra toda lógica– la sangre aparece como por ensalmo; que un reloj callejero prueba que el video de la secuencia ha sido alterado; que un protector cubre la cara del agredido, y que una cámara que rueda el paseo entero no pilla el instante supremo mientras que otra, que va por libre, graba sólo la cara; y que, en fin, la seguridad se aleja lentamente y lleva al Cavalieri no al hospital más cercano sino a uno situado a veinte minutos del lugar. Un labio abierto, una nariz quebrada y dos diente rotos, no dejan rastro alguno ni antes de entrar en el coche ni tras salir del hospital. Bueno, pues todo el mundo ha tragado mientras sigue habiendo por ahí gente que no se cree que Armstrong pisó realmente la Luna.

Yo no sé a qué atenerme, les digo mi verdad, pero dándole vueltas al material que me envía mi amigo se me ocurre que tal vez el descrédito de la política se confunde ya con el fracaso de la propia realidad. Hay demasiada mentira, tan inasumible nivel de cuento circulando en la vida pública, que la única respuesta razonable del personal es el escepticismo. La verdad es lo menos cuando la gran política anda por medio. Y eso es lo malo: que el escepticismo desborda la anécdota para erigirse en clave mental de una época. A mí, que rechacé el atentado como bárbaro, me importan un rábano el tabique y los incisivos de Berlusiconi. Es la fe pública la que me preocupa. Esa fe que han arruinado precisamente quienes ya no pueden colar ni la noticia de su atentado.