Grosería del Gobierno

No saludó siquiera al Alcalde de la capital el ministro de Obras Públicas, que tuvo tiempo, en cambio, de entretenerse en dos costosos actos de partido y propaganda. No quieren saber nada de los compromisos adquiridos y menos del AVE de la discordia, insisto en que movidos por el espanto que les inspira la mera posibilidad de que fuera el hasta ahora imbatible Pedro Rodríguez quien cortara la cinta en su día. Castigan a Huelva por ello y, encima, la desprecian hasta el punto de ignorar a su Ayuntamiento, obsesión inútil de esos fracasados estrategas. Y eso no tiene nombre. El ministro desdeñoso merecería igual desdén por parte de los onubenses.

Sabios mentirosos

En varias ocasiones nos hemos referido aquí a los trabajos de Di Trocchio, el gran debelador de “Las mentiras de la Ciencia” desde Newton al doctor Gallo pasando por Einstein. Los sabios no siempre cuentan la verdad, es más, con frecuencia mienten con descaro, bien empujados por la ambición personal, bien por puras motivaciones económicas, sin descartar la vanidad ni la contumacia. La última de la serie es el descubrimiento de que los más altos responsables del estudio del “cambio climático” habrían mentido soberanamente al informar al mundo –empezando por la ONU—de circunstancias del todo falsas, como la presunta ruina que, en el próximo cuarto de siglo, habría de acabar con los glaciares del Himalaya o el falso aumento en dos grados de la temperatura siberiana durante el siglo XX, predicciones sólo posibles en base a una descarada falsificación de los datos probatorios que los sabios habrían perpetrado sin temblarles la mano. Los sabios son de carne y hueso, tienen su corazoncito y su cuenta corriente como cualquiera, pero hay una pregunta que comienza a fraguar en la duramadre de los peatones de este mundo: ¿cómo va a mantenerse una sociedad que ha dejado de creer en sus políticos (las explosiones de ‘leadership’, como el obamismo, no son más que un recurso de emergencia ante ese fracaso) y que tampoco puede confiar ya en unos científicos a los que venía considerando poco menos que espíritus puros? Una a esa cuestión el fundado temor que sugiere la fábula del pastor y el lobo, y nos veremos ante un panorama desolador en el que los responsables de la salud del planeta han sido capaces de pringarse por dinero engañándonos con el espectro de una pandemia que no era sino un invento para potenciar el pelotazo de la farmaindustria y de paso llevarse el manso ellos mismos. Y eso es un peligro porque ya se sabe que si se puede abusar de la confianza sin mayor riesgo, abusar de la desconfianza es suicida.

 

Es probable que la gran tarea moral y política de los gobernantes del siglo XXI vaya a ser reconstituir esa imprescindible confianza perdida que, la verdad es que, salvo excepciones, nunca existió, pero sin la cual resulta impensable una convivencia ordenada. Nuestro mismo Gobierno amaga y da marcha atrás con graves proyectos un día sí y otro también, unas veces probando el globo-sonda y otras, simplemente, por improvisación o atolondramiento. ¿Cómo vivir en sociedad desconfiando de la autoridad responsable? Siendo cierto que en todas las épocas los hombres miraron con recelo a sus gobernantes, más lo es que en la nuestra –global y no poco transparente—estamos tocando fondo jamás alcanzados.

Estudiar ¿para qué?

El anuncio de Griñán de que cuenta para guardar la viña con dos jóvenes pretorianos podría resultar esperanzador si no fuera porque uno de ellos nunca terminó la cerrara y el otro navega sólo con el bachiller raspado, lo cual, ciertamente, ya es algo comparado con el hasta ahora todopoderoso Pizarro cuyo curruculum cabe en un papel de fumar o con el propio bachiller que gestiona Obras Públicas nacionales, entre tantos otros casos. La experiencia es un grado, no lo discuto, pero ya me dirá Griñán cómo explicarle a la ‘basca’ que su futuro y el de la comunidad depende de que estudie, de que no fracase y de que no se ausente del aula. Mal ejemplo el de los políticos. Menos mal que la ‘basca’ pasa de ellos a tope.

Valverde arruinado

El pueblo de Valverde, noble villa, resulta que es hoy por hoy, con más de 2 millones seiscientos mil euros amarrados,  el octavo Ayuntamiento de España en el lamentable ránking de la deuda a la Seguridad Social, una circunstancia que nada de raro tiene teniendo en cuenta quiénes son los administradores del caudal público, pero que resultará un grave obstáculo para que el pueblo consiga los préstamos imprescindibles, las inversiones del Plan E –¡y con la Plaza hecha un solar!—o los Talleres de Empleo. Sale mucho más cara esta tropa advenediza –incluso sin contar las mariscadas– que un equipo de profesionales solventes. Los valverdeños deberían considerar esta paradoja calamitosa.

Mito con cascabel

De nuevo asoma la gaita la leyenda del gato empeñada en ver el sinuoso animal un sujeto mágico, venerado desde antiguo en culturas muy distintas que en él han visto lo mismo la cara de Dio que el disfraz del demonio. En cualquier manual tiene el lector el resumen de esa creencia inmemorial que los papiros egipcios divulgaron mucho antes de que la superstición del mundo cristiano se fijara en él como inquietante expresión lo maligno muy relacionada con la muerte. Esta vez la noticia surge lanzada nada menos que por ‘The New England Journal of Medicine’ aunque la verdad es que viene rebotando hace tiempo por las gacetillas que dan cuenta de las hazañas de un gato hospitalario capaz de predecir la muerte simplemente ovillándose junto al paciente en el que detectaría, nadie sabe por qué oscuro mecanismo, la inminencia del desenlace, es decir, justo lo que la medicina científica siempre renunció a asumir. La leyenda del gato surge con un milagro atribuido a Noé quien, desesperado por la presencia de ratones en el Arca, habría hecho surgir la especie del estornudo del león mucho antes de que, ya en pleno nilotismo, la diosa Bastet se hiciera de prestado con su cara y esos ojos nictólogos que le permiten cazar en la oscuridad. Sólo en el ámbito cristiano prospera la idea e imagen del gato maléfico, encarnación satánica incluso, aunque parece que ya los celtas desconfiaron de esa mirada enigmática, asociada con insistencia a lo femenino. Y ahí tienen a todo un prestigioso geriátrico yanqui acollonado ante los devaneos del minino a cuyas premoniciones atribuyen sus galenos causas tan improbables como extravagantes. ¿Por qué se traga el hombre con tanta facilidad la leyenda, sobre todo si resulta escalofriante? Poe tampoco debía de saberlo pero hizo con los poderes de un gato negro un relato aterrador.

Imagino el terror de los asilados conscientes que alcancen a ver al gato predictor darse un garbeo por sus habitaciones, pero sobre todo, flipo oyendo a esos médicos forzar la máquina y hablar sin ton ni son de feromonas y otras sustancias como causas posibles de la prodigiosa facultad del animal, hasta rendir el centro a la superstición aparcando de un revés el incómodo sentido crítico, como si ese fracaso multifactorial que suele ser la muerte guardara sus claves en exclusiva para la intuición gatuna. Hace poco era un perro el que diagnosticaba cánceres como el que destapa un alijo da grifa. Quizá esta pujanza del augurio en pleno progreso no es más que un recurso primitivo de nuestro cerebro reptiliano. Un gato rezongando por un pasillo nos devuelve por las buenas a la noche de los tiempos.

Volver a empezar

No deja de ser desoladora la única ocurrencia que, por boca de la consejera de Economía, ha tenido la Junta frente a la debacle del paro: invertir en vivienda. ¿Pero no habíamos quedado en que en ese modelo basado en la construcción estaba el huevo de la serpiente de la crisis? Y encima empujando, amenazando con que si no te la compras ahora, te perderás las desgravaciones que van a eliminarse de la ley. Hay que andar despistado y no tener ni la más remota idea de qué hacer, para recurrir a este expediente. Desde luego, saldremos de la crisis, pero no será por la Junta y el Gobierno sino a pesar de ellos.