Disciplina inglesa

A la ministra inglesa de Interior la ha pillado, en plena preparación de la cumbre del G20, un escandalillo que, visto desde esta Jauja nuestra, no deja de parecer insólito. Resulta que a la ministra, Jacqui Smith le han sacado los tabloides una nota de gastos en la que incluía el alquiler de cinco inocentes videos más dos calificado de ‘X’ que habría adquirido y cargado en cuenta su marido durante una ausencia de la esposa. El importe total es de 20 euros, no vayan a creerse ustedes, cantidad que la sorprendida se ha apresurado a reintegrar tras dar cumplidas excusas a la prensa, a pesar de lo cual algunos medios, como el ‘Daily Express’ reclaman todavía su dimisión fulminante por considerarla éticamente contaminada. Rodeado de alcaldes mangantes que guardan su botín bajo el colchón o pagan con facturas falsas sus devaneos putiferarios, comprenderán que este tipo de sucesos más provocan admiración por un sistema implacable que otra cosa, pues hay que imaginar el estupor de nuestros predadores al enterarse de que deslices tan irrelevantes y dispendios de tan menguada significación pueden dar origen en una democracia consolidada a reacciones que aquí no se contemplan siquiera para escándalos mayúsculos perpetrados desde la más indecente conciencia de impunidad. Contrasta el tenor de las excusas de la “Home Secretary” con el tono sinvergüenza recogido en esas cintas policiales en las que se habla de apropiarse de lo público con la misma naturalidad con que podría tratarse un asunto de puro trámite. En todas partes hay corrupción, ya sé, no hace falta que me lo recuerden. Pero les sugiero que compare la ingenua odisea de Jacqui Smith con la suerte de los alcaldes de Baena o Alcaucín, y luego continuamos hablando.

 

Hace poco nos dijo Melchor Miralles en una “Charla de El Mundo” que no se determinaba a calificar la corrupción como ‘generalizada’ o como ‘universal’. Uno tampoco se atreve, pero a la vista está que hay ambientes políticos y sociales donde todavía el corrupto, incluso el diminuto u ocasional, se las taerá tiesas con una opinión para la que la ética mantiene su fuero intacto en lugar de ser papel mojado. Veinte euros de nada han sido suficientes para amargar a una figura del Gobierno británico precisamente en fechas de lo más comprometida para su ministerio. Al margen de la casi anécdota, la verdad es que su historia deja en el aire una discreta esperanza para mucha gente. Para esa legión de contribuyentes que se niega a aceptar como inevitable la gestión miserable de la vida pública.

Ir a Madrid

Nadie podría imaginar una demostración de fuerza del PSC o del PSE en Madrid. Ellos “muestran músculo” en su región para que desde Madrid tomen nota, pero no peregrinan hasta allá para mostrarlo. Lo cual es una sobrada prueba de fuerza, como se ha comprobado muchas veces. EL PSOE-A, en cambio, debe viajar a Madrid para hacerse oír cuando ve malas y no buenas, lo que pone de manifiesto su relativa falta de peso específico. No se olvide que ya Maragall le ganó la partida a Chaves cuando éste, en representación de González, trató de cerrarle el paso a ZP. Y comparen el Estatuto que tiene Cataluña con el que tenemos aquí si quieren sacar conclusiones.

Erre que erre

No se entiende el empeño de la Diputación en ocultar los datos sobre la nueva sede, el llamado “palacete”, aunque sólo sea porque tarde o temprano acabarán saliendo a la luz. ¿Cuánto costó el capricho, qué procedimiento se siguió para llevarlo a cabo? Empeñarse en no facilitar esos datos a la oposición puede acabar llevando el asunto a otras instancias aún más incómodas, por lo que el empeño mismo resulta cada día más sospechoso. ¿Qué ocultan los responsables, acaso gastos in justificables, tal vez haber seguido un mal procedimiento o, simplemente, haber tirado por la calle de en medio? En cualquier supuesto, ocultar la información sólo puede conducir a reforzar las sospechas.

Personas de color

Uno más entre tantos como nos salen al paso, tropiezo con un debatillo nocturno en la radio sobre la traída y llevada cuestión del racismo español, que los promotores del encuentro niegan fervorosamente. No basta la experiencia diaria del distanciamiento cuando no del rechazo del ‘diferente’ perceptible en la sociedad su conjunto, quizá porque pocas cuestiones tan atrailladas por la ‘corrección política’ como esta del sentimiento que suele afirmar nuestra identidad. Por supuesto, no estamos hablando de nada imputable a la convivencia actual ni tampoco a las clásicas visiones pretéritas como las vividas desde la baja Edad Media y buena parte de la ‘modernidad’ no sólo en España sino en la práctica totalidad de la Europa de las inquisiciones, oficiales o no. Hace poco releía el viejo prólogo que ese liberal paradigmático que fue el doctor Marañón (1948) escribió para el espléndido libro sobre el mestizaje, del olvidado antropólogo gaditano José Pérez de Barradas y Álvarez de Eulate, y en él reencontré la vieja monserga de que nada más ajeno al espíritu hispano que el sentido de la diferencia y nada más propio de él que la exogamia integradora, una idea que tiene muchos padres entre los que figura el insigne don Fernando de los Ríos con aquella frase suya tan lapidaria de que “el español jamás tuvo asco racial”. Barradas mismo defiende a capa y espada una versión integradora de nuestra presencia en el mundo que tiene, ciertamente, un buen apoyo en el hecho consumado del propio mestizaje, pero que en nada altera la realidad de que ahora como en tiempos del almirante Colón, de Sepúlveda, de Vargas Machuca y demás críticos antilacasistas, los españoles hemos cultivado siempre un instintivo sentido de la identidad fundado en la raza. La reciente ley contra la inmigración demuestra hasta qué punto sigue latiendo bajo la superficie ese sentimiento de jerarquía étnica.

Cojan un diccionario y busquen la relación de voces inventadas por el español para designar los distintos cruces raciales, desde mestizo o coyote, cuatralbo o quinterón, ‘tente en el aire’ o zambo, a sambayo, lobo, castizo, jarocho o barnocino. Y si fuimos capaces de forzar todo ese despliege léxico no fue por otra cosa más que porque la idea de superioridad racial ocupaba en nuestro imaginario un espacio dominante. ¡Cómo que no somos racistas! Unos más que otros, eso sí, contritos unos y contumaces los más, aquí no se escapa nadie de la perplejidad del juez famoso de “Adivina quien viene esta noche”. Me felicito, por supuesto, de que queramos negarlo. En ese intento va ya un germen nada despreciable de la imprescindible racionalidad.

Vivir en Babia

Pocos negadores de la crisis que nos devora como el presidente Chaves, que no la aceptó hasta que la tuvo en lo alto, de la misma manera que ha estado apostando por la fusión de Unicaja con la intervenida CAA a pesar de la severidad de la auditoría disponible hace tiempo. ¿Qué clase de información y qué asesoría tiene un Presidente que ignoraba, por lo visto y oído, hasta hace nada y menos, que la CAA necesitaba sin demora una inyección de al menos 9.000 millones para no quebrar? La crisis está sirviendo para descubrir la debilidad de esos criterios babiecas, más atentos al interés de partido que a la dura realidad.

Un tema delicado

La discusión, ya vieja, sobre la alta mortalidad de Huelva (más propiamente, del rincón occidental andaluz) debida a su especial tasa de enfermedades tumorales, no puede liquidarse, como ha pretendido hacer la consejera, con unas cuantas cifras y afirmaciones, entre otras razones porque las encuestas de Salud son ya proverbialmente amañadas. Existen informes de primer nivel que detectan en Huelva una tasa de mortalidad por cáncer muy superior a la media nacional y eso es algo que sólo se puede contradecir esgrimiendo un estudio definitivo y no una estadística de consejería. Parece mentira que con un asunto tan tremendo se ande jugando al escondite desde hace tanto tiempo. Más aún que los onubenses no reclamen su derecho a estar debidamente informados en esta cuestión de vida o muerte.