Tramposa defensa

En un desesperado intento de confundir a la opinión para salvar el nuevo “caso Chaves”, alcaldes onubenses del PSOE han dicho muy ofendidos que no sólo apoyan la subvención gestionada por la hija de Chaves sino que estiman que debería de haber sido el doble. Bien, ¿y quién discute eso? Toda la ayuda que se preste a esa zona tantos años abandonada por la propia Junta estará justificada, pero lo que se discute no es esa necesidad sino el hecho nepótico indudable de que una hija del Presidente actúe como “conseguidota” de subvenciones ante la Administración de su padre. Trampas, las precisas, alcaldes, que nadie ha regateado ayuda a la mina en cuestión ni a esa comarca deprimida sobre la ustedes mismos han guardado tan disciplinado silencio hasta ahora.

Cómo nos ven

Una cadena francesa de tv se ha ensañado con la realidad de la inmigración en los campos de Huelva. Poco menos que como si los campos de Huelva fueran los campos de las vendimias francesas del Sur en los que tradicionalmente se ha explotado sin compasión el trabajo de nuestros braceros. ¡Pues saben poco los franceses de trampas, falsas promesas, incumplimientos, presiones y chantajes, por no hablar de otra cosas! Lo que resulta incomprensible es que no haya habido una reacción oficial exigiendo responsabilidades a los responsables, una vez comprobado, si hiciera falta, la falsedad de sus acusaciones. La imagen de la provincia debe quedar limpia tras este ataque. Y no será por falta de medios y fotos por lo que no quede. Nuestras fuerzas vivas podrían hacer algo más que retratarse, en materia tan importante.

La hora negra

Mucho se habla del “efecto Obama”, sobre el que el embajador Oyarzábal nos ilustrará la próxima semana en nuestras sevillanas “Charlas de El Mundo”. En no pocas ocasiones sin gran fundamento o tal vez arrastrados por la sugestión del gran cambio que ha supuesto la elección de un  presidente negro en los muy racistas EEUU. Pero también en ocasiones a la vista de ocurrencias que no hubieran sido imaginables siquiera antier, como quien dice. Una especialísima, a mi entender, ha sido el anuncio de la inminente ordenación como rabina de la comunidad judía, de una mujer negra de 45 años, Alysa Stanton a la que. además, la jerarquía ha decidido adjudicar uno de los púlpitos más relevantes de las sinagogas del Sur. Es verdad que, según los propios institutos hebreos, dos de cada diez judíos americanos son hoy negros, asiáticos o latinos, pero la novedad de una mujer negra dirigiendo la sinagoga constituye una novedad tan incuestionable que, ciertamente, la tentación de ver en el caso un claro indicio de cambio profundo en aquella Babilonia no deja de ser vehemente. Y hay más, porque según informa la prensa del país, nada menos que en Filadelfia, en Mississippi, es decir, en la ciudad en la que en 1964 –recuerden la espléndida película de Alan Parker protagonizada por Gene Hatkman—se produjo la explosión racial en respuesta al asesinato de tres jóvenes a manos del KKK, acaba de ser elegido el primer alcalde negro, un pastor pentecostal, a pesar de que el 56 por ciento de la población sigue siendo blanca. Algo está cambiando en la entraña misma del gran país de aluvión y no es aventurado ver en el símbolo de Obama la causa próxima o remota de tan significativa mudanza.

 

Ni que decir tiene –aquí mismo lo enfatizábamos hace pocos días—que no ha de ser un camino de rosas el que se abre ante la nueva experiencia. Ahí están las primeras defecciones del presidente Obama confirmando los tribunales militares de Bush o decidiendo la detención indefinida de presos sin pruebas en su contra, para evidenciar que no es fácil volver del revés una mentalidad fraguada en la experiencia, siempre dura, de varios siglos. Pero ahí están también esos hechos singulares y notabilísimos como algo más que indicios de que en lo más íntimo de la mentalidad americana se remueven los viejos estratos psíquicos abriendo un imprevisible futuro. Una mujer rabina en la hasta hace poco cerrada y siempre influyente comunidad hebrea o un alcalde negro en el miocardio de la América blanca son algo más, bastante más desde luego, que simples anécdotas. Es probable que la propia elección de Obama haya ocurrido deslizándose sobre el plano posibilitante de unas mudanzas internas que tal vez habían pasado inadvertidas o no habían sido valoradas en su justa medida hasta materializarse a la vista de todos. América podría estar revisando sus más entrañados fundamentos y ésa es una espléndida noticia para el resto del mundo.

Mal asunto

Por más filas que cierren o puños que aprieten, por más que reutilicen la manoseada teoría del rencor, el último “caso Chaves” tiene una gravedad indisimulable. Se trata, sencillamente, de uno de los sucesos de tráfico de influencia teñida de nepotismo más clamorosos de que haya memoria, y en absoluto se trata de acosar a Chaves por esa decisión de su gobierno, sino de que su gobierno y su partido traten de explicar lo que, a juicio, de la inmensa mayoría resultará, seguramente, inexplicable. No se pueden arreglar las leyes a medida como aquí se ha hecho, ni se debe consentir que quien negocie con una Administración sea hijo o deudo próximo de quien la preside. Eso va a misa se ponga como se ponga Chaves. Desde luego, si no fuera por la propia robustez del tinglado que dejó montado en Andalucía, éste sería el mayor escándalo mediático de la historia autonómica.

Carcajadas municipales

El fracaso de la oposición municipal del PSOE en el ayuntamiento capitalino es la demostración más incuestionable de la mediocridad de los dirigentes locales y provinciales del partido. No pueden con Pedro Rodríguez –no han podido en cuatro legislaturas, de momento—y no son capaces tampoco siquiera de plantear una oposición seria (lo de ‘leal’ ni se sueña, a estas alturas). El mismo espectáculo de antier, cargando contra el alcalde pero volviendo a abstenerse en la votación a favor de los trabajadores del Polo, deja ver a las claras que no tienen idea de a dónde van. Eso sí, los trabajadores defendidos por esa pinza a la griega IU-PP, habrán de tenérselo en cuenta, sin duda. Pocas demostraciones de flaqueza tan fenomenales como esa incapacidad del partido hegemónico para mantener el tipo medianamente ante un alcalde que los pone de los nervios, incluso ausente.

El doble manco

No creo que sea preciso insistir en que el propósito, al menos anunciado, de cambiar de “modelo económico” más o menos por decreto no deja de ser un brindis al sol, venga de la izquierda o de la derecha. En un reciente pronunciamiento aparecido en la prensa inglesa, el viejo maestro Eric J. Hobsbawm ha entrada a saco en la cuestión sobre la base de que el gran obstáculo que se opone a ese cambio fundamental es de orden ideológico y consiste en la quiebra del binomio dialéctico que dio juego a lo largo del siglo XX –la visión de la economía en términos de dos opuestos irreductibles, capitalismo y marxismo–, pero también  en el fracaso práctico de los respectivos sistemas, el colectivista, que quiebra en los años 80, y el liberal que acaba de venirse abajo con estrépito por más que maquinen sus fanáticos sobre las ruinas todavía en movimiento. Ni la derecha ni la izquierda disponen hoy de una idea clara sobre la que asentar su teoría del modelo social, convencida esta última de que el papel del socialismo no debe sobrepasar el objetivo de garantizar una distribución igualitaria en la medida de lo posible, y agarrotada aquella y ésta ante la imprevisibilidad de una crisis que nadie sabe cómo atajar. La invención hayekiana de lo que Hobsbawn califica de especie de “anarquismo burgués” no saldrá de esta crisis mejor parada que el ideal del socialismo planificado y ajeno a la contaminación del beneficio porque, en fin de cuentas, Blair o Brown y, verosímilmente, también Obama  no serían más que otras tantas “Thatcher con pantalones”. No hay más futuro que la vuelta al sistema “mixto” en el que lo público y lo privado se imbriquen de algún modo inevitable pero hoy por hoy no definido. La “teología” del mercado libre global le ha salido por un  pico a las vastas clases medias aparte de apuntillar al difuso proletariado una vez que las dos opciones ideológicas la hubieran aceptado.

 

Diseñar un nuevo “modelo” económico supone, probablemente por ambas partes, superar primero esa mutilación de la ideología. Sobre todo para la izquierda, que deberá romper, en un grado u otro, con los presupuestos con que se ha bandeado mal que bien durante el último cuarto de siglo, para aceptar que el crecimiento ha de ser un medio pero no un fin en su estrategia. Mucha, demasiada tela que cortar, pues, pendiente del sastre reformista, y siempre en la atmósfera adversa de una crisis cuyo alcance no es de momento previsible ni cuyos remedios se vislumbren siquiera todavía. La imagen de un ciego en un laberinto dando palos a diestra y siniestra, la esfinge doblemente manca. Ese “nuevo modelo” de que hablan los propagandistas puede que no esté hoy al alcance de ninguna mano.