Bailar con la rica

Ha dicho el líder comunista Cayo Lara que su partido tiene muy claro quién puede ser (quiere decir, quién sería, llegado el caso) su pareja de baile. Pronunciamiento ocioso dado que IU lleva varias legislaturas mendigando ese baile al PSOE y ve ahora, ante las dudosas expectativas electorales, su mejor ocasión de lograr su viejo sueño. Este personal no es el que representaban Anguita y Rejón, evidentemente, ni tiene dentro de la cabeza más que un turbio residuo radical y una desmesurada ambición política. El PP deberá ganar por mayoría absoluta en ese baile de máscaras si quiere cambiar eso que la propia  IU no ha dejado de denunciar como el gran lastre de Andalucía.

Hasta Bella

El alcalde de Almonte y senador del PSOE, Francisco Bella, tradicional “ecologista del partido”, se ha pronunciado sorprendentemente contra el proyecto de oleoducto de Gallardo que de sobra sabe él que su partido, su Junta y su Gobierno, presidente incluido, dan por hecho. Pero hay en ese gesto una interesante carga ética y política, en especial en lo que tiene de llamada al consenso y de reconocimiento de que consenso es lo que falta en el negocio. ¿No era Bella el ecologista a imitar? Pues ya veremos si lo sigue siendo en caso de no que no modifique su criterio, sabiendo como sabe que el oleoducto es un negocio partidista.

Los nuevos esclavos

En esta sociedad que ha conseguido convertir la maldición del trabajo en objeto de deseo ha surgido de pronto la evidencia clamorosa de la nueva esclavitud. Casos como los registrados en el gigante francés France Telecoms, cuya plantilla de 120.000 empleados registra ya 32 suicidios de trabajadores en un par de años, han encendido las perezosas, acaso conniventes, alarmas de un sistema de explotación modernizado que ha descubierto las enormes ventajas de relación  laboral que le proporciona la crisis generalizada del desempleo. Esta semana el ministerio francés que dirige Xavier Darcos ha estrenado su estratagema de publicar en Internet la lista de empresas clasificadas en orden a su actitud frente a la humanización del trabajo y ha bastado un solo día para que, tras un millón doscientas mil visitas a la página, las denunciadas se precipitaran a ofrecer oficialmente su mejor disposición para estudiar el problema en busca de soluciones razonables. Nadie se atreve a culpabilizar al sistema laboral de esas muertes que las empresas, como es natural, tratan desesperadamente de desligar de los motivos laborales, pero aquí y allá se levantan voces, en especial desde la sociología del trabajo, tanteando la idea de que la grave crisis –32 suicidios no es lógico que obedezcan a razones íntimas—no es sino la consecuencia de un sistema de explotación que exprime cada vez con mayor sutilidad al operario, no ya por medio de la presión directa, sino enfrentándolo consigo mismo en tanto que responsable de una exigencia de productividad que, en muchos casos, logran que la labor trascienda el ámbito laboral para invadir el espacio íntimo del trabajador. Sólo y desprotegido, el nuevo “homo laborans” no encuentra en su centro más que exigencia y en los sindicatos más que burocracia, circunstancia malhadada que bifurca la conducta entre el fraude lafarguiano  del perezoso y el estrés que conduce a la desesperación del obseso. 32 suicidios son demasiados suicidios. Responden a las “monstruosas explotaciones” entrevistas por Rimbaud. La poesía sobrevive al movimiento obrero.

 

La astucia de la razón económica ha creado una nueva esclavitud respecto a la que esos tristes  suicidios son apenas un eco débil del rescoldo espartaquista y lo ha hecho, además, con la complicidad de sus teóricos adversarios, trasladando el conflicto a la propia conciencia ¡agradecida! de quien ha llegado a ver en el trabajo un privilegio superior incluso a la razón de vida. André Gorz, Pierre Naville, sobre las huellas lejanas del catecismo obrerista, lo avisaron en los felices 60. Hoy la utopía, abandonada de todos, consagra desesperada el camino de la morgue.

Déjà vu

Como cuando el “Mystère” de Guerra, Griñán ha cogido su ‘jet’ privado para ir desde Sevilla a Almería en lugar de usar la línea comercial que él mismo inauguró hace pocos días. Sensación de “déjà vu”, de que algo no cambia y se repite en los altos niveles de una política que predica trigo y da cebada, que exige austeridad a todos pero mantiene su gasto suntuario. ¿Por qué un vuelo privado debiendo hasta de callarse? Estas cosas extrañan más en un personaje como Griñán que en el resto de la cuadrilla de ‘parvenus’ idólatras de su Visa Oro. Pero ahí lo tienen: ‘jet privado’ y a otra cosa. Un millón largo de parados bajo su mandato le deben parecer todavía poco.

El culo sindical

Mala cosa hizo Luciano Gómez –el correaje de transmisión mejor engrasado que tuvo nunca el PSOE onubense—al recurrir al título de la película, “Los lunes al sol”, para referirse a la mani de antier. Porque esa ridícula concentración –¿qué son 300 personas en una provincia con tantos miles de parados y sin la menor perspectiva?—constituye un fracaso sindical sin paliativos al margen del pleito que don Luciano se traiga con CCOO. A ese sindicalismo politizado y dócil cuando no demagogo, que encima habla de “camadas negras”, se le vio el culo el “Día de la Industria”. Que no busque excusas porque, sencillamente, no existen.

El símbolo transgresor

Leo con atención un libro sobre un  tema que detesto pero que, enfocado desde el mirador simbólico, da de sí, y nunca mejor dicho, un memorable resultado. Es un libro colectivo, producto de un provocativo congreso sobre la historia de la mierda en el que un grupo de excelentes profesionales, se esfuerzan, haciendo compatible el rigor académico con la libertad crítica, en esbozar una múltiple simbología del excremento cuya silenciosa trascendencia vital nadie ha discutido en serio después de los hallazgos del psicoanálisis. La entidad y sentido de la materia fecal, las causas y razones de su pudibunda ocultación, el enigmático señuelo que constituye para la imaginación infantil, el lugar de la escatología en el pensamiento teológico, la alianza del símbolo excrementario con la crítica política, todo ello y mucho más ha sido abordado con tacto afortunado por este Olimpo bien escogido por el editor, Luis Gómez Canseco, del que a nadie destaco para no ser injusto. Resulta difícil imaginar hasta qué punto ayuda a entender el uso y hasta el abuso que de ella hicieron próceres como nuestro delicado Quevedo o, mucho más tangencialmente, el propio Cervantes en un famoso consejo. ¿Por qué tapamos con tanto celo –tal como hacen ciertos animales– el desecho fisiológico que ha llegado a constituirse en cifra de lo despreciable? ¿De dónde surge ese instintivo rechazo de la naturaleza hasta constituirse en insuperable tabú tanto como en fuente ubicua de cierta despreciada comicidad? Este ensayo múltiple se esfuerza por explicarlo desde ángulos tan diversos como el enfoque sociológico, la atención teológica, la psicología, la perspectiva gastronómica, el moralismo o la mera pulsión transgresora, y lo hace de manera que fuerza al lector –incluso al renuente por principio, como yo mismo— a aferrarse a la lectura como llevado en volandas por la arrebatadora fuerza de la curiosidad intelectual. Me cuentan que el éxito de aquel congreso fue tremendo. La universidad no sabe lo que se pierde sustituyendo la imaginación genuina por sus pruritos convencionales. Me he acordado de lo que decía Antonin Artaud: “La où ça sent la merde, ça sent l`être”.

 

Sobran tabúes como sobran provocaciones. Y la Universidad tiene un ancho campo por delante para abrirse de par en par a la razón liberadora cerrándose a cal y canto frente a la estafa caprichosa. Lean ese libro excelente –“Fragmentos para una historia de la mierda”, editado por la universidad Onubense—y vean, ya de paso, hasta qué punto ha fracasado la subrepticia campaña anticultural del Sistema a la que aún se resisten, y con qué brillantez, nuestros jóvenes investigadores.