El Gobierno enemigo

Como el presente no es un “Gobierno amigo” de la Junta, las energías autonómicas se concentran en oponerse a su tarea por sistema. Hasta una docena de recurso de inconstitucionalidad llevaba planteados el cogobierno cuando ayer se presentó otro sobre la reforma de la Administración Local, lo mismo a propósito de la porfiada Lomce que en materia de energías renovables, reformas sanitarias, gasto público en Educación, horarios y rebajas comerciales, tasas judiciales, ley de Costas o de unidad de mercado. Da lo mismo, porque el caso es oponerse, meter el palo entre los radios a la bici del Gobierno, no dejarlo gobernar en la medida de lo posible. La Junta es una oposición más que un gobierno cuando no son los suyos los que están en el poder.

Apocalypse now?

Cada día me convenzo más que el hombre pensante –del otro, que es el más sólito, como diría Ortega, no me ocupo ahora– es un animal milenarista que vive amedrentado bajo la ilusión del fin del mundo. La última prueba me llega desde la propia Nasa, concretamente desde su Goddard Space Flight Center, en el que unos sabios han construido un modelo matemático demostrador de que esto va tan mal que, en unos pocos decenios, podríamos acabar como el rosario de la aurora, debido, sobre todo, a dos errores humanos: uno, el de sobreexplotar los recursos como si no tuvieran fin, y otro, imponer un sistema de acumulación del capital cada día más desigual. Según esos sabios se abren dos posibilidades a la especie, a cual más catastróficas, en virtud de esas circunstancias, de lo cual concluyen que un crac de nuestra civilización no sería más que un caso particular de una regla común, la que establece que las civilizaciones, como los Imperios, se extinguen más o menos a los cinco mil años y justo a partir del momento en que ya no son capaces de responder a los renovados retos que la vida les va planteando. En fin, cualquiera sabe, pero a mí me da la sensación de que esos “cabeza de huevo” han leído demasiado al pie de la letra a Gibbon y, probablemente, también a Oswald Spengler, cuyo determinismo absoluto –es decir, la teoría de que esas entidades históricas respondían al imperativo isomórfico que puede resumirse en la fórmula “o crece o muere”—dio ocasión a Toynbee a salir en el tercio de capa para negar la mayor proponiendo que eso del “ciclo vital” –nacimiento, madurez, florecimiento y ruina—no era más que otra invención idealista muy apropiada en tiempos en que la duración del Reich se fijaba en mil años. Somos antropocéntricos hasta para inventar sociologías.

 

Aunque el caso es que, a la vista de lo visto, casi encaja esa teoría quiliasta en nuestra experiencia de hijos de árabes, nietos de romanos y biznietos de griegos y fenicios, “optimistas antropológicos” –como repetiría papagayo ZP—que duermen con un ojo abierto por si acaso. Todo ser vivo –y las civilizaciones lo son—se mantiene en una constante pulsión entre la vida y la muerte, entre el orto y el ocaso, entrillado por tensiones opuestas en una lucha por la vida que acaso sea su auténtico motor. Eso sí, tranquilos, porque la Nasa se equivoca mucho, de manera que no hay por qué cubrirse la cabeza de ceniza ahora que aún tenemos reciente la escatológica y cuaresmal.

Pólvora ajena

Menos mal que los jueces han dicho –ya era hora—que procede indagar las eventuales responsabilidades penales de los cargos de la Junta que han propiciado esa farsa increíble de los ERE y las prejubilaciones falsas. Con la misma fecha leo el diálogo al parecer mantenido entre el fiscal-consejero de Justicia y una alcaldesa almeriense a la que le habían construido una depuradora inundable que, en efecto, se inundó: “Y a qué cabeza pensante se le ocurrió construir la depuradora en el río”?, pregunto el consejero, para que la alcaldesa le contestara: “Eso pregúnteselo a la Junta que fue la que la construyó”. Unos por otros y la casa por barrer. Todo confirma la razón que llevan los jueces de que hablamos al principio.

La democracia exaltada

La expresión democracia exaltada encierra un oxímoron: el respeto a la Ley, fundamento último de la democracia, es incompatible con esa actitud que el diccionario define como propia de alguien que se deja arrebatar por la pasión, perdiendo la moderación y la calma. Lo comprobamos hoy oyendo el debatillo provocado por la agresión de un sector ultra de la “marcha por la dignidad” a las fuerzas del orden, agresión extremada a la vista de las imágenes, que mereció una réplica mucho más dura que la empleada por la policía. Sí, ya sé, no me lo digan, lo que mola es censurar toda reacción policial, incluso cuando ésta es mínima comparada con la acción perversa de los rebeldes con causa o sin ella. ¿Hay que juzgar a la marcha en sí por la acción de un sector ultra desborda el derecho a manifestarse? Esa pregunta no se planteaba cuando en España la policía actuaba sin contemplaciones negándonos esos derechos básicos, por la sencilla razón de que quienes se expusieron a lo peor por combatir a la dictadura –básicamente el PCE, para qué engañarnos— sabían organizar su propio “servicio de orden” para garantizar el cumplimiento de los fines que justificaban la demostración, lo que significa, que quienes hoy admiten en sus filas a sectores antisistema, comparten la responsabilidad por lo que pueda ocurrir. Es aterrador el arsenal mostrado por la policía tras las detenciones del lunes como es cómica la estampa de esos malhechores, puestos en libertad con cargos, cuando eran recibidos como héroes a las puertas del Juzgado. La libertad implica la responsabilidad, no olvidemos eso, al menos desde Rousseau en adelante.

 

La asociación de cierta izquierda –IU justifica y el PSOE no se aclara sobre lo que ocurrió—con la anomia es suicida. Un policía es un servidor del pueblo que si se extralimita ha de ser sancionado con arreglo a derecho pero que no tiene por qué dejarse liquidar por un mozo exaltado. Lo demás son cuentos liberaloides, mejor anarcoides, pues bien sabemos, desde que lo demostró Stirner, que lo segundo deriva de lo primero. ¿Qué significa, por ejemplo, la exigencia demente de que no se pague la deuda de Estado o de que dimita y se vaya el Gobierno legítimo? Pues ni más ni menos que la exaltación se agota en el músculo sin pasar por el cerebro. Imponerle un freno a la legítima defensa de esos servidores públicos resulta tan absurdo como en tiempos de Franco resultaba criminal darles carta blanca.

IU por dentro

El coordinador regional de Izquierda Unida, Antonio Maíllo, puede que tenga quien le escriba, no como el coronel de García Márquez, pero tiene que conformarse con un coche de segunda mano y sin conductor, parece que a consecuencia de la estrategia secante impuesta por Valderas y los valderitas de impedirle, en su momento, su salto a la candidatura de la coalición en las elecciones autonómicas, que el actual socio para todo del cogobierno del PSOE quiere reservarse para sí mismo. La partitocracia está reduciendo los partidos a los “aparatos”, o mejor, a quien en ellos va encargado de la palanca principal.

Lágrimas tardías

En medio del fragor necrológico y de la fiebre hagiográfica provocados por la muerte de Suárez estalla como un petardo el memorión de Pedro Cuartango: “En aquellos momentos la prensa lo maltrataba, su partido le había retirado el apoyo, el Rey iba diciendo que su gestión era un desastre, el PSOE había puesto en marcha una operación de acoso y derribo, la Iglesia lo detestaba por la ley del divorcio, la banca no se fiaba de él y los militares lo odiaban”. La mayoría de la voces que ahora oímos ensalzando su virtud, su hallazgo, tan poco español, de la concordia, navegaban hiperactivos en esa “barca de los locos” que acabó encallando donde bien sabemos, como en ella viajaban también los muchos que ahora guardan un silencio hipócrita. Recordemos la Andalucía del “café para todos” y el referendo de Lauren Postigo –cuando ¡un 17 por ciento! de paro hizo decir a González en el Congreso que ese fardo no había nación que lo soportara–, el desahogo de Guerra retratando al Presidente como un “tahúr del Mississippi”, las puñaladas traperas que diariamente le propinaban sus propios edecanes, mientras él improvisaba como podía el vago proyecto de Fernández-Miranda que, según Julio Anguita, ni era proyecto ni era nada: todo había que improvisarlo y se improvisó. No ha habido Presidente más solitario que Suárez. Peguen la oreja y verán cómo ni siquiera ahora musitan una palabra de condolencia sus traidores internos. En el espejo sin azogue de la Historia la realidad apenas resulta reconocible.

 

Recuerdo una tarde relajada en casa de Eduardo Navarro, su colaborador más fiel, cuando estaba a punto de redactarse el Estatuto de Guernica. Eduardo le planteaba preguntas-trampas al Presidente que, por lo general, encerraban un obstáculo pendiente, y recuerdo que Suárez respondía sin perder el compás tras cada una de ellas: “Dios dirá”. Así fue, creo yo, la Transición, un ejercicio de funambulismo mientras artistas y payasos se balanceaban en la cuerda floja, pero me parece a mí que ése no es mérito pequeño de quién tuvo que dirigirla, sino todo lo contrario. Andalucía, sin ir más lejos, no sería lo que es por culpa de Suárez y Martín Villa, es probable, pero no más que tampoco sin la incomprendida finta de Rojas-Marcos, que se inmoló a sabiendas en aquella pira. ¡Y se escandalizaban por un 17 por ciento de paro! A Suárez no lo habrían rescatado sin su tragedia familiar y personal los mismos que hoy lo ensalzan ni los que callan tras ellos.