El tonto del brexit

El presidente Obama ha ido a Londres para felicitar a la Reina nonagenaria ante la que ha argumentado el disparate que supondría un triunfo de los euroescépticos, es decir, del “brexit” aislacionista, y al alcalde de la capital –ese Boris Jonhson que va de clon de Donald Trump desde el pelucón hasta la pulsión racista—no le ha gustado un pelo la visita. Tanto que le llamado “presidente mediokeniano” antes de acusarle de inmiscuirse en los asuntos británicos, como si eso fuera alguna novedad en las relaciones internacionales entre ambos “primos”. Por supuesto, los británicos lo han puesto a caldo, tal vez porque muchos no hayan olvidado que, en un siglo justo, ese primo americano le ha ganado a su país dos guerras, la del 14 y la última, aunque acaso fuera así porque Von Braun no le diera tiempo a sus colegas nazis para desintegrar al átomo. Lo de este Johnson, como lo del chiflado de Trump, permite ver a las claras cuál es la índole íntima del ese populismo excluyente que amenaza con cargarse a la democracia incluso en su cuna británica y, de paso, echar abajo la costosa comunidad europea sin que podamos imaginar siquiera qué iba a ser de nosotros frente al imprevisible diseño del siglo XXI. ¿Se imaginan el futuro imperfecto que se nos vendrá encima cuando Obama se vaya por donde vino y la señora Merkel –que es de lo poco sólido que queda en el continente– se tome su bien ganada jubilación? ¿Y un Occidente más débil que nunca liderado por esos dos payasos, se lo imaginan aunque sólo sea como una remota hipótesis?

No es verdad que todos los tiempos políticos vienen a ser iguales sino más bien todo lo contrario. Por más que clamen los relativistas no es cierto que quienes hoy están a la cabeza de las grandes y medianas potencias sean equiparables a la generación de los Roosevelt, los Churchill, los De Gaulle, los De Gasperi, los Adenauer o los Spaak. El eurocomunismo de Berlinguer o de Carrillo no era ni por asomo como el regreso al sovietismo anacrónico que suponen Syriza o Podemos, como Hollande no es Mitterand ni Maduro es siquiera el mangón de guante blanco que fue Carlos Andrés Pérez, el amigo de González, a quien, desde luego, el empecinado Sánchez no le llega a la suela del zapato. Habrá que creer a Hesíodo en su teoría de las edades decrecientes del mundo que van del oro al hierro. Esta mesocracia intelectual no da para más por mucho que vocee. Lo vamos a ver el próximo 26 de junio.

Malas compañías

Ya es mala suerte –para Andalucía—que no haya lío de relieve nacional en que no se vea metida la comunidad. Ahora el de Ausbanc, el socio de Manos Limpias, los últimos presuntos, por el momento. ¿Será buen o mal indicio político la foto feriante y cariñosa de la presidenta Susana Díaz con el encarcelado Pineda; qué ocurrirá ahora con la acusación de ese arcángel flamígero que era el “sindicato justiciero” en los “casos” andaluces en que anda personado; nadie va a desmentir o decir al menos esta boca es mía frente a la insistente noticia de que Unicaja pagó un millón de euros al presunto chantajista para que dejara tranquilo a su Presidente? No falla: cohete que se pierde, nos estalla en la cara regional. Y ya no se molestan ni en disculparse.

La casa por el tejado

Para Pedro G. Cuartango

Ni los amigos de mi nieto ni mi nieto, en su catequesis gramática, llaman acento al acento: le llaman tilde. No sé bien para qué, porque lo que husmeo en sus correos y chats es una avalancha de la economía ortográfica que, en un plazo más corto que largo, va a dejar en bragas la prosa. Ya ven qué novedad la de nuestros pedagogos y en qué impropias modernidades se funda la enseñanza contemporánea. En Andalucía –la comunidad autónoma más retrasa de educativamente de Europa— acaban de decretar la imposición en la enseñanza primaria de un segundo idioma extranjero, el francés, cuando, ya el primero de ellos, el inglés, viene arrastrando el ala desde que estalló la promesa del bilingüismo. “¿No quieren caldo¿ ¡Dos tazas!”, dice ese adagio que parece inventado por Maese Cabra, y si hemos sido incapaces de romper a hablar en dos lenguas –en Cataluña, País Vasco o Galicia, en tres—ya me dirán como esperan meterle a la santa infancia una más de propina. Aunque me alineo en el ala débil del pesimismo de Pedro Cuartango, he de confesar mi sospecha de que las lenguas nos abren puertas a zonas inimaginadas de la Cultura –que es única, en el fondo—pero que hay alguna brizna de ADN en nuestro cariotipo que se resiste, entre celtíbera y gótica, a asumir las declinaciones ajenas o abarrotar nuestra memoria con otros vocabularios. El Poder andaluz lo sabe: por eso no ha aumentado la plantilla para atender a su nuevo reto. ¡Total…!

En disonancia con el muy difundido entusiasmo por el espectáculo (sic) cervantino perpetrado en el Congreso –un burdo entremés tras cuatro meses sin Gobierno–, no soy capaz de superar la disforia (no es palabra recibida por la RAE pero ya verán como pronto lo es) que me produce ver a la representación popular convertida en un imposible corral de comedias o al sistema educativo con la expresión perpleja y las tijeras en la mano. La lengua de Cervantes y de Valdés, la de Quevedo y Larra, nuestro sabio humor pícaro y nuestra pulsión trapacera, andan amenazadas por la escritura rápida que determina el pensamiento endeble de una sociedad entrillada en el engranaje de un utilitarismo que es pan para hoy y hambre para mañana. ¡Qué bien escribía Garcilaso, qué bien Ortega o Azorín! Pero tres telediarios nos separan ya del idioma degradado, de la gramática cojitranca y de la sintaxis informal de nuestros herederos. Queda poco para que todos hablemos un spanglish tartaja, en el mejor de los casos.

Dos aniversarios

Celebramos hoy, 22 de abril, el cuarto centenario de la muerte de Cervantes. Mañana, día 23, celebrarán en Inglaterra el de Shakespeare. Aquí en España están en marcha algunos proyectos conmemorativos de gran interés, como el asumido por la Real Academia Española de editar la obra completa de nuestro excepcional ingenio, añadiendo a la espectacular edición del Quijote coordinada por Francisco Rico, los dos tomos que recogen el teatro cervantino al cuidado de Luis Gómez Canseco –quien con anterioridad cuidó la espléndida edición de la “segunda parte” del Quijote de Avellaneda– y a la espera de la inminente salida al público de su poesía y del “Persiles”. Incluso tengo entendido que la RAE ha pensado en añadir una edición más elemental, liberada del enorme aparato crítico de las que acabo de citar, para alargar la oferta a un público interesado tan sólo en la lectura de los textos, un gesto inteligente y liberal por parte de los “inmortales”. Sabemos que una amplia mayoría de españoles de hoy y de todos los tiempos vive y muere sin asomarse siquiera a estas páginas insignes lo que no quita que pueda apasionarse por el pretendido folletín del hallazgo de su huesa pero, al menos en esta ocasión, parece que las cosas se están haciendo bien a pesar de que resuene poco ruido en las instancias oficiales. No me digan que no afinó el Destino juntando “en horas veinticuatro” la muerte de los dos gigantes de la literatura europea moderna.

El culto a Shakespeare en su país es más devoto –cinco millones de turistas visitan cada año Strafford-upon-Avon, un precioso pueblito que no llega a los 30.000 habitantes donde aquel genio nació y murió–, a pesar de las graves dudas que sobre él planean hasta el punto de cuestionar su existencia o la autoría de sus obras, en alguna ocasión atribuidas en un acróstico a Bacon de Verulamio, que sólo lo sobrevivió un decenio. Pasado mañana habrá en el país conciertos, bailes y un documental titulado Shakespeare live circulará por los cines europeos. Sobre su tumba (también cuestionada a veces), un tremendo epitafio –como si pretendiera afear nuestra pulsión fosora– maldice a aquel que osara trasladar sus restos. Un par de días para recordar a esos dos creadores inigualables, uno de los cuales reinventó el teatro y el otro se sacó de la manga la novela más prodigiosa de todos los tiempos. Ya que no los honramos en vida, rindámosle siquiera este homenaje póstumo.

Niños trilingues

Seguimos a la cola de Europa en materia de Educación año tras año, pero la Junta tira por alto y se saca de la manga la imposición de una segunda lengua extranjera, el francés, en la enseñanza primaria. ¡Qué bárbaro, qué prodigalidad! Lo malo es que pretende hacerlo sin aumentar las plantillas de profesores, por el sencillo procedimiento de eliminar plazas de maestros generalistas para sustituirlos por otros que conozcan el nuevo idioma. ¿Pasará con las tres lenguas lo mismo que ha ocurrido con el plan de informática para todos en la escuela y en los institutos? Lo asombroso de la Junta es el desahogo con que, lanza en ristre, acomete estos gigantes que de sobra sabe ella que son molinos. Veremos qué dice el próximo “informe Pisa”. Y que dicen los sufridos enseñantes.

La herencia griega

A cada paso surgen motivos que cuestionan la obsesión de nuestros responsables por eliminar de los planes de estudio el latín y el griego, es decir, las lenguas llamadas “muertas”. Estos días no dejamos de oír el término “sicofante” –una vieja palabra griega que literalmente significa “delator del que exporta higos” pero que la RAE, en su Diccionario, crucifica con dos sustantivos fulminantes: delator e impostor—en relación con el hallazgo policial de que las actividades del sindicato llamado “Manos Limpias”, Súperman incansable de la infrademocracia, ha resultado no ser más que una organización criminal –lo dice la autoridad no yo—dedicada a chantajear a quien se terciara amenazándolo con la espada justiciera pero ofreciéndole con la otra mano el silencio a cambio de dinero. Vaya por delante que no comulgo con ese escrúpulo democrático en que se basa la “acción popular”, porque entiendo que para que la Justicia funcione bien basta con que la Fiscalía cumpla como debe su tarea. ¿Por qué encomendarle a un espontáneo la acusación estando ahí el defensor de la Ley? Aunque dicho esto, que me parece obvio, añadiré que cuando en un país –como en España—florece esa amarga planta es porque el jardín está plagado de malas hierbas. En una sociedad normal tiene poco sentido esperar de la iniciativa de cualquiera lo que se sabe que el fiscal se basta y se sobra para llevar a cabo.

Ahora bien, no entiendo la consecuencia que muchos se han apresurado a sacar del bastizano de los chantajistas, en especial por lo que se refiere al efecto que la desaparición de esos delincuentes podría tener sobre la situación de la infanta Cristina, imputada por el juez del “caso Noos”, y no lo entiendo porque, aunque al desaparecer la única acusación que sobre ella pesaba parezca que procesalmente lo que procede es retirarle los cargos, uno se pregunta cómo puede un Tribunal hacer eso sabiendo lo que ya sabe de su participación en el tinglado de su marido. ¿Basta con que desaparezca esa acusación canalla para que los ropones olviden lo ya averiguado, o el fiscal debería tenerlo en cuenta a pesar de su despreciable origen? ¿Pagó la infanta lo que no debía, firmó lo que no debería haber firmado, se benefició del trampantojo a sabiendas? Francamente, detesto a los delatores pero no veo por qué archivar las acusaciones que puedan constar. Roca exige una sentencia para liquidar el caso. A mí me parece más lógico recontar uno a uno los higos de esa canasta.