Murillo puede esperar

Uno comprende que tampoco es cosa de vivir con el almanaque perpetuo en la mano, pendiente de los centenarios de nuestros genios olvidados. De he hecho ha pasado el cuarto centenario de la segunda parte del Quijote sin grandes fastos y nada anuncia que el de su muerte        vaya a concelebrarse mejor. En cuanto al del nacimiento de Murillo, ni palabra. Se iba a hacer según los anuncios políticos una memorable exposición del genio sevillano desgraciadamente mal conocido en España por estar su obra “de pintura civil”, como dice el profesor Vicente Lleó, no sólo en el exterior sino diseminada entre muchos países –Holanda, Austria, Francia, EEUU—con los que una negociación de esta naturaleza exigiría tiempo y destreza. Si viviera don Diego Angulo –que nació en España, en Valverde del Camino, por cierto—, su máximo conocedor, se subiría por las paredes contemplando esta inhibición de nuestras Administraciones a las que lo mismo les da tres que trescientas el hecho lamentable de que para la inmensa mayoría esa obra genial siga siendo malconocida por la inmensa mayoría como un prodigio de la pintura religiosa barroca que, para muchos críticos no es lo mejor que el gran pintor nos legó si se comparan sus vírgenes y santos con la genialidad de sus retratos callejeros, la impronta de aquella España no poco miserable que esos rostros de niños entre pícaros y angelicales nos ofrecen con inocencia. Pero don Diego no está ya entre nosotros y ya me dirán lo que puede esperarse de la sensibilidad de los gestores de nuestra autonomía y de la nación.

¡La que se organizaría si, por desinterés de alguien, se frustrara una Gala de los Goya! Que se olvide la obra de Murillo, que el país renuncie todavía, cuatrocientos años después, a reparar semejante desmemoria, no deja de ser una vergüenza por más que sea lo sólito en este corral de cabras. ¡Aquí andamos pendientes del esmoquin de un descamisado, de los mangazos de una matrona levantina o de nuestros propios saqueos, no jodan, y ya me dirán por qué iban nuestros responsables –que sería curioso indagar cuántos museos han visitado en si vida—a perder el tiempo en hacerle justicia a un genio olvidado! La semana pasada han arrasado en Huelva un importante yacimiento probablemente tartesio y no se ha movido una hoja, ya ven, y en Sevilla no acaba el cuerpo a cuerpo en torno a la imprescindible intervención en las viejas Atarazanas. Murillo puede esperar sentado. Y nosotros, de pie.

Más violencia escolar

Es patente que algo grave está fallando en nuestros centros escolares cuando los actos de violencia de diverso tipo se suceden día tras día. El último incidente se ha registrado en Jaén, donde un menor de 14 años, alumno del IES Federico García Lorca, se ha enfrentado a un profesor en el mismo despacho del jefe de Estudios propinándole un golpe del que hubo de ser atendido por el médico, además de arrojarle una grapadora. Las asociaciones de profesores han reaccionado vivamente poniendo de relieve el alto grado alcanzado por la violencia en los centros, sin que la Junta adopte medidas para combatirla siquiera. Las agresiones verbales o físicas que se producen en centros educativos y sanitarios son un problema creciente que los responsables políticos han decidido ignorar por completo.

Fondo de armario

El manicomio nacional nos ha ofrecido en el fin de semana variados motivos comentables. Ninguno menor que la foto de Iglesias, el de Podemos, luciendo coleta y esmokin en la Gala de los Goya, demostración del mimetismo camaleónico que encierra esta izquierda “emergente” y de su decidida voluntad de poder. No repetiré, porque me parece clasista, eso que dice un amigo mío de que un esmoquin y una coleta juntos hacen de su portador un camarero, pero no crean que no le veo al gesto su importancia. Leo, por otra parte, un editorial de este diario en el que se subraya el sectarismo y la ineficacia de esos salvapatrias a juzgar por lo que están haciendo en los Ayuntamientos en que gobiernan apoyados por la izquierda extremísima o, en un gesto de inaudita ceguera, por el propio PSOE. Y finalmente escucho a Alfonso Guerra –de quien se podrá criticar lo que se quiera pero no discutir ni su capacidad ni su experiencia política—llamar a los camaleones “niños malcriados” capaces de llamar “búnker” a los socialdemócratas o de hacerle carantoñas a los asesinos de ETA. ¡Ya era hora! Se me dirá que Guerra ha esperado para dar su zarpazo a que las posibilidades de pacto de Gobierno entre su partido y el de los del esmoquin quedaran definitivamente rotas pero, a mi juicio, eso no le quita al sartenazo de Guerra un ápice de importancia. ¡A saber cuántos disfraces más tendrá en su fondo de armario el niño mal criado de la provocativa coleta!
Guerra lleva toda la razón y tiene el mérito de haber sido el primero que sin ambages ha criticado a esos oportunistas que se han labrado un presente tenso pero conspicuo a costa del sufrimiento ajeno, eso sí, financiados a manos llenas por las dictaduras más peligrosas. ¿Es exagerado sugerir que esa izquierda ultravioleta podría meternos en un Gulag, lo es compararla con los golpistas del 23-F? Creo que no. Por el contrario, lo que me parece, además de cobarde y oportunista, de lo más antipolítico, es ese silencio expectante, amparado en las buenas maneras, que observan casi todos los demás. Claro que Guerra debe de saber desde el primer momento –desde que Rubalcaba se puso el guante de seda para mimar al 15-M—que el objetivo de Iglesias –antier encamisado ayer con esmoquin– no es otro que destruir al PSOE, es decir, quitarle el sitio a la izquierda tradicional para ocuparlo él. Pues vale, pero, en cualquier caso, él ha cumplido mientras los demás parecen dispuestos a esperar la foto de Iglesias con frac.

Bocas cerradas

Lo normal en estos agitados tiempos políticos es que el funcionario cierre los ojos, los oídos y la boca como los monos famosos. Si los abre y denuncia lo que su conciencia le dice que debe denunciar, va a la calle porque el Poder llama “fieles” a los conniventes y a los decentes “chivatos”. Último caso: el del despido del funcionario de la consejería de Medio Ambiente que denunció un presunto amaño en la contratación de helicópteros por parte de la Junta, al que el consejero Fiscal ha puesto en la calle sin mayores miramientos y –es evidente oyendo a su portavoz–, que con el placet de la presidenta Díaz. La Justicia debe defender a los pocos funcionarios que se juegan el puesto por avisarla de los desmanes corruptos porque en la rectitud ética y moral de los políticos está demostrado que no se puede confiar.

Gallo sin cabeza

La imagen del gallo decapitado que se mantiene erguido su carrera se está convirtiendo en lugar común tertuliano a causa de nuestra acefalia gubernamental. ¿Puede seguir funcionando un país sin cabeza, acaso los Gobierno no son tan innecesarios como nos ha hecho creer el mito del Poder imprescindible? El ejemplo de Bélgica –quinientos días desgobernada por un Ejecutivo en funciones—es invocado aquí y allá invariablemente con el argumento añadido de que ahí está tan pancho ese país, incluso a pesar de sus fortísimas tensiones separatistas. Hasta mi amigo Ignacio Camacho –que se me ha convertido en un referente obligado a la hora de mirar a nuestro alrededor– le escucho por la radio ironizando sobre la “normalidad” que en las alturas del tinglado de la antigua farsa mantienen los aspirantes a mandar sobre nuestras calaveras, enzarzados en su feroz pelea de perros, por primera vez desconcertados por el capricho electoral. Y es cierto: ahí tienen las oficinas abiertas, las pensiones puntuales y hasta los mangazos a la orden del día, mientras los cataclismáticos anuncian la ruina inminente del Estado. “No passsa nada”, como diría Antonio Burgos, porque la incapacidad de nuestros gobernantes nos priven de su imprescindible aunque enojosa presencia siquiera por una temporada, y más con los Presupuestos previsoramente aprobados. Ni siquiera los jacobinos estamos seguros ya de la inevitabilidad de ese Poder en el que Rousseau, como tantos otros pensadores desde Platón, han visto la condición que nos libera del “estado de Naturaleza”.

No me gusta apostar, pero lo haría preferentemente a que pronto nos veremos de nuevo ante las urnas, una aventura que nos va a salir por un pico económicamente, si consideramos los estragos que la inseguridad política está produciendo en la perceptiva inversora y en la atenta pupila de nuestros socios europeos. ¡Vivir sin Gobierno, “¡ni Dios ni amo!” que repetían los ácratas! Hay ilusiones sugestivas, pero ésta es una de las menos sensatas, como la Humanidad sabe por experiencia, y a la que nos exponemos en el ínterin. Vamos a salir de ésta con una pata rota, una vez que Podemos perpetre su objetivo de destruir a un PSOE devorado por la ambición de unos pocos, y un PP hecho cascotes sobre el cuerpo de un Sansón imperturbable, pero saldremos al cabo. ¿A qué precio? Ah, eso lo iremos comprobando en las curvas de la EPA y en el humor nacional. Porque se puede sobrevivir sin políticos, seguro, pero sin política, no.

Los niños perdidos

De creer a la organización “Save the children” o a los servicios de la ONU, Europa ha extraviado, sin tener ni idea de cómo ni por qué, a unos 10.000 niños sin familia, supervivientes de la catástrofe siria y del más lamentable éxodo en lo que llevamos de siglo. No se sabe a ciencia cierta cuántos son, eso sí, dónde desaparecieron ni dónde pueden hallarse ahora mismo, muy probablemente convertidos en lo que la proletarización y el abandono infantil convierte automáticamente a los niños sin familia: en víctimas o en delincuentes. A la UE sólo se le ha ocurrido, de momento, enviar unos miles de mantas para que acaso allá dónde se acurruquen cada noche puedan protegerse del frío severo, pero lo que sí sabemos –lo confirman los propios organismos oficiales—es que las mafias han experimentado un subidón de no te menees tanto con el negocio del éxodo mismo como con la explotación de muchos de esos ángeles caídos. Se habla de comercio de órganos o de explotación sexual con una naturalidad que espanta a quien conserve en el alma una fibra siquiera de sensibilidad, sin que nadie, en todo caso, haya acordado una medida convincente. Diez mil niños perdidos constituyen una efemérides herodiana que, vista desde la confortable Comisión de Ginebra, no pasa de ser un epifenómeno previsible tras un desastre como el provocado por la tiranía siria bajo el ala de Moscú. También hay niños perdidos en Brasil o en Bolivia por no hablar de los pertrechados con un kalasnikov que se retratan ufanos en el corazón de la tiniebla africana.
Hay pocos fracasos de esta sociedad comparables al de la pérdida o sacrificio de esas bandas angélicas. Aunque ésta es la primera vez que se extravían en plena Unión Europea mientras sus dirigentes discuten en círculo vicioso en nombre de la civilización occidental que no deja de ser, por lo demás, la única verdadera. ¿Cuánta infancia sacrificada entre las razias africanas, los desmanes balcánicos o el auge consentido de las mafias? Temo que, sólo en mitad del primer tercio del siglo del Milenio ya hayamos superado todos los horrores conocidos y más aún en razón de que no hay indicio fiable que nos permitan confiar en una reacción moral y política, sino todo lo más los manejos de unos burócratas que ha logrado convertir a la diplomacia en un desconcierto de sordos. Diez mil niños: como su hijo de usted, como mi nieto, como el sobrino del de más allá. Si dormimos tranquilos es porque moralmente estamos muertos.