Vía libre

Extraña reacción  del PSOE frente a los abusos de la Cámara de Cuentas: la de enrocarse en la “legalidad” de los hechos y dar carta blanca a una institución cuyos abusos económicos sonrojarían a cualquiera. Que el fiscal haya archivado las actuaciones contra esos arbitrarios despilfarradores (y algo más) no justifica que el PSOE diga, como ha dicho, que “lo que decidan los suyos, bien hecho está”. Ese será un  trágala, pero la realidad es que la Cámara ha dado varios espectáculos lamentables que lo primero que exigirían es la devolución de lo afanado por sus consejeros. La mayoría absoluta es tan legítima que vale incluso cuando se comporta como una tiranía legal.

Griñán desprecia a Huelva

Créanme José Antonio Griñán no es así, o al menos no era así, como se nos ha aparecido en Huelva, lanzando andanadas verbales contra el plumífero y desdeñando las legítimas preguntas del periódico sobre un asunto tan injustificable (el tiempo dirá) como el del presunto cohecho en el Ayuntamiento Punta Umbría o el emperre de la Diputación contra La Rábida. Se comprende que el Presidente sin partido ha de tratar a sus “aparatos” provinciales con guante de seda, pero eso no justifica ni por el forro el desplante a la opinión onubense que perpetró el domingo.

Los malos modos

Por los fragmentos de un libro adelantados por ‘The Observer’ a sus lectores acabamos de enterarnos de que el “premier” británico Gordon Brown, encima de corto de carisma anda sobrado de mal humor. No deja de resultar desconcertante, incluso para quienes conocimos la cólera aquiliana de Fraga en sus buenos tiempos, escuchar a todo un jefe de Gobierno declarar excusándose que él “nunca, nunca, le ha pegado a nadie”, como si esa simple hipótesis no resultara ya escandalosa y, desde luego, difícil de comprender. El libro, sin embargo, escrito por un editorialista consagrado como Andrew Rawnsley, atribuye a Brown un carácter áspero al que se atribuyen episodios de cólera en los que habría golpeado con fuerza el respaldo de su guardaespalda al recibir una mala noticia y otros lances de maltrato que afectaron por lo visto funcionarios, telefonistas y otros colaboradores de Downing Street. Hasta tal punto ha inquietado la revelación que tanto el jefe de gabinete como el ministro de Comercio han salido a la palestra dispuestos a defender al agresor con un argumento tan pobre como el que identifica los malos modos con el “carácter”, olvidando aquel ‘dictum’ de la reina Isabel que veía en la cólera un recurso inútil de los hombres débiles. Lo que faltaba en esta sociedad que se desliza insensible pero fatalmente hacia la intemperancia y la liquidación del respeto era que a los primeros mandatarios se les fuera la mano con sus subordinados. Da no sé qué escuchar a Brown decir que él cuando se cabrea no pasa de arrojar le periódico al suelo y patearlo pero que no le ha zurrado nadie en su vida (sic). El citado ministro, Mr. Mandelson, ha acabado de arreglarlo al atribuir esas furias al temperamento del ‘premier’ y preguntarnos, el muy membrillo , si acaso alguien preferiría, como responsable del Gobierno, un pusilánime a un irascible. Nunca falta un  roto para un descosido.

 

La crónica histórica está llena de poderosos que defenestraron secretarios y tiranos que pasaron a la historia en el gesto de avasallar siervos, aunque uno lo más que haya visto, en este sentido, a un gran mandatario (andaluz, por cierto) fuera patear las puertas de su despacho  para desahogarse de alguna intrascendente contrariedad. La leyenda sostiene que Felipe II mataba con la mirada aunque, ciertamente, lo hiciera con mayor eficacia (ahí está Escobedo) mediante el verdugo, pero lo normal es que el arrebato sea atributo de los mandones mediocres. Brown mismo es un perdedor que trata, por lo visto, de reafirmarse a empellones con los más débiles y a sartenazos con las secretarias. La cólera no sirvió nunca más que para descomponer la imagen del fracaso.

Un mal recurso

Mala cosa, la retórica, cuando es utilizada en política a falta de algo mejor. El entusiasmo de Griñán, por ejemplo, proclamando que en Andalucía el triunfo siempre será de su partido, o esa cosa tan cursi de que el “andaluz cuando vota mete su corazón en la urna, y su corazón es socialista”, dejan entrever un vacío argumental de marca mayor por parte del poder hegemónico al que los sondeos comienzan a volverle insistentemente la espalda. Mal recurso, la retórica, ya digo. Si el propio Presidente no encuentra nada major que decir, la verdad es que va a ver que ir pensando en tomarse en serio la predicción.

Salir de la “tangente”

Dicho sea en sentido italiano, por supuesto, y sin prejuzgar, Dios nos libre, el fondo de la cuestión que está “sub iudice”, pero la réplica del Presidente de la Junta al periodista que le preguntó por el vidrioso negocio del Ayuntamiento de Punta Umbría no es de recibo. Que el abogado acusador sea un personaje políticamente significado ni quita ni pone al hecho de que existiera esa reunión previsoramente grabada por quien se creyó perjudicado. Es como si se le arguyera a Griñán que los desmentidos del alcalde y sus compañeros de partido no son creíbles por el hecho de ser quienes son. Feo se está poniendo ese asunto. Mientras menos gestos para la galería, en consecuencia, mejor que mejor.

La vida del ídolo

De cara al 65 aniversario del triunfo ruso sobre el nazismo los moscovitas se preparan para devolver a Stalin su perdido lugar en el santuario de la memoria. Las continuas y escandalosas noticias que la prensa económica divulga sobre el enriquecimiento galopante de la nueva jerarquía –las revistas ‘Finance’y ‘Vedemosti’ acaban de constatar un relevo en la cabeza del pelotón que se cifra en cientos de miles de millones de dólares de fortuna–, una gran movilización, respaldada por las autoridades, se propone devolver al “padrecito” el prestigio perdido apelando, sobre todo, a su papel en la dirección de la “Gran Guerra Patriótica”, con claro olvido de las páginas negras de aquella odisea. Stalin habría sobrevivido en la memoria popular por encima del masivo enriquecimiento de esa “nueva clase” incomparablemente más depredadora que la antigua “nomenklatura” y su figura, durante tantos años degradada por el desciframiento de la verdad, parece recuperar su puesto como referente patriótico. En China, por su parte, si hemos de fiarnos del gran sinólogo Alain Roux, el autor de aquel fascinante “El mono y el tigre”, Mao estaría también en trance de afirmarse en la peana dado que, tanto para el pueblo como para el poder, su figura sigue constituyendo un  referente esencial: se habría pasado de la utopía campesina a una sociedad opulenta que crece en tasas desmesuradas sin descolgar los retratos ni abatir las estatuas a pesar de los críticos rigores a los que el mercado emergente ha sometido a vastos sectores de la población. El mito sobrevive a la realidad, como tantas veces, demostrando la limitadísima capacidad de la razón para pronunciarse históricamente. Moscú está estos días lleno de enormes retratos del tirano y burdeles de lujo mientras las pacientes colas sobre la nieve permanecen intactas. ¿Habrá que recordar a Cassirer cuando decía que el hombre es un animal mítico?

 

Los informes sobre la situación social en ambos países son aterradores sin embargo de que conste que el número de millonarios rusos se ha doblado en un solo año y que el de los afortunados millonetis chinos crece en proporción directa a la pauperización de las poblaciones interiores. Pero la memoria permanece inalterable y sobre ella se yerguen firmes los viejos ideales contra los que nada puede, por lo visto, ni la propia evidencia. Stalin y Mao han acabado sirviendo al capitalismo feroz quizá porque el hueco que dejaron en la historia no puede llenarlo el pragmatismo mercadista. Veo en la foto a un pope con el retrato del zar encarado pasivamente al mogollón de los viejos camaradas y pienso que la Historia no perderá nunca, probablemente, su condición de enigma.