La muerte icónica

Un divorcio cualquiera en una familia cualquiera se resuelve domésticamente, al menos de momento, con la discreta retirada del ámbito familiar de las fotos del excluido. En el caso del que ha afectado a la hija mayor de los Reyes y sin embargo no heredera, la Infanta Elena, ese ritual se ha complicado en la eliminación de la imagen de Marichalar no sólo del regio hogar sino de su página web y hasta de las listas reales, un conjunto de medidas tendentes a borrar su imagen y con ella, en el sentido más platoniano, su misma entidad. Para la Familia Real, al menos, ese miembro desgajado no existe desde el momento en que se le ha aplicado de real orden la vieja “damnatio memoriae” en virtud de la cual los romanos eliminaban a los personajes malditos de la vida pública vetando su imagen y ordenando el silencio sobre su nombre. Los sacerdotes egipcios prodigaron esa venganza póstuma martilleando en los monumentos las efigies de los rechazados, borrando sus nombres de la piedra y eliminándolos, en efecto, de las listas sagradas de la dinastía, que venían a ser como la página web de la época de la que ahora se ha caído sin paracaídas el ex-duque de Lugo. En Rusia, en España o en Irak hemos vivido y seguimos viviendo una de esas fiebres vindicativas que pretenden inútilmente enmendar un pasado innacesible a los designios humanos, a base de retirar de la vista y la experiencia públicas las imágenes de los viejos tiranos descabalgando estatuas palomeras y desprendiendo mármoles ultrajados por el relente. La “damnatio memoriae” es el último y patético intento de travestir el fracaso propio. Un faraón no deja de existir porque se pique su cara, se martillee su gracia en la piedra de la pirámide o se prohíba pronunciar su nombre en público.

 

Alguna vez habrá que estimar el papel del fotoshop en la crónica de esta monarquía felizmente instaurada, que lo mismo falsifica un crisma navideño que altera una web si se presenta la ocasión, para rehacer el grupo y recomponer la pose, dejando al relente sin contemplaciones a quien ha sido consorte y sigue siendo padre, ay, de dos de esos herederos numerados. Fuera del clan aguarda sólo la muerte, aunque sea la muerte icónica y el deceso legal, por más que en la foto resultante habrá siempre un hueco invisible, una presencia impalpable, como la que se intuye encima del televisor de los plebeyos cuando la suegra iracunda arranca por las bravas el de la mala nuera o el del yerno perdido. No lo permita Dios, pero tendría guasa que un hijo de ese forzado ectoplasma acabara algún día, por capricho del destino, encabezando esa foto de familia.

El cuarto presidente

Pocas dudas queda, al margen de las escenificaciones que quieran montar, de que el proyecto sucesorio de Chaves no es de su gusto ya y que la autonomía de José Antonio Griñán está en entredicho, condicionada por el viejo partido y quién sabe si acechada por el nuevo. El problema es que si, al final, deciden cargarse también a Griñán y poner en su lugar a otro candidato, estaríamos ante el cuarto Presidente al que desde el partido quitan como si de una pieza de puzzle se tratara. Griñán tiene el derecho y el deber de procurar su capacidad de control. Quienes andan zancadilleándolo tendrán que irse a casa.

Lengua y negocio

Siempre la lengua fue compañera del negocio, diría hoy Nebrija a su Reina atendiendo a las circunstancias. Cierto que esa lengua sigue siendo la “compañera del Imperio”, pero bien sabemos que la utilidad del inglés proviene hoy de su empleo comercial más que de la hegemonía política. Una encuesta reciente del Centro de Lenguas Aplicadas de Washingto, acaba de constatar el cambio profundo de la demanda idiomática en un país que se prepara ya para nuevas hegemonías y, en especial, de la china, del mismo modo que durante las décadas que duró la expansión japonesa, procuró elevar el aprendizaje del idioma nipón. Los datos son concluyentes: más de millar y medio de escuelas tanto públicas como privadas ofrecen a sus alumnos cursos de chino en detrimento de los que hasta ahora venían favoreciendo al alemán, aprovechando, entre otras cosas, la importante ayuda que proporciona para ese objetivo la misma China. Sólo el español y el francés superan, de momento, al chino, aunque las previsiones al respecto son del todo pesimistas, debido, sobre todo, a que la pasividad del Gobierno ha favorecido que casi 30.000 centros prescindan de sus cursos de lengua extranjera. Una activa corriente de propaganda –considerada irresponsable por parte de la prensa más influyente– se ha impuesto a base de divulgar la idea de que el dominio de esa lengua de futuro constituye un resorte decisivo a la hora de colocar a las nuevas generaciones en posición ventajosa. Incluso he visto en el NYT un velado aviso a los navegantes sobre el riesgo que implica menoscabar la hegemonía universal del inglés, pero mucho me temo que caerá en saco roto. Cuentan que los soldados de Vietnam solían aprender a chapurrear la lengua local como imprescindible para su comercio prostibulario. Occidente está aprendiendo chino para no perder comba en los negocios. Parece que estamos en las mismas.

 

Si algo caracterizó la cultura occidental en sus inicios fue la capacidad políglota de unas élites que dominaban las lenguas clásicas y semíticas como requisito de una decisiva operación de cambio de mentalidad y, ciertamente, fue también en esa época cuando se produjo la llamada “moda del español” en el Mediterráneo y fuera de él, en línea con la visión de Nebrija de la lengua y la espada, que era justo la inversa de la cívica imposición del griego como ‘koiné’ en el mundo Antiguo. En USA se está imponiendo a calzón quitado el chino desde la conciencia de que en tan lejanas manos está ya la parte del león de la deuda americana. Siempre la lengua fue compañera del negocio. Nebrija sabría perdonarnos este retoque en su famoso lema.

Faroles

Hombre, uno comprende que en cuestión de propaganda suele aprovecharse hasta las migajas, pero la solemne declaración del portavoz de Griñán asegurando que la Junta de Andalucía ha actuado poco menos que codo con codo con Interior durante la operación antietarra llevada a cabo en Portugal, sería para troncharse de risa si no fuera para llorar. Se comprende que el momento es pésimo, que la Junta no sabe qué hacer ante el millón sobrado de parados, que el campo aprieta, que la educación (objetivo preferente de Griñán) anda manga por hombro y todo eso que hay sabemos. ¡Pero, hombre, para ganar puntos de imagen no nos tome por idiotas! Pocas veces un portavoz juntero había dicho una sandez tan rotunda.

La imagen de Huelva

La Diputación, responsable del lamentable estado de La Rábida ha salido tratando de estrangular al mensajero con el cuento del alfajor de que denunciar semejante abandono es lastimar  esa “imagen de Huelva” que lo mismo le sirve a esta tropa para un  roto que para un descosido. Pero ese cuento no cuela, porque es tan evidente el desinterés de la megalómana Diputación como el contrasentido que supone gastarse millonadas en dudosas campañas por ahí fuera mientras dejan que se venga abajo nuestro patrimonio. Ese gastadero sin fondo de pasta pública que nadie sabe para qué sirve en realidad, lo menos que puede hacer es soportar las críticas que se le hacen desde la objetividad que proporciona una cámara digital.

Vida a la carta

 No sé si tienen ustedes noticias de J. Craig Venter, ese bioquímico excéntrico y millonario que desde hace años viene compitiendo por su cuenta con la investigación oficial y hay que reconocer que con resultados tan espectaculares como los primeros hitos en torno al genoma. Venter va por la vida de sabio caprichoso y urgente, y sostiene que la Humanidad avanzaría mucho más y más rápido si las manos de los investigadores se vieran libres de las trabas que la oficialidad impone, aunque no deja de reconocer que en ello hay riesgos implícitos, algunos de mayor cuantía. La última de sus proezas –tras descifrar el genoma de la mosca o el suyo propio—ha sido desarrollar las técnicas precisas para “crear” una bacteria nueva diseñada de modo que se comportamiento genético permitiera la producción de fármacos, eliminar desechos o producir energía, es decir, hablando en plata, ni más ni menos que producir vida artificial a base de injertar el genoma diseñado a partir de sus componentes químicos en una bacteria receptora previamente despojada del suyo. Se dirá, por supuesto, que para la tradición eso no es crear, ya que no se parte de la Nada, sino de elementos preexistentes, pero no me negarán que la idea de transformar un ser en otro, aunque sea a escala tan diminuta, y conseguir que se comporte como un verdadero transformado rechina en esa zona noble de la inteligencia que llevamos en lo más escondido de nuestras entretelas. Chavelier dijo alguna vez que había dos ideas-fuerza en el origen de la civilización occidental: la griega de causalidad necesaria y la hebrea de creación ‘ex nihilo’.  Ninguna de las son ya garantizables hoy día, al paso que va la burra.

 

Uno de esos sabios visionarios ha dicho algo que me ha dejado temblando: “Se trata de reescribir el genoma de un organismo como si se tratara del programa de un ordenador”, es decir, un proyecto que puede tardar más o menos, pero que más pronto que tarde acabará siendo un hecho de naturaleza parainformática y, en consecuencia, perteneciente a ese nueva área lógica que se funda en la razón cibernética. Debemos de estar, por lo que nos cuentan, en el umbral de una nueva creación de la que, como de la otra, podrán derivarse tanto ventajas como tragedias para una especie que está rematando por su mano el ‘Génesis’ primordial, bien es verdad que sin un ‘plan’ divino sino arrastrada por el humor del demiurgo. Venter dice que, al fin y a al cabo, quien creara nuestra realidad no lo hizo con las manos vacías sino a partir del ‘huevo cósmico’, y en eso no se le puede negar la razón. Allá Venter, pero que desde Luciano a Goethe se repita la fábula del “aprendiz de brujo” no deja de resultar inquietante.