Tocata y fuga

Me he puesto a atar cabos en el asunto de la frustrada fuga de etarras de la prisión de Huelva y les mentiría si les dijera que me salen claras las cuentas. Quizá porque hace tiempo que vivo bajo la sugestión de que cada vez que el Gobierno o el partido que lo sostiene han de vérselas con un problema grave, cada vez que los dos o uno de ellos se enfrentan a un panorama perjudicial ante la opinión pública, parece que hay una Pantoja en la reserva para ser detenida de madrugada con el consiguiente escándalo y servir de señuelo a la ingenuidad peatonal. En el caso de la presunta fuga abortada, fíjense qué casualidad, concurrían en ese fin de semana al menos tres graves asuntos fastidiosos para el Poder: el “caso Chaves”, que va de mal en peor, el desplante de los sindicatos policiales al ministro del ramo en la conmemoración de la matanza de Vic, y la subida de la gasolina y el tabaco, que es, desde luego, una providencia singularísima que permite calibrar el auténtico estado de la crisis. ¿No será la fuga de Huelva una “tocata” como la de la Pantoja en su día y tantas otras en tantas ocasiones? Ya digo que la duda me corroe, pero no me dirán que incluso el desenlace provisional de esa “Operación Choco” –el criptólogo, como se ve, no se rompió los cascos para elegir el santo y seña– sugiere con vehemencia la posibilidad de que, a lo peor, toda esa movida, con sus detenciones y sus registros encapuchados, que ha dado la vuelta a esta España cada día más crédula, resulta no ser más que un montaje de esos en que Rubalcaba es, ciertamente, como tiene acreditado de sobra, un maestro sin igual. Ahí tienen, en fin, los resultados: apenas si se han oído voces de protesta ante el nuevo palo impositivo, ha terminado en paz la ceremonia de las víctimas y hasta el mal trago de Chaves ha logrado cruzar de matute, más o menos aliviado, el fin de semana. ¿Fuga o “tocata”, pues? Son ustedes muy libres de decidir por su cuenta.

 

Es que son ya muchos los sablazos a la opinión, oigan. Es que cuando no se descubre el día antes de la campaña un mal rollo judicial del adversario, es una gran evasión, con helicóptero y todo, la que resulta debelada cuando el escándalo y la protesta amenazan al Gobierno. Quizá, un suponer, si al tesorero del PP lo empapelan antes en el Supremo no hubiera habido necesidad de tanta capucha y tanto registro, sobre todo en un caso conocido, al parecer, desde hace bastante tiempo pero que, miren por donde, ha venido a estallar en la fecha que más convenía al dueño del cortijo. No sé, no sé, ya digo, si son sólo cábalas provocadas por la desconfianza o conjeturas bien traídas por la simple experiencia. ¡Quién duda, a estas alturas, de que una movida semejante sería para Rubalcaba un juego de niños! Hagan sus cuentas, pues, y decidan en conciencia. Siempre será mejor pasarse un pelín de avisado que tragarse como un pasmarote lo que vayan queriendo echarnos.

Veto a la verdad

Están poniéndolo peor ellos mismos, a medida que enredan el “caso Chaves” en infantiles sofismas, proclamas voluntaristas y vetos a la verdad. ¿Por qué se insiste en esconder –a El Mundo, por ejemplo—el expediente que se les muestra a otros medios reconocidamente afines? ¿Qué sentido tiene prolongar esta agonía irreversible negando a la oposición un documento que, en su caso y momento oportuno, podría exigir la propia Justicia? Creo que Griñán –en la buena fe de cuyo compromiso roto sigo creyendo—va a acabar pagando más de lo que le correspondería por imperativo de la lealtad. Tan seguro estoy de eso como de que el fondo del “caso” marcha ya solo, con o sin expediente.

La unión elemental

Parece mentira que los empresarios hayan tenido que pedir a los partidos la unidad de posicionamiento y acción para afrontar la crisis galopante e intentar salir de ella. Que haya que solicitar a los políticos que aparquen sus estrategias de confrontación para lograr un peso que, separados, no se alcanzaría nunca. Que sea la sociedad civil –ésa que no se les cae de la boca—la que haya de erigirse en referente del sentido común y la que tenga que denunciar que “partidos” no llegaremos muy lejos. Los desencuentros y forcejeos registrados hasta ahora en la vida política onubense resultan tan desoladores que pudiera pensarse que no han calibrado o que les resbala la gravedad de la crisis.

Equilibrios del terror

El triunfo de Ahmadineyad en Irán, fraudulento o no, replantea con crudeza al llamado “orden internacional” el viejo y nuevo problema de la proliferación atómica. Coincide, por lo demás, con la protesta de Corea del Norte en el sentido de que podría utilizar eventualmente  su fuerza atómica con fines bélicos, lo que unido al conflicto pakistaní devuelve a la actualidad el tema de la amenaza exponencial que supone la guerra nuclear. En los años 50, en especial tras la adquisición de la tecnología atómica por los soviéticos, se registró un importante esfuerzo racionalizador por parte de destacadas corrientes intelectuales, que trataban de espantar el miedo generalizado en el sistema bipolar de la época, bien con la teoría del “equilibrio del terror”, defendida por Bertrand Russell y Karl Jaspers, ya con la propuesta de un “equilibrio del poder” imaginado por Raymond Aron como el mejor disuasor de una Humanidad que, en definitiva, habría estado en guerra desde sus orígenes utilizando en cada momento las armas disponibles. La idea básica en todos los casos era que la inercia de la racionalidad tecnológica acabaría modificando el añejo estatuto de la convivencia internacional, forzando una tregua que tal vez pudiera acabar conduciendo a las naciones a una “paz perpetua” concebida, no ya a la manera kantiana, sino precisamente como consecuencia de ese equilibrio defendido por los filósofos y que Bell, desde su Arcadia yanqui, entreveía como el ocaso de una historia dominada por la ideología, que era el concepto-señuelo empleado para confinar con carácter definitivo a la utopía. Hoy la amenaza nuclear, en manos de sujetos definidos por un fanatismo superior si cabe al antiguo, no deja ya margen a los filósofos para sus travesuras sino que constituyen lisa y llanamente una amenaza apocalíptica que nadie en sus cabales osaría encajar en un equilibrio imaginario. Ahmadineyad, viejo terrorista, lo mismo que el majareta de Kim Jong Il, no caben en ninguna hipótesis narcótica.

 

La verdad es que el club atómico no ha hecho más que crecer a pesar de los grandes montajes propagandísticos de desarme escenificados varias veces, aparte de que la reciente ampliación a países sujetos a regímenes insensatos como los mencionados supone un riesgo nuevo, incompatible ya incluso con la peligrosa idea de que el miedo generalizado garantiza la paz. Hoy ya hasta se abre paso la idea de que si el peligro coreano está a buen recaudo encajonado entre Japón y China, el que supone que una teocracia agresiva como Irán –que ha prometido “borrar a Israel del mapa”— disponga de un arsenal nuclear, podría, sin embargo, ser tolerada en determinadas circunstancias de dudoso control. Quizá nos espere otra década como aquella lejana de los 50 postbélicos sin excluir la posibilidad de que en ella aparezca tonante algún profeta anunciador de un nuevo “equilibrio”. Aron pensaba que ningún país debería poseer una potencia armamentística que, llegado el caso, impidiera al vecino defenderse. Hoy, en mano de esta caterva, vamos despendolados justo en el sentido puesto.

Triste sofisma

Todo el mundo es consciente de que el “apoyo” familiar e institucional a los terroristas etarras presos en nuestras cárceles no es sólo una acción humanitaria sino una estrategia directa o indirectamente diseñada por la banda. Por eso no es admisible el argumento dado por la activista onubense detenida en relación con la frustrada evasión planeada para la prisión de Huelva, en el sentido de que su colaboración humanitaria es ciega y prescinde de ideologías, pues el terror no es una idea ni sus irreparables efectos pueden ser considerados políticos en sentido legítimo. Ayudar a los fines del terrorismo, en cualquier circunstancia, nada tiene que ver con la solidaridad y menos, por supuesto, con el sentimiento democrático.

Gato por liebre

Está muy bien el tren ALVIA –tres cuartos de hora ahorrados en el viaje a Madrid—pero quede claro que el tren ALVIA no es el AVE y que el compromiso adquirido, como no podría ser de otra manera, con la sociedad onubense, es traer el AVE a Huelva y no un  sucedáneo. Otra cosa sería dejara Huelva retrasada respecto a las provincias hermanas y, una vez más, retrasar el reloj de nuestra estación media hora respecto a las demás. Y aparte de todo, una cosa es un servicio completo de ese sucedáneo y otra un solo viaje casi testimonial, que no resuelve nuestro aislamiento relativo. El Gobierno y la Junta tienen que cumplir con Huelva sin trampas. Y esta solución (¿) del ALVIA no deja de ser eso, una trampa para justificar un incumplimiento.