La estrella fea

En el programa británico “Britain’s Got Talent”, uno de tantos trampolines para artistas desconocidos como pululan en los medios audiovisuales, el gran éxito no consiste en descubrir estrellas convencionales, es decir, atenidas al canon que exige unir belleza a arte en la misma persona, sino precisamente en todo lo contrario, a saber, en hallar auténticas estrellas inimaginables bajo su impropia apariencia. Hace un par de años descubrieron en él a Paul Potts, un galés acomplejado que se ganaba la vida vendiendo móviles, y sorprendió a la audiencia que lo había acogido con una sonora rechifla interpretando una de las más bellas arias de Puccini, nada menos que “Nessun dorma”, el poema en que ‘Calaf’, el héroe de “Turandot”, culmina la intriga de la famosa obra inacabada. Y ahora es una desempleada escocesa, que se habría pasado la vida entre fogones, la que acaba de provocar la sorpresa de ese público no poco sádico levantándolo en vilo con su interpretación  de “I dreamed a dream”, una sonora pieza de “Los miserables” que ella logra elevar de manera inaudita. Ha nacido una estrella: 600.000 amigos la aguardan en ‘Facebook’, sus discos son arrancados por millones de las manos a los vendedores, triunfa en la tv americana y debe soportar que los infames de la industria del porno le ofrezcan un millón de dólares por participar en una orgía que será mucho más atractiva para sus miserables consumidores sabiendo que esa estrella fea –con cierto aire de ‘border line’ y que, en efecto, padeció cierta discapacidad a consecuencia de una anoxia padecida al nacer–, confiesa no haber sido besada jamás a sus 47 años cumplidos. Es el éxito forzado por el revés y la apoteosis friqui sobre el repugnante cinismo de nuestras sociedades.

 

No hará falta apostar a que todo en ese programa era un truco bien amañado ni explicar que estas exhibiciones de “fair play” encubren un miserable manejo de la pulsión vejatoria sublimada finalmente en ese delirio con polvo de estrellas en el que los guaperas y las tontitas del jurado ponen caras de sorpresa para engallar a un público primario que se deja avasallar por su cínica propuesta hasta terminar entusiasmado. Produce tristeza, junto a la alegría del éxito, esta evidencia de que, en realidad, lo que se juega en esa timba tramposa no es tanto el talento como el contraste y la sorpresa que supone encontrar una voz prodigiosa bajo una apariencia grotesca. La atracción de la estrella fea, el valor inverosímil hallado fuera de la convención. Oyendo a uno y otra, siente uno el mayor desprecio por esta tragicomedia humillante que cobra con usura al pobre friqui talentoso el precio de su redención.

Llega el ‘cambio’

No sé ya –he perdido la cuenta— cuántos ‘cambios’ lampedusianos lleva acometidos el PSOE en Andalucía para que nada cambiara en el partido. Ahora se predica que Griñán va a auspiciar uno nuevo, creer en el cual cuesta más todavía, toda vez que él mismo ha sido el cerebro económico de la anterior etapa. Un cambio. Un todo caso, es preciso para sacar a Andalucía de esta posición pésima en que la deja Chaves, por mucho que las circunstancia convencionales se hayan modificado, como en todas partes, y mucho, en este cuarto de siglo. Habría que ayudar a Griñán por el bien de todos sin dejar de exigirle que, de verdad, esto deje de ser el cortijo que ha venido siendo.

¡Cráneo privilegiado!

El secretario provincial de UGT, compañero Puente, ha descubierto la manera de salvar la responsabilidad de su “partido amigo” en el desastre de nuestra política económica y de empleo, y de paso reconocer el desastre que padecemos. No hay esta vez cuentos sobre la buena marcha de Huelva, sino el reconocimiento de que la crisis se ha cebado en la provincia echando al infierno del paro casi a 50.000 onubenses. Pero se sugiere que la culpa es del “sistema anterior”. ¿Y cual era el “sistema anterior” sino el mismo con el que trabajaba la Junta de Chaves y el Gobierno de ZP? Hay que salir purgados de esta crisis. Será muy bueno para ello, olvidarse de partidismos para manejarse con la verdad por delante.

El color del dinero

El coordinador general de IU, Cayo Lara, ha tenido una ocurrencia divertida a propósito de los billetes de 500 euros, esos mismos a los que la guasa nacional llama los “Bin Laden” porque todo el mundo quiere trincarlos pero nadie sabe dónde están. La propuesta de Lara consiste en tintar esos enigmáticos billetes con un color distinto al morado original, de manera que los tenedores no tengan otro remedio que llevarlos al Banco de España para su oportuno canje, una medida que él calcula que en sólo tres meses lograría sacar a la luz los 114 millones de billetes existentes  cuyo valor es de 56.000 millones de euros. No está mal traída la ocurrencia de este “arbitrista” sobrevenido, pero mejor estaría que el Poder acometiera la didáctica tarea de descubrir a los ciudadanos las circunstancias y resortes de ese pufo gigantesco que debe de ser, pienso yo, el mayor que ha registrado la historia de nuestros dineros patrios. Los españoles no suelen saber, supongo, que España posee uno de cada cuatro de los billetes de ese valor que circulan en el mercado europeo y menos todavía quizá que el volumen de nuestros ”Bin Laden” suponga el 65 por ciento del dinero que mantenemos en circulación. Lo que no faltan son pistas, desde luego, como parece indicarlo el hecho de que desde que estalló la burbuja inmobiliaria española hayan desaparecido del panorama no menos de tres millones de esos exclusivos billetes, sin duda un factor capital en la economía negra que tanto ha contribuido a la actual situación catastrófica. No habría que echar en saco roto la ocurrencia de los de IU, aunque mucho me temo que esos afortunados tesoreros tengan ya en mente una nueva estratagema.

 

Un alto cargo policial llegaba a preguntarse a este propósito, no poco ingenuamente, si alguien se habría vuelto loco en la Casa de la Moneda a la hora de darle al manubrio de la máquina. Pero ésa es una teoría que no comparto porque parece suponer que la avalancha en cuestión no es más que un efecto no previsto de la decisión política, cuando todo indica que más bien hay que ver en ella el resultado de unos cálculos más que repensados y a los que, obviamente, no podía escapar el uso defraudador que habría de darse en el mercado negro a tan cómodos instrumentos de pago. Tendríamos que ir acostumbrándonos a aceptar que en los estropicios derivados del tráfico económico es tanto lo que se debe a la iniciativa privada como a la complicidad de los poderes públicos. Verán, por ejemplo, cómo no le hacen ni caso a Cayo Lara, con lo bien traída que está su maniobra debeladora. Dicen por ahí los escépticos que a Bin Laden no lo trincan porque no conviene a más de uno. No sé si pensar que tres cuarto de los mismo puede que esté ocurriendo aquí con los invisibles billetes de 500 euros.

Coge el dinero y corre

La Junta de Andalucía debería averiguar por qué y cómo se ayudó a esa empresa propiedad al 50 por ciento de un alcalde sociata que, tras recibir un importante aval de la autonomía presentó sin demora un expediente de despido. No hay nada que objetar a que la Administración apoye a las empresas en dificultades, por supuesto, pero parece que no es mucho pedir que las subvenciones del tipo que sean se den sólo cuando consten unas circunstancias favorables y haya, al menos, garantías razonables de continuidad en sus actividades. Aquí ha habido ya demasiados Boliden o Delphi como para mantener un régimen de ayudas que propicia casos como éste.

IU se mueve

Parece que le ha costado lo suyo a Pedro Jiménez revalidar su cargo de jefe provincial de IU. Que más de uno de cada cuatro compromisarios le haya dado la espalda es una prueba de buen funcionamiento interno, pero también de que su gestión está siendo cuestionada en amplios sectores del partido que ven en la estrategia de nadar y guardar la ropa que Jiménez gasta en materia de pactos (apoya al PSOE a ultranza pero llega a acuerdos con el PP) no encaja en el horizonte de un partido con las ideas claras. El valderazo de Bollulos le ha salido esta vez por un pico. Por el bien de la coalición lo suyo sería, precisamente, que busque su independencia y ponga en claro sus propias ideas.