La paridad india

La Cámara Alta del Parlamento indio ha aprobado esta semana una ley de cuotas para la mujer que aguardaba turno desde hacía decenios. El triunfo por consenso ha sido pírrico, desde luego, en la medida en que el acuerdo de reservar un tercio de los escaños disponibles a las mujeres incluye condiciones que favorecen de manera descarada a las castas privilegiadas del sistema, que van a permanecer intactas a pesar de los vientos de cambio. Sabemos más bien poco por estos lares de ese coloso de 1.160 millones de almas (y de cuerpos, ay), que crece a un 7’5 por ciento en medio de la crisis mundial pero a cuya economía auguran los expertos, con crisis o sin ella, el doble de energía para muy pronto y el cuádruple allá para el año 2020. India no es hoy sólo una economía emergente sino que ha visto transformarse su sociedad en términos vertiginosos en buena medida a causa de la incorporación de la mujer al trabajo, pero los expertos coinciden en que el país está pagando un alto precio por este abrupto cambio en las relaciones familiares que ha provocado una auténtica “crisis de hegemonía” entre los varones, hoy más numerosos en la consulta del psicoanalista que las mujeres y el siete por ciento de los cuales acaba divorciándose, aparte de hacerlo en una progresión que se acomoda enteramente al aumento del trabajo femenino. Una sociedad tan fuertemente patriarcal (todavía funciona en ella en la práctica la “justicia familiar” que, llegado el caso, incluye la muerte de la mujer) vive con desasosiego esta última vuelta de tuerca que es la libertad de la hembra y su libre competición con los machos, teniendo en cuenta que, de modo paralelo, subsisten en ella costumbres tan bárbaras como la de abrasar con ácido la cara de la mujer que rechaza al enamorado. Claro que como en China o Japón –como en todas partes, si me apuran—esas cuotas afectarán casi en exclusiva a las hembras pertenecientes a grupos dominantes mientras que en el país que sigue ostentado el liderato mundial de la pobreza, perece cada año cerca de un millón de parias por beber agua contaminada. No van a dar abasto, las nuevas paritarias.

 

Se debate en la prensa india cuál será el impacto de esas cuotas femeninas en la vida del país, pero la estadística avisa ya que, desde que comenzó el inevitable proceso de protagonismo femenino, dos de cada tres matrimonios acaban seriamente perturbados cuando no rompen provisional o definitivamente, un dato sólo ligeramente peor que el que, en idénticas circunstancias,  se constata en nuestras sociedades. Por arriba, se entiende, ya que por abajo todo parece seguir imperturbable su curso de toda la vida.

Política rastrera

No se  había oído uno mayor desacato ni expresión más impropia de un alto responsable político, que la escuchada al ex–presidente del Gobierno en el Congreso del PSOE-A llamando “ganao” a los jueces responsables de una Justicia que desde luego no ha sido él quien más ha respetado en esta democracia. ¿Qué se le podría llamar a los políticos, sin salir de su partido o saliendo, que andan metidos hasta las trancas en la corrupción cuando no se han visto mezclados hasta en actos de terrorismo de Estado?  Cuando Guerra dijo que Montesquieu había muerto expresaba lo que en su partido es una intensa aspiración: la sumisión de la Justicia a la Política. González, el de Guadalajara, lo ha refrendado ominosamente ante el pleno de su partido.

El juego sucio

Se comprenden los agobios que el PSOE pueda padecer en Punta Umbría mientras se resuelve y no el, desde luego, enojoso “caso” de su alcalde, favorecido por la Junta de Andalucía con subvenciones superiores a las asignadas al propio pueblo. Pero una cosa es resentirse y otra, inaceptable, incitar a los ciudadanos a la “rebelión cívica” contra el Partido Popular, sobre todo porque ese concepto, “rebelión cívica” resulta incluso incomprensible en democracia y más en un pueblo donde este rifirrafe ha roto ya en amenazas concretas contra la integridad de los rivales. La autoridad debería intervenir, en todo caso, para obligar al partido a rechazar semejante barbaridad.

El color de américa

Un estudio flamante del sociólogo americano Kennet Johnson, a quien debemos ya diversos hallazgos de primer orden, pone en guardia al país sobre el hecho decisivo de que este año de gracia de 2010 será el primero en la historia de aquel gran país multirracial en el que el número de nacimientos acecidos entre la mayoría blanca será inferior al registrado en el seno de las minorías llamadas ‘étnicas’. El decrecimiento de la natalidad entre una población blanca cuyas mujeres retrasan cada año más la edad de la reproducción (se calcula que casi dos tercios de las madres yanquis son lo que ahora se llama “primíparas añosas”) enfrentada a la enérgica respuesta reproductiva de de las minorías y, en especial, de la hispana, plantada ya en una media de tres hijos por madre, permiten a los demógrafos calcular que, para el año 2042 aproximadamente, los EEUU no serán ya el país multirracial cuyas tres cuartas partes son hoy de raza blanca, sino unan república nueva en la que los blancos serán la minoría y el bloque étnico, tomado en su conjunto, la mayoría sobrada del país. El mundo deberá prepararse para ese futuro inquietante en el que va a invertirse el peso poblacional de los países desarrollados abriendo un panorama hoy difícil de valorar pero en el, sin duda, la historia habrá de enderezar su curso para adaptarlo a mentalidades inevitablemente nuevas para las que no contamos con ninguna previsión razonable. Graves cambios sociales, convulsiones radicales en el ámbito de la cultura, reajustes en todos los ámbitos de la vida abrirán ese futuro a una experiencia que, ciertamente, no fue ni entrevista por los padres fundadores, como resultaban imprevisibles en una Europa a la que todavía la mirada del sabio Sauvy veía alarmada como una muchedumbre blanca que crecía maltusianamente por encima de sus propias posibilidades materiales. Una gran fosa va a abrirse en el psiquismo de un “primer mundo” que, además de progresivamente multirracial, va siendo también ya multirracista. El forcejeo propagandístico que esta temporada traen entre manos Le Pen y sus sayones no me parece una casualidad desprovista de motivo.

 

Va a cambiar de modo decisivo, no lo duden, el criterio preciso para enfrentar esta realidad nueva. ¿Quién dirá pasadomañana en Francia, como aún decía Michelet hablando de la patria, que el elemento fatal de la raza resulta secundario porque un país, en definitiva, es “hijo de su libertad”? En ese cambio de color de la gran América reside quizá la clave más decisiva de un futuro que pocos habían entrevisto y que plantea descarnadamente el decisivo dilema entre la nueva integración y un multirracismo todo menos tranquilizador.

 

 

 

Belmonte

Salir victorioso por un 99’8 por ciento de los votos en un congreso constituido en su inmensa mayoría por cargos que viven del partido no debería engañar –ni seguramente engañará—a Griñán, que debe comprender que estos desbordamientos sentimentales y orquestados tienen poco que ver con la realidad de la lucha política. Aparte de que de ese congreso no ha salido una sola solución para la crisis –Borbolla ha dicho que no existe ninguna, fuera de “buscar la cara a la gente”—sino más bien la confirmación de que el PSOE gobernante no sabe qué hacer con ella. La prueba de Griñán no era la de antier, sino la de las municipales. Entonces sabremos –si es que lo dejan llegar vivo a ellas—cuáles son sus posibilidades políticas reales.

 

Sueltos de mano

El traspiés del PSOE municipal , sorprendido por la diligencia del gobierno en convocar el Pleno solicitado para discutir, una vez más, sobre Aguas de Huelva, no es de recibo. ¿Por qué se exige un Pleno antes de saber que se va a decir en él, cómo sin argumentos se permite una oposición de pacotilla descalificar un proyecto municipal tan importante? Yo comprendo la dificultad de encontrar esos argumentos contra la privatización por parte de quienes se han acreditado tantas veces como privatizadores implacables, pero ni eso disculpa a ese grupo municipal de su insolvencia. Hay que trabajar antes que criticar. Puede que la hegemonía ‘pepera’ en la capital deba mucho a esta incapacidad demostrada de sus adversarios.