Que vienen los rusos

Las minervas que cuidan de la integridad y la salud en ese paraíso de las mafias que es la Rusia postsoviética, han decidido –en una acción que Andrés Marín calificaba ayer de ‘extravagante’ y lo es—vetar la importación a aquel gran país  de los exclusivos productos de nuestros cerdos. Con su pan se lo ayunen. Hay mercados de sobra en el planeta para nuestros jamones y embutidos, tantos que es de temer que acaben poniéndonos por las nubes a sus genuinos productores el inmemorial placer de su consumo. Aparte de que no hay que descartar que el fantasma de la gripe haya servido los propósitos de alguna de esas organizaciones que acaso buscan mercados más favorables a sus intereses. Rusia es hoy un cachondeo y algo peor. Son cosas que conviene saber para poner las demás en su sitio.

Vox populi

En una ocasión, el fundador del fascismo español, Primo de Rivera, explicó la contradicción interna de la decisión democrática con un ejemplo que a él (y a muchos) les pareció de cajón. Decía el ‘Fundador’ que la Verdad con mayúscula escapaba por sí sola al procedimiento del debate puesto que si, un poner, un Parlamento decidiera que Dios no existe habría sentado un peligroso precedente de una mentira legal. Las Cámaras valen para lo que valen y santas pascuas, es decir, pueden servir –razonaba aquel pensador—para decidir trámites que afecten a la vida contingente y sus complicaciones pero en absoluto para dilucidar entre al verdad y la mentira, o si se prefiere, entre la Verdad y el Error, habida cuenta de que, más allá y por encima de la ficción hipostática, una reunión  de señores, por muy electos que sean, no tiene por qué garantizar la primera. Estos días se va a debatir en la comisión de Cooperación Internacional del Congreso una incómoda iniciativa de IU-ICV que quiere que la Cámara se pronuncie sobre la notable pamplina que, en materia de condones, lanzó el Papa nada menos que en Camerún (un país azotado sin piedad por la pandemia del sida), o sea, si no he entendido mal, que el Congreso decrete si el papa lleva o no lleva razón en algo que, por otra parte, nadie discute. No se trata, evidentemente, de asistir a un país asolado por aquel contagio sino de sentar laica cátedra, con las del beri, en torno a una opinión que no deja de ser personal, por muy papa que un papa sea, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de un célibe. Qué verdad es eso del adagio vulgar de que cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata moscas.

Siento que me repito, pero es que los hechos (la gripe porcina, el duelo de ‘princesas’ o el zambombazo del Barça) están haciendo buena mi preocupada sugerencia de que la necesidad de ocultar los rigores de la crisis están dando paso a una imprevisible serie de novedades y alarmas que lo más probable es que no vayan a ninguna parte pero que, de momento, ocupan los titulares y, con ellos, la capacidad de atención de la grey indefensa. ¡Qué querrán que salga de ese falso debate si hasta hay diputados de la oposición  conservadora contrarios al dislate papal! Se trata, obviamente, de armar ruido –mediático sobre todo–, entre otras cosas porque, desgraciadamente, nada de lo que pueda establecer el criterio, bueno o malo, de nuestros parlamentos cívicos influirá lo más mínimo en actitudes que, por incomprensibles que nos resulten, han  sido pesadas y sopesadas antes de ser lanzadas al aire. La verdad es que uno tiene la triste sensación de que cualquier día esta panda hace realidad la hipótesis grotesca de Primo con tal de escapar a la realidad, que es la que aprieta.

Justicia imposible

Lo malo es que nos estamos acostumbrando a aceptar como ‘normal’ el atasco en los juzgados, el hecho de que en 2008 se registraran casi dos millones de nuevos casos, un demoledor 2º por ciento de aumento, y de que en el mismo periodo se resolvieran casi otro tanto. En lo penal, en lo civil, en lo contencioso, en lo mercantil. ¿Es posible mantener este ritmo de crecimiento del caos? Y lo que es peor, ¿puede de verdad producirse una Justicia seria en ese agobiante régimen de prisas? La Junta mira hacia otro lado y los ciudadanos, menos cuando les concierne de plano, lo mismo. Pero la realidad es que una Justicia así es, de hecho, imposible. Un día nos caeremos en esa cuenta en medio del desastre.

Huelva pobre

Ha sido tremendo el informe sobre nuestra pobreza lanzado por la asociación ‘Resurgir’ y la Universidad de Huelva, dos voces comprometidas con la realidad onubense. Barrios prácticamente enteros bajo el umbral de esa pobreza visible o disimulada, tragedias familiares a millares, situaciones de auténtica miseria. La crisis aprieta en casa y sólo los optimistas de profesión pueden decir que va de paso, pero la gente malvive a duras penas contrastando con el optimismo forzado de las autoridades. Pronto va a resultar imprescindible una reacción frente ese azote que la sociedad civil, aunque lo intente, no puede conjurar con sus propios medios.

Gordos y flacos

En los últimos tiempos se multiplican las protestas y denuncias de las discriminación que sufren las personas pasadas de peso no solamente en el trato diario, sino en el ámbito profesional y en ciertas circunstancias claramente injustas. Lo último del género es el proyecto de diversas compañías aéreas americanas y francesas de implantar un suplemento en el pasaje de las personas con sobrepeso o, en su defecto, hacerles pagar dos billetes a cambio de ocupar dos asientos, pero lo curioso es que la idea no procede en este caso de la avaricia recaudatoria –hace poco el baranda de una de una aerolínea anunció el disparate de cobrar a los viajeros en pleno vuelo por el uso del lavabo—sino que encuentra su base en la propia opinión pública expresada en una encuesta de base ciertamente enorme en la que prácticamente la mitad de los usuarios se mostraba de acuerdo con la medida. En Francia ya se han pronunciado incluso los tribunales, pero mientras en Gran Bretaña, donde tienen problemas con la báscula uno de cada cinco ciudadanos, ha dado mucho que hablar el caso del cantante Rick Waller que se considera maltratado a causa de su obesidad, sobran las constataciones de que las personas de peso excesivo son discriminadas abiertamente en el mercado laboral, donde los sondeos revelan que más del 90 por ciento de los empleadores prefieren contratar flacos antes que gordo, como si trataran de prolongar la preferencia del Julio César shakesperiano por los hombres gordos y calvos así como su aversión y desconfianza respecto a los flacos como Casio. En México, por ejemplo, donde se estima que la gordura afecta al 30 por ciento de la población (es el segundo país del mundo en ese ránking) crece a ojos vista, al parecer, esa discriminación en el trabajo al tiempo que se endurece el trato social en general, y muy en especial contra los niños y mujeres  obesos, pero se estima que en Europa, en general, los empleadores tiene una clara preferencia por los flacos a la hora de contratar personal.

 

La obsesión por el peso en nuestras sociedades tiene, por tanto, sobradas razones al margen de aquellas de naturaleza obsesivas que suelen ocupar la atención crítica, de tal manera que cada vez resulta menos fácil oponerse al culto maniático o enfermizo de  la esbeltez. Se penaliza al grueso, se maltrata al niño gordito en la escuela, se descarta contratar al candidato entrado en carnes, se rechifla contra la mujer gruesa, al tiempo que la buena conciencia y otras “correcciones” claman por eliminar el ideal estético de los flacos excesivos. Y si Dios no lo remedia, incluso habrán de pagar doble billete en los transportes públicos con la anuencia de la mayoría. No sé que pensaría Shakespeare, seguro trasunto de su ‘César’, si levantara la cabeza en medio de este nosocomio.

Cobayas humanas

No es nuevo el fraude científico ni la connivencia entre investigadores, publicaciones científicas y compañías implicadas. Varias veces hemos citado los divertidos ensayos de Di Trocchio, demostrativos de la amplitud de una actitud tramposa que alcanza, en todas las épocas, hasta los sabios más encumbrados. Particularmente en el terreno de la investigación médica, donde el negocio de la farmaindustria financia a manos llenas los proyectos de investigación y se encarga de difundir los resultados que le son favorables ocultando los adversos. Recientemente se ha descubierto el caso clamoroso del doctor Scott Reuben, responsable de las investigaciones que “demostraban” la eficacia de cierto fármaco y que se han demostrado completamente falsas: ni era cierta la virtud concluida por el investigador, ni los trabajos del sabio eran más que camelos financiados por varios laboratorios de primer orden que han obtenido a cambio, según los servicios de control que han intervenido en la estafa, colosales beneficios. Otra vez el caso del coreano que dijo haber clonado un ser humano, el de su colega descubierto en Italia tras un fenomenal rifirrafe, el de quién sabe cuántos embusteros más, entre los que hay que incluir, como es bien sabido, al propio Gallo, descubridor del virus del SIDA. En la revista ‘Science’ puede leerse un informe de la universidad de Texas que logró comprobar 212 casos de artículos duplicados, es decir, firmados por autores distintos sobre textos idénticos, y reputados organismos vienen cuestionando la connivencia entre esos investigadores y los laboratorios que pagan sus pesquisas a la hora de disimular los malos resultados o de amplificar en publicaciones prestigiosas el alcance de los beneficiosos para sus propósitos. Se asegura que millones de personas han recibido tratamientos no garantizados con esos productos en estudio. Di Trocchio no exageraba. El mercado del fraude científico está acaso en su mejor momento.

No sabemos, realmente, cómo de grande es el laboratorio en que hacemos de cobayas humanas, y no vayan a creer, como se ha dicho tanta veces, que sólo en países atrasados cuyas masas pobres han servido durante años para el caso. Incluso hay quien arriesga la posibilidad de que no sea pequeño el volumen de medicamentos que circula con patente de corso por nuestro botiquín, en ocasiones contando con la indigna complicidad de los poderes públicos. Lo que resulta menos tranquilizador aún es enterarnos de que hasta algunas instituciones científicas entre las más acreditadas participan de ese pufo que, como es lógico, las autoridades del ramo tienen escasas posibilidades de descubrir frente a la bien tramada cooperación de unos ‘sabios’ ambiciosos y sin escrúpulos. Lo de este Scott Reuben no es el primero ni ha de ser el último caso de infidencia científica en esta civilización que prospera a base de ‘burbujas’, rara vez, no nos engañemos, descubiertas a tiempo.