Pobre Italia

Los últimos acontecimientos italianos han desatado un intenso debate que cuestiona sobre todo la indolencia del pueblo italiano ante la corrupción de un poder que sobrepasa lo grotesco. Mucha gente se pregunta cómo es posible que las burlas a la Justicia y las astracanadas de un personaje como Berlusconi redunden en su beneficio –“Así me quieren los italianos”, ha dicho él mismo y no hay modo de desmentirlo—en lugar de producir una reacción sanitaria que ayude al país a escapar de esa trampa financiero-mediática en que se encuentra atrapado. El gran Sartori lo explica, sin embargo, con facilidad: “Berlusconi no puede caer porque es el dueño del país, porque mantiene al pueblo en la inopia televisiva y porque ha comprado a las instituciones consiguiendo incluso que la Iglesia mire para otro lado”. Así de fácil, como en el ‘Gog’ de Papini. Pero el juez Di Pietro va por otro lado: “Berlusconi no puede dimitir porque se vería sin remedio en el banquillo” del que hasta ahora lo ha librado el fuero. Y Sami Naïr se pregunta, no poco ingenuamente, por qué una nación como la italiana, con tan grave tradición cultural, tolera semejante desmadre. ¿Qué cómo? Pronto nos hemos olvidado de que esa nación admirable ha sucumbido ya muchas veces a la corrupción y al populismo, ¿o vamos a olvidarnos de Mussolini, por no hablar de Craxi y Andreotti? En lo que Naïr lleva razón es en afirmar que el populismo zafio de Il Cavaliere no es más que el sustitutivo de los dos grandes partidos quebrados, la DC y el PCI, y que si seduce al pueblo es porque le ofrece una vieja fórmula también tradicional: un modelo de organización montado sobre una voluntad irracional de Poder, es decir, algo que empieza a calar y a seducir, en los últimos tiempos, incluso en ámbitos vecinos de cierta izquierda que ve en los que el populismo nuevos y prometedores horizontes. Les dejo a solas con Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, por ejemplo.

 

Es posible que la sociología política ande necesitando una profunda revisión epistemológica en una sociedad, como la llamada “sociedad medial”, en la que el ‘sentido’ ha perdido su clásica condición objetiva para ser producido “a demanda” de una opinión secuestrada por el propio Poder. No sólo en Argentina cuecen esas habas. Al contrario, un fenómeno como el berlusconismo debería prevenir a los demócratas de que posiblemente ningún sistema está ya exento del riesgo populista que potencia de modo irresistible el eventual control de la comunicación. ¿Qué puede significar una orgía desvelada para un líder carismático que posee, además, la llave de la información? Ignacio Camacho ironizaba ayer mismo sobre el escándalo y el putiferio descubierto en la isla del líder y hasta se preguntaba si, al divulgarlo a los cuatro vientos, no se habría conculcado ese derecho a la intimidad que se le reconoce a los demás famosos de la tribu. Uno no va tan lejos, desde luego, pero se tienta la ropa ante la marea populista que, sin que nos percatemos siquiera, a todos nos acecha.

Monte de orégano

Reclama la oposición, por boca del PP, que el Gobierno disuelva el Ayuntamiento de Estepona, tras el denigrante descubrimiento del montaje exactor y el latrocinio organizado en su seno. Y no le falta razón, a no ser que admitamos que mantener una triple contabilidad, repartirse el dinero de los cohechos y, de paso, financiar al partido en el poder, son accidentes menores compatibles con una democracia normal. Esperarán antes de actuar, no obstante, como esperaron en Marbella, a que el cubo rebose de basura. Hay que comprender que el Gobierno lo tiene crudo para actuar contra un mangazo semejante de su propio partido.

Más sobre el hambre (3)

Nos quedamos cortos ayer al denunciar al hambre en nuestra provincia. No nos acordamos, en efecto, de esa otra situación extrema en que los hambrientos no tienen ni siquiera la opción de acudir con la mano tendida y han de esperar la suerte de que sean las organizaciones de caridad las que los encuentren. ¿Y las instituciones, el Gobierno, la Junta, los Ayuntamientos afectados? ¿No están ellos cabo al cabo de la calle de todas esas miserias? ¿Por qué no hacen nada, entonces? Los hambrientos de Lepe son solo un caso. Hay que exigir a la autoridad que averigüe cuantos desesperados más malviven entre nosotros y que le ponga un  remedio al menos en régimen de emergencia.

Con papel de fumar

El garantismo jurídico es tan necesario como puede resultar desconcertante. Un caso. Imaginen a un tipo que a los 17 años ya fue condenado por abusos deshonestos y un intento de violación, que más tarde aprovechó un permiso para violar a una niña de 14 años y otro para cometer tres robos y una nueva agresión sexual, que luego, durante un permiso de tres días, volvió a robar y a agredir sexualmente y que por fin (de momento), hace cinco años violó, asesinó y vejó los cadáveres de dos mujeres policías cuyo domicilio incendió después para borrar toda posible huella. Pues bien, ese tipo no sólo existe, sino que fue juzgado y condenado por esta última barbaridad a 83 años de cárcel en una sentencia que ahora acaba de ser anulada por el Tribunal Supremo (‘Supremo’ mientras no diga lo contrario el Constitucional, ya sobreordenado de hecho) al considerar que la Audiencia quebrantó el procedimiento en la medida en que a los delitos de esa naturaleza les corresponde ser juzgado por un jurado y no por un tribunal profesional constituido por tres magistrados profesionales. Qué se le va a hacer, “le democrazia è bella ma troppo incómoda”, dicen los italianos, y en nuestro sistema ultragarantista no cabe descantillarse lo más mínimo en materia de procedimiento aunque el crimen juzgado clame al cielo. Es lo suyo, no lo discuto, al menos mientras no se reforme la normativa y se mantenga en equilibrio inestable esa institución popular que tanto quebradero de cabeza está dando a la Justicia y tanto está contribuyendo a desprestigiarla.  Recuerden el caso del vasco que reventó a tiros a dos guardias civiles o el del asesinato de Rocío Waninkoff, por citar sólo un par de sucesos archiconocidos, y comprenderán que a esa torta del jurado le faltan sus buenas mareas.

 

Dicho sea todo con el respeto que un lego le debe al oficio, pero dicho sea también –seguro—en nombre de infinidad de ciudadanos que ven con inquietud creciente esta inmadura réplica de sistemas ajenos. Porque, además, resulta que, por lo visto, de haber dictado un jurado un veredicto idéntico, el TS habría considerado válida la sentencia, lo cual resulta tan impecable visto desde el ángulo procesal como resulta perfectamente incomprensible, desde la perspectiva del sentido común, que en un caso como el de ese prenda, inevitablemente mediático y pasional, un jurado lego en derecho no garantiza ni de lejos una mayor ni mejor justicia que un tribunal de expertos. El jurado se impuso desde la perspectiva de un democratismo ansioso de reforzar la presencia del pueblo en la vida, pero hoy sabemos lo que puede dar de sí cuando se juzga a una lesbiana acusada de asesinar a una chica o cuando se ve forzado a pronunciarse frente a un escopetero terrorista en el País Vasco. Un jurista de criterio bien grave me decía una vez que, en caso de verse alguna vez en el brete de ser juzgado, prefería sin condiciones serlo por un  tribunal profesional. Como una inmensa mayoría, yo hago mío ahora aquel criterio.

Colocar a la niña

Justo cuando el PP escenificaba el paso extrañísimo de la retirada de la querella contra Chaves, en el Parlamento de Andalucía tenía lugar uno de los debates más degradados que se recuerdan, en el curso del cual un autodidacta del PSOE rivalizó con el portavoz del PP cruzando argumentos sobre la “colocación de la niña” como contrapartida de la famosa subvención. Y todo para cerrar al Parlamento la posibilidad de investigar lo que, por otra parte, es ya una obviedad, a saber, que Chaves se saltó a piola la ley de Incompatibilidades. Pocas veces se ha escuchado debate más obsceno y tramposo en esa Cámara inútil. Ahora que Chaves es ya un político amortizado, el episodio resulta todavía más grotesco.

Hambre en Huelva (2)

Hay que insistir en esa realidad lacerante: en Huelva crece el número de personas que carecen de los alimentos imprescindibles. Lo viene evidenciando la asistencia denodada de ‘Cáritas’ y ahora lo explica Cruz Roja, que por primera vez se ocupará de distribuir comida entre los necesitados que se acercan  a su puerta en busca de ayuda, gente con un perfil nuevo –según la organización—pues a los necesitados tradicionales  se suman ahora las víctimas de la crisis económica. Minimizar esta realidad es tan inútil como inhumano, pero es evidente, en todo caso, que la obligación de afrontar la grave situación es del Gobierno y de la Junta antes que de los grupos caritativos.