Ir por libre

No resulta fácil de comprender el corto espíritu “comunitario” con que, tanto en cuanto país como en cuanto autonomía, afrontamos nuestro compromiso europeísta. Lo demuestran las frecuentes llamada al orden, en incluso sanciones, que desde Bruselas nos caen encima, como ese plazo de dos meses que acaba da darle a España para que “ponga orden” en los vertidos del estuario de Huelva, las advertencias sobre la impropiedad de nuestros balances económicos o las frecuentes riñas por el modo arbitrario de repartir los dineros de la ayuda recibida. La autarquía les priva. Es como si no fueran conscientes de que pertenecer a Europa comporta aceptar su disciplina.

Ganando tiempo

Nadie que sepa de qué va el negocio puede tragarse la declaración hecha en Huelva por la ministra de Medio Ambiente en el sentido de que aún no se ha adoptado ninguna decisión sobre el proyecto de oleoducto Huelva-Badajoz. ¡Pero si ZP lo ha prometido en un mitin hace meses! Nos tratan como a bobos y, francamente, ni que ellos fueran genios. Esa obra acabará haciéndose porque es el pago del Gobierno y su partido al grupo que la propone, eso es todo. Venir con cuentos como el de la ministra Salgado no supone nada más que una estrategia para ganar tiempo para darnos, finalmente, los hechos consumados.

El ‘género’ bobo

La propuesta de la cómica ministra de Igualdad de introducir en los estudios universitarios el feminismo como “asignatura troncal”, ha despertado, como era natural, no sólo el debatillo hilarante sino la rechifla generalizada. Se entiende que esa ministra inaudita ha debido tener una experiencia universitaria de esas superficiales que hoy abundan en nuestros planes de estudio, y por ello que su idea de la universidad alcance semejantes cotas de inopia, pero menos admisible es ya que quien sea su responsable en el Gobierno de la nación le permita hacer un ridículo que, sin duda, implica al órgano en su conjunto. Es verdad que en el origen de nuestras Universidades –creación  todas ellas, como sus predecesores, los Estudios Generales, de la de cultura cristiana—el modelo docente estuvo sometido a la ideología pura y dura, pero no lo es menos que, siquiera desde el siglo XVIII, el Poder comprende la necesidad de reservar su ámbito para el conocimiento científico, al margen de esa cuota ‘ideológica’ que subyace y pasa de matute en cualquier proyecto socializador. En el XVIII, una universidad española invistió  a la primera doctora europea, María Isidra de Guzmán, y la historia es testigo de la dura lucha que durante las dos centurias siguientes ha debido librar la “universitas” para consolidar un modelo cultural al tiempo que se abría a amplios sectores sociales, incluido el femenino. Un intento ideológico como el que propone esta prenda no se daba desde la ocupación ideológica de la universidad por los fascismos a partir de los años 30, como lo prueba que las instituciones universitarias confesionales marchan hoy separadas cada cual por su senda. No tengo ni idea de cómo le habrá sentado al ministro Gabilondo esta regia bobada pero me da el pálpito de que, como la inmensa mayoría, habrá visto en ella una manifestación más del ‘género bobo’.

 

¡En manos de quién estamos, Dios de mi alma! ¡La enseñanza hecha unos zorros, la Universidad en crisis abierta y el Gobierno proponiendo incluir una ideología sectaria en los planes de estudio! Doy por descontado que mucha y mucho feminista se desmarcarán de una ocurrencia tan insolente como estúpida. Lo malo es que, rechazada o exitosa, la autora de la bobada forma parte hoy del Gobierno de España. El peor Gobierno de nuestra historia, quizá, mejorando al que, a causa de nuestras culpas, se nos puede venir encima de un momento a otro. Aparte de que a la mujer no la han liberado estas amazonas en  nómina, sino el progreso ineluctable de la sociedad. Éstas más bien ridiculizan esa revolución. Es lo que tiene de perverso vivir de lo que se predica.

Todos de acuerdo

Los dos grandes partidos andaluces se han dado la mano para sacar adelante una razonable ley de la llamada “muerte digna”. Hasta ha habido felicitaciones y plácemes parlamentarios allí donde suele haber dicterios y cortes de manga, lo que quiere decir que, miren por dónde, no es imposible unir fuerzas para afrontar problemas comunes. Lo que no tiene demasiado sentido es que el acuerdo haya llegado a propósito de la muerte mientras en los proyectos que versan sobre la vida, tantas veces agónica, de esta maltratada sociedad, las cañas se tornen por sistema en lanzas. ¿Por qué no un pacto vital frente a la crisis firmado con la misma pluma que éste que garantiza el derecho a morir? Eso es algo que no sólo tiene que contestar el PSOE sino también el PP.

Quedarse al margen

Resulta incomprensible, en especial tras la exitosa asamblea convocada por la Sociedad de Estudios Iberoaméricanos, el emperre del PSOE, o más bien de la presidenta de la Diputación, de romper esa clamorosa unidad ciudadana autoexcluyéndose del proyecto común enderezado a conseguir que la UNESCO declare  nuestros lugares colombinos “Patrimonio de la Humanidad”. Eso es puro partidismo, injustificable falta de sentido de lo común, y por eso mismo la Universidad debería renunciar a su autoexclusión situándose al lado de la inmensa mayoría. Que lo haga o no la Diputación, importa menos, en última instancia.

El lobo secreto

Una fuerte polémica viene resonando en Europa a propósito del alcance perverso de eso que llaman “telerrealidad” y la posibilidad de que la tele acabe convirtiéndose en una escuela implacable capaz de moldear la dotación perversa del subconsciente humano hasta conseguir que el individuo de las democracias, termine por plegarse al Sistema abducido por su irresistible atracción. La mirada de la serpiente, ésa es la imagen. Estos días se ha repetido en Francia la experiencia que hace medio siglo realizó en los EEUU el grupo que dirigía el psicólogo Stanley Milgram, a saber, el experimento –ahora juego televisivo—en el que un grupo de peatones se convierten en verdugos de una víctima ficticia  pero real que hace el papel de culpable, al disponer de un dispositivo para acalambrarlos con descargas considerables cuando estimen que en sus respuestas no dicen la verdad. El sayón dormido que, al parecer, lleva en su almario el mono loco, se libera de sus ataduras en cuanto le dan la oportunidad de manifestar sin ambages su crueldad nativa, porque el hombre es un lobo –como sabemos desde que lo aclaró Plauto aunque el tanto –dado que somos monos de repetición– se lo suela apuntar Hobbes– pero ya se oyen voces, como la del filósofo Stiegler que alertan sobre la inquietante evidencia de que la fascinación televisiva libere esas pulsiones y de que la telerrealidad acabe reduciendo al personal al estado pueril en que todavía no se oculta la pulsión del mordisco o la fantasía del gañafón. Lo que estos días se ha emitido en Francia (en la cadena ‘France 2’) arroja resultados muchos más alarmantes que los en su día obtenidos por Milgram: parece que la tele nos ha hecho peores, una tele que, con la excusa nominalista de la telerrealidad, pudre el ambiente con visiones que apuntan, según los especialistas, a lo que el último  Freud llamaba el “instinto de muerte”. El mono se le ha ido de las manos al domador.

 

Entiendo algunas de las razones, siempre originales, de mi admirado Gustavo Bueno en defensa de la telebasura, pero la realidad es que, al paso que va la burra, la putrefacción moral de la gente está garantizada. Y eso es algo que los poderes públicos deberían plantearse, de espaldas a la superstición de la libertad sin límites. Ese mono reclama ser domado para salvar su propio albedrío pero a la vista está que en el zoo postmoderno se está haciendo con él todo lo contrario. Es la “dimisión de sí mismo” de que habló Umberto Eco, el fin de la autonomía personal. Hay teles que han retransmitido en directo y con gran éxito ejecuciones públicas. El verdugo interior, como se ve, está al alcance de la mano.