El no sistemático

Es incomprensible como gente que lleva viviendo de la política tres décadas se empecina en el no sistemático a la oposición. En el caso de La Rábida, por ejemplo: ¿a qué viene, qué puñetas gana la Diputación boicoteando la reivindicación popular en lugar de pilotarla? ¿Y tratar de hacer del dispendio del ‘palacete’ de la Plaza de las Monjas un mérito de esa gastosa y prescindible institución? No se es más fuerte por ser más cerrado. Lo que la Diputación acaba de protagonizar no es más que un mal papel en esta comedieta ridícula de los celos políticos y el afán de monopolizarlo todo. Se van a dar cuenta en su día, cuando, sin duda, ya sea tarde.

Canción del suicida

Uno de los grandes maestros que he tenido el privilegio de conocer, don Enrique Gómez Arboleya, me regaló en su día una edición francesa de la obra de Durkheim sobre el suicidio, que conservo, con una dedicatoria enigmática: “Nunca se precipite usted al juzgar al suicida”. Don Enrique, el amigo de Falla y de Lorca, fue nuestro protosociólogo y un sabio descomunal que también se quitaría la vida ante el espejo, como Larra, no mucho después, la misma mañana de domingo en la que, si mal no recuerdo, Eisenhower llegaba a Madrid para abrazar a Franco. Lo he recordado cada vez que la vida me ha acercado a esas trágicas experiencias en las que todos hemos perdido a alguien próximo y más que nunca cuando, hace unos años, hube de vivir de cerca, emocionadamente, la de ver a un amigo perder a un hijo espléndido desesperado sabe Dios por qué. Hoy el suicidio está de moda y hasta se organizan tragedias colectivas convocadas por Internet entre desconocidos, como sabemos, pero todos nos hemos sorprendido al enterarnos de que en España ya no es el tráfico la primera causa de muerte no natural al haber sido superado éste por el suicidio que, sólo en el año 2008, se cobró, según la estadística del INI, nada menos que 3.421 vidas, es decir, casi diez diarias. Algo falla en la entraña de este tinglado para que tanta gente renuncie a la vida, como haciendo buena aquella confesión de Kafka de que había pasado su vida defendiéndose del deseo de ponerle fin, o tal vez a la desoladora propuesta de Dumas (hijo) cuando dijo, más o menos, que el que se quita la vida es alguien que encuentra a su verdugo y lo mata, una apoteosis del pesimismo antropológico que me parece que oculta algo bastante más lógico: el fracaso de un modelo social cuya presión sobre el individuo resulta cada vez más insoportable. El suicidio no existe o es excepcional en las sociedades por desarrollar. Es en medio de la abundancia donde prospera esa flor negra que fascinaba a Baudelaire.

 

He leído por ahí que este auge del suicidio tiene relación con los excesos individualistas que propicia nuestro modelo social y, sin negarle  a esa hipótesis su ración de lógica, que la tiene, creo que este otro mal del siglo se debe más bien al peso abrumador de lo colectivo, tantas veces subliminal, gravitando precisamente sobre un individuo humano que ve desdibujarse su perfil sobre el trasfondo turbio de un colectivo tiránico. En Japón hace estragos una estética del suicidio que enraíza en su tradición psíquica. El toque está en averiguar por qué en España se afirma a ritmo tan temeroso ese atentado supremo por el que, sin duda posible, respira como puede una sociedad enferma.

Tocando fondo

La decisión del Tribunal Supremo de enviar a la cárcel a dos cercanos colaboradores del alcalde de Sevilla, reos de haber falsificado facturas para allegar fondos electorales, marca un hito difícil de ignorar: ningún cargo público puede mantenerse en el poder en semejantes circunstancias ni ningún partido que de verdad esté por la defensa de la probidad democrática debe consentir que se mantenga. ¡Facturas falsas en el Ayuntamiento de la capital regional! Si el PSOE y la propia Junta no adoptan medidas ante este decisivo traspiés, se habrán quedado sin defensa posible a la hora de enfrentarse a la corrupción.

Comunismo a tiempo parcial

Los responsables onubenses de IU, y señaladamente los coordinadores regional y local, Diego Valderas y Pedro Jiménez, son comunistas a tiempo parcial. Por ejemplo, lo son para combatir junto al PSOE al gobierno municipal de la capital, zancadilleado incluso a la hora de buscar en la privatización relativa del servicio de abastecimiento de agua para salvar la insalvable crisis de la economía municipal. Pero son todo lo contrario, cuando el que propone la denostada “privatización” es un alcalde propio, como el de Hinojos. Una de cal y otra de arena, una vela a Dios y otra al diablo. Bien pensado a ver qué puede hacer esta tropa que no conoce otro oficio que el de pastelear en la política.

Otros muros

Una inmensa barrera se está construyendo en Estados Unidos desde California a Texas. Más de mil kilómetros de muralla frente a un desierto temeroso sobre el que cada año se encuentran 300 cadáveres de inmigrantes que, como en las estampas clásicas, sucumbieron víctimas de la sed y la desesperación. Placas de metal de tres metros y medio dotadas de chivatos de última tecnología están siendo dispuestas sobre un territorio desolado por el que merodean aguardando su oportunidad los “coyotes” mexicanos, siempre bajo la amenaza directa de las patrullas y el ojo implacable de los satélites espías. La idea surgió tras el 11-S, cuando la tragedia famosa permitió unir al viejo proyecto aislacionista el fantasma de los nuevos terrores, pero no parece que, a pesar de su prohibitivo coste (se habla de más de 80.000 millones de dólares) vaya a terminarse antes de 2017, aparte de que ya empieza a dudarse de su eficacia ante la evidencia aplastante que aportan las mil trescientas violaciones registradas durante al año pasado a pesar de unos sofisticados dispositivos de vigilancia y control que saltan con frecuencia confundidos por el temblor de una hoja de árbol o el paso cauteloso de un animal. La gran patria de la libertad, la tierra de promisión por excelencia se blinda ante la invasión de una mano de obra dispuesta a todo que resulta especialmente inquietante en la dura circunstancia en que la crisis ha sumido al empleo nacional. En Padua vi alguna vez otro muro canalla cercando el gueto inmigrante, como en Ceuta o en Melilla hemos visto rechazar con contundencia la incesante ola provocada por el maraje de la pobreza africana. Los paraísos, reales o imaginarios, no quieren saber nada de valla hacia afuera por más discursos con que disimulen su autismo egoísta. Hay que ver con qué facilidad olvidan los pueblos inmigrantes que lo han sido alguna vez.

 

El Muro berlinés ha ocultado durante demasiado tiempo que, cada cual a su turno, quizá no haya país que no esté dispuesto a levantar en su momento el propio, como un símbolo clamoroso de la insolidaridad o una imagen ilusoria de la autarquía. Sólo que un muro delante de un desierto –o de un mar—constituye una hiriente redundancia, un gesto excesivo de aislamiento sólo explicables por el miedo al Otro sagazmente explotado, un monumento –hay que imaginar éste que va de California a Texas, de San Diego a Brownsville, erizado de alambres y sensores—a la firme determinación e vivir de espaldas o frente a los demás. No está mal para tratarse de una nación contrahecha de pioneros llegados de cien países antier como quien dice. Esos cadáveres esparcidos por el desierto –casi uno diario—son como una protesta coral que los antiguos inmigrantes ya no pueden comprender siquiera.

Brindis al sol

No se les puede pedir a los políticos de partido que tiren piedras contra su propio tejado, pero por la misma razón sería discreto por parte de ellos reducir el empleo del farol a los casos imprescindibles. Que el presidente Griñán diga que va a llevar al “Gobierno amigo”    , es decir al mismísimo ZP, ante los tribunales, si no se alcanza un acuerdo –¿y el que ya existe, qué pasó con él?—sobre el pago real de la llamada “deuda histórica” que Madrid ha zanjado encasquetándonos a precio de mercado una serie de solares de propiedad estatal, constituye una tomadura de pelo, al menos para los despistados que todavía puedan creer en la autonomía real de la Junta frente a su partido. No está bien jugar con la opinión pública. Eso puede que le pegue a muchos, pero no tanto al Griñán en quien tantas esperanzas se depositaron.