La vida del ídolo

De cara al 65 aniversario del triunfo ruso sobre el nazismo los moscovitas se preparan para devolver a Stalin su perdido lugar en el santuario de la memoria. Las continuas y escandalosas noticias que la prensa económica divulga sobre el enriquecimiento galopante de la nueva jerarquía –las revistas ‘Finance’y ‘Vedemosti’ acaban de constatar un relevo en la cabeza del pelotón que se cifra en cientos de miles de millones de dólares de fortuna–, una gran movilización, respaldada por las autoridades, se propone devolver al “padrecito” el prestigio perdido apelando, sobre todo, a su papel en la dirección de la “Gran Guerra Patriótica”, con claro olvido de las páginas negras de aquella odisea. Stalin habría sobrevivido en la memoria popular por encima del masivo enriquecimiento de esa “nueva clase” incomparablemente más depredadora que la antigua “nomenklatura” y su figura, durante tantos años degradada por el desciframiento de la verdad, parece recuperar su puesto como referente patriótico. En China, por su parte, si hemos de fiarnos del gran sinólogo Alain Roux, el autor de aquel fascinante “El mono y el tigre”, Mao estaría también en trance de afirmarse en la peana dado que, tanto para el pueblo como para el poder, su figura sigue constituyendo un  referente esencial: se habría pasado de la utopía campesina a una sociedad opulenta que crece en tasas desmesuradas sin descolgar los retratos ni abatir las estatuas a pesar de los críticos rigores a los que el mercado emergente ha sometido a vastos sectores de la población. El mito sobrevive a la realidad, como tantas veces, demostrando la limitadísima capacidad de la razón para pronunciarse históricamente. Moscú está estos días lleno de enormes retratos del tirano y burdeles de lujo mientras las pacientes colas sobre la nieve permanecen intactas. ¿Habrá que recordar a Cassirer cuando decía que el hombre es un animal mítico?

 

Los informes sobre la situación social en ambos países son aterradores sin embargo de que conste que el número de millonarios rusos se ha doblado en un solo año y que el de los afortunados millonetis chinos crece en proporción directa a la pauperización de las poblaciones interiores. Pero la memoria permanece inalterable y sobre ella se yerguen firmes los viejos ideales contra los que nada puede, por lo visto, ni la propia evidencia. Stalin y Mao han acabado sirviendo al capitalismo feroz quizá porque el hueco que dejaron en la historia no puede llenarlo el pragmatismo mercadista. Veo en la foto a un pope con el retrato del zar encarado pasivamente al mogollón de los viejos camaradas y pienso que la Historia no perderá nunca, probablemente, su condición de enigma.

Bailar con la rica

Ha dicho el líder comunista Cayo Lara que su partido tiene muy claro quién puede ser (quiere decir, quién sería, llegado el caso) su pareja de baile. Pronunciamiento ocioso dado que IU lleva varias legislaturas mendigando ese baile al PSOE y ve ahora, ante las dudosas expectativas electorales, su mejor ocasión de lograr su viejo sueño. Este personal no es el que representaban Anguita y Rejón, evidentemente, ni tiene dentro de la cabeza más que un turbio residuo radical y una desmesurada ambición política. El PP deberá ganar por mayoría absoluta en ese baile de máscaras si quiere cambiar eso que la propia  IU no ha dejado de denunciar como el gran lastre de Andalucía.

Hasta Bella

El alcalde de Almonte y senador del PSOE, Francisco Bella, tradicional “ecologista del partido”, se ha pronunciado sorprendentemente contra el proyecto de oleoducto de Gallardo que de sobra sabe él que su partido, su Junta y su Gobierno, presidente incluido, dan por hecho. Pero hay en ese gesto una interesante carga ética y política, en especial en lo que tiene de llamada al consenso y de reconocimiento de que consenso es lo que falta en el negocio. ¿No era Bella el ecologista a imitar? Pues ya veremos si lo sigue siendo en caso de no que no modifique su criterio, sabiendo como sabe que el oleoducto es un negocio partidista.

Los nuevos esclavos

En esta sociedad que ha conseguido convertir la maldición del trabajo en objeto de deseo ha surgido de pronto la evidencia clamorosa de la nueva esclavitud. Casos como los registrados en el gigante francés France Telecoms, cuya plantilla de 120.000 empleados registra ya 32 suicidios de trabajadores en un par de años, han encendido las perezosas, acaso conniventes, alarmas de un sistema de explotación modernizado que ha descubierto las enormes ventajas de relación  laboral que le proporciona la crisis generalizada del desempleo. Esta semana el ministerio francés que dirige Xavier Darcos ha estrenado su estratagema de publicar en Internet la lista de empresas clasificadas en orden a su actitud frente a la humanización del trabajo y ha bastado un solo día para que, tras un millón doscientas mil visitas a la página, las denunciadas se precipitaran a ofrecer oficialmente su mejor disposición para estudiar el problema en busca de soluciones razonables. Nadie se atreve a culpabilizar al sistema laboral de esas muertes que las empresas, como es natural, tratan desesperadamente de desligar de los motivos laborales, pero aquí y allá se levantan voces, en especial desde la sociología del trabajo, tanteando la idea de que la grave crisis –32 suicidios no es lógico que obedezcan a razones íntimas—no es sino la consecuencia de un sistema de explotación que exprime cada vez con mayor sutilidad al operario, no ya por medio de la presión directa, sino enfrentándolo consigo mismo en tanto que responsable de una exigencia de productividad que, en muchos casos, logran que la labor trascienda el ámbito laboral para invadir el espacio íntimo del trabajador. Sólo y desprotegido, el nuevo “homo laborans” no encuentra en su centro más que exigencia y en los sindicatos más que burocracia, circunstancia malhadada que bifurca la conducta entre el fraude lafarguiano  del perezoso y el estrés que conduce a la desesperación del obseso. 32 suicidios son demasiados suicidios. Responden a las “monstruosas explotaciones” entrevistas por Rimbaud. La poesía sobrevive al movimiento obrero.

 

La astucia de la razón económica ha creado una nueva esclavitud respecto a la que esos tristes  suicidios son apenas un eco débil del rescoldo espartaquista y lo ha hecho, además, con la complicidad de sus teóricos adversarios, trasladando el conflicto a la propia conciencia ¡agradecida! de quien ha llegado a ver en el trabajo un privilegio superior incluso a la razón de vida. André Gorz, Pierre Naville, sobre las huellas lejanas del catecismo obrerista, lo avisaron en los felices 60. Hoy la utopía, abandonada de todos, consagra desesperada el camino de la morgue.

Déjà vu

Como cuando el “Mystère” de Guerra, Griñán ha cogido su ‘jet’ privado para ir desde Sevilla a Almería en lugar de usar la línea comercial que él mismo inauguró hace pocos días. Sensación de “déjà vu”, de que algo no cambia y se repite en los altos niveles de una política que predica trigo y da cebada, que exige austeridad a todos pero mantiene su gasto suntuario. ¿Por qué un vuelo privado debiendo hasta de callarse? Estas cosas extrañan más en un personaje como Griñán que en el resto de la cuadrilla de ‘parvenus’ idólatras de su Visa Oro. Pero ahí lo tienen: ‘jet privado’ y a otra cosa. Un millón largo de parados bajo su mandato le deben parecer todavía poco.

El culo sindical

Mala cosa hizo Luciano Gómez –el correaje de transmisión mejor engrasado que tuvo nunca el PSOE onubense—al recurrir al título de la película, “Los lunes al sol”, para referirse a la mani de antier. Porque esa ridícula concentración –¿qué son 300 personas en una provincia con tantos miles de parados y sin la menor perspectiva?—constituye un fracaso sindical sin paliativos al margen del pleito que don Luciano se traiga con CCOO. A ese sindicalismo politizado y dócil cuando no demagogo, que encima habla de “camadas negras”, se le vio el culo el “Día de la Industria”. Que no busque excusas porque, sencillamente, no existen.