Y ahora celulosa

El Grupo Ence también se suma a las empresas del Polo que se proponen despedir a sus trabajadores por medio de esos EREs no sabemos hasta qué punto justificados. Celulosa, en fin, también cerrará sus puertas provisionalmente a partir de junio dejando fuera a sus más de 300 trabajadores actuales, cerrando prácticamente un círculo maldito que se ha precipitado en estas últimas semanas hasta dejar el mundo industrial onubense a los pies de los caballos. Y mientras los sindicatos se pelean y la Dipu se compra sedes suntuarias, Gobierno y Junta, Junta y Gobierno, dejan pasar los días en espera de no se sabe qué milagros que habrían de llegar. Huelva, hay que repetirlo, esté en plena emergencia laboral. Si esa coyuntura no se supera pronto no es difícil predecir un crak completo que afectaría a toda la provincia.

Come y calla

Hace mucho que dura la discusión pero seguimos sin saber a qué atenernos. ¿Es peligroso para la salud el alimento transgénico? Si lo es ¿cómo es posible que protejan su cultivo los propios Gobiernos? Y si no lo es ¿cómo entender que la explicación solvente no acabe de llegar? La última noticia sobre el asunto es la prohibición alemana de cultivar –“por decisión científica, no política”—cierto maíz modificado genéticamente al que se le habrían implantado genes de una bacteria productora de una proteína capaz de matar a los insectos que asedien a la planta, una decisión especialmente grave para nosotros dado que ese maíz es, precisamente, el más plantado en España, el único país de la Unión Europea que mantiene su apoyo oficial a esos cultivos mientras Francia, Italia, Austria, Polonia, Grecia, Rumanía o la propia Alemania mantienen políticas restrictivas frente a ellos. La oposición  a la novedad –a los “novatores” decían nuestros clásicos—es tan antigua como la crítica social, pero no hay por qué creer que implique en sí misma una actitud regresiva pues bien sabemos que el progreso general, junto a su imprescindible aportación civilizatoria, contiene efectos indeseables que no cabe ignorar por mero prurito ideológico. Esta es la hora, en todo caso, en que seguimos sin saber a ciencia cierta si ese avance decisivo que permite modificar a voluntad los productos destinados a la alimentación es inofensivo además de ganancioso o no lo es, de la misma manera que continuamos sin disponer de información tranquilizadora sobre los posibles efectos antiecológicos, acaso irreversibles en muchos casos, que se vienen denunciando. Nada menos cierto, a estas alturas, que el adagio de que “con las cosas de comer no se juega”. Se juega y, probablemente, en una timba decidida a no revelar los secretos de su ruleta.

 

Pero ¿es o no es peligroso alimentarse con esos productos por los que han apostado países tan importantes, entre ellos el nuestro, haciendo oídos sordos a un extendido clamor que exige seguridad en la información sobre una cuestión tan elemental? Hay no pocas incógnitas en el aire, desde luego, pero hoy no cabe ya mantener el argumento de que la nueva técnica se justifica por su eventual aportación a la lucha contra el hambre, pues son de sobra conocidos sus efectos tanto sobre la creciente dependencia de los países necesitados como sobre el empobrecimiento efectivo de las zonas cultivadoras. No es fácil explicar el impávido apoyo de un Gobierno como el nuestro a estrategias productivas que están siendo reducidas en toda Europa o mantienen un enérgico pulso incluso en los países que las exportan. No saber siquiera, en definitiva, si lo que comemos es inocuo o peligroso, aparte de ignorar si entre tanto se están produciendo daños sin remedio a la Madre Naturaleza. Las más avanzadas democracias modernas mandan comer y callar a sus ciudadanos, libres para tantas cosas pero no, ya ven qué absurda excepción, para informarse medianamente sobre lo que los acecha en el plato.

La nación asimétrica

¿Por qué un español navarro ha de pagar por un coche miles de euros menos que otros españoles? ¿Por qué un andaluz ha de pagar una millonada en derechos hereditarios mientras otros muchos españoles heredan gratis total? ¿Tan difícil es reconducir este caos autonómico a un plano de igualdad, tan irreversible es el criterio “confederal” impuesto por el nacionalismo/secesionismos catalán? Se nos ha ido de las manos el Estado de las Autonomías pero, sobre todo, se nos ha escapado el control de la autonomía del Estado y su capacidad para evitar estos agravios insufribles. Con el visto bueno de quienes mangonean las comunidades, además. Mirando hacia atrás, está claro que estos tíos van a hacer buena a la LOAPA.

Más maera

Al comentario que hacíamos ayer sobre el disparate de la pelea sindical en el Polo onubense, hay que añadir la leña que ha echado a esa fogata el incombustible Valderas, capaz de llamar a sus adversarios de UGT–cierto que con dudosa propiedad léxica y teológica—“querubines” y “asexuados sindicales” (sic). Un conflicto que no precisa más divergencias sino acercamientos, se agria así hasta el extremo de aludir a la condición religiosa del líder rival, algo desde luego tan intolerable como si a Valderas se le tratasen de colgar conexiones nunca desmentidas con el sovietismo. Así no irán a ninguna parte. Lo único bueno de la pelea es que permitirá a los trabajadores conocer sin ambages a sus presuntos representantes.

Los duelistas

La apasionante e inacabable contienda entre Nadal y Federer sugiere con vehemencia la epopeya conradiana de “El duelo”, aquella historia memorable –se ha llegado a decir que el relato más perfecto jamás escrito— que cuenta la historia de los dos húsares napoleónicos que consumen su vida, sobre el fondo ‘rojo y negro’ de la locura imperial, empeñados en una cadena de duelos interminables motivados por una oscura causa en cuya probable futilidad los especialistas han creído ver, a mi juicio con  razón, su sentido último, a saber, que el hombre, los hombres, vivirían su vida, cada cual a su modo, como protagonistas de un drama cuyo argumento ignoraran. Pocas cosas seducen tanto a la muchedumbre como estas ordalías vitalicias que unen a dos rivales de por vida para que por ella avancen, como alguna vez se ha dicho, a base de victorias alternativas pero nunca definitivas. La fascinación  por el duelo permanente y, en consecuencia, inacabado, sublima la pasión por el honor precisamente porque los duelistas aparecen como actores atados a una fatalidad inexorable que no solamente prolongará la función en el tiempo, sino que acabará por identificarlos en el plano de un subyugante gemelismo moral que duplica el interés y potencia la emoción. Nadal y Federer, como ‘D´Hubert’ y ‘Feraud’, no son rivales al uso sino enemigos íntimos, en la derrota o el aniquilamiento de cada uno de los cuales el otro halla la razón de su existencia, sin que probablemente el duelo acabe nunca de manera clara por la razón elemental de que no se trata de eso, del desenlace (como en la ordalía), sino de la pugna misma, de la mera experiencia del ejercicio agónico fuera del cual la vida –la biografía—carecería de sentido para los protagonistas.

 

Siempre me intrigó la causa profunda de la pasión competitiva, el hecho de que el ser humano –a diferencia del resto de los animales—vea en al competición y en la lucha no un espectáculo ajeno sino una función participable, un asunto que significa tanto como representación que como experiencia, algo así como la ocasión de colectivizar el sentimiento a base de participar en el ajeno. Los húsares de Conrad ‘son’ fundamentalmente ‘duelistas’, esto es, que el duelo no es ya para ellos (como probablemente no lo es hace tiempo para nuestros tenistas) un acontecimiento aislado de su vida sino la vida misma, la razón última de una existencia en la que todo lo que no es el desafío carece de entidad vital, es simple circunstancia. Hay un eco trágico y griego en estas rivalidades fatales, vividas como “fatum”, como destino, más allá acaso de la libertad individual. Y eso es lo que enloquece a las muchedumbres, lo que pirra al homúnculo moral incapaz de propinar un mandoble o devolver un revés. Estos campeones no saben que pertenecen al linaje de los héroes. Bien pensado, mejor que no lo sepan.

La mala educación

A los datos más que inquietantes que conocemos sobre los hábitos de los adolescentes que vivaquean en la ESO (relaciones sexuales precoces, alcoholismo creciente, consumo de drogas) hay que añadir la evidencia del fracaso del sistema educativo. Que el 34 por ciento de esos alumnos fracase en sus estudios, habiendo aumentado en siete puntos desde la implantación de la porfiada ley, es, no cabe duda, una catástrofe, a la que hay que sumar el desastre que supone la elevada cifra de abandono escolar. Todo cuanto se diga sobre nuestro imaginario progreso debe supeditarse a la tarea urgente de contener y reducir este inmenso fracaso. La prioridad que Griñán otorga a la Educación no es más que un imperativo del sentido común.