Más claro, el agua

Mientras mejor conocemos la relación de la Junta con la empresa del alcalde de Punta Umbría, más claro resulta que el trato de favor ha sido no solamente manifiesto sino lesivo para el pueblo en cuestión, al que se le negaron todas las subvenciones y ayudas. Se puede deslindar entre el negocio y la actitud personal del alcalde, pero las cosas son como son y no de otra manera, y lo que conocemos certifica que la Administración que gestiona el PSOE se volcó en apoyos millonarios a ese alcalde una vez que aceptó contribuir al asalto al Ayuntamiento perdido. No es tanto al alcalde mismo a quien me parece que hay que censurar sino a la Junta que –desde Empleo o desde Turismo—le dio el manso a un “amigo político” mientras se las negaba a los demás empresarios de la localidad.

Fe de erratas

Me invita un amigo que representó y representa mucho en la cultura española a participar en un ensayo colectivo que vendría a ser como una palinodia generacional en la que todos y cada uno nos rasgáramos por turno las vestes lamentando remotas actitudes o militancias superadas. He declinado la invitación, naturalmente, no tanto porque no me resulte cómodo andar ahora oreando mi complejo pasado, como por mi convencimiento de que las edades del hombre son momentos, por lo general, independientes unos de otros a los que no cabe sin riesgos aplicar una mirada ucrónica. Todas esas cosas que hemos “sido” –lo de haber “estado” es lo de menos—son como teselas del mosaico de nuestra vida que se ajustan una a una en su circunstancia precisa y, en consecuencia, determinante. ¿Una fe de erratas al final de la feria, como quien quiere sacudirse el tipo y dejar la imagen tal que devuelta a una imaginaria virginidad, confundiendo los errores con las culpas y éstas con su caricatura extemporánea? No, hombre, que va, más nos vale llevarnos bien, como generación, oponiendo nuestros fracasos colectivos a algunos logros indudables y encomendarnos a la realidad asistidos de aquella divisa que proclamaba que a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga. Pocas hornadas, por lo demás, acometidas por tantas dificultades, lo que quizá explique el hoy cuestionado “milagro” de la Transición, pocas tan abandonadas a su suerte, tan privadas de oportunidades culturales, tan víctimas de la peor atmósfera que puede respirarse: la de una inacabable postguerra. ¿Cómo “arrepentirse” ahora, de qué, cómo, si aquellas adhesiones resultarían hoy inconcebibles como a nosotros nos resultaba una vida nunca recuperada del susto colosal de la guerra ni repuesta de los torniquetes que la siguieron? Hay muchas cosas que uno no repetiría, pero ello no quiere decir para nada que esté arrepentido de haberlas hecho en sus respectivos momentos. Mi amigo dice que esto es contumacia. Me trago el sapo que, al fin y al cabo, no es sino una más.

 

Las épocas en que abundan las memorias son eras desorientadas. Si será así, que Chateaubriand, que escribió acaso la más memorable de todas, sostenía que la propia facultad de recordar es con frecuencia condición de la idiotez. Nos topamos a diario con memoriosos que no encajan con nuestra retentiva y no les digo nada si se trata de memoriones editados. Pero aunque así no fuera me parece que un hombre puede y debe reconocer sus yerros sin necesidad de tronzarse el hábito y cubrirse la cabeza de cenizas. A lo hecho, pecho, que eso no tiene por qué ser contumacia si es coherencia. No estoy porque me lapiden ni siquiera los espíritus puro, si es que los hubiera.

Vía libre

Extraña reacción  del PSOE frente a los abusos de la Cámara de Cuentas: la de enrocarse en la “legalidad” de los hechos y dar carta blanca a una institución cuyos abusos económicos sonrojarían a cualquiera. Que el fiscal haya archivado las actuaciones contra esos arbitrarios despilfarradores (y algo más) no justifica que el PSOE diga, como ha dicho, que “lo que decidan los suyos, bien hecho está”. Ese será un  trágala, pero la realidad es que la Cámara ha dado varios espectáculos lamentables que lo primero que exigirían es la devolución de lo afanado por sus consejeros. La mayoría absoluta es tan legítima que vale incluso cuando se comporta como una tiranía legal.

Griñán desprecia a Huelva

Créanme José Antonio Griñán no es así, o al menos no era así, como se nos ha aparecido en Huelva, lanzando andanadas verbales contra el plumífero y desdeñando las legítimas preguntas del periódico sobre un asunto tan injustificable (el tiempo dirá) como el del presunto cohecho en el Ayuntamiento Punta Umbría o el emperre de la Diputación contra La Rábida. Se comprende que el Presidente sin partido ha de tratar a sus “aparatos” provinciales con guante de seda, pero eso no justifica ni por el forro el desplante a la opinión onubense que perpetró el domingo.

Los malos modos

Por los fragmentos de un libro adelantados por ‘The Observer’ a sus lectores acabamos de enterarnos de que el “premier” británico Gordon Brown, encima de corto de carisma anda sobrado de mal humor. No deja de resultar desconcertante, incluso para quienes conocimos la cólera aquiliana de Fraga en sus buenos tiempos, escuchar a todo un jefe de Gobierno declarar excusándose que él “nunca, nunca, le ha pegado a nadie”, como si esa simple hipótesis no resultara ya escandalosa y, desde luego, difícil de comprender. El libro, sin embargo, escrito por un editorialista consagrado como Andrew Rawnsley, atribuye a Brown un carácter áspero al que se atribuyen episodios de cólera en los que habría golpeado con fuerza el respaldo de su guardaespalda al recibir una mala noticia y otros lances de maltrato que afectaron por lo visto funcionarios, telefonistas y otros colaboradores de Downing Street. Hasta tal punto ha inquietado la revelación que tanto el jefe de gabinete como el ministro de Comercio han salido a la palestra dispuestos a defender al agresor con un argumento tan pobre como el que identifica los malos modos con el “carácter”, olvidando aquel ‘dictum’ de la reina Isabel que veía en la cólera un recurso inútil de los hombres débiles. Lo que faltaba en esta sociedad que se desliza insensible pero fatalmente hacia la intemperancia y la liquidación del respeto era que a los primeros mandatarios se les fuera la mano con sus subordinados. Da no sé qué escuchar a Brown decir que él cuando se cabrea no pasa de arrojar le periódico al suelo y patearlo pero que no le ha zurrado nadie en su vida (sic). El citado ministro, Mr. Mandelson, ha acabado de arreglarlo al atribuir esas furias al temperamento del ‘premier’ y preguntarnos, el muy membrillo , si acaso alguien preferiría, como responsable del Gobierno, un pusilánime a un irascible. Nunca falta un  roto para un descosido.

 

La crónica histórica está llena de poderosos que defenestraron secretarios y tiranos que pasaron a la historia en el gesto de avasallar siervos, aunque uno lo más que haya visto, en este sentido, a un gran mandatario (andaluz, por cierto) fuera patear las puertas de su despacho  para desahogarse de alguna intrascendente contrariedad. La leyenda sostiene que Felipe II mataba con la mirada aunque, ciertamente, lo hiciera con mayor eficacia (ahí está Escobedo) mediante el verdugo, pero lo normal es que el arrebato sea atributo de los mandones mediocres. Brown mismo es un perdedor que trata, por lo visto, de reafirmarse a empellones con los más débiles y a sartenazos con las secretarias. La cólera no sirvió nunca más que para descomponer la imagen del fracaso.

Un mal recurso

Mala cosa, la retórica, cuando es utilizada en política a falta de algo mejor. El entusiasmo de Griñán, por ejemplo, proclamando que en Andalucía el triunfo siempre será de su partido, o esa cosa tan cursi de que el “andaluz cuando vota mete su corazón en la urna, y su corazón es socialista”, dejan entrever un vacío argumental de marca mayor por parte del poder hegemónico al que los sondeos comienzan a volverle insistentemente la espalda. Mal recurso, la retórica, ya digo. Si el propio Presidente no encuentra nada major que decir, la verdad es que va a ver que ir pensando en tomarse en serio la predicción.