Palo o zanahoria

Como respondiendo a la lastimera declaración de esos docentes gaditanos, uno de cada tres de los cuales dice sentirse amenazado, el nuevo consejero de Educación ha debutado con el gesto de afirmar su propósito de reforzar la autoridad del profesor en vista de que no hay ya manera humana de seguir con la bobada del “buen rollito” que fue en tiempos la absurda coartada oficial. No ha sido capaz nuestro vertiginoso sistema social de encontrar un término medio entre la dureza tradicional y el permisivismo introducido en los últimos decenios, pero hay que decir que ese fracaso no es exclusivo del sistema español, como lo demuestran las diversas crisis que han padecido otros países, por Francia sobre todo, y ya más alejados de nuestro ámbito, la fuerte reacción autoritaria que viene produciéndose en los EEUU, donde de creer a instancias tan fiables como Human Rights Watch o American Civil Liberties, rige por doquier la vieja ley del palo y tentetieso. ¿Qué diría esa ingenua opinión libertaria que ha convertido nuestra enseñanza en un campo de batalla si se enterara de que en aquel referente del mundo democrático el castigo físico es legal en 21 de sus Estados y práctica habitual en 13 de ellos? Los observadores citados sostienen que lo que se conoce como “ley del palo” rige con normalidad en ambientes conflictivos y en las áreas pobres, y lejos de ser una reminiscencia del pasado, la legalización del “azote con palas de madera” en algún condado de Georgia se produjo hace bien poco. No menos de 200.000 niños americanos sufrirían anualmente esas agresiones “legales” por parte de sus docentes, sin que sea necesario advertir que la mayoría de la leña se la llevan los escolares afroamericanos. Encuentro en uno de esos informes la triste conjetura de que “la pobreza ayuda a crear las condiciones del castigo físico”. Nos balanceamos, como ven, entre la tolerancia irresponsable y la pura crueldad.

 

Quizá no hemos sido capaces de encontrar hasta ahora la fórmula adecuada que responda al proyecto de educación en libertad así como a las hondas transformaciones de la propia didáctica. Puede que mayores y pipiolos no vean la misma cara de esa difícil luna cotidiana, es posible que llevara razón el gran Michaux cuando escribía que la enseñanza que conviene a la araña no es la apropiada para la mosca. No lo sé. Pero hay que convenir en que entre la anomia y la barbarie que hoy imperan ha de caber holgadamente una solución discreta. Nunca el sistema educativo fue tan potente ni estuvo tan amenazado. Librarlo de su doble amenaza puede que sea el objetivo más urgente de esta vacilante civilización.

Ahorro y recortes

Pocos serán los andaluces que traguen con ese cuento de la reducción del número de consejerías, habida cuenta de que, en realidad, los servicios se mantendrán intactos sólo que ubicados en otros departamentos. Pocos también quienes crean en la bicoca prometida por Arenas de gobernar, llegado el caso, con la mitad de altos cargos. La Administración autonómica es un monstruo imparable que, conjuntamente con su repertorio de empresas públicas, no hay economía que sostenga como no sea al precio de reducir ruinosamente los servicios al contribuyente. Sin contar con que ese ahorro que todos invocan implicaría un despido masivo del que nadie habla. La Junta y sus flecos son hoy una carga insoportable que no reducirá ningún partido en el poder.

El plumero de Trillo

A Trillo se le ha visto el plumero en esa primera declaración en la que, a propósito del oleoducto, declara algo tan obvio como elocuente, que “el Medio Ambiente no tiene por qué ser un obstáculo para el desarrollo de los pueblos”. Ya ven, preparando el terreno, que él ahora trata de despejar hacia el Ministerio, pero, en definitiva, dispuesto a respaldar ese proyecto apadrinado por el propio presidente del Gobierno, que es para lo que lo han puesto ahí. Un papelón le espera aTrillo, tras su larguísima espera y tanto sapo tragado, en esa consejería, pero no duden de que el negocio de los “amigos políticos” será su principal encomienda.

Prohibido creer

Por gentileza de un amigo parisino acabo de leer en primicia “Le prix á payer”, el precio a pagar, el libro de Joseph Fadelle que cuenta la historia fidedigna de un chiita irakí que hubo de vivir una tremenda odisea tras su conversión al cristianismo bajo la influencia de un amigo, odisea que acabó a tiros en plena calle y con el converso abatido por su propia familia. Es una historia dramática que coincide con la noticia, que antier mismo pudimos ver en televisión, sobre ese matrimonio pakistaní al que los integristas islámicos martirizaron quemando vivo al marido y violando a la mujer ante la pasividad absoluta de la policía presente, uno más entre los numerosos atropellos que están ocurriendo en aquel país, en India, en Nigeria, en Malasia, en Egipto, en Somalia, en Marruecos, en Argelia o en el propio Irak, en todos los cuales la fobia antioccidental se ceba en esos fieles como presuntos corresponsables de los errores políticos de Occidente. Por supuesto que no hay en esta situación nada esencialmente nuevo en la medida en que la intolerancia ha sido siempre un rasgo de la convivencia en los países islámicos. Lo que es nuevo es el hecho de que las instancias internacionales tomen tan justa y diligentemente la defensa de las minorías musulmanas en este lado del mundo –como hacía el jueves pasado el Consejo de Derechos Humanos de la ONU al condenar la discriminación de esas minorías y pronunciarse contra la prohibición suiza de los minaretes—mientras se ignoran de la manera más olímpica esas otras persecuciones padecidas en el lado de allá. El protagonista del libro de Fadelle es condenado por una fatwa ejecutada por sus hermanos en plena calle, pero ni por él ni por el matrimonio martirizado se ha oído la voz de Human Rights Watch o de Amnistía Internacional, tan atentos siempre a la injusticia. Este doble rasero puede que acabe enrareciendo aún más el clima de tensión religiosa que va a hacer buena la profecía de Malraux sobre este siglo de las esperanzas que pinta cada vez peor.

 

No habrá posibilidad de un orden internacional nuevo y solidario mientras las decisiones políticas y sociales dependan de criterios religiosos. Pero eso, que respecto a los países teocráticos resulta inútil recordar, es preciso subrayarlo en el ámbito teóricamente libre para el que todo ataque a las creencias personales debe constituir un atentado. No es justo ni quizá posible imponer el respeto a las creencias islámicas en los países desarrollados mientras en los musulmanes se castiga con la muerte la simple conversión y se persigue a los cristianos. No lo es que el martirio sea “El precio a pagar” por la libertad de creer.

La jungla escolar

El consejero de Educación se ha estrenado con el reconocimiento del desprestigio del sistema educativo y con la promesa de reforzar la figura del profesor dotándola de más autoridad aunque no ha dicho cómo ni cuándo. Su primer acto ha sido, sin embargo, interesarse por ese director de Instituto agredido esta semana por uno de esos alumnos intocables contra los que poco puede hacer hoy el claustro ante la desmesurada protección oficial. Es una lástima que alguna comunidad rival se haya adelantado a atribuir al docente la condición de funcionario público que convierte en atentado la hasta ahora simple agresión, sobre todo porque ese sigue siendo el camino más lógico para garantizar en lo posible la paz escolar.

A la fuerza ahorcan

La decisión de Griñán de mantener dos legislaturas a aquellos/as que sean designados candidatos para las municipales tiene mucha lógica, pues hay plazas demasiado difíciles para encomendárselas a candidatos a palo. A la ex-consejera Castillo, defenestrada de Medio Ambiente al cabo de un año mal contado tras su fracaso en la gestión, le debe haber caído la ocurrencia como un pelotazo, si es que finalmente es ella la víctima propiciatoria que se inmola en el altar de la improvisación frente al imbatido Pedro Rodríguez. Nadie quiere figurar en ese cartel y eso es mal síntoma en unas elecciones a las que el titular concurre, además, como más méritos visibles que nunca.