La vuelta del Epulón

Los dudosos pronósticos que nos llegan de la crisis tienen poco que ver con el progreso de la fortuna. Se arruinan los pueblos mientras el negocio prospera siguiendo una lógica que a mí me parece del todo coherente pero que plantea alguna dificultad al discurso económico, en la medida en que habría que suponer que el desplome del Sistema debería afectar más a los ricos que a los pobres ya que estos, por definición, tienen poco que perder. Veo el informe sobre las fortunas elaborado por la revista ‘Forbes’ para el año 2010, por ejemplo, y me asombro de que, mientras el quebranto de la economía mundial subsiste y aun se agrava, la nómina de multimillonarios se recupera a paso rápido, no sólo en los países llamados “emergentes”, que eso ya lo sabíamos, sino en estos viejos paraísos nuestros en los que la pobreza no cesa de extenderse sin que se le vea el fin a la catástrofe. Es verdad que, según esa biblia del dinero, el club de magnates no ha recuperado el nivel que tuvo en 2008, pero una fuerte recuperación ha permitido que cientos de ellos se repongan del traspiés y vuelvan a exhibir una riqueza cada día más desproporcionada y, en ese sentido, provocativa. ¿Ustedes saben por qué funciona ‘Forbes’ cuando lo propio y convencional de la riqueza es su discreta ocultación? Pues porque, como advirtiera hace mucho Henri Monnier, cuando se es rico resulta preciso mostrarlo, requisito sin el cual parece que la riqueza misma no tuviera sentido. Es curioso: en el mundo hay en este momento más de mil milmillonarios (en dólares) que en sus respectivos países se pasan la vida escondiéndole el cofre al Fisco mientras en la palestra social se disputan a codazos su puesto en el escalafón. Sabemos, por ejemplo, que Carlos Slim, el consuegro y actual patrón del ex–presidente González, el hombre más rico hoy día, ha desbancado a Bill Gates de su trono y hasta conocemos sus respectivos saldos. Me pregunto si los conocerán también sus respectivas instancias fiscales.

 

En esta fase postmoderna el capitalismo global ha inventado, de hecho, un modo nuevo de acumulación del capital al que, por lo visto, no afecta siquiera la crisis planetaria. Los millonetis indios se han encaramado a la cumbre financiera justo cuando su país atraviesa una dura crujía, mientras que los chinos multiplican el número de sus nuevos ricos a un ritmo desconcertante que afecta en especial a las mujeres empresarias. ¿Quién dijo que la riqueza ilumina la mediocridad? El trágico griego pensaba que la nobleza no es nada mientras que el dinero lo es todo. Hoy Epulón ha conseguido meter en nómina a los marxistas de antier por la mañana.

Autonomía dependiente

No dudo de que el congreso extraordinario del PSOE se cierre con una apoteosis. Griñán saldrá investido nuevo jefe de filas lo cual no supone, ni mucho menos, que de verdad lo sea. Pero el problema ya no es ése (que, desde luego, puede que lo sea para el PSOE). El problema es que una autonomía que ha soportado ya tres defenestraciones de Presidentes es un raro régimen que se niega a sí mismo porque depende, en

última instancia, de otros. El problema no es de Griñán sino de Andalucía. Un problema que explica, en buena medida, por qué estamos como estamos.

Vendedores de humo

Cuesta creer el descaro que supone anunciar como realidades ciertas, como ha hecho el autodidacta Jiménez, proyectos que llevan aplazados años y años y ante los que no se ha visto la menor intención de reactivarlos, aparte de que la situación crítica que vivimos no va a permitir acometer lo que no se acometió en tiempos de bonanza. Engañan con la mayor desenvoltura, mienten sin darle la menor importancia, prometen lo que ellos mismos niegan una y otra vez: el aeropuerto, el desdoble famoso de la N-435, la llegada del AVE, los puentes de la capital… El editorial de este periódico titulaba ayer con acierto: “los eternos grandes proyectos en marcha”. El cuento del alfajor. La última encuesta oficial revela que los políticos constituyen ya la tercera preocupación de los españoles. Nada más lógico.

Servidumbre humana

Un amigo dermatólogo me trae solícito un texto reciente del ‘New England Journal of Medicine’ que da cuenta del hallazgo de un sabio descubridor de la panacea contra los piojos, esa plaga pobre que azota a pobres y ricos, y que no perdonó en su día ni a Faraón , cuando, según cuenta ‘Exodo’, “todo el polvo de la tierra se volvió piojos” aunque sin evitar que el corazón de aquel se endureciera, y que de vez en cuando todavía resurge en nuestras aulas infectando a nuestros alevines. El pobre Rimbaud tiene un poema enternecedor en el que evoca a la expulgadora escrutando la cabeza del niño e implacable con los ftirápteros atrapados entre sus “reales uñas”, una escena familiar en nuestro paraíso desarrollado  hace nada más que dos generaciones y que de vez en cuando reaparece entre nosotros como para recordarnos la última instancia de nuestra miseria. No sabía yo que, a estas alturas, los piojos infectan cada año en el planeta a cien millones de personas, ensañándose, como es natural, con la santa infancia cuya ingenua promiscuidad hace casi imposible evitar el contagio, y tampoco que, a causa de tantas experiencias, el jodío piojo ha acabado por inmunizarse prácticamente a los clásicos tratamientos insecticidas a base de mutar su dotación genética hasta conseguir la inmunidad. Lo que ha hecho el sabio en cuestión es procurar un remedio nuevo, la ivermectina, hasta ahora utilizado contra ciertos parásitos tropicales, que administrado a la ‘basca’,  esta vez no como loción sino por vía oral, garantiza unos resultados espectaculares. Adiós a la dulce y repugnante escena de Rimbaud y a la imagen de aquellos despiojamientos masivos de postguerra –ay, el “piojo verde”—que evitaban el tifus y otras miserias. Las nuevas generaciones no tienen ni idea ya, por fortuna, de lo cerca que seguimos estando, como especie, del mandrilillo y su cuidadosa madre despiojadora.

 

No somos nadie, oigan. ¡Mira que tener que medicar al nene para que, a estas alturas,  no nos pille la piojera! La especie humana avanza que se las pela pero sin dejar de arrastrar ese fardo de su servidumbre animal que lo mismo le proporciona los placeres más sublimes que le impone estos yugos ominosos como para recordarnos que, por más sofisticaciones que acumulemos, todos y cada uno llevamos encarnada, como una segunda naturaleza, la condición primate que nos sostiene. ¡Con lo fácil que le hubiera resultado a Faraón deshacerse de Moisés con esa molécula milagrosa! Me he quedado con el ‘New England’ y le ha prometido a mi amigo, a cambio, un ejemplar de Rimbaud, sin dejar de sentir en mi memoria el peso de aquellas imágenes remotas de madres extenuadas expulgando a sus hijos impacientes. Hay que ver lo que hemos adelantado entre la Biblia y la TV.

Gajes del oficio

Ahora sabemos que los consejeros de la Junta no se fían ni un pelo del sistema público de pensiones puesto que casi en su totalidad poseen planes de pensiones privados. Curioso lo de esta tropa: censura a quienes prescinden de la enseñanza pública pero ellos llevan sus hijos a “la privada” más clasista; exhortan con vehemencia a utilizar el transporte público, sin bajarse en la vida del coche oficial; predican la “movilidad laboral” mientras ellos son los únicos empleados que gozan de vivienda pagada por el contribuyente; recriminan a los “insolidarios” que reclaman actualización de sueldos, pero ellos se ponen el propio a voluntad. Gajes del oficio. De mejor oficio que existe hoy en España. Sin duda.

Un caso inflado

Políticamente hablando,  por supuesto, me van a permitir que les diga que el caso del señor Cortés, el padre de la niña Mari Luz, empieza a resultar ya algo cargante, lo mismo si se queda en el PSOE,  que si es –como lo fue—atendido generosamente por el PP, que si se sube al caro de UPyD, cosa que dudo. Una cosa es compartir la tragedia de esta digna persona y otra muy diferente hacer política con una circunstancia tan triste, por más que lo que se excuse sea la intención de modificar las leyes para hacerlas más eficaces y protectoras. No pasa nada si el señor Cortés se va del PSOE ni si, finalmente, se queda en su casa. La política, que yo sepa, no era lo suyo hasta que ocurrió lo que ocurrió.