Juez y parte

Resulta algo capciosa la reclamación judicial del PP que exige a Griñán una sanción para Chaves: tendríamos que ver qué hacía el reclamante del PP si le exigieran a él que sancionara a Arenas por una acción similar. Ahora bien, que la Junta haya sido juez y parte en ese pleito –¿puede un informe de un funcionario jerárquicamente supeditado jerárquicamente al presunto incumplidor exonerar a éste, como ha hecho, de toda responsabilidad?—no tiene ni mucho ni poco sentido. El “caso Matsa” está claro como el agua como lo estuvo en su día el “caso Montaner” y sospecho que como aquel, quedará en agua de borrajas. Chaves ya está amortizado, después de todo. Y Griñán, desde luego, no está para bromas.

Terquedad

Insiste el PSOE en que los ataque sufridos por el sector fresero onubense en los medios franceses –sin duda motivados por intereses propios—no son tan graves, después de todo, y exonera al Gobierno por su pasividad ante la situación, con el argumento de que habrá que acostumbrarse a que cada cual defienda lo suyo. Tenemos unos políticos de mogollón, esa es la realidad, que poco pueden pintar en Francia, por supuesto, cuando ni siquiera consiguen hacerse oír de su propio Gobierno. Pero no dan su brazo a torcer, entre otras cosas porque la ruina del sector que sea no afecta a sus intereses personales ni partidistas.

Regreso a Willendorf

Mucho más que la extravagancia de ese psiquiatra yanqui que atribuye la infidelidad de los varones adultos a la experiencia de la niñera, me ha interesado el número especial dedicado a las gordas bellas por esa Biblia femenina que es la revista Elle. He dicho “gordas” a propósito, para evitar la ambigüedad del eufemismo, y añadido “bella” porque, como es natural, el truco de esa industria consiste en fidelizar a las clientas proponiéndoles en el espejo amañado imágenes en que puedan reconocerse con agrado identificándose con jamonas excepcionalmente atractivas, como la modelo Tara Lynn, una talla 48 –como lo oyen—, que se volvió a atrás tras un periodo de régimen para volver a ganar los kilos perdidos antes de posar sensualmente, ya sin rastro de complejo, sentada en el famoso sillón de Emmanuelle. No acaba, como ven, esa lucha inmemorial, que es de suyo cambiante, como lo demuestra el arte con su repertorio de venus macizas o gráciles, efímeros fenotipos de moda que alguien, a la sombra de Wilhelm Reich, trató en vano de explicar hace tiempo en función de los diferentes modelos económicos, como si en la era en que fue esculpida la dama de Willendorf o esa otra en la que Rubens pintaba sus rotundas matronas, hubiera explotado el PIB o algo por el estilo. Reinando en estos misterios, yo siempre acabo recordando que los argentinos han conseguido hacer un elogio del adjetivo “flaca” mientras que los españolitos suelen extremar su cariño con madres y novias llamándolas “gordi”, inspirados por ese Edipo agazapado que quien más quien menos lleva alojado en las entretelas. Es una bomba, Tara, créanme, pero al final de la edición, cuando ya nos tienen casi convencidos para la buena causa, se cuela el renglón “correcto” sugiriendo, o tal vez añorando, el día en que sea posible la convivencia de gordas y flacas en paz y harmonía. Ese elogio de la rotundidad en las formas viene a ser como un saldo (anual, por cierto) ofrecido por los mismos que el resto del año mercadean con la esbeltez.

 

Se comercia con la imagen –es decir, con la autoestima—como con cualquier otra mercancía, sin consideración por el daño ni pudor por la evidencia, en la seguridad de que el enjambre novelero no fallará nunca a la cita de la ilusión y menos en el ámbito narcótico de una sociedad de la imagen. Y exhiben una vez al año el palmito de la robusta, bella y abundante como las madonas del Aretino, y como ellas fosilizadas en el anacronismo, para compensarla del éxito de la asténica que señorea el ideal colectivo. El crimen de esa cruel estimativa no está en la demanda sino en la propia oferta.

Confesión de parte

No era de esperar que un dirigente histórico como Diego Cañamero cantara tan claro como para darle la razón a Esperanza Aguirre en el lío de las “pitas, pitas”, explicando que si lo que ésta pretendía era sugerir que, con la reducción de peonadas para cobrar el subsidio agrario, lo que “el Gobierno del PSOE quiere es captar votos a bajo precio, no va descaminada”. No se queje luego cuando, desde fuera y desde dentro, se hable de “sociedad subsidiada” y de “voto cautivo”, de “régimen” clientelar y de votantes trincones. Una declaración semejante me cuesta trabajo creer que osara hacerse desde la derecha. Desde esa izquierda profesional, me resulta insólita.

La fresa en Paris

Realmente no tiene mucho sentido el viaje a Paris organizado por la Diputación –¡un Martes Santo!– para defender la fresa onubense sin contar con el apoyo y la presencia del Gobierno. No es ésa tarea que vaya a conseguir una embajada provincial sino obligación de nuestra diplomacia, ni parece lógico que, mientras a otras autonomías se les consiente que mantengan prohibitivas “embajadas” en el extranjero, a la nuestra se la fuerce a organizar números tan poco creíbles como éste. No es en París y desde Huelva como puede resolverse un asunto que concierne por completo a Sevilla y a Madrid. Otra cosa es que estos viajeros vayan para dejar en evidencia la pasividad de los responsables.

Palo o zanahoria

Como respondiendo a la lastimera declaración de esos docentes gaditanos, uno de cada tres de los cuales dice sentirse amenazado, el nuevo consejero de Educación ha debutado con el gesto de afirmar su propósito de reforzar la autoridad del profesor en vista de que no hay ya manera humana de seguir con la bobada del “buen rollito” que fue en tiempos la absurda coartada oficial. No ha sido capaz nuestro vertiginoso sistema social de encontrar un término medio entre la dureza tradicional y el permisivismo introducido en los últimos decenios, pero hay que decir que ese fracaso no es exclusivo del sistema español, como lo demuestran las diversas crisis que han padecido otros países, por Francia sobre todo, y ya más alejados de nuestro ámbito, la fuerte reacción autoritaria que viene produciéndose en los EEUU, donde de creer a instancias tan fiables como Human Rights Watch o American Civil Liberties, rige por doquier la vieja ley del palo y tentetieso. ¿Qué diría esa ingenua opinión libertaria que ha convertido nuestra enseñanza en un campo de batalla si se enterara de que en aquel referente del mundo democrático el castigo físico es legal en 21 de sus Estados y práctica habitual en 13 de ellos? Los observadores citados sostienen que lo que se conoce como “ley del palo” rige con normalidad en ambientes conflictivos y en las áreas pobres, y lejos de ser una reminiscencia del pasado, la legalización del “azote con palas de madera” en algún condado de Georgia se produjo hace bien poco. No menos de 200.000 niños americanos sufrirían anualmente esas agresiones “legales” por parte de sus docentes, sin que sea necesario advertir que la mayoría de la leña se la llevan los escolares afroamericanos. Encuentro en uno de esos informes la triste conjetura de que “la pobreza ayuda a crear las condiciones del castigo físico”. Nos balanceamos, como ven, entre la tolerancia irresponsable y la pura crueldad.

 

Quizá no hemos sido capaces de encontrar hasta ahora la fórmula adecuada que responda al proyecto de educación en libertad así como a las hondas transformaciones de la propia didáctica. Puede que mayores y pipiolos no vean la misma cara de esa difícil luna cotidiana, es posible que llevara razón el gran Michaux cuando escribía que la enseñanza que conviene a la araña no es la apropiada para la mosca. No lo sé. Pero hay que convenir en que entre la anomia y la barbarie que hoy imperan ha de caber holgadamente una solución discreta. Nunca el sistema educativo fue tan potente ni estuvo tan amenazado. Librarlo de su doble amenaza puede que sea el objetivo más urgente de esta vacilante civilización.