De mal en peor

Ha respondido el PSOE onubense al escándalo de Punta Umbría (hoy ampliado en esta páginas) diciendo que “lo único ilegal es grabar conversaciones privadas” y que es legítimo que un Ayuntamiento proceda a hacer un “reparto equitativo” de las contratas municipales. Lo que no sabemos todavía es qué dirá a propósito de la adjudicación de Chaves de más de 10 millones a una empresa controlada por su hija, aunque no parece arriesgado suponer que el enroque no variará. Desde el alcalde monterilla que guarda su botín bajo el colchón al presidente que favorece a sus familiares más próximos, pasando por el que carga a obras pías facturas de puticlubs, esto sobrepasa ya todo lo tolerable. Que el partido se cierre sobre sí mismo garantiza, por si algo faltaba, una complicidad que explica lo que está ocurriendo.

Justos por pecadores

No es la información independiente, es la política ocultista del propio partido la que está comprometiendo al conjunto del PSOE, muchos de cuyos militantes reprueban el choriceo al que asistimos. Y que no vengan con cuentos porque lo que ha ocurrido en Punta Umbría es de juzgado de guardia, como, con la boca chica, reclama alguna portavoz. “Tenemos 80.000 euros que te vamos a dar. Y el resto, en una de las (obras) que saquemos que seas adjudicatario (sic), pues lo iremos metiendo, como antes”. ‘Como antes’: no se pierdan el dato. Hay que ser tonto para tragar con que estamos ante un incidente aislado y casual, y no ante un modo pervertido de gestionar. En efecto, somos muchos los que creemos que un montaje como ése debería acabar en el banquillo.

La nueva Alemania

Se me queja un amigo enseñante de que sus alumnos de bachiller suelen creer que Alemania es un país tan viejo como cualquier otro de los europeos, ignorándolo todo sobre el complejo y largo proceso de formación del Reich, justo cuando aquel gran país vive con creciente vehemencia el 60 aniversario de la República Federal y el disparado optimismo de los analistas que ven como desaparece a ojos vista el “complejo alemán”, al tiempo que crece sin pausa un sentimiento patriótico que en las encuestas es expresado tanto por el 60 por ciento de ciudadanos que se sienten orgullosamente alemanes como por el 80 por ciento que entiende al patriotismo como un fenómeno típicamente alemán. Se acabó, al parecer, la larga noche del remordimiento y el pesar, para dar paso a un optimismo que pronto celebrará, además, la caída del Muro y la reunificación de las dos Alemanias, un optimismo que tiene base de sobra en el vigoroso esfuerzo que ha aupado al país –a pesar del contratiempo económico que supuso la reunificación—al primer puesto entre las economías europeas y al tercero entre todas las del planeta. Una muchedumbre ha festejado el acontecimiento alrededor de la Puerta de Brandenburgo soplando las sesenta velas simbólicas que certifican la definitiva reinserción  y mayoría de edad de esa imprescindible Europa demasiado tiempo averada por imposición externa y, por supuesto, por una discreta autoexclusión de naturaleza purgativa. No hace tanto después de todo, como ahora se ha recordado allí, que un presidente como Gustav Heinemann era capaz de decir en público aquello de “amo a mi mujer pero no amo a mi país”.

 

No toda la presunta modernidad opta, pues, por la disgregación y el minifundismo político. Hay grandes países, los más grandes sin duda posible, que refuerzan su sentido de la unidad como prerrequisito del éxito histórico de la nación y como garantía de progreso material pero también como causa de decisivos avances morales. Alemania ha expiado durante medio siglo una locura que, desde luego, no sería justo atribuir sólo a una minoría enloquecida, pero que tampoco tiene ya sentido mantener sobre una conciencia colectiva contrita y renovada. Esos cientos de miles de ciudadanos celebrando el aniversario tienen  derecho, tras 60 años de esfuerzo y república, al sentimiento patriótico que, durante tanto tiempo, se les ha negado.

No escarmientan

Hay quien piensa que la corrupción es intrínseca a la democracia actual, que es “demasiado humana”, como diría Niestzche, para mantenerse limpia. La grabación de Punta Umbría, como la de Baena y tantas otras, demuestra que, desde el Poder, el prepuesto se ve como propio del partido y la ley como un mero estorbo que hay que saber esquivar. Expresiones tales como “Te lo digo ‘pa’ que lo sepas”, “te he dicho que éste es un tema político, más claro no te lo puedo decir”, “si quieres seguir trabajando, tú te lo piensas”, merecerían la inmediata expulsión de sus autores de la vida pública. “Somos los que gobernamos y ya está”; más claro el agua”. Dicho por un miembro de la Ejecutiva, el PSOE deberá elegir entre la expulsión o la complicidad.

Visita en mal momento

Hay que agradecerle al presidente Griñán sus dos visitas seguidas a Huelva, aunque la de ayer hubo de celebrarse en mal momento, teniendo en cuenta la vergüenza de Punta Umbría, la grabación en la que un miembro de la Ejecutiva Provincial del partido y varios ediles y técnicos de aquel Ayuntamiento hablan con un constructor en términos de una intolerable connivencia corrupta. Hay que suponer que el Presidente –hombre ajeno hasta ahora a la corrupción—tomaría cartas en el asunto aunque fuera por lo bajini y a cencerros tapados, porque es evidente que en esos niveles de podredumbre política no se puede mantener una democracia normal. Si el PSOE de Huelva, una vez comprobado lo que haya que comprobar, no pone en la calle a esos logreros, será sencillamente cómplice de las mismas fechorías que no se cansa de denunciar.

Gastos pagados

No parece que vaya a tener pronto final el escandalazo organizado por las informaciones del Daily Telegraph sobre la desvergüenza con que los diputados británicos, igual los conservadores que los laboristas, se gastan el dinero público con  el mayor desahogo del mundo. Los últimos han sido la denuncia de que uno de ellos, laboristas por más señas, habría instalado a su hija en el apartamento londinense amueblado que previamente había adquirido con dinero de los contribuyentes, y el descubrimiento de que otro, en este caso conservata, se habría hecho construir un refugio para sus patos en una isla, ni que decir tiene con cargo al erario. Se espera que los implicados, que ya pasan de 120, lleguen a constituir una verdadera legión si el periódico termina por explotar íntegramente la información disponible en los 200 DVD de minuciosa información  que adquirió al mejor postor, una vez que la competencia (Times, Sun y Daily Express) renunciara a pagar los quizá 300.000 euros exigidos por el vendedor pero, en cualquier caso, no se recuerda en la historia del parlamentarismo británico un escándalo tan sensacional como el que ha ido degradándose desde que se supo que la ministra de Interior había pagado con su tarjeta pública los videos pornos de su marido. El ‘Telegraph’ administra, además, el material con un  tacto digno de admiración, de manera que cada día deja caer cuatro o cinco casos para que el lector vaya coleccionando evidencias del descaro de la clase política y la absoluta impunidad en que hasta ahora se han venido moviendo sus miembros. Aquí hemos de conformarnos con los justificantes que los munícipes de Baena recibían de los puticlubs que visitaban en sus ratos de esparcimiento y que ellos cargaban piamente a obras benéficas y de caridad. Hay que decirlo para que se vea que, por una vez, no somos únicos ni estamos solos en esta crisis moral profunda que atraviesan las democracias.

 

Lo peor del caso es el momento que vivimos, quiero decir que la noticia del indecente despilfarro nos llegue en plena crisis, es decir, cuando los políticos son uno de los escasísimos colectivos inmunes a sus efectos devastadores, dado que ellos seguirán cobrando igual pase lo que pase, que para eso son ellos quienes deciden por sí y ante sí. No obstante, el despilfarro del erario –algo que ha existido siempre—es posible que haya tocado fondo. Personajillos que vuelan (que volaban) en el ‘Concorde’ en lugar de hacerlo en línea normal, consejera autonómica que, disgustada con el peinado de su estilista sevillana, viaja de Sevilla a Granada en su coche oficial para repeinarse a gusto, vicealgo que se hace recoger y devolver a cien kilómetros diariamente por el coche oficial, aquellos que alquilaron limusinas con “azafatas” durante el viaje oficial… Yo creo que el ‘Telegraph’ ha hecho un gran servicio a la democracia invirtiendo en ese secreto tan bien guardado aunque haya puesto en el alero a un todo un Gobierno.