Ineficiencia autonómica

Siempre me pareció que la transferencia de la Administración de Justicia a la Junta empeoraría las cosas en lugar de mejorarlas y, desde luego, no se puede decir que la experiencia me haya contradicho. Ahora llevamos varios días (en la práctica parece que será una semana) con los Juzgados afligidos por el fallo rotundo del sistema informático –¡el famoso ‘Sistema Adriano’, inaugurado tantas veces!–, ése que en tantos años no ha sido capaz de conectar a los jueces entre sí de manera idéntica a como el Gobierno lo ha hecho entre Hacienda y el contribuyente o entre las policías y el ciudadano. Para llorar. Lo que tiene mérito es que los jueces –ese “ganao”, según González– no se hayan levantado de manos todavía.

El espejo oriental

A Málaga le ha llegado ya el nuevo aeropuerto y en el año en que estamos le llegará también la nueva estación del AVE, cosa de la que, como andaluces, nos alegramos todos. La pregunta es por qué a Huelva no le llega nada desde hace casi un decenio, a pesar de promesas y compromisos, de protestas y palabras empeñadas. Y la respuesta es que el PSOE retiene la inversión en Huelva para combatir el fortín “popular” de la capital, donde la realidad es que, a estas alturas, sigue sin idea siquiera de qué hacer frente a un  Pedro Rodríguez al que los sondeos propios y ajenos dan por ganador de sus quintas elecciones municipales. La discriminación electoral de los onubenses y su provincia por parte del PSOE, ciertamente, no tiene perdón.

El tercio excluso

Mi amigo Ignacio Darnaude, que más que un ufólogo al uso es un esoterista en toda la línea, desafía constantemente mi propensión irracional enfrentándola a mi fluctuante racionalismo. Me abruma aconsejándome que acepte la paranoia como panacea para estar siempre por encima de la Verdad –una proposición que tal vez no hubiera osado formular Lacan– o me pregunta con amistosa insidia si es posible resignarse a pensar como el cangrejo, además de mantenerme al día de los avistamientos que, como días atrás, asaltan periódicamente la actualidad, o informarme sobre los hallazgos de los debeladores de patrañas mediáticas. Su última broma ha sido enfrentarme con un libro de Seco de Lucena  en el que se cuestiona por las bravas la lógica aristotélica con el argumento de que las estructuras divalentes del lenguaje –‘si’/‘no’, ‘verdadero’/‘falso…– y la consiguiente proscripción del llamado “tercio excluso”, suponen un intolerable atentado a la imaginación contra el que propone el recurso una lógica siquiera trivalente que nos libre de las inquisiciones noológicas (y de las otras) en caso de que propongamos que algo es a un tiempo verdadero, falso o indeterminado, algo, después de todo, que los físicos elevaron a principio postulando el principio de indeterminación hace mucho tiempo, pero que no se le consiente al imaginativo que otea las galaxias o bucea ensimismado en al psiquismo del moribundo y trata de seguirlo en su anábasis por el famoso túnel de luz. Envidio a Ignacio a pesar de no partir en él las peras de la credulidad y no oculto que su ejemplo me ha ayudado no poco a la hora de poner en su sitio las pretensiones tiránicas de un logicismo tantas veces necesitado del rodrigón instintivo. Borges dijo una vez en Sevilla que ya tenemos en este mundo suficientes misterios como para agenciarnos misterios suplementarios. Si les digo mi verdad, cada día le río menos esa gracia al maestro.

 

Demasiadas experiencias nos llevan en esta vida a añorar ese “tercio excluso” que podría ampliar nuestro horizonte psíquico incluso sin detrimento del rigor, a condición de que no veamos orégano en todo el monte. Después de todo, hay lógicos que plantearon hace tiempo bajar esa guardia admitiendo una suerte de lógica polivalente –que, por cierto, no dejó de entrever Leibniz en su día– y que tal vez pudiera hacernos la vida más fácil a todos. ¿Por qué un electrón va a poder ser onda y corpúsculo a un tiempo si lo dice Heisenberg mientras se le niega el pan y la sal a los amigos de Ignacio? Él sonríe en silencio cuando le digo estas cosas pero a mí, francamente, me producen un respeto imponente esos crímenes de lesa lógica.

Las cintas grabadas

El remate de esta epidemia de corrupción política lo constituyen, junto con las facturas falsas, las cintas grabadas que nos están permitiendo ver –en Valencia o en Madrid en Punta Umbría o en Baena, en Estepona o en El Ejido—hasta qué punto algunos partidos, con la complicidad de sus partidos, se han apoderado de la “cosa pública” hasta hacerla suya. Las que revelan la intervención del ex–alcalde de El Ejido en el apaño de las oposiciones municipales da asco, pero ciertamente no son excepcionales sino, a estas alturas, comunes. Ningún partido se libra de esta lacra. La democracia es aquella bella abanderada pero con los pies gangrenados.

El amigo Ginés

Mi amigo Ginés Morata es un hombre de principios y también un ingenuo como la copa de un pino. ¡Mira que venir a estas alturas diciendo que le gustaría conocer la causa por la que lo cesaron como presidente del Consejo de Participación de Doñana! Pero, hombre, Ginés, ¿qué querías que hicieran tras haberte descolgado votando contra el proyecto de oleoducto comprometido por ZP con un “amigo político” al que el partido le debe tanto? ¿Con quién te creía tú que te jugabas los cuartos? Aquí no hay más que estarse quieto para no salir en la foto y tú te has salido hasta del marco, cosa que te honra una vez más. Menos mal que tú hace tiempo que vuelas muy por encima de esos lucios. Si alguien pierde con tu exclusión es la Doñana de todos.

La paridad india

La Cámara Alta del Parlamento indio ha aprobado esta semana una ley de cuotas para la mujer que aguardaba turno desde hacía decenios. El triunfo por consenso ha sido pírrico, desde luego, en la medida en que el acuerdo de reservar un tercio de los escaños disponibles a las mujeres incluye condiciones que favorecen de manera descarada a las castas privilegiadas del sistema, que van a permanecer intactas a pesar de los vientos de cambio. Sabemos más bien poco por estos lares de ese coloso de 1.160 millones de almas (y de cuerpos, ay), que crece a un 7’5 por ciento en medio de la crisis mundial pero a cuya economía auguran los expertos, con crisis o sin ella, el doble de energía para muy pronto y el cuádruple allá para el año 2020. India no es hoy sólo una economía emergente sino que ha visto transformarse su sociedad en términos vertiginosos en buena medida a causa de la incorporación de la mujer al trabajo, pero los expertos coinciden en que el país está pagando un alto precio por este abrupto cambio en las relaciones familiares que ha provocado una auténtica “crisis de hegemonía” entre los varones, hoy más numerosos en la consulta del psicoanalista que las mujeres y el siete por ciento de los cuales acaba divorciándose, aparte de hacerlo en una progresión que se acomoda enteramente al aumento del trabajo femenino. Una sociedad tan fuertemente patriarcal (todavía funciona en ella en la práctica la “justicia familiar” que, llegado el caso, incluye la muerte de la mujer) vive con desasosiego esta última vuelta de tuerca que es la libertad de la hembra y su libre competición con los machos, teniendo en cuenta que, de modo paralelo, subsisten en ella costumbres tan bárbaras como la de abrasar con ácido la cara de la mujer que rechaza al enamorado. Claro que como en China o Japón –como en todas partes, si me apuran—esas cuotas afectarán casi en exclusiva a las hembras pertenecientes a grupos dominantes mientras que en el país que sigue ostentado el liderato mundial de la pobreza, perece cada año cerca de un millón de parias por beber agua contaminada. No van a dar abasto, las nuevas paritarias.

 

Se debate en la prensa india cuál será el impacto de esas cuotas femeninas en la vida del país, pero la estadística avisa ya que, desde que comenzó el inevitable proceso de protagonismo femenino, dos de cada tres matrimonios acaban seriamente perturbados cuando no rompen provisional o definitivamente, un dato sólo ligeramente peor que el que, en idénticas circunstancias,  se constata en nuestras sociedades. Por arriba, se entiende, ya que por abajo todo parece seguir imperturbable su curso de toda la vida.