EL rescate de la Hez

Lo que la “Izquierda emergente” está haciendo en España puede calificarse de muchas maneras pero, sobre todo, como el rescate de la hez de la sociedad. Hubiera sido impensable en el Ayuntamiento de Madrid escuchar el desprecio del genocidio nazi al tiempo que por la víctimas del terrorismo en España, lo mismo que ver encargada de una concejalía importantes a una chica que cifra todo currículo en haber profanado una capilla universitaria mostrando generosamente su anatomía. Pero aquello no era nada, teniendo en cuenta que luego un delegado de cultura de dicho concejo ha escarnecido a las víctimas del genocidio nazi o del terrorismo etarra y que la alcaldesa de Barcelona –otra agitadora de barrio, sin mayor mérito—ha permitido en su presencia y en público a una pretendida “poeta” catalana recitar un Padrenuestro blasfemo. ¿Habremos tocado fondo o nos quedará aún que bajar en esa sima un buen trecho? Veremos, pero mientras tanto levantemos nuestra voz contra esos tarados que creen que la blasfemia o el sacrilegio constituyen acciones revolucionarias. ¿Estamos como en el 31, quemando iglesias y conventos, desenterrando monjas y con la idea fija de fusilar curas? Esperemos que no, pero la verdad es que nada nos apoya en nuestra suposición. La golfa esa de Barcelona que hemos visto en los “medios” no lo es más que la alcaldesa que se lo permite y que le ríe la gracia.

Me dice David Gistau en la radio de Herrera que él ve en esos gestos “provocaciones” de efecto calculado para poder identificar a la “Caverna”, o sea, para destapar a la derecha moderada o sin moderar, y yo, que tanto lo valoro y aprecio, le respondo que sí, que lo mismo decían los ingenuos en aquel 31. Estos provocadores son una basura, la mencionada hez de la sociedad, los iconoclastas ignaros que se han creído el cuento del laicismo militante. Ni Carrillo, ni González/Guerra cayeron en esta trampa para imbéciles, sabedores todos ellos de que una cosa es la legítima laicidad y otra muy diferente el laicismo militante. Si Podemos se constituye como la Izquierda posible —cosa que no creo—habremos convertido la crítica política en un episodio soez hijo a medias de la ignorancia y del rencor. Realmente no podíamos esperar este capítulo en nuestra crónica democrática. El sistema de libertades es bastante más que una ménade blasfemando en público o un edil bromeando con los crematorios del mayor genocidio de la Historia.

¿No es un escándalo?

¿No es un escándalo que la inmensa mayoría de los ciudadanos esté convencida de que, al final de la función, los grandes responsables de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas se irán de rositas? ¿Y no lo es que los propios fiscales que velan por el cumplimiento de la Ley tengan que advertir a la actual juez instructora de esa causa que anda más que floja en derecho procesal? En algún momento habrá de producirse la rebelión de los “ropones” para forzar la imprescindible, aunque supongo que traumática, separación de poderes, hoy obscenamente usurpada por la política, porque la causa última de la crisis que vive nuestra democracia, no les quepa duda, es la corrupción generalizada. España es hoy y desde hace decenios el botín de unos y la ruina del resto. Si encima resulta ser verdad que los jueces no saben procesal, apaga y vámonos.

El mundanal ruido

Hace una temporada que, como quería el poeta, vivo aislado del mundanal ruido. Apenas leo periódicos—salvo los franceses, pero por costumbre—ni veo telediarios más que a retazos. No me ausento de la audiencia porque ande metido en un estudio grave y enojoso sino que –creo yo—estoy medito en ese berenjenal para aislarme de ella. Mi pasión por la política tiene un límite, el politiqueo, el por-aquí-te-quiero-ver, y la retórica cantinflesca que se resuelve en sistemas de ecuaciones orales imposibles por mendaces. Nadie dice la verdad, todos mienten, y yo, la verdad, estoy de que me camelen hasta el gorro. ¿Cómo ha podido producirse esta debacle en la opinión cualificada, que es la única que aquí sigue los avatares de la vida pública? Pues no lo sé ni bien ni mal, a fuer de sociólogo, pero lo cierto es que se ha producido, y que ya no es que la opinión no atienda a la política sino que los propios políticos viven como almejas refugiados en su bivalvo, hablando si escuchar el Otro. Sí, sé de sobra que lo “in” es mostrar atención a esos bailes, pero para los “indies” empecinados como yo no caben disimulos. ¡Que asco de política, colegas! ¡Cuánto cuento, cuánta zancadilla, cuánta deslealtad! La patria es ya sólo un vestigio hiper-ético, un sentimiento órfico como la lira o uno cazurro como la gaita, (sí, sé que cito a José Antonio, ¿y qué?), un rescoldo del fuego primordial que civilizó a la horda en torno a un ideal. Qué le vamos a hacer.
No sé si, finalmente, los “constitucionalistas” podridos o sin pudrir llegarán a un acuerdo con un PSOE que se bambolea en los Juzgados no menos que el PP. Tampoco si el desenlace será un “frentecillo popular” que nos arruinaría sin duda posible pero podría hacer reinas por unos días a unos cuantos aventureros mientras la patria se desmoronaba por brotes efervescentes. Yo, a lo mío, que me parece que ya cumplí sobradamente mi compromiso colectivo y, además, no es que me dedique a sestear bajo la higuera sino que me enredo en mi estudio. ¿La culpa? Tampoco tengo respuesta para eso, pero no me cortaré un pelo al expresar mi desprecio por los podridos y arrebatacapas que han okupado nuestra democracia durante estos decenios. No descarto mi vuelta al redil, eso sí, porque no hay mal que cien años dure ni trileros que perduren y, además, porque nadie me va a echar de menos. Lo de Asterix y Obelix es una fábula. Y yo, a estas alturas, me siento más dentro que fuera de su aldea.

La tormenta perfecta

Esa manida expresión ha utilizado Susana Díaz para referirse al penúltimo estallido de la corrupción. Dice la Presidenta que “no se ha combatido firmemente a los corruptos”, y en ello no podemos estar más de acuerdo con ella. Es más si la Junta no hubiera declarado la guerra a la juez Alaya y ella misma no hubiera blindado a los virtuales imputados –huy, perdón, “investigados”—otro gallo –y no precisamente el “gallo rojo”— cantaría. ¡Ay, si en Invercaria y en el saqueo de los fondos Formación o en las facturas falsas, doña Susana hubiera actuado con la determinación que ahora echa de menos! El PSOE ha desbaratado al PP con su propaganda sobre una corrupción que ya veremos, cuando se eche la cuenta final, a cuál de los dos grandes partidos deja peor parado.

Nuestra hipocresía

Un embajador de España me habla de la hipocresía de Occidente. Qué hipócritas somos, qué manera de disimular las atrocidades de nuestros “aliados” –mejor sería decir “socios”–, africanos y no sólo africanos, qué poca vergüenza la de un Giscard d’Esteing aceptando para su señora los diamantes de sangre que le enviaba Bocassa, o la de la ONU ignorando las eventuales barbaries de sus propios “cascos azules”, qué contradiós, Dios! Mi embajador me cuenta –tiene larguísima experiencia—el caso de Idi Amín Dadá, el canalla enloquecido que fingía ante la tv francesa hablar con los cocodrilos, el que se había hecho célebre en el ejército británico por cortar el miembro viril de un machetazo a un recluta desdichado. No había diplomático en Occidente que ignorara que aquel salvaje se entrenaba en el ring –ganó los Juegos de la Commowealth entrenándose con desgraciados hasta noquearlos sin remedio—y, sin embargo, Uganda era Uganda, como el Chad fue el Chad en su día o Sierra Leona fue Sierra Leona en el suyo, todos ciegos, sordos y mudos ante el tirano, como en tantas ocasiones –hasta Aristóteles fue preceptor de uno de ellos—ante el espectáculo inhumano del poder salvaje y la explotación sin límites. ¿Le decimos algo a los EEUU o a China cuando multiplican sus ejecuciones, hemos logrado siquiera que los amos de Occidente se adhieran al Tribunal Penal Internacional? Qué hipócritas somos, me repite mi embajador. Y yo le contesto que sí, que qué hipócritas.

Es una lástima que los expertos no se hayan puesto de acuerdo sobre el número de las víctimas de Idi. ¿Fueron 100.000 o 500.000? Bah, qué más da: las cifras realmente genocidas que nos llegan desde el África con la que comerciamos con diamantes, armas, petróleo o coltán, son de poco fiar y, además, resultan insignificantes ya que nadie les hace ni puto caso, y perdón por ese adjetivo tan de moda. Mi amigo sabe la intemerata de historias para no dormir pero se atiene a un respetuoso sigilo profesional en la mayoría de las ocasiones, y por eso mismo me ha llamado tanto la atención su explosión verbal: “¡Mira que es hipócrita Occidente!”, me dice no sé si desalentado. Y yo le respondo que no hay más que mirar a esos refugiados sin asilo que vivaquean en pleno invierno por Europa llamando inútilmente a nuestras puertas cuando no se han ahogado en el Mediterráneo en las pateras de las mafias. Los diplomáticos podrían –deberían—alumbrar estas sentinas políticas en las que se agita tanto Amín Dadá.

Filosofía en píldoras

El ex-presidente Borbolla es un político paremiólogo y apodíctico. Las clava, el tío, exhibiendo una singular economía de palabras. Cuando sostiene que “ca uno es ca uno”, se ahorra un largo rodeo ontológico; cuando dice que Susana Díaz tiene ambición “de ser pero no de estar”, desconcierta con su alarde metafísico a los pretorianos de la Junta. Un día le pregunté –ya lo he contado–, paseando a orillas del Rin, cómo pensaba resolver un complejo problema que entonces nos acuciaba, y él me respondió sin inmutarse que “A poquito a poco”. Las grandes teorías le aburren, como a Cioran, lo mismo que la política gradilocuente: él nunca se cansó de reivindicar la política de las “cositas” concretas. Otros, demasiados, se han perdido haciendo castillos en el aire.