Trampas deportivas

Hay que ver la que aquí se ha organizado ya en varias ocasiones con motivo del presunto o efectivo dopaje de nuestros deportistas y alrededor de ese oscuro montaje subrepticio en el que colaboran médicos sin escrúpulos y al que se prestan algunos ambiciosos insensatos. En los reciente Juegos rusos, los celebrados en Sochi, resulta que ha circulado una instrucción interna de las autoridades rusas en la que se explicaba con toda la cara que el gas xenón, debidamente administrado, resulta utilísimo para aumentar el rendimiento de los deportistas, con la ventaja añadida de que, como gas inodoro e incoloro no deja la menor huella bioquímica detectable en el organismo del dopado, instrucción obviamente cínica desde la perspectiva reglamentaria y que ha hecho suponer a los expertos la posibilidad de que el 70 por ciento de las medallas obtenidas por los atletas rusos desde 2004 habría que explicarlo como efecto de una manipulación masiva. El xenón fuerza la producción de una hormona, la eritropoietina, que a su vez provoca un aumento significativo del oxígeno en sangre, proporcionando al atleta una mayor resistencia y una energía suplementaria, pero los rusos se han enrocado en el argumento de que, para que se pueda hablar de dopaje, es condición imprescindible que puedan hallarse en el organismo dopado esas huellas bioquímicas. En todo caso el medallero no se mueve y la Agencia Mundial se ha limitado a comprometer una futura consideración del asunto. Guante de seda, se llama eso.

 

Trampas y reglamentos aparte, lo que cabe preguntarse es la razón por la que se prohíbe al deportista el uso de sustancias estimulantes, en la medida en que esa prohibición no es originalmente olímpica dado que en Grecia consta el uso que de ciertos remedios entonces ya conocidos eran utilizados por los efebos antes de coronarse y dormirse en las rodillas de Píndaro. ¿Perjudica a la salud la inhalación de un gas, por ejemplo, o su prohibición responde tan sólo al prurito reglamentista? Lo que no deja de resultar ridículo es aplastar el prestigio de un corredor porque su analítica revela una dosis infinitesimal de alguna sustancia prohibida viajera en un inocente solomillo. Don Helenio Herrera suministraba oxígeno a sus jugadores durante los descansos y a nadie se le ocurrió entonces cuestionar un recurso que dio, por cierto, resultados más que apreciables. Hoy, en medio de una sociedad masivamente medicada, sabe Dios lo que los burócratas harían con él.

Todos mangando

Beni de Cádiz distinguía entre “trincar”, que era llevarse lo que a uno le correspondía por su trabajo, y “mangar”, que consistía en lo que el mismo sujeto lograba arañar en beneficios digamos colaterales. Beni, tan comprensivo con la corrupción humana, no vivió para ver estos tiempos del cólera en que se lo llevan crudo los de arriba y los de abajo. Así, si el otro día les informábamos de que la agencia Giahsa, gestora provincial huelvana de aguas y residuos, largaba sumas confortables a los partidos – a todos, ¿eh?–, ahora sabemos que también “trincaron” lo suyo los llamados “agentes sociales”, es decir, sindicatos y empresarios. El que esté sin pecado que tire la primera piedra para lapidar la corrupción de todos.

La historia viva

Todo indica que la herencia de la gran generación de clasicistas españoles –los Adrado, Fernández Galiano, Luis Gil, Lasso de la Vega, etc.—garantiza la continuidad de esa espléndida ilustración, tan combatida desde las instituciones como desdeñada por la estimativa común. No hay más que seguir de cerca las ediciones griegas y latinas aparecidas hoy, para toparse con el curioso fenómeno que supone la pujante supervivencia de unas disciplinas a las que se trata incluso de desalojar de la enseñanza mientras florece continua una generación de investigadores tan marginal desde la perspectiva oficial como valiosa en sí misma. Es más, es probable que nunca se hayan producido en España tantos trabajos sobre el mundo clásico como ahora, lo que prueba el despiste fenomenal de nuestra política educativa, hay que reconocer que con la anuencia del criterio público. Hace poco elogiábamos aquí la monumental edición de la Eneida publicada por el grupo de investigación “Nicolaus Heinsius” de la Universidad de Huelva, y ahora mismo acaba de salir al público la obra histórica de Jorge Acropolites, el historiador y protagonista del oscuro periodo bizantino que se abre tras la Cruzada de 1204 y que abre un conflictivo mapa de taifas en su interior del que apenas hubo nunca noticias en nuestros planes de estudio. Esta vez el trabajo, auspiciado por el Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas de la universidad de Granada, se debe a la incomparable diligencia de una helenista, Teresa Vila, cuyo espléndido estudio introductorio, unido a la oportunidad de leer el texto bilingüe, traza una raya profunda en el agua de estos olvidos nuestros, tan aldeanos y poco afectos a la valoración del saber. “Eppur si muove”, habría que decirle al Ministerio, no a éste, sino a todos los que han contribuido a la ruina del saber en el ámbito de la educación.

 

A profesionales como Teresa Vila habrá que agradecerle ese cable lanzado a nuestra incultura, más que nada por la soledad de su empeño, por la generosa vocación despilfarrada en la empresa de recuperar nuestro pasado y, dentro de él, la clave imprescindible de la maltratada cultura clásica para entender nuestra Historia Moderna, por completo incomprensible sin esos pródromos. No entenderemos Europa en tanto no contemos con esas luces griegas y cristianas que Vila ha rescatado a pulso en el despotado de Nicea, otro eslabón perdido en la filogenia de nuestra existencia actual.

Otra Europa

Hace poco un líder de la izquierda griega, Alexis Tsipras, ha reclamado un nuevo Plan Marshall para la Europa de hoy desatando una dura contestación especialmente en Alemania. Pero como Tsipras, muchos observadores europeos claman por una reforma urgente del sistema de relaciones de la Unión que, reforzando las reglas del Estado de Derecho, logre superar una situación como la actual, con vistas a una Europa realmente federal que de verdad controle su comercio y el tráfico de sus finanzas internacionales además de disponer de una política exterior definida. Lo que no se puede consentir es que los EEUU y la UE cierren a  cencerros tapados un gran acuerdo de comercio e inversiones, el TTIP, en el que los países miembros no han tenido la menor participación, y en el que la impronta ultraliberal, desde el más depurado sectarismo librecambista, ha conseguido reducir al mínimo las eventuales y legítimas interferencias de los diversos países en terrenos tan sensibles como la propia regulación financiera o la protección del clima: cualquier cosa, o casi, será lícita en adelante invocando el progreso en beneficio de los grupos de intereses más potentes y sin la menor consideración por el bien común. ¿Cómo combatir el euroescepticismo en la Europa de la corrupción –¡que en Italia alcanza el 4 por ciento del PIB!–, de las desnacionalización de las decisiones y hasta de las mafias que allana el camino a personajes como Beppe Grillo? Europa es el futuro, el único futuro posiblemente, pero con dificultad podrá sobrevivir y escapar a la crisis si no detiene y repara el deterioro de las democracias que funcionan en su seno. Lo actual se parece demasiado al caos para poder garantizar siquiera la normalidad.

 

Esta cruzada ultraliberal, a la que están sucumbiendo los Estados soberanos, no es algo nuevo. Al contrario es un episodio más de un viejo enfrentamiento que nos hace recordar las palabras pronunciadas por Roosevelt en 1932: “Nos explican que las leyes económicas – sagradas, inviolables, inmutables—provocan movimientos de pánico que nadie puede prever, pero mientras ellos se entretienen con ese señuelo hay hombres y mujeres que mueren de hambre”. La austeridad por sí sola resta pero no suma y, desde luego, no multiplica. Son los ciudadanos europeos quienes tienen que reclamar el protagonismo que les ha arrebatado una Unión encerrada hoy en un círculo vicioso del que sólo se benefician ciertos sectores privilegiados.

Mérito y culpa

Sería divertido si no fuera para llorar, el espectáculo que ofrecen nuestras instituciones políticas y agentes sociales a la hora de interpretar la estadística de paro. ¿Quién es culpable si en una autonomía –la nuestra, por ejemplo—el desempleo crece mientras desciende en el resto de España, y de quién es el mérito si ocurre lo contrario? Mientras se ponen de acuerdo reclamemos a todos los que viven de la interpretación un criterio fijo y, ya puestos, una explicación sobre la causa determinante de la fatal excepcionalidad de Andalucía que la mantiene, al parecer sin remedio, enganchada al vagón de cola.

Ni carne ni pescado

Pocas dudas tengo ya de que la concepción de la democracia como un sistema de representación básicamente bipolar está en esa aguda crisis anunciada hace años por más de uno, y sobre todo, por Bourdieu. Venimos viendo síntomas de ello hace tiempo pero ahora mismo acabamos de asistir en Francia el resultado de la desnaturalización del par derecha-izquierda a causa precisamente de su pretendida convergencia en el Centro, ese “no lugar” que sirve de coartada a unos y otros, como tuve ocasión  de argumentar alguna vez en mi libro sobre el tema. ¿Por qué un país ilustrado y que no acaba de cicatrizar las heridas abiertas por el extremismo derechista –y no me refiero sólo a Vichy–, por qué razón el país que produce más y mejor literatura sobre el fracaso del actual sistema representativo, acaba votando mayoritariamente a una extrema derecha montaraz, aparte de hereditaria, como la que representa la familia Le Pen? ¿Es que ya no hay una derecha de confianza para el electorado conservador ni una izquierda confiable para el progresista, o será que, puestos a mirar de cerca el panorama político, el votante no ve diferencia entre las dos manos, dado que, en especial, como consecuencia de la crisis económica, la acción política de unos y otros viene a ser el mismo perro con distintos collares? Al margen de que no se recuerde en la V República un bastinazo como el que ha sufrido Hollande –“el marido de Ségolène”, como dice su prensa satírica–, está claro como el agua que los electores entrevén ya a esas dos manos políticas como una sola y misma garra. ¡Claro que hay un modo conservador y un modo progresista de  concebir la realidad y su política! Lo que no hay es una diferencia básica –dicho sea desde las afueras del maniqueísmo—que le permita al elector dar su voto a quien de verdad lo representa.

 

Echemos la barba en remojo, nosotros, los españoles, mientras escuchamos a la izquierda “exigir” (¿) que se bajen los impuestos y suban las pensiones que ella misma congeló cuando gobernaba, y a los de enfrente subir las cargas que juraron y perjuraron que no subirían. Porque el hecho de que hoy en España la extrema derecha no sea más que simbólica y la extrema izquierda no pase de una banda anómica, no garantiza que pasado mañana no nos surja por ahí una “tercera vía” que sea algo más que los grupúsculos conocidos hasta ahora. Veo a través de los resultados franceses una inquietante cuestión propia, mientras desespero de que los que pueden reaccionen.