Pompas de jabón

Como pompas de jabón se ha ido desinflando – los ERE, el saqueo de los fondos de Formación, los amistosos “pelotazos”…– el escandaloso globo de la corrupción andaluza. Una a una han ido estallando hasta quedar reducido éste, como presumía la Junta investigada, a un simple “bluff”, lo que permitirá a la plana mayor del “régimen” afrontar sus inminentes juicios sin necesidad de ansiolíticos. Nunca sabremos ya, pues, si la juez Alaya infló ese perro o el toque está en que la juez sustituta Núñez lo haya pinchado en exceso, pero la realidad es que –como ayer decía aquí mismo Antonio R. Vega—“alentado por el propio hastío de la sociedad andaluza, que ya había interiorizado el fraude como un mal rutinario”, la Junta ha recuperado la tranquilidad perdida durante dos años y medio. Nadie escupe hacia arriba. La Justicia tampoco, claro.

El “déjà vu” catalán

Cerramos este raro otoño con el espectáculo grotesco del pinchazo del globo separatista. Ya veremos si el tiempo no fuerza a los impacientes a reconocer algún mérito a la templanza de Rajoy. Por mi parte, repaso entre mis libros la palabra de los primeros próceres, Milà y Fontanals, Bofarull, Víctor Balaguer, Almirall, Rubió y Ors, Aribau…, los soñadores de los “Jocs florals”, los padres de la Renaixença… y los políticos de “acá” (Maura, Canalejas, Moret, Dato) frente a los de “allá” (Cambó, Lerroux, la Lliga y la Asamblea Catalana), para concluir que nada hay nuevo en el zafarrancho actual: todo este conflicto no es más que un “déjà vu”. Escúchenlos.

“El catalanismo tuvo en su origen las míticas bellezas de una religión”, pero sus manijeros lo profanaron hasta arrastrarlo al “prostíbulo de la política” –dice uno–, que “en sus desvaríos, describieron una Cataluña adaptada a sus conveniencias”. El sueño regeneracionista, tan legítimo, no pudo con los trajines políticos cuyos buhoneros, por supuesto, ya entonces miraban a Madrid con recelo, viendo en el gobierno central “un instrumento de dominación oligárquica”. Se pedía la división del Estado “en grandes regiones naturales e históricas” a las que habría que concederles una “amplia descentralización” –cierto que no sin que apuntara el supremacismo: “Cataluña tiene más fuerza que todas ellas”, sostuvo una Asamblea— y la entrega de las competencias básicas a los organismos regionales “representativos de su personalidad”. Adolfo Suárez inventó poco, como ven.

Sólo el talento de un sabio Pi y Margall, impediría a un radical como Almirall, en la I República, proclamar por las bravas el “Estado Catalán”. Como diría más tarde Joaquín Samaruc, “la literatura catalana, al descender del territorio de las Musas, se convirtió en política catalana”. Pero la autonomía no bastaba tampoco entonces. Leo en “La Mancomunitat de Catalunya” (1922): “los hijos de Catalunya consideran (a la autonomía) sólo un primer paso hacia la autonomía integral”. Poco han cambiado las cosas, ya lo ven, desde el desastre del 98 al que hoy nos aflige. Los idealistas precursores no contaban con esa inevitable degradación y pensaban incluso que acaso “el pueblo nunca ha sentido el catalanismo” y que “el sentimiento primario de catalanidad fue profanado por el impúdico catalanismo político”. Imagínenlos contemplando a estos furiosos jugar, como Sansón, a destruir el templo o ante el espectáculo de las ratas abandonando el barco, es más que posible que con su botín a buen seguro en algún paraíso fiscal.

¿Mal incurable?

Esta vez la matraca de la corrupción resuena por el lado del PSOE y sus aliados radicales y antisistema. Todo es presunto, claro está, pero ahí está otra vez el clamor de una ciudadanía que no puede entender –¡o que acaso empieza a asumir resignada! —la incapacidad de los partidos políticos a la hora de cortar por lo sano esa delincuencia al parecer crónica. Se trata, una vez más, del tejemaneje de los “enchufes”, del festín ofrecido a los “clientes” por quienes ostentan –¿o detentan?—un poder que hace lo que sea con tal de mantenerse. Hoy en Huelva como antes en tantos lugares, desde la Derecha o desde la Izquierda, incluso entre los Savonarlas recién llegados para salvarnos de los viejos males. Nada será peor para la democracia que prospere esa idea de la inevitabilidad de la corrupción.

Igualdad ante la ley

Estoy convencido de que algo se escapa a la noticia (confirmada) de que la Audiencia de Sevilla se ha visto en la precisión de dar un plazo de “cinco días improrrogables” al ex-presidente Chaves para que, como está mandado, se presente ante el juez en su condición de justiciable dentro del “caso ERE”. No me entra en la cabeza que haga caso omiso de una orden judicial quien tan altas y prolongadas responsabilidades políticas ha ostentado, porque ello supondría situarse por encima de la Ley como un Puigdemon cualquiera, y ni creo que Chaves osara a semejante abuso ni que Andalucía se mereciera un insulto semejante de un ex-Presidente. Él tiene la palabra, pues, y urge que la pronuncie. Bastante desconcertante e insufrible es ya la situación provocada.

La mujer de César

No cuestiono la probidad de la juez Núñez, la instructora de los graves “casos” de corrupción en la Junta que con tanto empeño parece esforzarse en deshacer la laboriosa instrucción de su antecesora, la juez Alaya. La recusación que acaba de plantear el PP, sin embargo, ante el hecho de que una persona clave en aquellos enredos sea su cuñada, obliga a invertir el adagio que acuñó Plutarco: la mujer de Julio (César) ha de parecer honesta además de serlo. Con la misma firmeza con que hasta ahora se mostró indiferente a tantas protestas por su gestión, esa jueza debe asumir sin demora la insostenibilidad de su circunstancia, aunque sólo sea para disipar sospechas, y renunciar a una instrucción que irremediablemente se ve nublada por un hecho tan palmario.

Gasto duplicado

El monstruo burocrático de la autonomía crece sin cesar. Cierto que nunca se procuró una Administración bien diseñada, atentos como han estado siempre nuestros políticos a mimar su “clientela” en los chiringuitos que solemos llamar “Administración paralela”. En el nuevo Presupuesto puede comprobarse el peso insoportable de ese dispendio, que incluso aumenta más que el capítulo destinado a los funcionarios. Entre “patas negras” y “enchufados” los andaluces tenemos que pagar tres veces más de lo que destinamos a inversión pública, lo que viene a ser como pagar al cocinero el triple que al proveedor. Ellos saben bien que ese ejército en nómina es un formidable colchón electoral sobre el que el “régimen” atenúa su fracaso. Seremos los últimos en casi todo, pero también los que más dineros echamos en esa alcancía electoral.